martes, 23 de mayo de 2017

Recuerdos inertes.

"¡Ah! ¡Hola! ¿Eres tú? - dijo con una voz suave, como un susurro suspirado. Su propia voz le sonaba lejana y un poco temblorosa de la emoción-. Dime que eres tú, por favor. ¡Ah! Sí, tienes que serlo. Después de tanto tiempo, aún no se me olvida tu voz. Sigue siendo tan dulce como siempre. Sé que eres tú. Nadie más me llamaba así, "mi María querida". Nadie. Pero dónde estás, no te veo. ¿Te has ido? ¿Por qué te has ido? No me dejes otra vez. No te vayas. No te veo. Por favor, vuelve, dime algo, ¡no te vayas! Repítemelo. Repite mi nombre - suplicaba desesperada -. Aunque sea sólo una vez más - la voz se le quebraba -. No te vayas por favor - silencio -. ¡No me dejes! - su grito sonó desgarrador en las profundidades de la oscuridad que la aislaba y la condenaba al ostracismo de su pensamiento".

Mientras el eco de sus súplicas seguía rebotando en el interior de su cabeza, su mirada vegetal permanecía perdida en cualquier rincón de la estancia. Los ojos, inanes, estaban abiertos como los postigos de las ventanas destartaladas de una casa abandonada. Un hilillo de baba caía brillante y viscoso desde la comisura de la boca: "¡Ay qué lástima llegar a tan mayores, ¿verdad?!", dijo la obtusa enfermera de cerebro esponjoso hacia cualquiera que pudiese escuchar su hueco comentario mientras le secaba la barbilla con un papel.

Al fin se quedó sola. Sola sin la vacía compañía de aquella inútil enfermera. Sola con el mismo eco de antes, que seguía torturándola en su interior.  Sola con su imposibilidad. Una lágrima cayó desde la comisura de su ojo y manó triste por entre los cauces de su arrugada cara. Ya no había nadie para secársela. Mejor, no quería que nadie le robase la pena que a él, y sólo a él, le dedicaba en su vegetativo silencio.

domingo, 21 de mayo de 2017

Contra todo.

Una caña, un cigarro y un libro. De esa guisa se encontraba en una calle de un barrio de clase estúpida. De clase acomodadamente estúpida. Levantó los ojos del libro y en qué momento. Más le habría valido no apartar los ojos de la tinta. Ahora se maldecía. Grupos de aborrescentes, ellos como futbolistas reggaetonianos, ellas como putas reggaetonianas. Parejas de jóvenes padres con uno, dos y hasta tres hijos. Todos vestidos igual. Parejas de jóvenes sin hijos, pero no porque no quisieran, sino porque quizá todavía no se habían casado. Detestada vejez inevitable renqueando en sus bastones. Paseantes con pulseroides abanderadas de rojo y gualda, polos con aguerridos caballos, zapatos sin calcetines. Se estremeció. Miró el cigarro. El cigarro le sostuvo la mirada: "¿Qué, yo tampoco te gusto? ¿No soy de tu agrado como toda esta gente que te parece basura?". Anonadado hallóse. "Pues sí, tú tampoco me gustas, te prefiero con costo". Tras esto, el cigarrillo le escupió su humo a la cara, al ojo, donde más escuece, y saltó de su amargada mano. Con el ojo lloroso lo vio caer. "No te necesito", se engañó. Cogió el vaso de cerveza para dar un trago, y antes de que el líquido le humedeciese los labios, formó una tremenda ola de las que salen resonando desde el fondo y le salpicó la cara. "No me bebas". ¡Dios! Qué pasaba, todo el mundo estaba en su contra o qué. Miró el libro y le dijo: "¿Tú tampoco quieres que te lea?". Sin embargo, el libro se limitó a decir: "No estoy aquí para juzgar a nadie. Cualquiera puede leerme. No me importa cuán merecedores sean los ojos que me repasen y me desnuden con la mirada. Tómame y no pienses más en la putrefacción corrupta de enderredor". Y así lo hizo. No volvió a separar su vista de aquellas voluptuosas frases, aquellos sensuales párrafos, tildes, analogías, metáforas, hipérboles, alegorías y oxímorons. Y se mantuvo siempre fiel a la lectura, la única virtud que jamás le traicionaría.

jueves, 18 de mayo de 2017

Pestilencia eterna.

Pensaba, lo cual últimamente era sinónimo de llorar, si un yonki rehabilitado echaría de menos la heroína. Se encontraba fumando un cigarrillo de liar. Una nube de humo se arremolinó frente a él a la vez que se desvanecía. Se preguntaba si se podía echar de menos algo de lo que se había disfrutado con fruición hacía tiempo, pero que era dañino. Algo que conscientemente se sabía que era perjudicial y lo sería siempre. Exhaló un suspiro cargado de humo. Era como soltar vaho por la boca cuando hacía frío, pero sin hacer frío. Era como vivir encadenado, pero sin cadenas. Era como llorar con ella, pero sin estar ella. Era como respirar aire puro, pero con las flatulencias de mil tubos de escape alrededor. Dio otra calada. Mantuvo un poco el humo en sus pulmones y lo soltó lentamente. Aquel humo se le escapaba para siempre. Para no volver nunca. Y se quedó solo. Sentado en la hierba. Pensativo. Lloroso.

jueves, 11 de mayo de 2017

Ya es tarde II.

Estaba un día con un buen amigo. Uno de esos que han sido una parte muy importante de ti durante una época de tu vida y que el tiempo ha hecho que os distanciéis, pero aún así, al volveros a ver es como si no hubiesen pasado lustros. Pues estábamos tomando algo, y surgió una conversación sobre antaño, y eso me llevó a preguntarle por ella. Una persona que teníamos en común y que también fue parte de mí en otro tiempo. Una persona que fue yo, que lo fue todo y que lo siguió siendo aún en la distancia, pero que las maltrechas y desgraciadas circunstancias hicieron que nuestros caminos se escindiesen irremediablemente. Le pregunté que si sabía algo de ella. Y me dijo que sí, muy serio. Su rostro se demudó. Me miró y me dijo: "Ha muerto". En ese momento, mis entrañas emitieron un crujido al colapsarse. "Pensaba que lo sabías. Me extrañó no verte en el entierro". Yo tenía la mirada perdida en algún lugar del suelo. Le dije que no muy quedamente con la cabeza. De pronto, un calor sofocante, semejante al que me envolvía cuando la veía, me inundó. Mil pensamientos me vinieron a la cabeza. Todo aquello que había pensado en algún momento que podría hacer por recuperarla, por retomar el contacto, de pronto me asedió en estampida. Todo aquello que siempre había pensado que podría hacer ya no podía hacerlo. ¿Por qué no lo hice en su momento? ¿Por orgullo? ¿Por pereza? ¿Porque no era lo que tenía que hacer? Ahora ninguna de esas preguntas tenía sentido. Me veía ridículo y pobre. Triste y solo. Cuando la muerte llega, es cuando empiezas a pensar con claridad, cuando ves las cosas como te habría gustado verlas cuando todavía era posible llevarlas a cabo. Sin embargo, ese es uno de los muchos defectos que tiene vivir, hasta que no te enfrentas a la muerte, no ves las cosas como realmente tendrías que haberlas visto antes. Ahora me llegaban esas palabras que nos decíamos cuando todavía nos queríamos: "¿Te das cuenta de que algún día nos separaremos y tú no sabrás ni que he muerto? Me aterroriza pensarlo", decía yo. "No, eso no va a pasar", decía ella. En aquel momento no eran más que palabras, pensamientos agonizantes pero irrealizables. Eran mortecinas sombras tenues sin suficiente intensidad como para tenerlas en cuenta. Sin embargo, se habían realizado. Se habían hecho realidad. Esas sombras lo habían cubierto todo. Entonces pensé que el tiempo distancia, pero la muerte distancia mucho más. Entonces me quedé inane, con la sensación angustiosa de quien se asoma al vacío, ese vértigo de impotencia, de sentirte indefenso en la nada. Ya no podría jamás recuperarla, ni decirle cuánto la seguía amando, ni volver a discutir con ella, nada. Nada. Apuré mi vaso y, disculpándome, salí de aquel lugar y me marché.

La amada muerta.

Me encontraba dando uno de mis paseos por el cementerio. Era casi de noche y poco quedaba ya de luz. Me movía despacio, acompañado por la ligera brisa que zarandeaba con dulzura las ramas de los solemnes cipreses, por entre las tumbas. Algunas majestuosas. Algunas humildes. Aquí y acullá me detenía sin ninguna motivación concreta a leer los epitafios. Me gustaba saber desde qué edades ancestrales llevaban ahí enterrados los cadáveres. Sin embargo, rara vez encontraba una tumba cuyo contenido pudiese considerarse una antigüedad, el muerto de mayor edad que llegué a encontrar era de casi un siglo. También me gustaba calcular, con las fechas grabadas en las losas, la edad con la que habían muerto los habitantes de aquella necrópolis. Quizá se pueda considerar una afición extraña, una parafilia incluso. Sin embargo, a mí me transmitía paz. Mucha paz. No hay nada más tranquilo y exento de problemas que los muertos.

Todo a mi alrededor se encontraba en silencio. Nada se escuchaba. De pronto, me llegó un murmullo suave. Una voz sutil que era arrastrada por el viento. Miré en su dirección y vi a lo lejos un entierro. Pero era un entierro diferente. Tan sólo había congregados un sacerdote, cuya letanía era la que había captado mi atención, y tres hombres, de los cuales dos eran los enterradores. Aquello me maravilló mucho por la extrañeza de la congregación reunida en torno a la tumba y fui para allá.

Para cuando llegué, el sacerdote ya se había retirado y los enterradores estaban terminando de rellenar el hueco con sus siniestras palas, que emitían suaves carraspeos al recoger la tierra y rozar el suelo. El otro hombre permanecía allí. De pie. Absorto. Su gabardina ondeaba con las caricias del circunspecto céfiro. Miraba a la tumba sin pestañear. Con el ceño ligeramente contraído. Pensativo. Respetuosamente tosí para llamar su atención y poder departir con él. El hombre me miró asombrado, como si no se esperase encontrar a ningún vivo por aquellos lares. "Buenas noches", le saludé. El hombre hizo un gesto amable con la cabeza. "Disculpe que me presente así, pero me encontraba dando un paseo y me ha llamado la atención un sepelio tan íntimo. Conocía a la persona, supongo". "Sí", me respondió. No quise insistir más y permanecí callado a su lado con la intención de marcharme tras una respetuosa espera. De pronto, continuó: "Sí, la conocía". Su voz vibró, y sin más comenzó a explicarme.

"Era una amiga de la universidad. El amor de mi vida, pero jamás correspondido. No creo que nunca haya llegado a saber todo lo que la amaba. Es más, ha muerto sin saberlo. Era una persona compleja, peculiar, diferente. Una persona de esas cuya vida fue engendrada para sufrir. Su madre murió siendo ella aún joven. Fue ahí cuando las cosas se empezaron a torcer. Los hombres pasaban por su vida dejando grandes surcos que malcicatrizaban. Yo era el cojín en el que se apoyaba para llorar, sin saber el daño que eso me hacía. Pero no me importaba, la escuchaba. La escuchaba con toda mi atención porque sabía que era lo que ella necesitaba de mí, y si eso era en lo único que podía complacerla, me bastaba. Me entregaba a mi tarea con mayor ímpetu del que me haya entregado nunca a nada. Más tarde encontró un hombre que resultó ser uno de esos maltratadores. En ese momento también recurrió a mí. Fue por aquel entonces cuando comenzó a beber. Después de ese hombre vino otro, con más llantos de por medio. Con más lágrimas borrachas sobre mi hombro. Su familia y amigos la habían dado de lado por su problema incorregible con el alcohol. Sólo yo permanecía. Sólo a mí podía recurrir. Y lo hacía solamente en estos momentos trágicos, pero tampoco me importaba. Al tiempo apareció una persona en su vida que parecía iba a ser su salvador. Yo me alegré, pues me dolía en lo más profundo verla así y no poder hacer nada absolutamente. Nada más que dedicarle palabras reconfortantes. Palabras que se hundían en vasos de ron. Que se perdían en la niebla de unas neuronas ebrias. Pues bien, con aquel hombre tuvo una hija. Pero tampoco funcionó, ya le dije que era una persona difícil. La abandonó, dejándola sola con su hija. Su problema con la bebida se acentuó y por circunstancias desafortunadas le quitaron la custodia. Para ella fue el mayor revés de su vida. Mucho mayor que los moratones que la dejaba aquel desalmado que la maltrataba. Un día, cuando contaba con tan sólo cuarenta y pocos años, me llamó llorosa. Me dijo que necesitaba verme. Yo le dije que en ese momento me encontraba fuera por trabajo. Empezó a llorar. Me dijo que tenía cáncer. Me dijo que le habían dado doce semanas de vida y que ya habían pasado once. Mi esófago se encogió. Parecía que la boca del estómago hubiese subido hasta mi garganta y los jugos estuviesen quemando mi lengua. Le dije que saldría de inmediato. Cuando llegué al hospital estaba tumbada en la cama. Completamente sedada. Macilenta. Amarilla. Demacrada. Ojerosa. Esquelética. Muerta. Nadie había en la habitación. Nadie la acompañaba. Me acerqué con las lágrimas abrasando mis párpados. Le cogí la mano y la estreché con fuerza. Se la besé con todo el furor de que fui capaz, como si al apretar mis labios contra su piel ella fuese a ser consciente de que yo estaba ahí. Le miré los labios y por un momento estuve tentado de besarlos. Pero no pude. No porque me desagradase la idea de besar a la muerte, sino por respeto. Nunca en vida quiso que la besara, y suponía que esa decisión se mantendría en la muerte. Los enfermeros me preguntaron si era yo quien se iba a hacer cargo de su entierro. Por supuesto que dije que sí. Y aquí estoy hoy. Lamentándome por no haber podido llegar antes. Por no haberla podido hacer feliz".

Con esas palabras terminó su historia. Unas lágrimas contenidas amenazaban con salir de sus ojos, así que le miré, le di un golpecito en la espalda y me marché para dejarle a solas para que llorase tanto como pudiese y quisiese a su amada muerta.

miércoles, 26 de abril de 2017

Perdóname.

Perdona por haberte dicho que me gustas cuando no es así. Por haber hablado de tus ojos cuando no sé ni de qué color son. Siento haberte mojado los labios con mi saliva cuando realmente no quería besarte. Siento haberte hecho creer algo que no era, pero es que me engañaba mi cerebro. No pensaba con claridad. Solamente has sido el objeto de satisfacción de la necesidad que en ese momento atormentaba y obsesionaba a mi cabeza. Siento haberte engañado esta noche para no volver a verte más. Perdóname allá donde estés.

martes, 11 de abril de 2017

Solo I.

Dejó la pluma y el manuscrito sobre la mesa. Nadie le echó de menos.

jueves, 6 de abril de 2017

Minusvalías y libertades.

Iba en el metro y escuchó un eructo magnífico. Era perfectamente cavernoso y vibrante. Se giró y miró hacia la fuente de tal perfección. Era un joven con minusvalía mental de mirada distraída y desconocedor de los límites que nos avergüenzan y nos impiden ser.

Estaba llegando al andén del Cercanías y ya se la escuchaba. Esa muchachilla acompañada de su crónica trisomía que estaba como cada mañana cantando con desatinada entonación y palabras formadas por la mezcla de sílabas dispersas que iba reconociendo en la música de sus cascos. Le había cogido cariño, y esperar el tren sin su ilimitada brillantez que demostraba que le era indiferente lo que pensásemos sobre su arte, no era lo mismo.

Una mente completamente despierta encerrada en un cascarón de huesos y pellejos inservibles luchaba por poder comunicarse con su tutor desde su desventajosa posición en una silla de ruedas. Miró a esa persona y sintió lástima por ella, e inmediatamente después sintió lástima por sí mismo y gran admiración por ella. Él, teniendo un cuerpo perfectamente capaz de ser autosuficiente y una mente ídem, se esforzaba por hundirse con cada piedrecita que le ponía la vida en su pedregoso camino.

Vio a un hombre deforme. De una frente prominente y perfectamente redondeada y despejada hasta bien entrado el cráneo salía una nariz completamente recta que apuntaba hacia abajo como una flecha. Los ojos hundidos en oscuras cavernas y un labio inferior que competía en prominencia con la ya mencionada frente. Grueso y salivoso. Un hombre que jamás encontraría a nadie que se enamorase de él, puesto que el amor no sólo entra por el corazón.

Sentía que no se merecía la fortuna que había tenido y que quizá, quien se la merecía realmente, eran aquellos supraseres minusválidos. Sentía que no era merecedor de la libertad de movimientos y pensamientos de las que podía gozar. La malgastaba en preocupaciones nimias. En trivialidades propias de un creyente en Geová. Sentía que aquella gente limitada eran los que verdaderamente eran libres.

viernes, 31 de marzo de 2017

La vida sigue V.

Era invierno. Muy crudo y cruel. La nieve se acumulaba vistiendo a los desnudos y raquíticos árboles. De pronto, el gusano escuchó un ruido. Levantó la cabeza. En ese momento ocupaba su tiempo devorando los malolientes restos que habían dejado los lobos y los cuervos de un cadáver putrefacto. Miró en derredor. Vio que el ruido lo había hecho un escuálido y tembloroso lobo que había venido a buscar la poca carroña que quedase por comer y que habían dejado sus hermanos. Le miró con cierta tristeza, ése no vería el próximo invierno. Se alegró de ser un ser tan inferior que no sentía ni frío ni calor y que lo que eran desechos y migajas para unos, para él era un auténtico festín. Sin más, bajó la cabeza y continuó desmigando poco a poco los restos sépticos que se pegaban gélidos al hueso. Si total, no podía hacer nada por aquel pobre animal que pronto se convertiría en su próximo manjar. La vida seguía.

sábado, 25 de marzo de 2017

El reflejo de la muerte.

Había anochecido ya. La luz naranja de las farolas se reflejaba difusa y temblorosa en la acera humedecida por la reciente lluvia. Iba caminando por una estrecha avenida de Madrid volviendo a casa. Los coches pasaban escasos dejando escuchar el pegajoso ruido de sus neumáticos contra el mojado suelo. De repente algo capturó mi atención, que se encontraba perdida entre pensamientos errantes. Una mujer caminaba en sentido contrario a mí. Me miró a los ojos y yo le sostuve la mirada. Llevaba un pañuelo atado a la cabeza. En los límites del pañuelo se podía ver la falta de pelo que cubría. Su rostro estaba teñido por un color amarillento. Su piel se pegaba a los huesos de su calavera como un vestido mojado al cuerpo desnudo. Su mirada era profunda y transmitía un mensaje. Era consciente de que iba a morir, pero no le importaba, lo tenía asumido. Esto no duró más que unos segundos, y cuando nos habíamos dejado atrás, ninguno giramos la cabeza para continuar la muda conversación. En mi mente se materializó mi madre. Un día por la mañana me crucé con ella tal y como me acababa de cruzar con esta mujer. Mi madre iba acompañada por una amiga a su sesión de quimioterapia. Llevaba un pañuelo en la cabeza. En los límites del pañuelo se podía ver la falta de pelo que cubría. Su rostro estaba teñido por un color amarillento. Su piel se pegaba a los huesos de su calavera como un vestido mojado al cuerpo desnudo. Su mirada me sonrió. Era consciente de que iba a morir, y sí le importaba, no lo tenía asumido. Quizá la mujer con la que me crucé fuese el reflejo de mi madre que no pude ver ni aceptar en su momento, y que volvía una década después para dejarme ver que sí estaba preparada para morir.

viernes, 24 de marzo de 2017

Desagradable.

A ver, por Dios, por el aliento del Embozado, por Belenos, pues no estoy fumándome un cigarrillo en el curro y veo pasar a un ser, infraser, que llevaba la siguiente guisa: bigote arreglado a lo Dalí, peinado de futbolista samurái, esto es, coletilla ridícula en la coronilla con los lados de la cabeza semirrapados, pantalones molestamente estrechos y ligeramente cortos, dejando al descubierto los tobillos, zapatos puntiagudos de cuero y chaqueta de traje ajustada en el talle, todo muy sofisticado y se supone que elegante. Esta gente que adopta ciertas características para parecer distinto y peculiar, puesto que por sí mismos no lo son y la forma más fácil de conseguirlo es externalizándolo con poco gusto, características que sí son propias y genuinas de personalidades pasadas y presentes que son peculiares de verdad y que esa peculiaridad es inherente a su intelectualidad, merecen no existir. Así que yo juzgo y dicto sentencia: culpable de mongolismo y alteración del buen gusto, condenado a muerte por sodomización de un garañón bien dotado.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Siguiente, siguiente, siguiente.

Hace poco me estaba leyendo una trilogía de Mago la Ascensión, y me gustó tanto que lo leí muy parecido a como hago las instalaciones y desinstalaciones en Windows, "siguiente, siguiente, siguiente". Pasaba páginas sin si quiera leerme dos palabras del contenido de cada una. Un poco malo el libro. Y no pude evitar sentir que ése es el modo en el que entró mi vida desde que no te tengo. Lo único que hago es darle al botón de "siguiente" para pasar página, para pasar tiempo, para que la desinstalación termine. Pero no acaba nunca. Es siempre la misma página la que aparece cuando doy a "siguiente". La misma página la que aparece a cada paso. Tú. Tú eres cada página. Cada paso. Tan sólo va cambiando el modo en que te voy percibiendo dentro de mí. El modo en el que se van transformando las emociones y sensaciones. Vivo esperando que por fin aparezca de una maldita vez el botón "Finalizar".

Ya se ha terminado la partida.

¿Sabes esa sensación que tenías cuando estabas jugando al escondite de pequeño, pero realmente eras el único que seguía jugando porque todos ya habían terminado, y tú seguías escondido hasta que ya te parecía extraño que no oyeses nada ni te hubiesen encontrado y entonces salías y les veías en la placita a todos jugando a otra cosa? Esa sensación de soledad, de conocimiento de la realidad. Tú no eras su prioridad, mientras que ellos sí lo eran para ti. Así es como te sientes ahora cuando ves que la otra persona ya no depende en absoluto de ti. Ya es completamente ajena. Es como una extraña. Como cualquier otro u otra en la oficina. Sin embargo, para ti no es así. Cada vez que la ves se te remueve algo por dentro. Un calor sofocante te hormiguea por dentro todas las extremidades y rincones de tu cuerpo. Y ves que a ella no. Te mira con indiferencia. Hace nada erais uno, y ahora no sois nada. Sólo tú hablas con la mirada. Ya no puedes hablar con ella a viva voz. Tienes que conformarte con decirle todo con una mirada que dura un segundo. Una vez más sales de tu escondite para ver que la partida ha terminado definitivamente. Ella está con sus nuevos prójimos haciendo su vida. Así que lo mejor que puedes hacer es irte del patio y subirte a casa a leerte un cómic.

domingo, 26 de febrero de 2017

Una canción para un momento I. Taxidermy girl.

Esta canción ha llegado en el momento justo, en el totalmente adecuado. Taxidermy Girl de Harley Poe. Siempre llega un momento de planicie, de casi desinterés en el que llevas tanto escuchando música que ya pocas cosas te sorprenden, y efectivamente, últimamente no has descubierto nada nuevo que te motive. Sin embargo, sabes que en algún momento, cuando parece que ya no va a haber ninguna canción que te llame la atención sobremanera, que no te va a remover por dentro, vas a llegar a ella. No sabes de quién ni de qué estilo de música será, pero sabes que está a punto de llegar. Y llega. Una combinación perfecta de folk con una letra peculiar y bestia, pero elegante. Es una historia de amor muy dura, llena de sentimiento. A pesar de la crudeza de la historia, me parece un relato jodidamente desgarrador y lleno de dolor. Dolor para todos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Hacedlo por mí.

Cómo se preocupa la gente por la gente, es fascinante, maravilloso, excelso, grandioso, vomitivo y séptico.
Como aquella vez que un chaval, que era mero conocido de a saber qué y que era de esos que son perfecta carne de cañón para ejercer de relaciones públicas argentino, nos dijo a un colega y a mí con un histrionismo exagerado: "Venga, pasadlo bien, ¿eh?". Le faltó añadir: "Hacedlo por mí" mientras guiñaba un ojo y nos apuntaba con los índices de sus manos con sendos pulgares levantados, como el Cristo colega, y emitiendo un chasquido con la boca.
O esa otra en la que alguien se va de viaje y otro alguien le dice: "Oye guapa, y conduce con cuidadito, ¿eh? Que vaya todo bien", faltándole el: "Hazlo por mí". Pero es que la persona que recibe esa muestra de preocupación y cariño translúcidos y carentes de valor se la merece, porque contesta: "Sí guapa. Cuídate mucho cari", y lanza un beso vacío al aire con la mano.
Así que cada vez que alguien del curro va a giñar yo le digo: "Venga tío, giña bien y ten cuidadito ¿eh? Quédate a gusto, hazlo por mí".
O cuando se van a casa: "Venga, y no vuelvas. Hazlo por mí".
Claro, es que yo no voy a ser menos, también quiero integrarme y dar ese cariño que es gratis y, precisamente por ser gratis, es fácil darlo de forma desinteresada.

Hablando de...

Miró el calendario. Qué de números. Miró el mes. Habían pasado ya casi tres meses desde que empezase el nuevo año. Joder, el tiempo pasaba a toda polla y no esperaba por nadie. Era como los autobuses de la EMT que para cogerlos prácticamente había que tumbarse en el asfalto para cortarles el paso. Y hablando de tiempo y de pollas, se acordó de una escena que le sucedió hacía muchos años. Estaba en el baño de un bar haciendo pis junto a un conocido. Estaban hablando y le miró en medio de esa amarilla conversación. Entonces bajó los ojos de forma instintiva y le vio el cirio a su colega. Y le llamó la atención que en el glande, que por cierto era como la cabeza de una enorme hormiga roja, tenía pegada una pelusa negra, como si cogieses una pelusa de ombligo y la manipulases durante un ratillo entre el índice y el pulgar y la pegases en un azulejo. Ese momento le supuso un pequeño trauma que todavía recordaba a pesar de los años que le separaban de aquella visión. Y hablando de pelusas y pis se acordó de la que había esa mañana en su jarra de agua. Los cabrones de los gatos se acercaban a beber de su jarra que se encontraba en el suelo al lado de la cama y siempre que podían le daban unos sorbos, dejando tras de sí pelusillas y babillas. Lo que le molestaba no era el hecho de tener que beberse ese agua peluda y baboseada, era el hecho de que los malditos le dejaban mediada la jarra y luego no tenía suficiente para él, cuando ellos tenían su platito lleno. Y hablando de babas y gatos se acordó de ella y de todos los babas que la rodeaban y la habían rodeado y la rodearían sin parar. Lo babas que podían llegar a ser los tíos. Lo pesados y acosadores que podían ser. Se estremeció por un momento sintiendo una punzada de celos, aunque realmente ya no le iba ni le venía. Hacía tiempo que todo se había terminado entre ellos. Y hablando de ella y de terminar se acordó de... Nada, no dejó que ningún recuerdo le viniese a la cabeza, terminando así con la sucesión de pensamientos y poniéndose por fin a trabajar.

jueves, 16 de febrero de 2017

Tarde que pronto.

El portero del portal que pertenece al edificio en el que vivo desde hace unos doscientos años es un chaval muy majo, de unos veintiocho años, pero muy hablador y más de pueblo que los tractores. A veces me cuesta entender lo que dice. Suelta frases en las que comprime el sujeto, predicado y complementos en una única palabra. Es al castellano lo que Rage Against The Machine al inglés. Pues un día, estando yo saliendo del susodicho portal, portando en la mano un petardo de los que no explotan, me paró con un saludofrase: "¿Qué, ya te vas de juerga? A ver a qué hora llegas hoy". Le contesté, sabiendo que mentía cual rata: "Nah, hoy no me quiero liar mucho". Esa es la frase que siempre va acompañada de una postrer liada descomunal. Y comenzó a contarme su vida, por lo que me llevé el canuto a los labios y lo encendí. "Este finde me bajo pal pueblo. Tengo plan, que mi novia no se viene", soltó con una sonrisilla picaresca. "¿Has quedado con los colegas entonces?", pregunté en mi ingenuidad. "No", otra sonrisa más pícara aún. Silencio. Le miré extrañado, mi ingenuidad seguía bloqueando cualquier posibilidad que no fuese la de que había quedado con sus colegas. Entonces prosiguió: "He quedado con una del pueblo. La típica que desde el instituto la ves que tiene unas tetas (acompañó la frase con un gesto de sus manos en una posición cóncava ante su pecho)... pffff. Y que está buenísima", asentí como comprendiendo, poniéndome en su situación aunque nunca hubiese estado en ella, pues yo fui a un colegio de curas y había ocho chicas para cientoveinte chicos. Y me dijo: "Hace poco estuve apuntado a natación con ella y claro, no paraba de meterle fichas sin parar. Y tarde que pronto caen. Eso es así, contri más insistes más posibilidades tienes". "Jajajaja", me reí yo dentro ya del entendimiento, aunque no comulgaba con esa teoría de la insistencia. "Y qué, ¿has quedado con ella entonces?", le pregunté. "Sí, a ver si puedo ahí en el garaje de mi padre. Que yo soy muy discreto, a mí no me pillan en una (dijo mientras enfatizaba con una negación de cabeza poniendo morritos). Para eso siempre me meto en el garaje y listo". "Oh", dije anonadado mientras pensaba: "Pero... ¿y tu novia...?". Y me dijo como leyéndome el pensamiento: "Yo le he dicho a la parienta que si se quería venir y me ha dicho que no, así que...". "Vaya (pensé), parece que la gente aprecia poco a sus parejas. Si te vas a enrollar con otra u otras, ¿para qué tienes piba, farsante?", pero no se lo dije, soy así de cobarde. O cauto, que no me apetecía meterme en una conversación filosófico-moral en ese momento, y menos con alguien que ni me va ni me viene. En ese momento se me acababa el canuto y le dije: "Bueno tron, me piro". "Vale, ya te contaré".  Me alejé de allí pensando en que ojalá su novia le hubiese dicho que no se bajaba por el mismo motivo que él sí lo hacía, uséase, que ella hubiese quedado con otro ser baboso insistente y fuese de esas que tarde que pronto caen tras la insistencia y a ambos les creciesen los tubos a la misma velocidad.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Erosión.

Cada vez siento más lejos todo. Los momentos que uno por uno, independientemente, significaron tanto para mí, ahora no valen nada por sí solos. Cada abrazo, cada risa, cada lazo de nuestros dedos en el autobús, cada té a escondidas, cada cigarro compartido, cada beso, cada vez que hemos estado juntos sobre un colchón leyendo, cada todo, ahora no significa casi nada. Ahora sólo los veo como un único conjunto, una única cosa. No es que no hayan valido para nada y piense que ha sido tirar el tiempo, solamente tienen valor como un único suceso. Y su valor es únicamente el conocimiento que me ha dado la experiencia de hasta dónde no quiero volver a llegar jamás. Ahora sé que nunca me entregaré a nadie como lo he hecho contigo. Que nunca volveré a abrirme de esa manera para después recibir un portazo en la cara. El único problema es que en mí ya has entrado y permanecerás siempre dentro. Aunque te hayas ido. Reconoceré tu colonia siempre que la huela en cualquier extraña. Me rascaré las costras eternas que has dejado atrás. Me lameré las heridas sangrantes oscurecidas por la sombra de lo que me queda de ti. Siempre llevaré dentro tu erosión. Pero nunca más harás un nuevo cauce por el que fluyan mis lágrimas.

jueves, 9 de febrero de 2017

Lagartija.

Como un lagarto estaba al sol. Apoyado contra la pared cual lagartija que se pone morena. Su tipo escuálido y alargado dentro de su pequeña estatura ayudaban a cualquier transeúnte a tomarle por un reptil escurridizo. Dejaba que el detestable humo del cigarro sin aderezos, pues estaba en el curro y no podía aliñarlo, saliese de su boca y se retorciese tortuoso en el aire tan armoniosamente contaminado. De pronto algo turbó su paz. Escuchó los cloqueos de una gallinácea en pleno apogeo de una conversación. La miró. Era la típica mujer madura que habla como una adolescente quinceañera que lee la Super Pop y la Bravo, que pega fotos de Luke Perry en la carpeta, choni, macarra, poligonera, chabacana, pija, vanidosa y desagradable en todo su conjunto. No soportaba aquella voz ni aquel prototipo de persona producto de esa apestante sociedad atestada de indeseables. Se lamentó de no ser nada más que una miserable lagartija y no una boa constrictor para poder ahogarla entre sus anillos. Aunque bien pensado, mejor ser una lagartija escurridiza y huir de ahí para evitar esos espeluznantes sonidos vocales que tener que asesinarla mediante el contacto corporal para luego encima tener que engullirla y llevarla dentro. Así que como tal, se escurrió rápido por una cloaca y desapareció.

Moquete.

Estornudó y con la fuerza de un huracán, una flema salió despedida de dentro y se estampó contra la palma de su mano. Hacía rato que esa viscosidad se agarraba a su tráquea como una tela de araña y producía un ronroneo suave con la respiración. Pero toser no bastaba, así que el estornudo vino de lujo. Muy oportuno. Lo único malo era que estaba en el metro y no tenía con qué limpiarse. No tenía clínex ni nada parecido a un papel. Miró inquieto de reojo hacia los lados, como para ver si alguien le miraba y asociaba el fuerte estornudo y el leve sonido de "splach" que, por otra parte sólo lo podría haber escuchado un vampiro dentro del estruendo del metro, había hecho la flema al chocar con la mano con eso mismo, con el hecho de que ahora llevaba una flema incrustada en la mano. Al parecer nadie le daba importancia. Todo estaba en su cabeza, en su paranoia, los posibles espías, las posibles conversaciones y miradas veladas, los posibles dedos que le señalaban y apuntaban como "ése que se había pringado la mano", algo de lo más normal, pero que no podía dejar de perturbarle si la masa circundante pudiese llegar a saberlo. Al cabo de unos pocos segundos se tranquilizó y comenzó a maquinar la forma de quitarse eso de ahí sin que se notase. Restregar la mano por su pantalón no era una opción. Contra la chaqueta tampoco. La barra metálica del metro menos, pues era peor que las servilletas de bar que restriegan y no secan. Miró alrededor y decidió que elegiría a alguien al azar. Justo llegaba su parada. Una marabunta se iba a bajar, así que entre la confusión de los empujones y el contacto inevitable con los demás seres, aprovechó la ocasión y pasó la mano por la espalda de alguien. No sabía quién era, ni qué llevaba puesto. ¿Un traje? ¿Una chaqueta del Zara? ¿Una americana de pijo? ¿Una chupa de jeviata? Le daba igual, no quería conocer la identidad ni ningún detalle de su víctima. Y todo se resolvió de la mejor manera, nadie sabría lo que allí había sucedido, ni siquiera la persona que ahora llevase el pringue en su chepa, y además tenía la mano limpia. Qué más se podía pedir.