sábado, 6 de abril de 2019

La ceniza de mi cenicero.

Camino flotando sobre la mierda como Jesucristo sobre el agua.
Convierto lo puro en basura como Cristo el agua en vino.
He cenado mil últimas cenas y he bebido mil últimos cálices.
He fumado hasta colorear de negro mis pulmones.
He sufrido hasta hacer callo en los ventrículos.
Te he sentido tan cerca que he olido tu aliento.
Hemos estado tan cerca que he sentido los soplos de tu corazón.
Escucho atentamente los murmullos de tu tripa cuando ronronea.
Quiero tu sudor y tu cara al despertar, todo encima de mí.
Quiero mi sudor y mi cara al despertar sobre tu espalda.
Otro cigarro más. Ninguno es el último.
Intento cerrar la puerta que he abierto. Intento detener ese huracán que hace volar la ceniza de mi cenicero.
Escucho gritar a mi estómago cuando te imagino con él.
Todo es una cama de agua insoportable que se mueve sin parar y sin control.
No nos hace falta metrónomo cuando nos sincronizamos en la cama.
Caminas hacia el punto de fuga. Me cago en el puto imbécil que lo descubrió. Él inventó la huida.
Beso tus pies mentalmente y mis labios recuerdan el recorrido de tu superficie.
Resoplo sobre el cenicero sin darme cuenta y me cago en Dios.
Tu espontaneidad brota en mis sinapsis.
Escupo en la alfombra pensando que estoy en la calle y me cago en todos los apóstoles.
Me arrastro sobre un suelo de agujas que me abren caminos en la piel.
Necesito ver tu cara envejecer.
Quiero vivir cada una de tus arrugas.
Quiero colorear cada una de tus canas.
Pero lo que yo quiera no importa, una vez más.

La raíz de mi felicidad.

Lo que veo en la pared de mis párpados cuando los cierro al parpadear eres tú.
Mastico el aire que queda entre mis putas muelas porque no puedo masticar tus pezones.
Lo que queda de mi lengua se arrepiente de no haber quedado entre tus piernas.
Mis huesos se agrietan como limo.
Eres la raíz de mi felicidad.
Mi cabeza se pierde en un vórtice cuyo vértice eres tú.
Las bacterias de mi boca se sienten solas cuando no se bañan en tu saliva.
Puedo cerrar los ojos y querer morir, pero apareces tú.
Te imagino con tu puto novio, aún a riesgo de imaginarme en la situación contraria, y me hundo en la mierda.
Mis manos tienen la forma de tus formas.
Mis retinas tienen la forma de tus formas.
Ninguna forma existe sin estar en ti.
Te veo en cada cara que veo. Mis ojos te buscan en cada cara que ven.
Los cigarros se amontonan en el cenicero. No se quejan por estar hacinados.
La ceniza baña sus cadáveres como mi cadáver se baña en tus lágrimas.
No quiero esto. No quiero ser tu amante. No quiero ser tu puto amigo.
Quiero la muerte si mueres. Y quiero ver tu cara en mil orgasmos.
Quincemil ánimas salieron de la tierra sólo para hacer procesión de ti.
Me consumo iluminado por la pantalla de mi ordenador mientras muero de hambre. Mientras muero de sed.
Quiero comer tus muslos, las dos semiesferas que adornan tu espalda por abajo, comer tu... y beber todos los fluidos que salgan de ti.
Quiero ser asqueroso y que nos demos asco mientras nos amamos.
Quiero reventar dentro de ti.
Quiero vivir en tu mismo meridiano para que no tengamos distancia temporal.
Quiero vivir en tus recovecos para que no tengamos distancia espacial.
Un centímetro lejos de ti es tan lejos que tengo que mirarte con catalejo.
Un segundo lejos de ti es tan lejos que cuando llego he envejecido un siglo.
Solamente queda arrepentirme, caer de rodillas e implorar que me coman las llagas los cuervos si sigo viendo tu espalda cada vez más pequeña, recortada contra ese horizonte odioso que nos aleja.

domingo, 17 de marzo de 2019

Naan.

El cielo se ha cubierto con nubes negras de luto que han apagado el sol.
La luna no se deja ver para que no la vea llorar.
El viento susurra una melodía que ya no suena como antes.
Duele cada poro de piel que tus manos ya no tocan.
El frío araña todo lo que no abrazas.
El canuto sabe a lágrimas y la ceniza cae apática.
Tu nombre capicúa retumba en cada ventrículo.
Su eco recorre cada centímetro de arteria y se coagula en mi amígdala.
Ya no puedo oír tus preguntas por todo.
Han pasado dos semanas que han concentrado todos los momentos de dos años.
El musgo y las malas hierbas han crecido en mi abandono.
Mis lagrimales gritarán tu nombre hasta que vuelvas.
Todos los demonios de mi pandemónium te echan de menos.
Aquí te espero para cuando quieras volver.

domingo, 24 de febrero de 2019

Una noche más.

Me asomo a todas las ventanas de los pisos bajos, pero no alcanzo a ver. No llego a espiar sus vidas rituales.
Camino esquivando las alcantarillas. Noto como las alimañas ponzoñosas me miran con sus envenenados ojos, relamiéndose, esperando a verme caer para devorar mi carne desde sus malolientes cavernas. Desde sus negros escondites.
Evito los ojos de los demás. Sorteo los hombros de las sombras y los demonios con los que me cruzo por la acera. Al cruzar. Al entrar y al salir.
Busco en cada rincón esos pobres desechos de locura que se arrastran por entre la basura para encontrar algo que masticar con sus pútridos y amarillentos dientes, mientras se salpican la barbilla con sus viscosas babas hediondas.
Me escurro por los callejones donde trabajan las sensuales y torturadas sombras de la noche. Escucho sus hechizantes sortilegios. Casas de brujas que alimentan los apetitos insaciables de las sucias criaturas del vicio. De reojo miro esas curvas pecaminosas que susurran comentarios lascivos en las comisuras de mis ojos.
Entro en las cavernas de gente tirada en los sucios recovecos, donde estertoran su último aliento con la piel agujereada. Coqueteo con los placeres de la no realidad que se me abre al paso de la sangre contaminada.
Desde las alturas escucho el graznido de las mil muertes que esa noche encontrarán pareja.
Procuro beber todo cuanto soy capaz para perder la cordura que me estruja y sujeta la voluntad.
Mentalmente asesino a todos los seres inmundos que me rodean.
Camino arqueado.
Vuelvo a mi madriguera de oscuridad y melancolía rancia.
Bebo solo.
Fumo solo.
Vivo solo.
Me masturbo solo y busco la muerte en cada eyaculación.
Me dejo llevar por el sueño esperando que una de esas mil muertes que crascitan y cuyo eco se deja oír en mi habitación, me encuentre hoy suficientemente atractivo como para pasar la noche conmigo y sea yo su pareja para siempre.

miércoles, 30 de enero de 2019

Rutina.

Los párpados se cansan de sujetar las lágrimas y ceden. Se dejan vencer. Y la templada perla salada resbala sobre la curvatura del pómulo.
Por los orificios de la nariz se dejan ver lágrimas nasales. Lágrimas que caen precipitadamente sobre el labio.
Un abrazo inerte te oprime. Quisieras alejarte de él, pero no puedes. La otra persona cree que te ayuda.
La boca te sabe a seco. Has hecho huir a la higiene. Repites ropa. Tu pijama es la ropa de salir a la calle.
Restos de tabaco, librillos vacíos y papeles sueltos. Mecheros tirados sin ningún orden ni concierto. Pandemónium de ceniza, colillas y desperdicios.
Tus manos acarician tu cara, te frotan los ojos para intentar despejarte. Los abres y ves borroso.
La cabeza te da un vuelco y te mareas. Coges el vaso y das un trago.
El porro lleva un rato olvidado en el cenicero. Se ha apagado. Acercas la mano y lo coges. Lo enciendes y tragas el humo.
Coges el vaso y das un trago. Y una calada.
Mañana, qué harás mañana. Quizá suceda algo que haga que quieras salir a la calle y hacer la compra para tener algo que comer. Seguro que no.
Trago. Calada.
Calada. Retiras un poco el porro para poder enfocarlo bien y lo miras. Ya se ha terminado, no hay nada más que fumar ahí. Lo estrujas contra la montaña de ceniza. Trago.
El pasillo, y al fondo, la cama.
Coges el paquete de pastillas y troquelas una. La deglutes.
Te vas a dormir. Mañana, qué pasará mañana.

Sombra, luz.

Te agarras a los barrotes de tu ventana y te abrasan. Te miras las manos y ahí están, las marcas carbonizadas de la cárcel en la que estás.
Ves la felicidad fuera. El sol, las risas, los planes, los viajes, las parejas, los ocios. Los ves a todos, lo ves todo, pero no puedes tocarlo. Te pegas contra las barras de la ventana y alargas el brazo. Nada. Aire.
Un halo de luz se cuela por entre los barrotes y proyecta sobre el suelo de hormigón su intervalada sombra, solamente para hacerte ver lo cerca que estás de ello, pero lo inalcanzable que es. Sombra, luz, sombra, luz. ¿Es eso? ¿Es eso lo que tengo que aprender? ¿Lo que tengo que asumir y a lo que debo resignarme?
Uno se acostumbra a estar ahí metido. Uno se hace al frío. Al rígido suelo. Al eco de las paredes. Al ruido de fuera. A la soledad.
Cuando uno ve tantas veces sobre el hormigón el cuadro que pinta el sol a través de la ventana, sombra, luz, sombra, luz, ya no cree en nada. Ya no cree que nada vaya a ser mejor. Nada va a ser mejor de lo que se tiene, pues si ese es el reflejo de lo que hay fuera, ¿quién quiere vivir en él? Quién quiere una felicidad ensombrecida, una pareja con secretos, una compañía opaca, una posición con sufrimiento, una luz tachada por las sombras.
Entonces alguien te abre la puerta de la jaula. Le miras. Te mira. Se aparta como ofrecimiento a la libertad. Haces por levantarte. Apoyas una mano en la rodilla, y con la otra en el suelo empujas y te levantas. Das un paso trémulo y temeroso. Otro. Otro. Ya eres capaz de andar con seguridad, pero justo en el preciso instante en que vas a trasponer el umbral barroso, te detienes. Miras atrás, a tu hueco, a tu cubil, a tu vida. Quietud. Nada parece existir y nada parece moverse. Es en ese instante en el que retrocedes y te acurrucas en el mismo rincón en el que estabas hacía un momento y vuelves a mirar la estampa de la ventana.
Mientras, de fondo se escucha el eco del graznido de las bisagras y el chasquido de la puerta al cerrarse. Para siempre.

Sorbitos.

Me gusta beber el vino a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro. Llenándolo muy poco, sólo hasta antes de la mitad.
Me gusta sorber traguitos de vino mientras sostengo un porro en la mano.
Me gusta mirar por la ventana cuando el sol acuna la voz de los gorriones.
Me gusta darle sorbitos al porro mientras miro a las nubes teñidas de naranja y azul oscuro al anochecer desde mi ventana.
Me gusta mirar a la luna cuando está llena. Y me gusta cuando es delgada como una hoz y siega las nubes a su paso. Y me gusta cuando está empezando a estar gordita.
Me gusta estar delante del ordenador escribiendo con un porro en una mano y el vasito cerámico de vino al lado del cenicero de barro lleno de colillas. Ese cementerio de ideas, ceniza y sentimientos.
Si existieses, y lo que es más complicado, estuvieses a mi lado, me gustaría darte sorbitos primero para terminar bebiéndote a tragos que me rebosasen por las comisuras y el labio. Que me fluyeses por la barbilla hasta el cuello.
Me gusta hacerme un porro tranquilo, desmenuzando miguita a miguita y fumármelo entero y solo. Y si hay compañía, que no me pida una calada. Que coja la piedra y se haga uno, pero que me deje entero con él.
Me gusta el paisaje urbano. Me gustan los mendigos borrachos que gritan y profanan a la masa invisible como cualquier orate leproso de la Edad Media.
Me gustaría poder beberme la vida a sorbitos, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gustaría que estuvieses aquí conmigo, a mi lado, seas quien seas. Que me quitases esta soledad que me aplasta contra las brasas del cenicero. Que me ahoga con litros de cirrosis y me enrosca las vísceras en lo más profundo.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.

sábado, 19 de enero de 2019

Ese templo.

Vuelve el cenicero a llenarse de ceniza oscura. Cadáveres marchitos de colillas abandonadas. Laderas de siniestra polvareda de ese gris tan negro.
Vuelve ese mausoleo solitario, abandonado con sus paredes agrietadas. Vuelve a dejarse ver y a hacer sombra sobre cada uno de los pasos dados. Ese santuario en el que cada rincón esconde un fantasma que estira sus lánguidas y vaporosas extremidades putrefactando todo lo que toca.
Ese templo donde cada gemido, cada lamento, cada sollozo y cada lágrima que golpea el suelo rompiéndose en miríadas de cristales rotos son mil veces susurrados como un suave murmullo por Eco, convirtiéndose en alaridos de terror, en estridentes chillidos de dolor, en espinosas enredaderas que reptan por las viscosas entrañas.
Vuelve esa soledad un día amada, pero ahora detestada.
Vuelve ese dolor que no quiere, pero duele. Y llora por ello, le duele hacer daño.
Es imposible escapar de esas paredes ruinosas vestidas de deprimente musgo. Es imposible escapar de ese templo de luctuoso desasosiego.
Sólo queda entrar. Sólo queda entrar y lentamente dejarse caer de rodillas en la gran cámara, allá donde no llega la luz, hasta quedar inane.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Antinaturalidad.

Atmósfera blanquinegra. La cabeza inclinada en oblicuo mirando hacia el suelo, emanando tragedia y melancolía mientras con el brazo extendido se enfoca desde arriba para plasmar en una artística foto su aflicción por ser tan guapo, por poseer tal hermosura. Una escena tan delicada como el pellejo de una lenteja en la mierda posterior, del dolor y el martirio de la belleza que le tortura. Tiene que expresar su martirio mediante un arte que esté parejo a su esculpido cuerpo, la fotografía. ¡Oh, pobre alma condenada al sufrimiento! Pobre ser sentenciado al castigo de la hermosura. Y cómo no, esa foto, lejos de ser algo personal, lejos de ser una muestra retraída de sus sentimientos, como lo son las verdaderas emociones, será expuesta en todas las plataformas posibles que permiten florecer al ego y follar. Las vísceras crujen con tal acto de antinaturalidad alevosa y premeditada, con ese gesto que pretende mostrar una sensibilidad y una imagen que están siendo pervertidas y asesinadas con medios que son precisamente contrarios a ellas. Hipócrita.

Atmósfera cosmopolita. Un lugar romántico y céntrico. Un lugar de estereotipos. Y allí, una preciosa figura en posturas tiernas, sensuales, caprichosas, espontáneas, ora manteniéndose con una pierna con la otra plegada con la rodilla apuntando al suelo, las manos perfilando el rostro y una expresión de felicidad reflexiva, ora la expresión se torna pícara y granuja, la cabeza se ladea y las manos se cierran incompletamente en suaves puños que se colocan bajo la barbilla dando incluso un toque de inocencia. Inocencia pícara. Quiere hacer creer en las imágenes a sus futuros seguidores que no sabía que alguien la apuntaba con un móvil. Esa imagen de espontaneidad rebosante que le quiere meter  a uno por el culo con un embudo y que es prostituida a cambio de unos cuantos likes, es de lo que carece precisamente todo ese circo. Hipócrita.

Pero quiénes somos nosotros para juzgarlos, en nuestra mano está no ser partícipes de tal teatro absurdo y digno de tomatazos y coles podridas. Sin embargo, como toda maldad, que si no es buscada, es ella la que le busca a uno, aunque se permanezca al margen de todo ello, todo ello se mostrará antinaturalmente ante los ojos de uno con el simple hecho natural de bajar a por el pan.

La batalla del Cielo y el Infierno.

El campo de batalla. Rocas gigantescas irregulares, retorcidas, arrugadas en profundos surcos en los que había crecido el musgo. Relámpagos alumbrando en ráfagas que hacían aparecer y desaparecer las sombras. Árboles desnudos torturados por alambres invisibles que los contorsionaban en las posturas más abyectas.
Los querubines asexuados y regordetes sobrevolaban sobre sus esponjosas y lechosas nubes dejando sus hermosos rizos de pan de oro flotar en el aire, mientras con sus pequeñas ametralladoras disparaban pepitas de sandía, negras como los ojos del Demonio, a velocidades celestiales sobre los demonios terrestres que se refugiaban donde podían. Bajo las rocas, bajo los árboles, bajo los troncos caídos. Pero daba igual, aquellos benditos proyectiles horadaban todo lo que tocaban. Se incrustaban en los descarnados músculos de los histéricos diablos que gritaban todas las blasfemias y emitían los peores juramentos que eran capaces. Desde tierra, estos seres malvados, de caras derruidas, arrugadas y grotescas cargaban sus cañones con excrementos. Las pepitas les saltaban los ojos, se alojaban bajo la piel y provocaban sangrientas llagas allí donde penetraban. A veces, rebotaban emitiendo un herético chasquido cuando golpeaban algún hueso. Los excrementos volaban esparciéndose por el aire hasta golpear a los desnudos angelitos, abrasándoles la tersa y luminosa piel allá donde les tocaba. Sin embargo, lejos de amedrentarse, aquellos seres virginales continuaban disparando, y cuando estaban a punto de morir despellejados, desollados, calcinados por las heces deyectadas por los cañones de los infames demonios, se precipitaban a enorme velocidad sobre sus condenadas víctimas, provocando explosiones de purpurina y confeti que mutilaban y destripaban sin piedad.
¡Ay! ¡Pobres demonios! ¡Qué muerte tan terrible se les ofrecía! Sin embargo, no cejaban y continuaban defendiéndose de aquella inagotable horda de furiosa celestialidad.
Al final entraron en el combate cuerpo a cuerpo. Los demonios atizaban con sus látigos abriendo caminos carmesíes de los que brotaba la pura sangre de los ángeles. Los querubines blandían sus sables y lanzaban bocados a todo aquello que se pusiese a su alcance. Sus caras, que otrora fueran el vivo retrato de la pureza, eran ahora unas máscaras de horror y rabia espumosa brotante de las fauces chirriantes.
Mientras los soldados de uno y otro bando se destrozaban en un combate encarnizado, mientras se amputaban los miembros y las extremidades, mientras se despellejaban con toda la rabia ecuménica, Dios miraba solemne al Demonio desde sus angulosos y perfectos rasgos afeminados. El Diablo sonreía sarcástico desde su rincón. Agazapado, retorcido, a veces erguido, a veces encorvado. De pronto, en un instante que un parpadeo haría desaparecer, ambos se encontraban asestándose mandobles con sendas espadas. Dios describía movimientos ágiles y elegantes con su muñeca, su melena negra, como las pepitas de sandía, flotando en ese pandemónium de ruido y destrucción. El Diablo, con movimientos menos gráciles y bellos, pero no por ello menos ágiles, se escabullía como una rata buscando los flancos abiertos de su rival. Ambos mantenían un combate igualado. Sin malabarismos en sus movimientos, solamente con sencillos arcos ascendentes, descendentes, diagonales, ofrecían una lucha de belleza y horror al más alto nivel. De pronto, ambos se separaron. Cada uno estudiaba a su contrincante con mirada fija. Ambos sabían que este era el movimiento final. Unas trompetas anunciaron tal momento. La guerra se paralizó. Querubines y demonios ensangrentados, magullados, agonizantes se detuvieron y miraron a ambos titanes. El tiempo se había detenido. El espacio dejó de expandirse o de contraerse. Y fue entonces, cuando el gran héroe y antihéroe, con un movimiento de invisible velocidad, descargaron su golpe final el uno sobre el otro. Una luz abrasadora cegó a todos los allí presentes a la misma vez que un rayo de oscuridad completamente negra apagó todas sus almas. Dios y Diablo se encontraban pegados el uno al otro. Ensartados cada uno en el mandoble de su antagonista. Ambos se sonreían. Sus bocas a la distancia de un susurro. Un hilo oscuro de denso líquido caía por la comisura de ambas bocas. Los dos cayeron de rodillas. El Diablo, sin dejar de sonreír de forma bizarra, aflojó su empuñadura y subió despacio la mano hasta la cara de Dios y acarició suave su mejilla. Sus ojos se miraban llorosos. Y entonces Dios acercó sus labios a los del Demonio en un beso de anhelante ternura. Y el Demonio, dolido por su histórica ignominia, giró en el último momento la cara.
Ambos cayeron al suelo desplomados pero abrazados. Con los ojos cerrados. Con las lágrimas todavía humedeciéndoles los pómulos. El Demonio con la expresión del amante destrozado y humillado. Dios con la expresión del amante decisor y castigador. El Demonio con la expresión de quien ha amado y sigue haciéndolo. Dios con la expresión de quien ha amado y se ha cansado de hacerlo.
Y así es como sucederá la batalla entre el Cielo y el Infierno.

lunes, 30 de julio de 2018

Aprovechando la vida.

Llegaba a casa después de haber estado desde que amanecía hasta que anochecía en la mazmorra de trabajos forzados legales donde, gracias a su buena formación como ingeniero, tenía la fortuna de poder disfrutar todos y cada uno de los días de su puta vida. Se cruzó con un perro y se miraron intensamente a los ojos. Y el perro le dijo: "Tío, aprovecha tú que puedes, que cada año de mi vida son como siete tuyos y no me va a dar tiempo a hacer todo lo que quiero". Él continuó andando extrañado. Cada año del perro eran como siete de un humano, eso era cierto según la sabiduría popular, lo cual significaba que los perros vivían unas siete veces menos tiempo. Sin embargo, pensó, él aprovechaba su vida, es más, vivía, como si siete años de su vida fuesen uno. ¿Eso significaba que al final, aunque biológicamente fuese más longevo que un perro, iba a vivir, teniendo en cuenta el aprovechamiento del tiempo, lo mismo que uno de ellos? Dio gracias por tener un trabajo y un techo, cenó un sandwich para tardar poco y se fue dormir con una sonrisa, sabiendo que mañana sería igual.

A dónde van los cadáveres de los gorriones.

Una mujer con canas aleatorias que daban un tono plateado a su rala melena negra, con una falda negra y una blusa desgastada como de gasa de un color enfermizo, golpeaba con el auricular del mismo color que su falda el teléfono de la cabina como esperando una devolución que jamás ocurriría, de un dinero que jamás estuvo ahí dentro.

Un viejo sentado de cualquier forma en el suelo, con un pellejo marcado por profundos canales roñosos, uñas negras y zapatos agujereados, se aferraba al cartón de vino mientras imprecaba en un idioma incomprensible a enemigos imaginarios.

Un ser humano de edad poco avanzada, postrado en una silla, con los labios groseramente gruesos de los que caía espeso jugo hasta la camiseta, con la cabeza inclinada en un ángulo chirriante y con un tembleque oblicuo, cuyas manos y pies abarcaban todo el espectro de puntos cardinales, sonreía de forma aberrante a los viandantes y a sus mascotas mientras alguna mano acostumbrada y resignada intentaba insertar alguna clase de snack en esa caverna bizarra ensuciando los alrededores lo menos posible.

Un anciano con la espalda completamente torcida en un arco doloroso que le dejaba la cabeza a la altura del estómago, las manos nudosas, macilentas y con las venas marcadas como gruesas tuberías de desechos industriales apoyadas sobre un bastón cuya cabeza quedaba por encima de la del propio viejo, estaba sentado en un banco al lado de la carretera. Una persona de menor edad, con sobrepeso, de otro país y sin contrato con un sueldo por debajo, incluso, de la barbilla de aquel señor, cuidaba del desgraciado anciano mirando el móvil y manteniéndolo allí bajo el sol durante todo el tiempo que requiriese el "paseo" de la tarde.

Ya casi había llegado a casa, cuando, después de aquel paisaje escalofriante que acababa de dejar atrás, vio el ennegrecidamente ensangrentado cadáver de un polluelo estampado contra el suelo y aplastado por la rueda de algún vehículo. Se detuvo un instante y lo miró. Aquella imagen disecada era una perfecta metáfora de todo lo que acababa de ver. Se encogió de hombros y siguió andando hacia casa.

Y al llegar al portal le asaltó un pensamiento: era cierto que cada vez veía menos gorriones,  estaban extinguiéndose en la ciudad según parecía, sin embargo, ¿dónde caían sus cadáveres? ¿Acaso se marchaban para morir a escondidas de miradas curiosas? Les entendía, a él tampoco le gustaría formar parte de ese macabro espectáculo urbanístico que decoraba cada parcela de acera.

miércoles, 27 de junio de 2018

Escribir sobre ti.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre ti; pero la inspiración no viene cuando uno la busca ni la necesita ni la quiere, es caprichosa como un gato ante un cuenco de agua de ayer.
Sin embargo, ahora me ha dado un golpecito en el hombro y cuando me he girado la he podido ver desvaneciéndose por la puerta del salón, así que, rápidamente, antes de que se fuese, he dejado la cena en la cocina y me he apresurado a encender el ordenador y heme aquí, con una pantalla frente a la cara y un teclado entre las manos.
Ojalá fuese tu faz la que me mirase en lugar de esta pantalla llena de huellas. Ojalá fuesen tus...  las que estuviesen entre mis manos y no este teclado relleno de hebras de tabaco y pequeñas volutas de costo emérito, vetusto y olvidadizo.
Me gustaría poder volver a conocerte de nuevo, sabiendo que eres tú. Vivir por segunda vez ese momento en el que llegaste como un meteorito entre los conciertos. Verte otra vez embozada en tu sudadera de morada ideología. Mirarte mientras hablabas con esa especie de bakala moderno, pero sabiendo que finalmente vendrías conmigo. Y me gustaría poder desaprovechar la oportunidad de preguntarte lo que me diese la gana con la simple pregunta de "¿Te gustan los gatos?".
Ahora, por mucho que rebobine mi cabeza, solamente me quedan vaporosas sombras escurridizas que me recuerdan cuánto echo ese momento de menos. Pero no importa, porque escribir sobre ti me ha dejado recordarlo. Cada letra pulsada del teclado era como si mis dedos  acariciasen tus... contornos por primera vez y me han recordado aquel beso oportuno y reconfortante que me diste en el cuello.
Algún día podríamos conocernos de nuevo.

lunes, 2 de abril de 2018

Mar de ceniza.

Una colilla más derivaba por el mar de ceniza. A los lados veía los naufragios y los restos de las demás colillas que habían quedado encalladas en aquel mar de dunas grisáceas. Poco le quedaba para ser una de ellas. Lo sabía. No importaba, desde el momento en que había sido concebida, había sabido cuál sería su destino. Miró una vez más hacia los lados para ver los cadáveres varados. Sobre un mar de ceniza reposaba. Se dejó arrastrar hasta el fondo, y allí permaneció inmóvil, oscurecida, resignada y triste. Bajo un mar de ceniza se apagó.

viernes, 23 de marzo de 2018

Chusta esquiva.

Un cigarro sujeto por la leve presión de sus labios. Tiritaba de frío. Un aire gélido. Una brisa cruel que le repasaba los huesos. Una brisa despiadada que le acariciaba su contorno. Apoyado en la pared con una pierna doblada, la esperaba. Siempre se hacía de rogar. Y nunca llegaba cuando él quería. De pronto, allí apareció. La puerta del portal se abrió y apareció ella. Y detrás, el miserable de su novio. Maldito era. Maldito se sentía. Maldito se despreciaba. Otra vez la había esperado ver y la había visto. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Pero falló. Parecía que hasta esa puta chusta le esquivaba. No le importó. Se separó de la pared y se encaminó a su casa dessatisfecho por haber vuelto a esperarla desde lo lejos. Por haber vuelto a verla acompañada. Por haber vuelto a ser él y no estar muerto. Al instante abrió los ojos y se encontró en su cama. Miró en derredor y sólo vio las sábanas ahuecadas. Joder, qué bien. Tan sólo había sido una pesadilla más. No lo había hecho de verdad. Joder, qué bien. Por fin ya sólo lo soñaba y no lo hacía. Por fin eso no era más que un mal recuerdo.

Había esperado algo.

Miró por la ventana y no vio nada más que el vacío. Bajó la cabeza y se miró los pies pensativo y decepcionado. Levantó la mirada y volvió a mirar afuera. Nada. Había esperado encontrarse algo. Algo diferente o nuevo. De pronto, un arco iris de grises se dibujó ante sus ojos, pero se desvaneció incluso antes de que se sorprendiera. Al instante apareció una nube enfurruñada frente a sus pupilas. Y se puso a diluviar, como echándole en cara algo. Se sorprendió y se frustró. No sabía por qué aquella nube le reprochaba el qué. Al igual que el arco iris, desapareció tal cual había aparecido. Se frotó los ojos con los puños incrédulo. Al despegar los párpados no vio nada. Pestañeó un par de veces esperando que algo más sucediese. Esperó. Y de repente apareció. Una figura desnuda ante sus ojos. Portaba un cigarro entre sus labios y soltaba el humo por la nariz. Suavemente. No era la primera vez que lo hacía, se notaba. Se acarició la cara. La barbilla y las caderas. Él la miró embelesado. Ella se acercó mucho con la mano extendida hacia él. Él, extendió la suya. Sin embargo, nunca llegaron a juntarlas. Ella no se acercó tanto. Justo en el momento de rozarse, se retiró hacia atrás flotando en el aire. Él se inclinó hacia delante para alcanzarla, pero no llegó. Se subió al marco de la ventana. En precario equilibrio estiró el brazo, pulso tembloroso que intentaba llegar a lo deseado. Pero ella siempre estaba un milímetro más allá de su alcance. Él se estiró un poco más. Y cayó. Lo último que vio fue el sonido de la risa de ella haciendo un eco cruel en sus oídos. Y de repente, todo se apagó.

sábado, 17 de marzo de 2018

Cuánto dolor.

Cuánto dolor puede aguantar una persona. Cuánto sufrimiento y cuánta tortura. Cuánta sangre puede manar de un corazón seco. Cuánta saliva puede escupirse cuando no quedan palabras. Cuánto puedes arrastrate cuando no te quedan manos. Cuánto puedes respirar cuando no te quedan pulmones por fumar. Cuánto puedes beber cuando no dejas de estar borracho. Cuánta miseria puedes aguantar cuando no te quieres. Ya no sufro ni me torturo, aunque, más que nunca, noto mi cuerpo. Ya no sangro, aunque ya noto fluir mi sangre. Aunque escucho a mi corazón tocar. Ahora respiro un humo sin ti. Me emborracho sin pensar en ti. Mi saliva es más mía que nunca, y las palabras ya no están intoxicadas por el odio. El alcohol sigue empapándome por dentro, pero ya no hace barro. Ahora puedo pegar a alguien y no por frustración. Puedo sentir odio y no es por ti. Puedo quererme porque ya no lo ocupas todo. Puedo sentir porque ya no me saturas. Ojalá. Ojalá no fuese así, y siguieses siendo tú quien me llena. Pero gracias a los dioses, tuyos y míos, de ellos y de los demás. Gracias a quien sea, pero ya no eres tú quien maneja mi ser, mi cuerpo y el alma que no tengo. Ahora soy yo quien tiene los mandos y quien llora por lo que quiere. Quien bebe por quien quiere. Quien se jode los pulmones por quien quiere. Quien escribe por escribirte, y a conciencia. Porque quiero hacerlo y no porque me lo pida tu representación onírica. Ahora te dedico estas palabras porque realmente quiero hacerlo. Ojalá me leas algún día. Ojalá me vuelvas a sentir algún día desde tu sofá. Y ojalá volvamos a no vernos, para que el tiempo sólo nos deje el residuo de lo que fue bueno. Y podamos pensarnos sin odiarnos. Que solamente nos quede el esqueleto de lo que aquello fue. La anorexia de esos sentimientos que tuvimos. Ojalá pueda seguirte dedicando letras y notas desde mi rincón. Y ojalá pienses en mí mientras haces pis. Ojalá seamos uno solamente en un recuerdo. Espero que cuando vaya a morir, sigas estando en mi mente, y que mi último pensamiento seas tú.

Esa tú.

¿Ha pasado un año? ¿Dos? Y todavía pienso en ti. Ya no es igual, ya no siento lo mismo. Sin embargo, la nostalgia me viene. Quiero tenerte como te tenía, aunque sólo sea un segundo. Quiero esa tú que eras cuando eras guay. Esa tú que no era una pija de mierda. Esa tú que creía en Dios, pero era capaz de rechazarlo. Esa tú que era modosita, pero que se volvía loca a un metro de la cama. Esa tú que eras cuando parecía que no te ibas a casar. Esa tú que me decía que era imposible continuar aquello cuando esto era tan bestia. Esa tú que me inspiró más de cien microrrelatos. Esa tú que me inspiró más de dos horas y media de notas y trastes en la guitarra. Esa tú que se convirtió en melodías y letras. Esa tú que me encantaba. Y ha pasado un puto año y medio o dos. Y sigo pensando en ti. Y ahora puedo decir que no me equivocaba, que no decía mentiras cuando te decía que esto iba a durar siempre. Y ahora sé que va a durar siempre. Que te voy a seguir queriendo y que siempre tendrás un hueco dentro de mi esternón. Sin embargo, ahora sé que no quiero a esa tú que me engañaba. Que me deseaba, pero que no me quería. A esa tú que quería vivirme, pero no quería arriesgar. A esa tú que se entregaba y después me rechazaba. A esa tú que quería vivir y después moría. A esa tú que me hacía jirones la piel. Y vuelvo a los lugares que compartí contigo y se me revuelve el estómago. ¡Todavía! Y sigo oliendo tu colonia al pasar, pero no eres tú. Y sigo escuchando tus tacones al salir del baño, pero no eres tú. Y sigo viéndote de refilón girando la esquina, pero no eres tú. Sigo queriendo a esa tú que eras con tu sonrisa y tus mejillas abultadas. Con esos ojos rasgados que miraban de reojo. Qué imbécil soy, qué niño. Sigo queriendo la piruleta que me pica los dientes. El balón que me hace moratones. El pilla pilla que acaba en fracaso. Sigo queriendo esa tú. Lo siento. Lo siento muchísimo, pero no por ti. Si no por mí.

lunes, 12 de febrero de 2018

Cosas que me da por pensar.

Cuántos tenderos de Badulake estarán siendo ahora mismo disparados en el pecho por una recortada.
Cuántas uzis se estarán disparando por encima de las ventanillas bajadas del mítico ford del 79 en cualquier barrio de Kansas City dejando dos o tres cadáveres a su paso.
Cuántas niñas estarán siendo violadas ahora mismo en algún campo de refugiados de cualquier guerra olvidada.
Cuántos niños estarán dejando su inocencia atrás ahora mismo mientras unas manos pecosas y arrugadas se sacian de placer satírico.
Cuántas manos estarán siendo segadas ahora mismo en Sierra Leona.
Cuántas patadas se estarán hundiendo en las costillas de cualquiera que haya tenido la mala suerte de cruzarse con unos nazis.
Cuántas personas morfinadas estarán muriendo ahora mismo entre las amarillentas sábanas de un hospital.
Cuántos infartos estarán matando a viejos olvidados entre las mugrientas paredes del agujero que les sirve de vivienda.
Bueno, qué más da, mientras siga habiendo Instagram podremos ser felices.