miércoles, 1 de noviembre de 2017

No hay que preocuparse por las cosas que no tienen remedio.

Los haces del sol se colaban por entre los árboles y los arbustos del parque. Allí donde estaba, una apacible y suave temperatura le templaba el cuerpo cubierto por una ligera sudadera negra. Se encontraba, como cada día, sentado en el mismo banco, escuchando las conversaciones de los gorriones, mirlos y demás pajarillos que poblaban aquella zona. Le encantaba la vista que se veía desde ahí. Sacó el paquete de tabaco de liar. El plástico emitió ese suave crugido que tanto le gustaba al abrirse. Sacó de dentro una piedrecita marrón. Con la uña del dedo índice, fue rascando hasta tener una pelotilla de tamaño suficiente. La frotó entre sus dedos hasta convertirla en una fina barrita. A continuación, sacó un filtro y un papel. Sacó un pellizco de tabaco y lo extendió sobre la fina sábana cuidadosamente. Puso la barrita sobre el mullido colchón de hebras que acababa de hacer y colocó el filtro en un extremo. Comenzó a enrollar. Deslizó la lengua de un extremo al otro y miró con satisfacción el fino turulo que acababa de elaborar. Sin prisa. Se llevó una mano a uno de los bolsillos de la sudadera. Ahí no estaba el mechero. Buscó en el otro bolsillo y ahí estaba. Lo sacó y prendió el porro. Le dio una profunda calada, y mientras aspiraba reclinó la cabeza hacia atrás un poco. Aguantó el humo un instante y lo empezó a soltar suavemente. Una ligera brisa se llevó el humo recién respirado con ella. ¿Hacia dónde iría? ¿Hasta dónde llegaría? Le daba igual. Poco a poco iba encontrándose cada vez mejor. Más relajado.

Miró, desde la pequeña y baja loma donde se encontraba el banco, a la calle. Le encantaba la vista desde ahí. Veía el verde intenso del césped. Se acordaba de una frase que solía repetir su abuela siempre que veía en la televisión el brillante verde de la hierba de un campo de fútbol: "Hay que ver P***ito, lo bonito que es ese verde. Qué bárbaro, qué verde más verde." Sonrió. Dio otra calada. Veía los bloques de oscuro ladrillo marrón. Los de toda la vida. Veía los pinos de tronco retorcido y agrietado inclinándose unos contra otros como acercándose para susurrarse los secretos de la pasada noche. Mientras respiraba el humo del canuto, vio por el rabillo del ojo una figura acercarse. Se sentó en el banco de al lado. Y la oyó sollozar. Giró levemente la cabeza para ver. Era una figura fina, una chica de pelo largo. Iba envuelta en una chaquetilla de chándal. Cabizbaja y encogida sobre sí misma. Los hombros, curvados en una leve chepa, se estremecían con cada sollozo. Se miraba las rodillas. Él continuó a lo suyo, disfrutando del porro. Cuando se consumió tanto que le quemaba los labios al aspirar, lo apagó, se lo metió en el bolsillo y se marchó sin mirar atrás. ¿Qué le sucedería a aquella pobre chica? No lo sabía, y tampoco lo iba a solucionar, así que dejó que ese pensamiento se evaporase como lo había hecho el porro hacía un segundo.

Al día siguiente, volvió al mismo banco. Y de nuevo escuchó a los pájaros contarse, los que se acordaban, los sueños que habían tenido durante la noche. Se lió un cigarrillo aderezado con la barrita de costo. Se lo encendió y aspiró. Suave. Qué suave entraba. Cuán diferente a esas malas caladas que le arañaban por dentro a veces y le hacían toser. Y volvió a ver, por el rabillo del ojo, a aquella desgraciada silueta sentarse en el banco de al lado entre lamentos. Se giró y la miró. Ella le miró a él en el mismo instante. Se sostuvieron un momento la mirada hasta que ella volvió a mirarse las rodillas. Él continuó mirándola. Se apiadó de ella. Cuando se hubo fumado la mitad del canuto, se levantó y se dirigió hacia la figura: "¿Fumas?". Ella miró hacia arriba con los ojos lacrimosos. Enrojecidos. Y también extrañados. "Es un porro", dijo él. Ella llevó lentamente la mano hacia la de él que sostenía el cigarrillo y lo cogió suavemente. "Gracias", dijo entrecortadamente. Sin más, él, se dio la vuelta y se marchó por el mismo camino por el que había llegado hasta allí.

Estaba nublado y hacía más fresco que los días anteriores, pero no le importaba. Se abrigó un poco más y bajó a su banco. Una vez más, llevó a cabo su ritual. Ese día los pájaros no estaban tan risueños. "No importa, no todos los días son buenos", les dijo. A la luz del atenuado sol, la calle se veía grisácea. Los bloques de ladrillo se entumecían con el frío. No importaba, le encantaba la vista. Comenzó a fumar. Una vez más, la chica se acercó al banco de al lado. Se miraron. Ella bajó la mirada a sus rodillas. No sabía qué hacer. No sabía si acercarse y ofrecerle porro o si sería mejor fumárselo e irse, como siempre, o si irse y fumar en otra parte para dejarla intimidad. Estaba sumido en esa nube vaporosa de pensamientos, cuando escuchó frente a sí: "Gracias por lo de ayer". Levantó la mirada y la tenía en frente. No se había dado cuenta de que se había movido hasta ahí. Tanto se había dejado abstraer por el momento y por ese catalizador de almas que le había aislado en el ostracismo. No pudo contestar. "¿Puedo?", dijo ella muy quedamente mientras se sentaba a su lado. Permanecieron en silencio unos momentos. Él le ofreció el canuto y fumaron ambos. Se turnaban para disfrutar de aquello que los transportaba lejos de allí. De pronto él rompió el silencio: "¿Sabes? No estoy seguro de qué es lo que te hace venir aquí cada día y llorar, bueno, realmente no tengo ni idea, pero sea lo que sea, no debes preocuparte por las cosas que no tienen remedio". Ella le miró con la misma tristeza que vestían sus ojos esos días. No dijo nada. Giró la cabeza y bajó la mirada hacia sus rodillas. Él se levantó, y mientras se marchaba le dijo: "Hasta mañana", y le envió una sonrisa.

El día siguiente fue más frío aún que el anterior. A veces caían gotas muy finas de agua, oscureciendo el suelo con su humedad. Mientras se acercaba a su banco, vio que ella ya estaba allí, ocupando el banco de él. Se abrazaba las rodillas y refugiaba ahí su llanto. Al acercarse iba pensando si sentarse en otro banco o pasar de largo. Sin embargo, algo decidió por él haciéndole sentarse a su lado antes de que fuese consciente de qué hacer. Sin más, comenzó con su ceremonia intentando no pensar en que había alguien a su lado. "¿Hoy tampoco hay mucho que contar?", dijo él al aire. Ella levantó la mirada como sorprendida y dijo muy bajito: "¿Eh?". "No, nada. Les decía a los pájaros. Que hoy no están muy parlanchines. Debe ser este tiempo, que nos vuelve nostálgicos a todos". Ella no dijo nada. Él encendió el canuto y aspiró fuerte. Reclinó un poco hacia atrás la cabeza y lo soltó despacio. Al cabo, ella dijo: "¿Hablas con los pájaros?". "A veces. Sí. Tampoco mucho. Bueno, y aunque no me contesten, sé que me escuchan. O igual no, y resulta que hablo solo". Ella le miró y dejó escapar una sonrisa suspirada. "Sí te escuchan". Ambos se sonrieron, pero no dijeron nada más. Fumaron juntos. Uno al lado del otro. No sabía si decirle algo a la chica o no romper el agradable silencio. Él se estremeció por el frío. "¿No tienes una chaqueta más gorda?", le preguntó ella. "No. Esta es la misma de siempre. Tiene tantos años que ni me acuerdo, pero me gusta. Y me gusta sentir el frío. ¿Estás mejor?". "No", dijo la joven apoyando la frente sobre sus rodillas y soltando el humo del porro por la boca. Ninguno continuó la conversación. Ella le pasó el porro. Él se lo terminó y se lo guardó en el bolsillo. "¿Por qué te lo guardas?", preguntó ella. "Por no tirarlo aquí, quiero cuidarlo. Me gustaría que todo lo que hay en este pequeño espacio siga aquí mañana para poder seguir disfrutando de ello". Con una leve sonrisa se levantó y se marchó.

Un nuevo día amaneció, que no es poco. El cielo estaba escondido tras grises nubes que silbaban sus melodías entre los edificios. Bajó. Se preguntaba si la vería esa mañana. Probablemente no, hacía mucho frío y parecía que iba a derrumbarse el cielo sobre sus cabezas. Efectivamente, cuando llegó al banco ella no estaba. "Bueno, ¿qué importa eso pájaros? Si siempre hemos sido vosotros y yo solos. No necesitamos compañía para fumarnos esto, ¿verdad?", y señaló con la vista el paquete de tabaco que sostenía frente a sí. Comenzó a manufacturar. Le costaba, pues el pulso le temblaba del frío. Además, la piedrecita de costo estaba extremadamente dura y no pudo hacer barrita, así que tuvo que ir arrancando lascas muy pequeñas. Mientras las alineaba sobre la palma de su mano para depositar encima las hebras de tabaco, en su interior se formaba la idea de que era un mentiroso. Claro que le habría gustado encontrársela allí. En el mismo lugar. Ocupando un hueco en su banco. Estaba muy concentrado en evitar que el aire se llevase el tabaco con las lascas enredadas mientras intentaba enrollar el cilindro. En ese momento escuchó una voz a su lado: "Hola". Se sorprendió mucho, incluso se estremeció por un pequeño susto que despertó su columna vertebral con un escalofrío. "Ah, hola. Pensaba que no vendrías, hace un día fatal, ¿no? Bueno, para quien no le guste este tiempo. A mí sí", y sonrió sin levantar la vista de sus manos. Ella se sentó a su lado y dijo: "No pensaba bajar. Sí que hace malo". "Me alegra que lo hayas hecho. Y que no vengas llorando". La miró fijamente. Le miró fijamente. Le sonrió: "Bueno, pero no me encuentro mejor". Él ladeó un poco la cabeza como comprendiendo. Se encendió el porro. Aspiró y reclinó un poco su cabeza hacia atrás soltando el humo muy despacio. Le pasó el cigarro. "No sé si deberías llorar o no por lo que quiera que sea que te carcome. La verdad, creo que es bueno llorar, aunque hay situaciones que no se lo merecen. Pero aunque no se lo merezcan, llorar siempre viene bien. Yo perdí esa virtud hace mucho, y lo echo de menos. En cualquier caso y sea lo que sea que tienes dentro, a veces es bueno sacarlo. Cuéntaselo a los pájaros. Yo te recomiendo que lo hagas en voz alta. Yo a veces les hablo mentalmente, pero cuando estoy realmente mal, se lo cuento en voz alta", se calló un instante y continuó: "Me da la sensación de que me entienden mejor así" y soltó una risilla suspirada. Ella terminó el porro, lo apagó y extendió la mano hacia él sujetándolo. Él, lo cogió de sus dedos, rozándolos muy levemente. El roce, aunque instantáneo, le pareció eterno. Algo se removió dentro de él. La miró. Ella le sonrió: "Me gustaría que cuides de todo esto, para que mañana puedas seguir disfrutando de ello". Él retiró la mirada y bajó la cabeza un poco dejando que su boca dibujase una sonrisa melancólica. Se marchó por donde siempre.

Hoy parecía ayer. Había amanecido exactamente igual. Gris. Bajó a su banco. Se sorprendió al no verla. "Quizá venga un poco más tarde", se dijo. "O quizá no venga". Sacó el paquete de tabaco, quedaba poco, probablemente tendría que comprar otro pasado mañana. Escuchó el canto interrumpido de los pájaros. No les dijo nada, les dejó que hablasen, hoy que parecía que estaban de mejor humor. Además, siempre era preferible escucharles a ellos que a él. Terminó de liar y miró hacia el fondo del camino por el que creía que solía venir ella, pues nunca la había visto llegar. Miró hacia el fondo del camino con la esperanza de verla caminar hacia allí, pero con la certeza de que no la iba a ver. No la vio. Se giró y comenzó a fumar con resignación. "Bueno, una vez más desaparece cualquier cosa que esté relacionada con hacerme feliz, aunque sea un poquito", dijo muy bajo, pero sabiendo que los pájaros le escucharían, pues en ese momento estaban callados. De pronto apareció. Se encontraba sentada a su lado: "Toma", y extendió una bolsa de papel cartón: "Coge. Me he retrasado porque he comprado unas castañas asadas". Él le entregó el porro y metió la mano en la bolsa: "Joe, gracias. Es lo mejor que podrías haber hecho", se calló un momento y dijo: "Aparte de venir aquí", y sonrió. Ella también sonrió. "¿Cómo están los pájaros hoy? ¿Tú crees que están de humor para escucharme?". "Siempre lo están". Ella suspiró una sonrisa. Permanecieron en silencio unos instantes y ella comenzó: "Igual os parece una tontería, pero es por un chico. Me ha puesto los cuernos con otra. Varias veces. Pero siempre me dice que ella no le importa, que me quiere a mí y que no va a volver a pasar. Pero es que vuelve a pasar, y no sé qué hacer. Yo le quiero. No quiero dejarle", mientras decía esto, tímidas lágrimas rebosaban gélidas por sus pálidas mejillas. Hubo un silencio. Sólo se escuchaba el ronroneo del viento. Ni siquiera se oía la voz de los pájaros. "No dicen nada", dijo la joven. "Creo que están intentando encontrar las palabras para poder contestarte y estar a la altura", respondió él. Por fin se escuchó un gorrión. Luego otro. Otro contestó por entre las ramas. "Bueno, dicen que no deberías darle más importancia de la que tiene", dijo él de repente: "¿Cuántos años tienes?". "Dieciséis". "Eres muy joven todavía para preocuparte por esas cosas. Es normal que estés triste. Es normal que te cueste y te plantees si lo debes dejar o no. Incluso es normal que le sigas queriendo; no sé si deberías dejarle o no, eso es cosa tuya. Yo lo dejaría. Sin mirar atrás. Puede que le quieras, pero eso no es más que el amor que le tenías y que él ha convertido en un residuo contaminado. No creo que le sigas queriendo de la misma forma, es tu cerebro quien te engaña", se calló. No sabía si la había ayudado o no. No sabía si sus palabras habían sido las acertadas o si ella estaría pensando en que no había dicho más que tonterías y había sido absurdo contarle su problema. Con estos pensamientos agobiándole en la cabeza, se levantó y se marchó.

Un nuevo otro día. Bajó y caminó hacia su banco. La calle estaba húmeda y las aceras emitían leves reflejos de la grisácea luz que se filtraba por entre las nubes. Iba pensando en lo que le dijo ayer a la chica. Se avergonzaba un poco al pensar que igual le podía haber parecido un consejo idiota y que se quería haber hecho el entendido o el profundo o algo. Llego resignándose a esa idea al banco. No estaba. Era natural. Era evidente que le había parecido un idiota. "Bueno, ¿y qué hacemos pájaros? Es que hace mucho que no hablo con gente, he perdido la práctica, no debería culparme, ¿no?". Bajó la mirada autocompadeciéndose de sí mismo y comenzó a elaborar su cigarrillo chocolateado. "Hola", escuchó justo a su lado. "Joder, eres como un fantasma. Siempre apareces sin que te note". "Lo siento", dijo ella. "No pasa nada, era broma" y le pasó el canuto para que se lo encendiera. La joven acercó la mano y le rozó los dedos. Volvió a sentir lo mismo que la otra vez. Algo se removía por dentro al contacto de ella. Le sonrió y lo encendió y comenzó a fumar. Al ratillo le dijo: "Toma", y se lo entregó a él. Él dio una calada y reclinó un poco la cabeza hacia atrás soltando muy despacio el humo. En ese momento él rompió el silencio: "Creo que hoy los pájaros quieren escuchar, porque no les he oído decir nada" y la miró con una sonrisa. "Hace mucho, yo estuve con una chica que se iba a casar. Nos enamoramos el uno del otro muchísimo. Parecía que no había nada más en el mundo, incluso su inminente boda desaparecía de nuestras cabezas. Ella me decía que sí que lo iba a dejar, que no se veía sin mí. Yo la creí. La quería creer. Y la creí, pero...", se calló. "... Pero se casó. Era lo que tenía que hacer, según todo el mundo. No podía romper una boda con tan poco tiempo. Lo lógico era renunciar a los intensísimos recién despertados sentimientos por una persona que casi acababa de conocer, que dejar a su novio de cinco años, a quien ya no quería, pero al que no podía dejar por el qué dirán, por pena y por propio autoengaño de que yo era pasajero. Al cabo del tiempo, me di cuenta que yo no fui más que una vía de escape para su hastío y desesperación, como le ocurría a Madame Bovary. Nunca me quiso. Sin embargo, yo la amé. La amé de verdad. Hoy la sigo amando, no igual, pero la sigo queriendo, y eso que esto pasó hace muchísimos años ya". Ella le miró: "¿Cuántos años tienes?". "Cuarentaymuchos", le contestó él serio. "Bueno, a donde quiero llegar es a que no debes martirizarte por nada. Acaba con aquello que te atormente lo más rápido posible y continúa con tu vida. Quédate sólo con quien te haga bien. Se supone que existe ese alguien. Yo no lo he encontrado todavía...", de pronto una tos le interrumpió. Era una tos profunda, áspera. Cuando separó la mano de su boca, una mancha de líquido rojo oscuro reposaba sobre la palma. Ella le miró con preocupación sin saber qué decir. Él vio su expresión y le dijo: "Perdona, no te preocupes, a veces me da por toser, y es muy incómodo. No estoy acostumbrado a que me pase mientras hablo con alguien que no sean los pájaros, por eso no llevo un pañuelo, a ellos les da igual donde me limpie" y sonrió mietras se pasaba la manga de la sudadera por la boca. "Pero... ¿Estás bien? No deberías fumar. Bueno, yo no me quiero meter en...", se calló. "No debería fumar, ni tampoco respirar este aire contaminado. Tú no deberías querer a ese chaval que no sabe apreciarte y no es consciente de lo que tiene a su lado" y la miró. Apagó el cigarro y se lo guardó. Y dijo mientras le sonreía: "Tranquila, no te preocupes por mí, no hay que preocuparse por las cosas que no tienen remedio", tras lo cual se levantó y se marchó.

Al día siguiente caminaba bajo un sol henchido y orgulloso hacia el banco pensando en qué hablarían hoy o si permanecerían en silencio uno al lado del otro. Llegó a su santuario y no la vio, pero no se preocupó, estaría de camino. Comenzó a preparar el porro. Esperaba que le asustase en cualquier momento con su vocecilla sonriente: "Hola". Sin embargo, acabó de liar y no aparecía. Se extrañó. "Bueno, voy a fumar despacio para que le quede algo, si no, luego me hago otro" le dijo a los pajarillos. Ellos continuaban a lo suyo bañándose en los rayos de luz. Terminó el porro. No apareció. Algo le impedía marcharse. Continuó sentado. La tos volvió a aparecer. Parecía que esos días había empeorado un poco, si es que eso podía suceder. Se lió otro cigarro ignorando el dolor de su pecho y se lo fumó para esperarla. Daba caladas despacio. Hacía tiempo, pero allí no aparecía ella. Intentó invocarla dejando de mirar hacia todos lados a ver si la veía aparecer, igual si no la buscaba aparecería repentinamente como todos los demás días. Terminó el canuto. No apareció. Se levantó y se marchó con las manos en los bolsillos. Una nube melancólica le protegía del sol que era brillante para todo el mundo menos para él.

Los días sucesivos amanecieron despertados por un intenso sol. Los pájaros cantaban allá abajo en el banco. Los árboles seguían contándose sus secretos y el césped seguía teniendo su verde incandescente. Sin embargo, ella no apareció. Ninguno de los días. No volvió. Pensaba que igual que el azar los había juntado de la forma más improbable, los había separado de forma aún más inverosímil. ¿Por qué no venía? ¿Había dicho o hecho algo mal? Repasaba todos los días las palabras de su última conversación. ¿Qué podía haberla enfadado? ¿Esto? ¿Aquello? Se le ocurrían mil motivos, a cada cual más absurdo, y se le ocurrían mil historias, a cada cual más absurda.

Un día, se encontraba como siempre en el banco. Había tomado su decisión. Sacó el paquete de tabaco. Se deleitó con su leve crugido. Hizo una barrita de costo. Sacó un papel y un filtro. Lo juntó todo y comenzó a enrollar. Se llevó la mano al bolsillo de la sudadera. Ahí no estaba el mechero. Buscó en el otro y allí sí estaba. Lo sacó y lo encendió. Aspiró fuerte, muy fuerte, el pecho le abrasó. Reclinó un poco la cabeza hacia atrás mientras soltaba todo lo despacio que le permitían sus heridos pulmones el humo. Ese día decidió confiar en el azar. Lo sentía, sentía que ese día ella iba a aparecer, así que cogió una piedra del suelo, dejó la carta a su lado y posó la piedra suavemente sobre ella. Lo sentía. El azar estaba esperando ese momento. Estaba esperando que sucediese eso para volverlos a juntar. Lo sabía con total certeza. Tosió unas cuantas veces a lo largo del cigarrillo. Cuando lo terminó, lo apagó y se lo metió en el bolsillo. Miró por última vez la carta y se levantó. Se fue de allí sin volver la vista atrás.

El día era espléndido. Hacía un brillante sol, pero no quemaba. La temperatura era perfecta. Ella salió de su casa y fue hacia el banco. Quería contarle todo lo que había pasado entre ella y el otro. Estaba contenta. Tenía ganas de volver a verle. No sabía por qué, pero había una emoción dentro de ella al pensar en que le iba a volver a ver después de hacía tanto tiempo. Le había echado muchísimo de menos, más de lo que se habría imaginado. Incluso se sorprendió de los sentimientos que la asaltaron durante aquellos días que no le había visto.
Cuando se encontraba cerca del banco no le vio. "Igual se retrasa", dijo a los pájaros mientras caminaba. Cuando ya se encontraba al lado, vio un sobre bajo una piedra. Lo miró extrañada. Se sentó a su lado. Sabía que era de él. Estaba segura. Retiró la piedra suavemente y cogió el sobre. De la carta emanaba la misma presencia que de él. Era suya. La abrió sin tener ninguna duda, un poco temblorosa. Por dentro notaba la angustia crecer mientras lo abría. Dentro estaba el papel y otra cosa. Un porro liado. Lo cogió entre sus dedos con una sonrisa nostálgica y leyó para sí misma: "Hola. Te he dejado un porro hecho para ti sola, sin que lo haya tocado yo. Temía que te diese escrúpulo si te lo pasaba de mis labios ensangrentados. Siento no estar hoy aquí, tenía ganas de verte. Imagino que habrás tenido tus motivos para no venir estos días, igual ya te habías cansado de la cháchara de un vejestorio que habla con los pájaros", se imaginó su sonrisa y sonrió ella también: "Perdona que no esté ahí contigo, pero si hubiese estado, tú no habrías venido, lo sé. Si me hubiese quedado en el banco, esperándote mientras me fumo uno, dos, tres porros, como he hecho estos días, no te habrías aparecido. Apuesto a que has sobresaltado un poco a la carta con tu aparición", suspiró una sonrisa: "Es así como el azar ha querido que nos vivamos. Nos ha juntado para separarnos, y la única forma en que íbamos a poder volver a saber el uno del otro iba a ser así, sin vernos. ¿Te acuerdas cuando te dije que yo no había encontrado todavía a ese alguien que existe y que nos hace bien? Me he dado cuenta de que te mentí. Tú. Tú eres ese alguien. Me has hecho ser capaz de recuperar las lágrimas que estaban solidificadas en mis ojos. Gracias por aparecerte en mi vida y darme este aliento y la fuerza para poder irme en paz. Fúmate ese porro a mi salud y habla a los pajarillos, seguro que están contentos de volverte a ver. Estoy sonriendo.". Una lágrima cayó sobre el papel. De pronto, como si esa lágrima hubiese abierto el camino, un manantial fluyó por sus mejillas. Pero no eran sólo lágrimas tristes. Había también lágrimas sonrientes. Se convulsionó entre el llanto desconsolado y la sonrisa de él dibujada en su imaginación.

Cuando se hubo calmado, metió la carta dentro del sobre. Miró el porro, lo sujetaba suavemente entre sus dedos. Lo guardó también. Se levantó y se marchó sin mirar atrás. Jamás se fumó el porro.

viernes, 27 de octubre de 2017

La profanación de los sentimientos.

Son puros los sentimientos cuando no se descubren.
Cuando permanecen dentro de uno.
Son puras las emociones cuando no se exteriorizan.
Cuando quedan encerradas dentro de uno.
De este modo, son incapaces de evaporarse en el aire.
De este modo, no se corrompen en el recipiente defectuoso que las motiva.
De este modo, el recipiente defectuoso que las despierta no puede estropearlas.
Un "te quiero" no susurrado, ni gritado, ni siquiera demostrado, nunca tendrá mácula.
Nunca envejecerá.
Nunca se deslustrará.
Mientras permanezca dentro, se pulirá. Quedará bruñido y brillante.
Jamás podrá ser mancillado por la persona a la que va destinado.
Jamás podrá, ese ser maculado, contaminarlo ni profanarlo.
Que nunca sepa que le dedicas tus pensamientos.
Que nunca sepa que le dedicas tus sueños.
Que nunca sepa que le dedicas tu imaginación.
Son puros los sentimientos cuando no se descubren.
Son puras las emociones cuando no se exteriorizan.
Es puro el amor, sólo, cuando se confina dentro de los límites de la soledad.
Cuando no se deja escapar.
Cuando no se evapora como el agua en un charco de lluvia.
Si se proclama al viento, sólo servirá para que vuele.
Nublará el sol.
Y lloverá.
Y generará charcos.
Y se secarán.
Es puro el amor cuando no se evapora como el agua en un charco de lluvia.

miércoles, 25 de octubre de 2017

La soledad de un roce.

Un día más dentro de la espiral, iba en el metro. Con una mano sostenía el libro de leyendas chinas que se estaba leyendo. Con la otra se sujetaba a la barra. Un día más iba al trabajo con los párpados pesándole. Repentinamente, una mano rozó delicadamente la suya aferrada a la barra. La subió instintivamente un poco para evitar el contacto. Levantó disimuladamente la vista del libro y miró por curiosidad quién había sido. Delante de él, dentro del abarrotado vagón, había una chica que también había levantado disimuladamente la vista de su libro. Sus pupilas se encontraron, y en ese momento, ambos bajaron la vista azorados. Él hacía como que leía, pues no podía concentrarse. Aquel contacto había producido en él una sensación extraña, antes, incluso, de saber que había sido aquella chica. Un calor embriagador se había propagado por todo su interior nacido de la mano. Una sensación reconfortante. Por un segundo había dejado de sentirse solo. Su vida, aislada de cualquier contacto físico, acababa de llenarse de mil emociones. Se armó de valor y bajó ligeramente la mano de nuevo. No llegó a tocarla, pero de pronto, ella subió muy levemente la suya. Se tocaron. Esta vez, ninguno apartó la mano. Él notaba que ambos sentían lo mismo. Estaban conectados. Él notaba cómo su soledad viajaba hacia ella a través del suave roce. Ella notaba cómo su soledad viajaba hacia él. Él notaba cómo ella llegaba a él liberándole de la soledad que hasta hacía un momento era su única compañera. Ella notaba lo mismo. Ambos levantaron la mirada tímidamente y se encontraron. Era una mirada sesgada, pero suficiente. Ninguna palabra salió de sus labios, pero se lo decían todo. Ninguna expresión demudó su mirada, pero sabían exactamente lo que sentían. De pronto, en lo que pareció una eternidad, el metro se detuvo en una estación y ella se bajó. Él no dejó de mirarla sin cambiar su expresión. Ella no se giró. Continuó. Se perdió por entre la marabunta. Él la perdió de vista. Nunca más la volvió a ver, pero supo con certeza que allá donde estuviese, ella seguía sintiendo el roce de su soledad.

martes, 24 de octubre de 2017

El deforme.

  En una pequeña aldea, de esas entrañables, hogareñas en invierno y refrescantes en verano, de esas en las que los forasteros gustan de perderse entre sus empedradas casas y calles, de esas en las que los endémicos aborígenes de allí tienen como pasatiempo criticar las virtudes y elogiar las desgracias del que justamente no está presente en el cónclave, hace mucho tiempo, cuando todavía existían las estaciones del año, y llovía cuando tenía que llover, y hacía frío cuando los osos tenían que hibernar, y hacía sol cuando los árboles tenían que florecer, existía un niño, si es que podía considerársele tal. Digo esto porque era una deformidad en sí mismo. Su cara era una mezcla de partes mal compuestas, los ojos desnivelados, la curvatura de la boca, irreversible, la nariz aplastadamente torcida, las orejas dos masas de carne amorfas e impías. La cabeza inclinada hacia un lado y casi por debajo de la línea de sus hombros. Las manos regordetas y pequeñas, eran como dos muñones casi inútiles. Los brazos cortos en demasía. Las piernas flexionadas en posición de saltar, como si sus atrofiados músculos fuesen a ser capaces de hacerlo. Un caminar indecente y herético. Pues bien, tal ser había sido concebido en el seno de una familia humilde. De una familia en la que la madre se había tenido que hacer cargo de todo porque el padre había muerto por una enfermedad cuando el niño contaba con muy pocos años de edad. La mujer culpaba al niño, le decía que debido a su deformidad y su torpeza y a su imposibilidad para poder realizar cualquier tarea, por sencilla que fuese, su padre había enfermado del disgusto y había muerto. Una mujer torturada por el cansancio y las exigencias de una vida exenta de placeres. Una mujer que de alguna manera tenía que verter su frustración sobre algo. Y ese algo era su hijo.
  El niño se había criado desnutrido y encerrado en los estrechos límites que le imponían las paredes de su claustrofóbica casa. La madre no le dejaba salir, se avergonzaba de tal amorfia. Le castigaba con golpes y le recriminaba constantemente. Le desfiguraba aún más con sus insultos y denuestos. Le obligaba y sojuzgaba poniéndole ante el espejo y diciéndole mientras le agarraba fuertemente por el hombro o la nuca: "¡Mírate! ¡Mírate! ¡Eso eres tú! ¡Da gracias a que no te permito salir para que te señalen y se rían de ti!". Le acomplejaba, como si su sola condición no fuese suficiente para martirizarle. Le impedía salir recordándole a cada instante lo feo y desproporcionado que era. Cada vez que el niño quería salir a jugar con los demás niños que jugaban en la calle le decía que cómo se le ocurría tal necedad, que si no era consciente de que él no era sino un monstruo muy alejado de cómo ha de ser un niño. Cada vez que el niño preguntaba por qué no podía ir a la escuela, ella le respondía diciéndole que cómo se le ocurría tal barbaridad, que si no se daba cuenta de que era más tonto de lo normal y jamás podría aprender nada, que era tan tonto que podía respirar porque era algo innato, que si hubiese tenido que aprenderlo se habría muerto ahogado.
  El niño miraba desde las ventanas cubiertas por mosquiteras que casi no dejaban entrar la luz del sol para que desde fuera no se pudiese ver ni por casualidad a aquel accidente de la naturaleza, a los demás niños jugar. Él añoraba poder ser uno de ellos. Quería salir y reír con ellos. Quería salir y revolcarse por el suelo con ellos. Los miraba con lágrimas que se desbordaban por las comisuras de sus ojos hasta llegar a su boca. Conocía perfectamente el sabor salado del sufrimiento, de la tristeza, de la pena. Se pegaba todo cuanto podía a las mosquiteras. Iba de una habitación a otra en función de donde se movían los niños para poder seguirlos viendo. Aquello le torturaba, pues no podía ir con ellos, pero no podía evitar mirarlos. A veces, en la soledad de su habitación, se inventaba amigos imaginarios iguales a los que había en la calle y hacía que jugaba con ellos. Incluso se imaginaba la pelota que no tenía, pues ni siquiera disponía de un miserable papel para poder arrugarlo y construirse una réplica.
  Un día, insistió tanto a su madre para que le dejase salir, que ésta, harta de tener que hablar con aquella deformidad, le cogió del hombro y, zarandeándolo, le sacó a empellones hasta el porche de la casa. Allí le gritó, de forma que todos los niños y adultos que se encontraban en ese momento en la calle se giraron a mirar, lo siguiente: "¡Corre! ¡Ve con ellos! Te creerás que nadie va a ser capaz de aceptarte como normal, porque no lo eres, sábelo. Ve y convéncete tú mismo de que no eres más que un despojo al que nadie quiere". El niño, acobardado, miró a todos lados. Todos lados le miraban a él. Quedó contrito. De pronto, un impulso alimentado por la rabia casi le hizo adelantarse e ir hacia los niños que se encontraban a tan sólo unos pasos de él. Sin embargo, una negra sombra, unas oscuras manos nacidas de su arraigada inseguridad le retuvieron, le congelaron los miembros impidiendo que se moviese de delante de la puerta. Veía en cada rostro expresiones de asombro, de curiosidad, de desagrado e incluso asco. El mismo impulso engendrado en la rabia que antes casi le empujó a salir al mundo, ahora tiró con fuerza de él haciéndole entrar dentro de la casa. Llorando. Con el dolor y la fatalidad abrasándole en los ojos. Fue corriendo hacia el espejo y se detuvo ante él. Se miró, y pudo ver cómo en su cara se dibujaba la misma expresión de profunda repugnancia que acababa de ver en las demás caras.
  Desde entonces, se recluyó en su habitación, ya ni siquiera se atrevía a invocar a sus amigos imaginarios, pues hasta ellos le miraban con disgusto. Llegó el invierno. La nieve se posaba delicadamente sobre las hojas de los árboles, sobre los tejados, sobre los alféizares de las ventanas, sobre el suelo. Un día de ese invierno frío, esperó a que llegase la noche. A que el cielo estuviese negro. A que las calles estuviesen oscuras para que nadie pudiese verle y salió. Cerró la puerta de la calle tras de sí y echó a andar. Quería alejarse de allí. Comenzó a andar y no se detuvo. Salió del pueblo, llegó al bosque y continuó. La madre había escuchado desde la cama de su alcoba el sonido de la quejumbrosa puerta al abrirse y al cerrarse. No se inmutó ante lo que sabía que había sucedido.
  Meses después, cuando los alentadores rayos del sol volvieron a calentar el manto blanco de la nieve, un cazador se topó de bruces con un bulto. Cuando se acercó reconoció a aquel monstruo que se había perdido hacía tanto.
  El sol derretía la nieve, que corría en pequeños riachuelos. Aquellas fueron las únicas lágrimas que se derramaron por él. La naturaleza fue la única que lloró su pérdida.

martes, 29 de agosto de 2017

Realidad o sueño.

Ya no sé si te he soñado. O si es que sucediste de verdad.
No sé si los recuerdos, que ya empiezan a deshacerse como las nubes en el aire, son reales.
Por mucho que me esforcé en tatuarte en mis retinas, te veo difusa.
Tus curvas. Tu cadera ligeramente hendida por la goma de las bragas.
No recuerdo si eran las bragas del panda o con encaje.
Mis labios deslizándose por tus muslos. Mi lengua acariciando tus glúteos.
Mi saliva mezclada con la humedad de tus rincones.
Mis manos apretando y acariciando tus pechos.
Tus pezones abrazados por el pellizco de mis dedos.
¿Acaso ha sido un sueño?
Ojalá no hubieses sido más que un sueño finito.
Una fantasía pasajera que hubiese estrangulado mis emociones con sus tentáculos oníricos.
Ojalá no fueses más que una de esas beldades que estimulaban la inspiración de los poetas en su agonía.
Dicen que si sueñas tres veces lo mismo, se hace realidad.
Tú eres un sueño recurrente, sin embargo, no te has hecho realidad.
Espero que aquella realidad que fue un sueño, deje de ser nada en mí.
Y que este sueño que atormenta mi realidad no vuelva nunca más.

miércoles, 19 de julio de 2017

Nada más.

Te he dedicado tantas palabras.
Te he escrito en tantas palabras.
Palabras que has despreciado.
Palabras que me acusaste de escribir a todas.
Te he compuesto en tantas melodías.
Nos he descrito en tanta música.
Música que decidiste contaminar con falso gusto.
He gastado tanta inspiración en ti.
Me he desgastado tanto en dibujarte.
En escribirte con mis relatos.
En convertirte en armonías con mi guitarra.
Ya no me queda nada más que entregarte.
Y ya nada más te entrego.

Ya no lo quiero.

No quiero que pienses en mí. Ya no lo quiero.
Ni siquiera que me dediques un recuerdo, un cajón polvoriento de tu memoria.
Sé que ya no lo haces, pero es ahora cuando yo no quiero que lo hagas.
No quiero que llores ni una sola lágrima por mí. Déjalo pasar.
No te entristezcas. Y no pienses en lo bonito que fue cuando fue bonito.
Y no busques mi olor en las muchedumbres. No busques mi silueta en las figuras paseantes.
Y no quieras encontrarme al girar la esquina.
Yo ya no lo quiero.
Ya no te busco.
Mi nariz ya no se estremece cuando nota tu colonia cerca, en una desconocida. Y mi mirada no te busca.
Mis ojos ya no llueven por ti. Y mi corazón ha pulido sus callos. Mi cuerpo se ha acostumbrado a no tenerte.
Ya no te quiere.
El hueco de mis manos ya no tiene tu forma.
Mis dedos no gritan por el recuerdo de tus clavículas.
No pienses nunca más en mí. No llores una sola lágrima por mí.
No lo quiero.
Tan sólo guardo uno de tus regalos para acordarme siempre de que jamás he de olvidar que no te quiero cerca.
Cada vez que me mire con sus ojillos de plástico negro, vidriosa la mirada, me acordaré de todo tu desprecio que ya ha cicatrizado en mí.
Cuando vea en sus ojos los tuyos, me dará fuerza. Me hará recordar tu indiferencia ante mi desesperación.
Cuando vea en sus ojos la displicencia de tu gesto, me dará fuerza.
Cuando vea en sus ojos la impenetrable negrura con la que me envolviste.
Cuando vea en sus ojos la nada.
Cuando le mire a los ojos, veré los tuyos. Y cuando los vea, volveré a darme cuenta del abismo en el que me hiciste caer.
Y ya no lo quiero.
Llego más tarde que tú, lo sé. Pero he llegado.
Ya no te quiero.

domingo, 2 de julio de 2017

El lamento de la campana.

Se escuchaba el llanto de la campana allá a lo lejos, en la misma antigua torre de siempre. Se extendía haciendo vibrar la silenciosa oscuridad de la noche. Se giró y vio sobre la colina la negra silueta de la torre perfilada contra la luna. Le dedicó un último beso que lanzó al aire. No sabía si le llegaría, pero no le importaba. Se dio la vuelta y continuó su camino lejos de aquel lugar que pronto se convertiría en un pasado olvidado.

lunes, 26 de junio de 2017

Una canción para un momento II. Bad cover version.

La susurró al oído cualquier absurdez y ella tuvo que ladear la cabeza, la calidez del aliento había reptado hasta su cuello. Su nariz gélida se pegaba al cuello de él y respiraba su aroma. Respiraba la emoción que se desbordaba por cada poro de cuello. Sus piernas le apretaban con fuerza mientras él se colaba por sus rincones. Todo su cuerpo se convulsionaba en saturación de placer. Sus ojos encontraban los de él, y sonreía al verle apartar la mirada tímido. Sus piernas jugueteaban con las de él bajo la mesa frente al desconocimiento de los demás. Su vientre bailaba húmedo con el de él, deslizándose cadenciosamente. Aquel abrazo prohibido en aquel lugar que les servía de refugio momentáneo.

Salió de su embelesamiento. Giró la cabeza y vio que al otro lado del sofá no estaba él. Había otra persona. Se encontraba quien había sido su decisión hacía mucho tiempo. Volvió los ojos hacia la tele y se castigó por haberse dejado llevar otra vez por la pasión en lugar de por la imposición de la conformidad.

Ya no suena la misma melodía.

Su fina silueta desnuda brillaba blanquecinamente azulala con las caricias que hacía la luna sobre su piel. Bajo la barbilla, el violín despedía una armonía que le erizaba todas las partes de su cuerpo. La miró desde la penumbra, sin acercarse demasiado. No quería espantarla y que se volatilizase. O peor, que dejase de tocar esa melodía que le arrobaba haciéndole salivar, haciéndole sudar, haciéndole crecer, haciéndole estremecerse. Ella tocaba descuidadamente, los ojos cerrados. Cada nota le recorría los brazos desde las uñas hasta los hombros. Desde las ingles hasta el cuello. Desde los labios hasta las orejas. De pronto, como si hubiese notado la presión de la intensa mirada de él, abrió los ojos como asustada. Sobresaltada. Sin más desapareció dejando tras de sí una nube translúcida de oscuridad.

Abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras. Sólo se escuchaba  la respiración rítmica de ella a su lado. Él sacó la mano de entre las sábanas y acarició el perfil de su contorno. Sus yemas subían rozando desde el muslo, pasando por la cadera despacio y llegaban a la ondulación de sus costillas. Cada poro de piel que se encogía al tacto, emitía una dulce nota que le atravesaba, sin embargo, la melodía que le llegaba era diferente. Dejó de acariciarla. Retiró la mano entrecortadamente y se dio la vuelta. La melodía parecía distinta ahora. Ya no sonaba igual. Cerró los ojos e intentó dormir confiando en que sus sueños no volviesen a traerle recuerdos de lo que jamás volvería a ser.

martes, 13 de junio de 2017

Recogiendo la caca.

Era la estación más fría del año. El día más frío del año. Estaba en casa de su abuelo, cenando con él, con su hermana, con su sobrinilla de un año y con el perro casi extinto de su abuelo. Sucedió que el perrito, que ya estaba viejito, se había desorinado otra vez en la cocina. Así que fue a por la mugrienta fregona para recogerlo. Fue imposible contener una arcada. El agua estaba negra y hedía a fosa común de señorito andaluz. Era como si hubiesen arrojado cientos de cadáveres engominados para atrás con los caracolillos en la nuca, las banderas españolas en las muñecas, en los cinturones, en los gemelos de la camisa, en todas las partes de la camisa, y en las venas del cirio, y después hubiesen tirado una cerilla con desprecio a aquel material altamente inflamable. Total, que se puso a recoger el líquido con la fregona como pudo, intentando no vomitar, y cuando terminó le sugirió a su abuelo: "oye yayi, ¿te parece que baje al perro para que se dé una vuelta y si quiere que defeque?". Respuesta afirmativa. Así que cogió la correa. La miró con horror, los dedos se le quedaban pegados. Oscuras manchas pegajosas se extendían como la marca que dejan las olas en la arena de la playa. Sin pensárselo más, agarró al perro, le enganchó a la correa, cogió un par de bolsitas para la caca y se bajó. Mientras descendía en el ascensor, notó que su tripa protestaba. Sus intestinos eructaban. Eran regüeldos que empezaban suave e iban creciendo en intensidad vibrante y ronca hasta desvanecerse de igual manera que habían venido. Los había que tenían el mismo sonido que le pondrían a un velocirraptor cría en una película, un sonido que era como una mezcla de reptiliano y gorgoteo de loro. Una vez abajo, el frío no ayudó a calmar el malestar de sus vísceras. Las protestas se extendieron del intestino delgado hasta el grueso. El apéndice vibraba y se constreñía. De pronto miró al perrillo. Se sacó una de las bolsas de plástico del bolsillo y la miró pensativo. Y dijo en alzada voz: "Perro, igual estas bolsitas me hacían más falta a mí que a ti. Ojalá supieses recoger cacas". A lo cual el perro contestó: "hombre, dicho y hecho. Alíviate, no te cortes, que es de noche, hace frío y no hay nadie. Ahí detrás es un buen sitio", y señaló con su bigotudo hocico a un matorral. Sin pensárselo dos veces, y sin tener tiempo para hacerse preguntas sobre la situación, se bajó los pantalones mientras se acercaba al matorral. Llegó a él con el culo ya casi en pompa y en cuclillas y se puso a disparar. Tras terminar, se subió los ropajes y, el perro pasó por su lado haciéndole a un lado, y con una de sus manitas agarrando la bolsita de plástico, comenzó a recoger el pastelito. Hizo un nudo perfecto, se acercó a una papelera y lo tiró. "Tranquilo -dijo el perro con voz serena y solemne-, aquí no ha pasado nada". Con una mirada de asentimiento, el muchacho y el perro se subieron de nuevo a casa y no se volvieron a dirigir una palabra más en castellano.

martes, 23 de mayo de 2017

Recuerdos inertes.

"¡Ah! ¡Hola! ¿Eres tú? - dijo con una voz suave, como un susurro suspirado. Su propia voz le sonaba lejana y un poco temblorosa de la emoción-. Dime que eres tú, por favor. ¡Ah! Sí, tienes que serlo. Después de tanto tiempo, aún no se me olvida tu voz. Sigue siendo tan dulce como siempre. Sé que eres tú. Nadie más me llamaba así, "mi María querida". Nadie. Pero dónde estás, no te veo. ¿Te has ido? ¿Por qué te has ido? No me dejes otra vez. No te vayas. No te veo. Por favor, vuelve, dime algo, ¡no te vayas! Repítemelo. Repite mi nombre - suplicaba desesperada -. Aunque sea sólo una vez más - la voz se le quebraba -. No te vayas por favor - silencio -. ¡No me dejes! - su grito sonó desgarrador en las profundidades de la oscuridad que la aislaba y la condenaba al ostracismo de su pensamiento".

Mientras el eco de sus súplicas seguía rebotando en el interior de su cabeza, su mirada vegetal permanecía perdida en cualquier rincón de la estancia. Los ojos, inanes, estaban abiertos como los postigos de las ventanas destartaladas de una casa abandonada. Un hilillo de baba caía brillante y viscoso desde la comisura de la boca: "¡Ay qué lástima llegar a tan mayores, ¿verdad?!", dijo la obtusa enfermera de cerebro esponjoso hacia cualquiera que pudiese escuchar su hueco comentario mientras le secaba la barbilla con un papel.

Al fin se quedó sola. Sola sin la vacía compañía de aquella inútil enfermera. Sola con el mismo eco de antes, que seguía torturándola en su interior.  Sola con su imposibilidad. Una lágrima cayó desde la comisura de su ojo y manó triste por entre los cauces de su arrugada cara. Ya no había nadie para secársela. Mejor, no quería que nadie le robase la pena que a él, y sólo a él, le dedicaba en su vegetativo silencio.

domingo, 21 de mayo de 2017

Contra todo.

Una caña, un cigarro y un libro. De esa guisa se encontraba en una calle de un barrio de clase estúpida. De clase acomodadamente estúpida. Levantó los ojos del libro y en qué momento. Más le habría valido no apartar los ojos de la tinta. Ahora se maldecía. Grupos de aborrescentes, ellos como futbolistas reggaetonianos, ellas como putas reggaetonianas. Parejas de jóvenes padres con uno, dos y hasta tres hijos. Todos vestidos igual. Parejas de jóvenes sin hijos, pero no porque no quisieran, sino porque quizá todavía no se habían casado. Detestada vejez inevitable renqueando en sus bastones. Paseantes con pulseroides abanderadas de rojo y gualda, polos con aguerridos caballos, zapatos sin calcetines. Se estremeció. Miró el cigarro. El cigarro le sostuvo la mirada: "¿Qué, yo tampoco te gusto? ¿No soy de tu agrado como toda esta gente que te parece basura?". Anonadado hallóse. "Pues sí, tú tampoco me gustas, te prefiero con costo". Tras esto, el cigarrillo le escupió su humo a la cara, al ojo, donde más escuece, y saltó de su amargada mano. Con el ojo lloroso lo vio caer. "No te necesito", se engañó. Cogió el vaso de cerveza para dar un trago, y antes de que el líquido le humedeciese los labios, formó una tremenda ola de las que salen resonando desde el fondo y le salpicó la cara. "No me bebas". ¡Dios! Qué pasaba, todo el mundo estaba en su contra o qué. Miró el libro y le dijo: "¿Tú tampoco quieres que te lea?". Sin embargo, el libro se limitó a decir: "No estoy aquí para juzgar a nadie. Cualquiera puede leerme. No me importa cuán merecedores sean los ojos que me repasen y me desnuden con la mirada. Tómame y no pienses más en la putrefacción corrupta de enderredor". Y así lo hizo. No volvió a separar su vista de aquellas voluptuosas frases, aquellos sensuales párrafos, tildes, analogías, metáforas, hipérboles, alegorías y oxímorons. Y se mantuvo siempre fiel a la lectura, la única virtud que jamás le traicionaría.

jueves, 18 de mayo de 2017

Pestilencia eterna.

Pensaba, lo cual últimamente era sinónimo de llorar, si un yonki rehabilitado echaría de menos la heroína. Se encontraba fumando un cigarrillo de liar. Una nube de humo se arremolinó frente a él a la vez que se desvanecía. Se preguntaba si se podía echar de menos algo de lo que se había disfrutado con fruición hacía tiempo, pero que era dañino. Algo que conscientemente se sabía que era perjudicial y lo sería siempre. Exhaló un suspiro cargado de humo. Era como soltar vaho por la boca cuando hacía frío, pero sin hacer frío. Era como vivir encadenado, pero sin cadenas. Era como llorar con ella, pero sin estar ella. Era como respirar aire puro, pero con las flatulencias de mil tubos de escape alrededor. Dio otra calada. Mantuvo un poco el humo en sus pulmones y lo soltó lentamente. Aquel humo se le escapaba para siempre. Para no volver nunca. Y se quedó solo. Sentado en la hierba. Pensativo. Lloroso.

jueves, 11 de mayo de 2017

Ya es tarde II.

Estaba un día con un buen amigo. Uno de esos que han sido una parte muy importante de ti durante una época de tu vida y que el tiempo ha hecho que os distanciéis, pero aún así, al volveros a ver es como si no hubiesen pasado lustros. Pues estábamos tomando algo, y surgió una conversación sobre antaño, y eso me llevó a preguntarle por ella. Una persona que teníamos en común y que también fue parte de mí en otro tiempo. Una persona que fue yo, que lo fue todo y que lo siguió siendo aún en la distancia, pero que las maltrechas y desgraciadas circunstancias hicieron que nuestros caminos se escindiesen irremediablemente. Le pregunté que si sabía algo de ella. Y me dijo que sí, muy serio. Su rostro se demudó. Me miró y me dijo: "Ha muerto". En ese momento, mis entrañas emitieron un crujido al colapsarse. "Pensaba que lo sabías. Me extrañó no verte en el entierro". Yo tenía la mirada perdida en algún lugar del suelo. Le dije que no muy quedamente con la cabeza. De pronto, un calor sofocante, semejante al que me envolvía cuando la veía, me inundó. Mil pensamientos me vinieron a la cabeza. Todo aquello que había pensado en algún momento que podría hacer por recuperarla, por retomar el contacto, de pronto me asedió en estampida. Todo aquello que siempre había pensado que podría hacer ya no podía hacerlo. ¿Por qué no lo hice en su momento? ¿Por orgullo? ¿Por pereza? ¿Porque no era lo que tenía que hacer? Ahora ninguna de esas preguntas tenía sentido. Me veía ridículo y pobre. Triste y solo. Cuando la muerte llega, es cuando empiezas a pensar con claridad, cuando ves las cosas como te habría gustado verlas cuando todavía era posible llevarlas a cabo. Sin embargo, ese es uno de los muchos defectos que tiene vivir, hasta que no te enfrentas a la muerte, no ves las cosas como realmente tendrías que haberlas visto antes. Ahora me llegaban esas palabras que nos decíamos cuando todavía nos queríamos: "¿Te das cuenta de que algún día nos separaremos y tú no sabrás ni que he muerto? Me aterroriza pensarlo", decía yo. "No, eso no va a pasar", decía ella. En aquel momento no eran más que palabras, pensamientos agonizantes pero irrealizables. Eran mortecinas sombras tenues sin suficiente intensidad como para tenerlas en cuenta. Sin embargo, se habían realizado. Se habían hecho realidad. Esas sombras lo habían cubierto todo. Entonces pensé que el tiempo distancia, pero la muerte distancia mucho más. Entonces me quedé inane, con la sensación angustiosa de quien se asoma al vacío, ese vértigo de impotencia, de sentirte indefenso en la nada. Ya no podría jamás recuperarla, ni decirle cuánto la seguía amando, ni volver a discutir con ella, nada. Nada. Apuré mi vaso y, disculpándome, salí de aquel lugar y me marché.

La amada muerta.

Me encontraba dando uno de mis paseos por el cementerio. Era casi de noche y poco quedaba ya de luz. Me movía despacio, acompañado por la ligera brisa que zarandeaba con dulzura las ramas de los solemnes cipreses, por entre las tumbas. Algunas majestuosas. Algunas humildes. Aquí y acullá me detenía sin ninguna motivación concreta a leer los epitafios. Me gustaba saber desde qué edades ancestrales llevaban ahí enterrados los cadáveres. Sin embargo, rara vez encontraba una tumba cuyo contenido pudiese considerarse una antigüedad, el muerto de mayor edad que llegué a encontrar era de casi un siglo. También me gustaba calcular, con las fechas grabadas en las losas, la edad con la que habían muerto los habitantes de aquella necrópolis. Quizá se pueda considerar una afición extraña, una parafilia incluso. Sin embargo, a mí me transmitía paz. Mucha paz. No hay nada más tranquilo y exento de problemas que los muertos.

Todo a mi alrededor se encontraba en silencio. Nada se escuchaba. De pronto, me llegó un murmullo suave. Una voz sutil que era arrastrada por el viento. Miré en su dirección y vi a lo lejos un entierro. Pero era un entierro diferente. Tan sólo había congregados un sacerdote, cuya letanía era la que había captado mi atención, y tres hombres, de los cuales dos eran los enterradores. Aquello me maravilló mucho por la extrañeza de la congregación reunida en torno a la tumba y fui para allá.

Para cuando llegué, el sacerdote ya se había retirado y los enterradores estaban terminando de rellenar el hueco con sus siniestras palas, que emitían suaves carraspeos al recoger la tierra y rozar el suelo. El otro hombre permanecía allí. De pie. Absorto. Su gabardina ondeaba con las caricias del circunspecto céfiro. Miraba a la tumba sin pestañear. Con el ceño ligeramente contraído. Pensativo. Respetuosamente tosí para llamar su atención y poder departir con él. El hombre me miró asombrado, como si no se esperase encontrar a ningún vivo por aquellos lares. "Buenas noches", le saludé. El hombre hizo un gesto amable con la cabeza. "Disculpe que me presente así, pero me encontraba dando un paseo y me ha llamado la atención un sepelio tan íntimo. Conocía a la persona, supongo". "Sí", me respondió. No quise insistir más y permanecí callado a su lado con la intención de marcharme tras una respetuosa espera. De pronto, continuó: "Sí, la conocía". Su voz vibró, y sin más comenzó a explicarme.

"Era una amiga de la universidad. El amor de mi vida, pero jamás correspondido. No creo que nunca haya llegado a saber todo lo que la amaba. Es más, ha muerto sin saberlo. Era una persona compleja, peculiar, diferente. Una persona de esas cuya vida fue engendrada para sufrir. Su madre murió siendo ella aún joven. Fue ahí cuando las cosas se empezaron a torcer. Los hombres pasaban por su vida dejando grandes surcos que malcicatrizaban. Yo era el cojín en el que se apoyaba para llorar, sin saber el daño que eso me hacía. Pero no me importaba, la escuchaba. La escuchaba con toda mi atención porque sabía que era lo que ella necesitaba de mí, y si eso era en lo único que podía complacerla, me bastaba. Me entregaba a mi tarea con mayor ímpetu del que me haya entregado nunca a nada. Más tarde encontró un hombre que resultó ser uno de esos maltratadores. En ese momento también recurrió a mí. Fue por aquel entonces cuando comenzó a beber. Después de ese hombre vino otro, con más llantos de por medio. Con más lágrimas borrachas sobre mi hombro. Su familia y amigos la habían dado de lado por su problema incorregible con el alcohol. Sólo yo permanecía. Sólo a mí podía recurrir. Y lo hacía solamente en estos momentos trágicos, pero tampoco me importaba. Al tiempo apareció una persona en su vida que parecía iba a ser su salvador. Yo me alegré, pues me dolía en lo más profundo verla así y no poder hacer nada absolutamente. Nada más que dedicarle palabras reconfortantes. Palabras que se hundían en vasos de ron. Que se perdían en la niebla de unas neuronas ebrias. Pues bien, con aquel hombre tuvo una hija. Pero tampoco funcionó, ya le dije que era una persona difícil. La abandonó, dejándola sola con su hija. Su problema con la bebida se acentuó y por circunstancias desafortunadas le quitaron la custodia. Para ella fue el mayor revés de su vida. Mucho mayor que los moratones que la dejaba aquel desalmado que la maltrataba. Un día, cuando contaba con tan sólo cuarenta y pocos años, me llamó llorosa. Me dijo que necesitaba verme. Yo le dije que en ese momento me encontraba fuera por trabajo. Empezó a llorar. Me dijo que tenía cáncer. Me dijo que le habían dado doce semanas de vida y que ya habían pasado once. Mi esófago se encogió. Parecía que la boca del estómago hubiese subido hasta mi garganta y los jugos estuviesen quemando mi lengua. Le dije que saldría de inmediato. Cuando llegué al hospital estaba tumbada en la cama. Completamente sedada. Macilenta. Amarilla. Demacrada. Ojerosa. Esquelética. Muerta. Nadie había en la habitación. Nadie la acompañaba. Me acerqué con las lágrimas abrasando mis párpados. Le cogí la mano y la estreché con fuerza. Se la besé con todo el furor de que fui capaz, como si al apretar mis labios contra su piel ella fuese a ser consciente de que yo estaba ahí. Le miré los labios y por un momento estuve tentado de besarlos. Pero no pude. No porque me desagradase la idea de besar a la muerte, sino por respeto. Nunca en vida quiso que la besara, y suponía que esa decisión se mantendría en la muerte. Los enfermeros me preguntaron si era yo quien se iba a hacer cargo de su entierro. Por supuesto que dije que sí. Y aquí estoy hoy. Lamentándome por no haber podido llegar antes. Por no haberla podido hacer feliz".

Con esas palabras terminó su historia. Unas lágrimas contenidas amenazaban con salir de sus ojos, así que le miré, le di un golpecito en la espalda y me marché para dejarle a solas para que llorase tanto como pudiese y quisiese a su amada muerta.

miércoles, 26 de abril de 2017

Perdóname.

Perdona por haberte dicho que me gustas cuando no es así. Por haber hablado de tus ojos cuando no sé ni de qué color son. Siento haberte mojado los labios con mi saliva cuando realmente no quería besarte. Siento haberte hecho creer algo que no era, pero es que me engañaba mi cerebro. No pensaba con claridad. Solamente has sido el objeto de satisfacción de la necesidad que en ese momento atormentaba y obsesionaba a mi cabeza. Siento haberte engañado esta noche para no volver a verte más. Perdóname allá donde estés.

martes, 11 de abril de 2017

Solo I.

Dejó la pluma y el manuscrito sobre la mesa. Nadie le echó de menos.

jueves, 6 de abril de 2017

Minusvalías y libertades.

Iba en el metro y escuchó un eructo magnífico. Era perfectamente cavernoso y vibrante. Se giró y miró hacia la fuente de tal perfección. Era un joven con minusvalía mental de mirada distraída y desconocedor de los límites que nos avergüenzan y nos impiden ser.

Estaba llegando al andén del Cercanías y ya se la escuchaba. Esa muchachilla acompañada de su crónica trisomía que estaba como cada mañana cantando con desatinada entonación y palabras formadas por la mezcla de sílabas dispersas que iba reconociendo en la música de sus cascos. Le había cogido cariño, y esperar el tren sin su ilimitada brillantez que demostraba que le era indiferente lo que pensásemos sobre su arte, no era lo mismo.

Una mente completamente despierta encerrada en un cascarón de huesos y pellejos inservibles luchaba por poder comunicarse con su tutor desde su desventajosa posición en una silla de ruedas. Miró a esa persona y sintió lástima por ella, e inmediatamente después sintió lástima por sí mismo y gran admiración por ella. Él, teniendo un cuerpo perfectamente capaz de ser autosuficiente y una mente ídem, se esforzaba por hundirse con cada piedrecita que le ponía la vida en su pedregoso camino.

Vio a un hombre deforme. De una frente prominente y perfectamente redondeada y despejada hasta bien entrado el cráneo salía una nariz completamente recta que apuntaba hacia abajo como una flecha. Los ojos hundidos en oscuras cavernas y un labio inferior que competía en prominencia con la ya mencionada frente. Grueso y salivoso. Un hombre que jamás encontraría a nadie que se enamorase de él, puesto que el amor no sólo entra por el corazón.

Sentía que no se merecía la fortuna que había tenido y que quizá, quien se la merecía realmente, eran aquellos supraseres minusválidos. Sentía que no era merecedor de la libertad de movimientos y pensamientos de las que podía gozar. La malgastaba en preocupaciones nimias. En trivialidades propias de un creyente en Geová. Sentía que aquella gente limitada eran los que verdaderamente eran libres.

viernes, 31 de marzo de 2017

La vida sigue V.

Era invierno. Muy crudo y cruel. La nieve se acumulaba vistiendo a los desnudos y raquíticos árboles. De pronto, el gusano escuchó un ruido. Levantó la cabeza. En ese momento ocupaba su tiempo devorando los malolientes restos que habían dejado los lobos y los cuervos de un cadáver putrefacto. Miró en derredor. Vio que el ruido lo había hecho un escuálido y tembloroso lobo que había venido a buscar la poca carroña que quedase por comer y que habían dejado sus hermanos. Le miró con cierta tristeza, ése no vería el próximo invierno. Se alegró de ser un ser tan inferior que no sentía ni frío ni calor y que lo que eran desechos y migajas para unos, para él era un auténtico festín. Sin más, bajó la cabeza y continuó desmigando poco a poco los restos sépticos que se pegaban gélidos al hueso. Si total, no podía hacer nada por aquel pobre animal que pronto se convertiría en su próximo manjar. La vida seguía.