lunes, 5 de agosto de 2019

Retinas chupi.

Mis retinas molestamente finas amenazan con dejarme ciego cualquier día. Ya no sólo veo manchitas negras alrededor de todo mi campo visual, también veo líneas muy difusas negras que las unen. A veces, incluso veo destellos. A ver, no mea burro con mis ojos, la verdad es que molan. Me gusta esa miopía de cinco y medio dioptrías pasadas que cuando no llevo lentillas ni gafas, me hacen parecer un minusválido. A veces, por lo que sea, he ido a las tantas de la madrugada o temprano al día siguiente en el metro sin lentillas, porque, por lo que sea, me las quité, y sin saber dónde coño he amanecido ni en qué parada estoy, me tengo que acercar a los carteles donde enumeran en una lista vertical todas las paradas siguientes a la actual (jodo, parezco el NODO), hasta casi tocar con la nariz el cartel. Eso no es difícil, pues gasto unos dos centímetros y medio por aproximadamente cinco centímetros de tocha. Me planteo cómo sería la vida siendo ciego después de haber vivido tres décadas y pico viendo. Probablemente no lo superaría. Creo que igual terminaría en suicidio. O no, porque al final eso es complicado y da miedito. Pero no sería feliz. O sí, porque igual dejaba de fijarme en detalles superficiales para dedicarme más al tacto o a los sonidos (consuelo de mierda). Me gustaría saber qué nuevos matices descubriría en las voces cuando ya no pudiese ver. Quizá ninguno nuevo, salvo que la voz fuese nueva. ¿Usaría bastón o perro guía? O los dos. O ninguno. Molaría ir como un viandante que ve, pero sin ver, sin que la gente supiese que eres ciego. Alguna hostia me llevaría. Lo que más me dolería, creo, es no poder seguir teniendo a mis gatos, porque aunque te den esperanzas con que los ciegos se apañan perfectamente y pueden hacer vida normal, si me quedo ciego a mis treinta y pico o más tarde, no creo que aprendiese a vivir normalmente. El cerebro se endurece, y el mío creo que lo hace a velocidades de deporte extremo. En el cerebro tengo pegatinas de Red Bull y Monster. Va a toda hostia, no de pensamiento, sino de endurecimiento, al contrario que mi pito, que con cada año que pasa se vuelve más perezoso. Joder, ¿quién inventó la vida? Se lució. Que alguien me pase con el encargado porque tengo varias quejas e incidencias en producción. Si me quedo ciego, no sé, creo que lo único bueno es que me darían la baja por discapacidad y no tendría que currar, ¿no? Además, me han dicho que no puedo cuidármelas, que no puedo hacer nada por que no pase. Simplemente rezar si soy creyente en algo o cagarme en los dioses si no. Ya me han dado láser como tres o cuatro veces en ambos ojos y es malditamente molesto. Primero te echan un colirio que escuece y luego una gota de anestésico. Después te meten una lupa en forma de cilindro no muy largo entre los párpados de forma que uno de los extremos te toca el ojo. Esperad, una pausa. Pensemos bien esto. Te toca el ojo, con su iris, su pupila y su globo ocular un puto cristal pulido. No contentos con ello, te ponen una lamparita de luz muy intensa a diez centímetros del ojo. Empiezas a ver todo en negativo. Todo negro, es todo negro mezclado con el resplandor amarillento de la lámpara, atravesado por una especie de miríada de rayos luminosos en forma de venas por toda esa negrura. Si no os lo han hecho, id un día a que os lo hagan. Después llega el láser. Un punto verde que cada vez que aparece te da un calambrazo dentro del puto ojo. Y así durante diez minutos. Diez minutos, que no son nada. Bueno, no son nada... Si te toca esperar el metro diez minutos te cagas en Barrabás. Si te sacan una muela del juicio en diez minutos, te cagas en Judas. Si tienes que estar diez minutos escuchando a un bobo hablar en una reunión de mierda, te cagas en ros. Y así sucesivamente. Si me quedo ciego, espero poder tatuarme a fuego en mi mente algunas imágenes para llevármelas conmigo a la ceguera. Y después, a la tumba. FIN.

miércoles, 31 de julio de 2019

Ramen.

Ramen. Mi gato. Ramen, mi gato, gusta de masticar carne humana. También gusta de roer huesos y tendones de un tobillo acá o un empeine acullá. Indistintamente. En otras ocasiones, busca algo con más industria, mayor consistencia, y busca en la pantorrilla o el muslo. Ramen, mi gato, te persigue y salta con cada pata apuntando a un punto cardinal, como si fuese a abrazarte, pero no, te clava los alfileres que tiene en su boquita diminuta durante centésimas de doloroso segundo cuando choca contra esa parte del cuerpo que sea y rebota como una pelota de tenis pinchada. A Ramen le gusta que nos retemos a duelo en el largo pasillo. Cada uno nos situamos en un extremo buscando cobertura en el marco de alguna puerta y nos medio asomamos, pensando cada uno que el otro no le ve; pero sí, nos vemos. Ramen, te veo aunque sólo asomes un ojillo y una oreja. Entonces, nos retamos con la mirada, a ver quién aguanta más en su escondrijo defectuoso, hasta que uno de los dos no aguanta más y sale corriendo hacia el otro. Es en ese momento y no otro en el que el duelista que aguantó más sale también corriendo hacia el otro. Y nos encontramos en el centro del pasillo. Yo con los brazos extendidos y encogido. Él corriendo de lado, con el espinazo arqueado y una pata delantera, la del lado que da hacia mí, encogida y la cola erizada, como uno de esos cepillos de cerdas en forma de cilindro que se usan para limpiar tubos. Nunca llegamos a colisionar, yo me detengo haciendo un aspaviento y él pega un brinco en vertical, y cuando aterriza sobre el suelo con las orejas aplastadas contra la cabeza y con la cola todavía erizada que parece una ardilla y no un gato, sale corriendo y se escurre entre mis piernas buscando escondite donde lo encuentre. Pero no es instantánea su salida, pues sus patitas resbalan en el suelo varias veces antes de tener agarre, como les pasaba a los Picapiedra, y poder salir de allí cuan rápido puede. Ramen, mi gatito, no bebe de sus cuencos, pero sí de mi jarra de agua. Y cuando voy al baño a lavarme los dientes o a hacer pis, él me acompaña y se mete en su cajón de arena y simula que orina mientras me mira, como esperando que le premie por lo bien que lo hace. A Ramen, mi gatito, le gusta morderme la rasta a las cuatro de la mañana o, sin ser las cuatro, a cualquier hora, pero siempre que sea unas horas más tarde después de haber logrado dormirme. Me gusta compartir las latas de atún con él. Y las lonchas de jamón cocido. Cuando me siento en el váter para votar, le gusta meterse dentro de mi pantalón o calzoncillo, si es verano y sólo llevo esta prenda, cuando están bajados. Se mete en la cavidad y se queda ahí tumbado mientras ronronea. Me gusta cómo ronronea, lo hace muy fuerte y muy ronco. Ramen, mi gato, es pequeñito todavía; pero ha vivido mucho más que muchos humanos en toda su vida. Ha pasado por una casi muerte en la calle, ha sido comido por las pulgas, ha tenido un virus en los ojos que le bajó un telón de legañas que escondían sus amarillitos írises, ha tenido una infección de orina y más bacterias en una gota de su pis que cualquier pedazo de carne de cadáver después de llevar durmiendo un mes en su ataúd. Y sin embargo, aquí está royendo mi pulgar del pie, sin levantar una sola queja. Ramen, espero poder darte la mitad del amor que me das tú. Ramencito, hoy voy a volver a dormir con la puerta de mi habitación cerrada otra vez.

domingo, 24 de febrero de 2019

Una noche más.

Me asomo a todas las ventanas de los pisos bajos, pero no alcanzo a ver. No llego a espiar sus vidas rituales.
Camino esquivando las alcantarillas. Noto como las alimañas ponzoñosas me miran con sus envenenados ojos, relamiéndose, esperando a verme caer para devorar mi carne desde sus malolientes cavernas. Desde sus negros escondites.
Evito los ojos de los demás. Sorteo los hombros de las sombras y los demonios con los que me cruzo por la acera. Al cruzar. Al entrar y al salir.
Busco en cada rincón esos pobres desechos de locura que se arrastran por entre la basura para encontrar algo que masticar con sus pútridos y amarillentos dientes, mientras se salpican la barbilla con sus viscosas babas hediondas.
Me escurro por los callejones donde trabajan las sensuales y torturadas sombras de la noche. Escucho sus hechizantes sortilegios. Casas de brujas que alimentan los apetitos insaciables de las sucias criaturas del vicio. De reojo miro esas curvas pecaminosas que susurran comentarios lascivos en las comisuras de mis ojos.
Entro en las cavernas de gente tirada en los sucios recovecos, donde estertoran su último aliento con la piel agujereada. Coqueteo con los placeres de la no realidad que se me abre al paso de la sangre contaminada.
Desde las alturas escucho el graznido de las mil muertes que esa noche encontrarán pareja.
Procuro beber todo cuanto soy capaz para perder la cordura que me estruja y sujeta la voluntad.
Mentalmente asesino a todos los seres inmundos que me rodean.
Camino arqueado.
Vuelvo a mi madriguera de oscuridad y melancolía rancia.
Bebo solo.
Fumo solo.
Vivo solo.
Me masturbo solo y busco la muerte en cada eyaculación.
Me dejo llevar por el sueño esperando que una de esas mil muertes que crascitan y cuyo eco se deja oír en mi habitación, me encuentre hoy suficientemente atractivo como para pasar la noche conmigo y sea yo su pareja para siempre.

miércoles, 30 de enero de 2019

Rutina.

Los párpados se cansan de sujetar las lágrimas y ceden. Se dejan vencer. Y la templada perla salada resbala sobre la curvatura del pómulo.
Por los orificios de la nariz se dejan ver lágrimas nasales. Lágrimas que caen precipitadamente sobre el labio.
Un abrazo inerte te oprime. Quisieras alejarte de él, pero no puedes. La otra persona cree que te ayuda.
La boca te sabe a seco. Has hecho huir a la higiene. Repites ropa. Tu pijama es la ropa de salir a la calle.
Restos de tabaco, librillos vacíos y papeles sueltos. Mecheros tirados sin ningún orden ni concierto. Pandemónium de ceniza, colillas y desperdicios.
Tus manos acarician tu cara, te frotan los ojos para intentar despejarte. Los abres y ves borroso.
La cabeza te da un vuelco y te mareas. Coges el vaso y das un trago.
El porro lleva un rato olvidado en el cenicero. Se ha apagado. Acercas la mano y lo coges. Lo enciendes y tragas el humo.
Coges el vaso y das un trago. Y una calada.
Mañana, qué harás mañana. Quizá suceda algo que haga que quieras salir a la calle y hacer la compra para tener algo que comer. Seguro que no.
Trago. Calada.
Calada. Retiras un poco el porro para poder enfocarlo bien y lo miras. Ya se ha terminado, no hay nada más que fumar ahí. Lo estrujas contra la montaña de ceniza. Trago.
El pasillo, y al fondo, la cama.
Coges el paquete de pastillas y troquelas una. La deglutes.
Te vas a dormir. Mañana, qué pasará mañana.

Sombra, luz.

Te agarras a los barrotes de tu ventana y te abrasan. Te miras las manos y ahí están, las marcas carbonizadas de la cárcel en la que estás.
Ves la felicidad fuera. El sol, las risas, los planes, los viajes, las parejas, los ocios. Los ves a todos, lo ves todo, pero no puedes tocarlo. Te pegas contra las barras de la ventana y alargas el brazo. Nada. Aire.
Un halo de luz se cuela por entre los barrotes y proyecta sobre el suelo de hormigón su intervalada sombra, solamente para hacerte ver lo cerca que estás de ello, pero lo inalcanzable que es. Sombra, luz, sombra, luz. ¿Es eso? ¿Es eso lo que tengo que aprender? ¿Lo que tengo que asumir y a lo que debo resignarme?
Uno se acostumbra a estar ahí metido. Uno se hace al frío. Al rígido suelo. Al eco de las paredes. Al ruido de fuera. A la soledad.
Cuando uno ve tantas veces sobre el hormigón el cuadro que pinta el sol a través de la ventana, sombra, luz, sombra, luz, ya no cree en nada. Ya no cree que nada vaya a ser mejor. Nada va a ser mejor de lo que se tiene, pues si ese es el reflejo de lo que hay fuera, ¿quién quiere vivir en él? Quién quiere una felicidad ensombrecida, una pareja con secretos, una compañía opaca, una posición con sufrimiento, una luz tachada por las sombras.
Entonces alguien te abre la puerta de la jaula. Le miras. Te mira. Se aparta como ofrecimiento a la libertad. Haces por levantarte. Apoyas una mano en la rodilla, y con la otra en el suelo empujas y te levantas. Das un paso trémulo y temeroso. Otro. Otro. Ya eres capaz de andar con seguridad, pero justo en el preciso instante en que vas a trasponer el umbral barroso, te detienes. Miras atrás, a tu hueco, a tu cubil, a tu vida. Quietud. Nada parece existir y nada parece moverse. Es en ese instante en el que retrocedes y te acurrucas en el mismo rincón en el que estabas hacía un momento y vuelves a mirar la estampa de la ventana.
Mientras, de fondo se escucha el eco del graznido de las bisagras y el chasquido de la puerta al cerrarse. Para siempre.

Sorbitos.

Me gusta beber el vino a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro. Llenándolo muy poco, sólo hasta antes de la mitad.
Me gusta sorber traguitos de vino mientras sostengo un porro en la mano.
Me gusta mirar por la ventana cuando el sol acuna la voz de los gorriones.
Me gusta darle sorbitos al porro mientras miro a las nubes teñidas de naranja y azul oscuro al anochecer desde mi ventana.
Me gusta mirar a la luna cuando está llena. Y me gusta cuando es delgada como una hoz y siega las nubes a su paso. Y me gusta cuando está empezando a estar gordita.
Me gusta estar delante del ordenador escribiendo con un porro en una mano y el vasito cerámico de vino al lado del cenicero de barro lleno de colillas. Ese cementerio de ideas, ceniza y sentimientos.
Si existieses, y lo que es más complicado, estuvieses a mi lado, me gustaría darte sorbitos primero para terminar bebiéndote a tragos que me rebosasen por las comisuras y el labio. Que me fluyeses por la barbilla hasta el cuello.
Me gusta hacerme un porro tranquilo, desmenuzando miguita a miguita y fumármelo entero y solo. Y si hay compañía, que no me pida una calada. Que coja la piedra y se haga uno, pero que me deje entero con él.
Me gusta el paisaje urbano. Me gustan los mendigos borrachos que gritan y profanan a la masa invisible como cualquier orate leproso de la Edad Media.
Me gustaría poder beberme la vida a sorbitos, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gustaría que estuvieses aquí conmigo, a mi lado, seas quien seas. Que me quitases esta soledad que me aplasta contra las brasas del cenicero. Que me ahoga con litros de cirrosis y me enrosca las vísceras en lo más profundo.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.

sábado, 19 de enero de 2019

Ese templo.

Vuelve el cenicero a llenarse de ceniza oscura. Cadáveres marchitos de colillas abandonadas. Laderas de siniestra polvareda de ese gris tan negro.
Vuelve ese mausoleo solitario, abandonado con sus paredes agrietadas. Vuelve a dejarse ver y a hacer sombra sobre cada uno de los pasos dados. Ese santuario en el que cada rincón esconde un fantasma que estira sus lánguidas y vaporosas extremidades putrefactando todo lo que toca.
Ese templo donde cada gemido, cada lamento, cada sollozo y cada lágrima que golpea el suelo rompiéndose en miríadas de cristales rotos son mil veces susurrados como un suave murmullo por Eco, convirtiéndose en alaridos de terror, en estridentes chillidos de dolor, en espinosas enredaderas que reptan por las viscosas entrañas.
Vuelve esa soledad un día amada, pero ahora detestada.
Vuelve ese dolor que no quiere, pero duele. Y llora por ello, le duele hacer daño.
Es imposible escapar de esas paredes ruinosas vestidas de deprimente musgo. Es imposible escapar de ese templo de luctuoso desasosiego.
Sólo queda entrar. Sólo queda entrar y lentamente dejarse caer de rodillas en la gran cámara, allá donde no llega la luz, hasta quedar inane.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Antinaturalidad.

Atmósfera blanquinegra. La cabeza inclinada en oblicuo mirando hacia el suelo, emanando tragedia y melancolía mientras con el brazo extendido se enfoca desde arriba para plasmar en una artística foto su aflicción por ser tan guapo, por poseer tal hermosura. Una escena tan delicada como el pellejo de una lenteja en la mierda posterior, del dolor y el martirio de la belleza que le tortura. Tiene que expresar su martirio mediante un arte que esté parejo a su esculpido cuerpo, la fotografía. ¡Oh, pobre alma condenada al sufrimiento! Pobre ser sentenciado al castigo de la hermosura. Y cómo no, esa foto, lejos de ser algo personal, lejos de ser una muestra retraída de sus sentimientos, como lo son las verdaderas emociones, será expuesta en todas las plataformas posibles que permiten florecer al ego y follar. Las vísceras crujen con tal acto de antinaturalidad alevosa y premeditada, con ese gesto que pretende mostrar una sensibilidad y una imagen que están siendo pervertidas y asesinadas con medios que son precisamente contrarios a ellas. Hipócrita.

Atmósfera cosmopolita. Un lugar romántico y céntrico. Un lugar de estereotipos. Y allí, una preciosa figura en posturas tiernas, sensuales, caprichosas, espontáneas, ora manteniéndose con una pierna con la otra plegada con la rodilla apuntando al suelo, las manos perfilando el rostro y una expresión de felicidad reflexiva, ora la expresión se torna pícara y granuja, la cabeza se ladea y las manos se cierran incompletamente en suaves puños que se colocan bajo la barbilla dando incluso un toque de inocencia. Inocencia pícara. Quiere hacer creer en las imágenes a sus futuros seguidores que no sabía que alguien la apuntaba con un móvil. Esa imagen de espontaneidad rebosante que le quiere meter  a uno por el culo con un embudo y que es prostituida a cambio de unos cuantos likes, es de lo que carece precisamente todo ese circo. Hipócrita.

Pero quiénes somos nosotros para juzgarlos, en nuestra mano está no ser partícipes de tal teatro absurdo y digno de tomatazos y coles podridas. Sin embargo, como toda maldad, que si no es buscada, es ella la que le busca a uno, aunque se permanezca al margen de todo ello, todo ello se mostrará antinaturalmente ante los ojos de uno con el simple hecho natural de bajar a por el pan.

La batalla del Cielo y el Infierno.

El campo de batalla. Rocas gigantescas irregulares, retorcidas, arrugadas en profundos surcos en los que había crecido el musgo. Relámpagos alumbrando en ráfagas que hacían aparecer y desaparecer las sombras. Árboles desnudos torturados por alambres invisibles que los contorsionaban en las posturas más abyectas.
Los querubines asexuados y regordetes sobrevolaban sobre sus esponjosas y lechosas nubes dejando sus hermosos rizos de pan de oro flotar en el aire, mientras con sus pequeñas ametralladoras disparaban pepitas de sandía, negras como los ojos del Demonio, a velocidades celestiales sobre los demonios terrestres que se refugiaban donde podían. Bajo las rocas, bajo los árboles, bajo los troncos caídos. Pero daba igual, aquellos benditos proyectiles horadaban todo lo que tocaban. Se incrustaban en los descarnados músculos de los histéricos diablos que gritaban todas las blasfemias y emitían los peores juramentos que eran capaces. Desde tierra, estos seres malvados, de caras derruidas, arrugadas y grotescas cargaban sus cañones con excrementos. Las pepitas les saltaban los ojos, se alojaban bajo la piel y provocaban sangrientas llagas allí donde penetraban. A veces, rebotaban emitiendo un herético chasquido cuando golpeaban algún hueso. Los excrementos volaban esparciéndose por el aire hasta golpear a los desnudos angelitos, abrasándoles la tersa y luminosa piel allá donde les tocaba. Sin embargo, lejos de amedrentarse, aquellos seres virginales continuaban disparando, y cuando estaban a punto de morir despellejados, desollados, calcinados por las heces deyectadas por los cañones de los infames demonios, se precipitaban a enorme velocidad sobre sus condenadas víctimas, provocando explosiones de purpurina y confeti que mutilaban y destripaban sin piedad.
¡Ay! ¡Pobres demonios! ¡Qué muerte tan terrible se les ofrecía! Sin embargo, no cejaban y continuaban defendiéndose de aquella inagotable horda de furiosa celestialidad.
Al final entraron en el combate cuerpo a cuerpo. Los demonios atizaban con sus látigos abriendo caminos carmesíes de los que brotaba la pura sangre de los ángeles. Los querubines blandían sus sables y lanzaban bocados a todo aquello que se pusiese a su alcance. Sus caras, que otrora fueran el vivo retrato de la pureza, eran ahora unas máscaras de horror y rabia espumosa brotante de las fauces chirriantes.
Mientras los soldados de uno y otro bando se destrozaban en un combate encarnizado, mientras se amputaban los miembros y las extremidades, mientras se despellejaban con toda la rabia ecuménica, Dios miraba solemne al Demonio desde sus angulosos y perfectos rasgos afeminados. El Diablo sonreía sarcástico desde su rincón. Agazapado, retorcido, a veces erguido, a veces encorvado. De pronto, en un instante que un parpadeo haría desaparecer, ambos se encontraban asestándose mandobles con sendas espadas. Dios describía movimientos ágiles y elegantes con su muñeca, su melena negra, como las pepitas de sandía, flotando en ese pandemónium de ruido y destrucción. El Diablo, con movimientos menos gráciles y bellos, pero no por ello menos ágiles, se escabullía como una rata buscando los flancos abiertos de su rival. Ambos mantenían un combate igualado. Sin malabarismos en sus movimientos, solamente con sencillos arcos ascendentes, descendentes, diagonales, ofrecían una lucha de belleza y horror al más alto nivel. De pronto, ambos se separaron. Cada uno estudiaba a su contrincante con mirada fija. Ambos sabían que este era el movimiento final. Unas trompetas anunciaron tal momento. La guerra se paralizó. Querubines y demonios ensangrentados, magullados, agonizantes se detuvieron y miraron a ambos titanes. El tiempo se había detenido. El espacio dejó de expandirse o de contraerse. Y fue entonces, cuando el gran héroe y antihéroe, con un movimiento de invisible velocidad, descargaron su golpe final el uno sobre el otro. Una luz abrasadora cegó a todos los allí presentes a la misma vez que un rayo de oscuridad completamente negra apagó todas sus almas. Dios y Diablo se encontraban pegados el uno al otro. Ensartados cada uno en el mandoble de su antagonista. Ambos se sonreían. Sus bocas a la distancia de un susurro. Un hilo oscuro de denso líquido caía por la comisura de ambas bocas. Los dos cayeron de rodillas. El Diablo, sin dejar de sonreír de forma bizarra, aflojó su empuñadura y subió despacio la mano hasta la cara de Dios y acarició suave su mejilla. Sus ojos se miraban llorosos. Y entonces Dios acercó sus labios a los del Demonio en un beso de anhelante ternura. Y el Demonio, dolido por su histórica ignominia, giró en el último momento la cara.
Ambos cayeron al suelo desplomados pero abrazados. Con los ojos cerrados. Con las lágrimas todavía humedeciéndoles los pómulos. El Demonio con la expresión del amante destrozado y humillado. Dios con la expresión del amante decisor y castigador. El Demonio con la expresión de quien ha amado y sigue haciéndolo. Dios con la expresión de quien ha amado y se ha cansado de hacerlo.
Y así es como sucederá la batalla entre el Cielo y el Infierno.

lunes, 30 de julio de 2018

Aprovechando la vida.

Llegaba a casa después de haber estado desde que amanecía hasta que anochecía en la mazmorra de trabajos forzados legales donde, gracias a su buena formación como ingeniero, tenía la fortuna de poder disfrutar todos y cada uno de los días de su puta vida. Se cruzó con un perro y se miraron intensamente a los ojos. Y el perro le dijo: "Tío, aprovecha tú que puedes, que cada año de mi vida son como siete tuyos y no me va a dar tiempo a hacer todo lo que quiero". Él continuó andando extrañado. Cada año del perro eran como siete de un humano, eso era cierto según la sabiduría popular, lo cual significaba que los perros vivían unas siete veces menos tiempo. Sin embargo, pensó, él aprovechaba su vida, es más, vivía, como si siete años de su vida fuesen uno. ¿Eso significaba que al final, aunque biológicamente fuese más longevo que un perro, iba a vivir, teniendo en cuenta el aprovechamiento del tiempo, lo mismo que uno de ellos? Dio gracias por tener un trabajo y un techo, cenó un sandwich para tardar poco y se fue dormir con una sonrisa, sabiendo que mañana sería igual.

A dónde van los cadáveres de los gorriones.

Una mujer con canas aleatorias que daban un tono plateado a su rala melena negra, con una falda negra y una blusa desgastada como de gasa de un color enfermizo, golpeaba con el auricular del mismo color que su falda el teléfono de la cabina como esperando una devolución que jamás ocurriría, de un dinero que jamás estuvo ahí dentro.

Un viejo sentado de cualquier forma en el suelo, con un pellejo marcado por profundos canales roñosos, uñas negras y zapatos agujereados, se aferraba al cartón de vino mientras imprecaba en un idioma incomprensible a enemigos imaginarios.

Un ser humano de edad poco avanzada, postrado en una silla, con los labios groseramente gruesos de los que caía espeso jugo hasta la camiseta, con la cabeza inclinada en un ángulo chirriante y con un tembleque oblicuo, cuyas manos y pies abarcaban todo el espectro de puntos cardinales, sonreía de forma aberrante a los viandantes y a sus mascotas mientras alguna mano acostumbrada y resignada intentaba insertar alguna clase de snack en esa caverna bizarra ensuciando los alrededores lo menos posible.

Un anciano con la espalda completamente torcida en un arco doloroso que le dejaba la cabeza a la altura del estómago, las manos nudosas, macilentas y con las venas marcadas como gruesas tuberías de desechos industriales apoyadas sobre un bastón cuya cabeza quedaba por encima de la del propio viejo, estaba sentado en un banco al lado de la carretera. Una persona de menor edad, con sobrepeso, de otro país y sin contrato con un sueldo por debajo, incluso, de la barbilla de aquel señor, cuidaba del desgraciado anciano mirando el móvil y manteniéndolo allí bajo el sol durante todo el tiempo que requiriese el "paseo" de la tarde.

Ya casi había llegado a casa, cuando, después de aquel paisaje escalofriante que acababa de dejar atrás, vio el ennegrecidamente ensangrentado cadáver de un polluelo estampado contra el suelo y aplastado por la rueda de algún vehículo. Se detuvo un instante y lo miró. Aquella imagen disecada era una perfecta metáfora de todo lo que acababa de ver. Se encogió de hombros y siguió andando hacia casa.

Y al llegar al portal le asaltó un pensamiento: era cierto que cada vez veía menos gorriones,  estaban extinguiéndose en la ciudad según parecía, sin embargo, ¿dónde caían sus cadáveres? ¿Acaso se marchaban para morir a escondidas de miradas curiosas? Les entendía, a él tampoco le gustaría formar parte de ese macabro espectáculo urbanístico que decoraba cada parcela de acera.

miércoles, 27 de junio de 2018

Escribir sobre ti.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre ti; pero la inspiración no viene cuando uno la busca ni la necesita ni la quiere, es caprichosa como un gato ante un cuenco de agua de ayer.
Sin embargo, ahora me ha dado un golpecito en el hombro y cuando me he girado la he podido ver desvaneciéndose por la puerta del salón, así que, rápidamente, antes de que se fuese, he dejado la cena en la cocina y me he apresurado a encender el ordenador y heme aquí, con una pantalla frente a la cara y un teclado entre las manos.
Ojalá fuese tu faz la que me mirase en lugar de esta pantalla llena de huellas. Ojalá fuesen tus...  las que estuviesen entre mis manos y no este teclado relleno de hebras de tabaco y pequeñas volutas de costo emérito, vetusto y olvidadizo.
Me gustaría poder volver a conocerte de nuevo, sabiendo que eres tú. Vivir por segunda vez ese momento en el que llegaste como un meteorito entre los conciertos. Verte otra vez embozada en tu sudadera de morada ideología. Mirarte mientras hablabas con esa especie de bakala moderno, pero sabiendo que finalmente vendrías conmigo. Y me gustaría poder desaprovechar la oportunidad de preguntarte lo que me diese la gana con la simple pregunta de "¿Te gustan los gatos?".
Ahora, por mucho que rebobine mi cabeza, solamente me quedan vaporosas sombras escurridizas que me recuerdan cuánto echo ese momento de menos. Pero no importa, porque escribir sobre ti me ha dejado recordarlo. Cada letra pulsada del teclado era como si mis dedos  acariciasen tus... contornos por primera vez y me han recordado aquel beso oportuno y reconfortante que me diste en el cuello.
Algún día podríamos conocernos de nuevo.

lunes, 2 de abril de 2018

Mar de ceniza.

Una colilla más derivaba por el mar de ceniza. A los lados veía los naufragios y los restos de las demás colillas que habían quedado encalladas en aquel mar de dunas grisáceas. Poco le quedaba para ser una de ellas. Lo sabía. No importaba, desde el momento en que había sido concebida, había sabido cuál sería su destino. Miró una vez más hacia los lados para ver los cadáveres varados. Sobre un mar de ceniza reposaba. Se dejó arrastrar hasta el fondo, y allí permaneció inmóvil, oscurecida, resignada y triste. Bajo un mar de ceniza se apagó.

viernes, 23 de marzo de 2018

Chusta esquiva.

Un cigarro sujeto por la leve presión de sus labios. Tiritaba de frío. Un aire gélido. Una brisa cruel que le repasaba los huesos. Una brisa despiadada que le acariciaba su contorno. Apoyado en la pared con una pierna doblada, la esperaba. Siempre se hacía de rogar. Y nunca llegaba cuando él quería. De pronto, allí apareció. La puerta del portal se abrió y apareció ella. Y detrás, el miserable de su novio. Maldito era. Maldito se sentía. Maldito se despreciaba. Otra vez la había esperado ver y la había visto. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Pero falló. Parecía que hasta esa puta chusta le esquivaba. No le importó. Se separó de la pared y se encaminó a su casa dessatisfecho por haber vuelto a esperarla desde lo lejos. Por haber vuelto a verla acompañada. Por haber vuelto a ser él y no estar muerto. Al instante abrió los ojos y se encontró en su cama. Miró en derredor y sólo vio las sábanas ahuecadas. Joder, qué bien. Tan sólo había sido una pesadilla más. No lo había hecho de verdad. Joder, qué bien. Por fin ya sólo lo soñaba y no lo hacía. Por fin eso no era más que un mal recuerdo.

Había esperado algo.

Miró por la ventana y no vio nada más que el vacío. Bajó la cabeza y se miró los pies pensativo y decepcionado. Levantó la mirada y volvió a mirar afuera. Nada. Había esperado encontrarse algo. Algo diferente o nuevo. De pronto, un arco iris de grises se dibujó ante sus ojos, pero se desvaneció incluso antes de que se sorprendiera. Al instante apareció una nube enfurruñada frente a sus pupilas. Y se puso a diluviar, como echándole en cara algo. Se sorprendió y se frustró. No sabía por qué aquella nube le reprochaba el qué. Al igual que el arco iris, desapareció tal cual había aparecido. Se frotó los ojos con los puños incrédulo. Al despegar los párpados no vio nada. Pestañeó un par de veces esperando que algo más sucediese. Esperó. Y de repente apareció. Una figura desnuda ante sus ojos. Portaba un cigarro entre sus labios y soltaba el humo por la nariz. Suavemente. No era la primera vez que lo hacía, se notaba. Se acarició la cara. La barbilla y las caderas. Él la miró embelesado. Ella se acercó mucho con la mano extendida hacia él. Él, extendió la suya. Sin embargo, nunca llegaron a juntarlas. Ella no se acercó tanto. Justo en el momento de rozarse, se retiró hacia atrás flotando en el aire. Él se inclinó hacia delante para alcanzarla, pero no llegó. Se subió al marco de la ventana. En precario equilibrio estiró el brazo, pulso tembloroso que intentaba llegar a lo deseado. Pero ella siempre estaba un milímetro más allá de su alcance. Él se estiró un poco más. Y cayó. Lo último que vio fue el sonido de la risa de ella haciendo un eco cruel en sus oídos. Y de repente, todo se apagó.

sábado, 17 de marzo de 2018

Cuánto dolor.

Cuánto dolor puede aguantar una persona. Cuánto sufrimiento y cuánta tortura. Cuánta sangre puede manar de un corazón seco. Cuánta saliva puede escupirse cuando no quedan palabras. Cuánto puedes arrastrate cuando no te quedan manos. Cuánto puedes respirar cuando no te quedan pulmones por fumar. Cuánto puedes beber cuando no dejas de estar borracho. Cuánta miseria puedes aguantar cuando no te quieres. Ya no sufro ni me torturo, aunque, más que nunca, noto mi cuerpo. Ya no sangro, aunque ya noto fluir mi sangre. Aunque escucho a mi corazón tocar. Ahora respiro un humo sin ti. Me emborracho sin pensar en ti. Mi saliva es más mía que nunca, y las palabras ya no están intoxicadas por el odio. El alcohol sigue empapándome por dentro, pero ya no hace barro. Ahora puedo pegar a alguien y no por frustración. Puedo sentir odio y no es por ti. Puedo quererme porque ya no lo ocupas todo. Puedo sentir porque ya no me saturas. Ojalá. Ojalá no fuese así, y siguieses siendo tú quien me llena. Pero gracias a los dioses, tuyos y míos, de ellos y de los demás. Gracias a quien sea, pero ya no eres tú quien maneja mi ser, mi cuerpo y el alma que no tengo. Ahora soy yo quien tiene los mandos y quien llora por lo que quiere. Quien bebe por quien quiere. Quien se jode los pulmones por quien quiere. Quien escribe por escribirte, y a conciencia. Porque quiero hacerlo y no porque me lo pida tu representación onírica. Ahora te dedico estas palabras porque realmente quiero hacerlo. Ojalá me leas algún día. Ojalá me vuelvas a sentir algún día desde tu sofá. Y ojalá volvamos a no vernos, para que el tiempo sólo nos deje el residuo de lo que fue bueno. Y podamos pensarnos sin odiarnos. Que solamente nos quede el esqueleto de lo que aquello fue. La anorexia de esos sentimientos que tuvimos. Ojalá pueda seguirte dedicando letras y notas desde mi rincón. Y ojalá pienses en mí mientras haces pis. Ojalá seamos uno solamente en un recuerdo. Espero que cuando vaya a morir, sigas estando en mi mente, y que mi último pensamiento seas tú.

Esa tú.

¿Ha pasado un año? ¿Dos? Y todavía pienso en ti. Ya no es igual, ya no siento lo mismo. Sin embargo, la nostalgia me viene. Quiero tenerte como te tenía, aunque sólo sea un segundo. Quiero esa tú que eras cuando eras guay. Esa tú que no era una pija de mierda. Esa tú que creía en Dios, pero era capaz de rechazarlo. Esa tú que era modosita, pero que se volvía loca a un metro de la cama. Esa tú que eras cuando parecía que no te ibas a casar. Esa tú que me decía que era imposible continuar aquello cuando esto era tan bestia. Esa tú que me inspiró más de cien microrrelatos. Esa tú que me inspiró más de dos horas y media de notas y trastes en la guitarra. Esa tú que se convirtió en melodías y letras. Esa tú que me encantaba. Y ha pasado un puto año y medio o dos. Y sigo pensando en ti. Y ahora puedo decir que no me equivocaba, que no decía mentiras cuando te decía que esto iba a durar siempre. Y ahora sé que va a durar siempre. Que te voy a seguir queriendo y que siempre tendrás un hueco dentro de mi esternón. Sin embargo, ahora sé que no quiero a esa tú que me engañaba. Que me deseaba, pero que no me quería. A esa tú que quería vivirme, pero no quería arriesgar. A esa tú que se entregaba y después me rechazaba. A esa tú que quería vivir y después moría. A esa tú que me hacía jirones la piel. Y vuelvo a los lugares que compartí contigo y se me revuelve el estómago. ¡Todavía! Y sigo oliendo tu colonia al pasar, pero no eres tú. Y sigo escuchando tus tacones al salir del baño, pero no eres tú. Y sigo viéndote de refilón girando la esquina, pero no eres tú. Sigo queriendo a esa tú que eras con tu sonrisa y tus mejillas abultadas. Con esos ojos rasgados que miraban de reojo. Qué imbécil soy, qué niño. Sigo queriendo la piruleta que me pica los dientes. El balón que me hace moratones. El pilla pilla que acaba en fracaso. Sigo queriendo esa tú. Lo siento. Lo siento muchísimo, pero no por ti. Si no por mí.

lunes, 12 de febrero de 2018

Cosas que me da por pensar.

Cuántos tenderos de Badulake estarán siendo ahora mismo disparados en el pecho por una recortada.
Cuántas uzis se estarán disparando por encima de las ventanillas bajadas del mítico ford del 79 en cualquier barrio de Kansas City dejando dos o tres cadáveres a su paso.
Cuántas niñas estarán siendo violadas ahora mismo en algún campo de refugiados de cualquier guerra olvidada.
Cuántos niños estarán dejando su inocencia atrás ahora mismo mientras unas manos pecosas y arrugadas se sacian de placer satírico.
Cuántas manos estarán siendo segadas ahora mismo en Sierra Leona.
Cuántas patadas se estarán hundiendo en las costillas de cualquiera que haya tenido la mala suerte de cruzarse con unos nazis.
Cuántas personas morfinadas estarán muriendo ahora mismo entre las amarillentas sábanas de un hospital.
Cuántos infartos estarán matando a viejos olvidados entre las mugrientas paredes del agujero que les sirve de vivienda.
Bueno, qué más da, mientras siga habiendo Instagram podremos ser felices.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

No hay que preocuparse por las cosas que no tienen remedio.

Los haces del sol se colaban por entre los árboles y los arbustos del parque. Allí donde estaba, una apacible y suave temperatura le templaba el cuerpo cubierto por una ligera sudadera negra. Se encontraba, como cada día, sentado en el mismo banco, escuchando las conversaciones de los gorriones, mirlos y demás pajarillos que poblaban aquella zona. Le encantaba la vista que se veía desde ahí. Sacó el paquete de tabaco de liar. El plástico emitió ese suave crugido que tanto le gustaba al abrirse. Sacó de dentro una piedrecita marrón. Con la uña del dedo índice, fue rascando hasta tener una pelotilla de tamaño suficiente. La frotó entre sus dedos hasta convertirla en una fina barrita. A continuación, sacó un filtro y un papel. Sacó un pellizco de tabaco y lo extendió sobre la fina sábana cuidadosamente. Puso la barrita sobre el mullido colchón de hebras que acababa de hacer y colocó el filtro en un extremo. Comenzó a enrollar. Deslizó la lengua de un extremo al otro y miró con satisfacción el fino turulo que acababa de elaborar. Sin prisa. Se llevó una mano a uno de los bolsillos de la sudadera. Ahí no estaba el mechero. Buscó en el otro bolsillo y ahí estaba. Lo sacó y prendió el porro. Le dio una profunda calada, y mientras aspiraba reclinó la cabeza hacia atrás un poco. Aguantó el humo un instante y lo empezó a soltar suavemente. Una ligera brisa se llevó el humo recién respirado con ella. ¿Hacia dónde iría? ¿Hasta dónde llegaría? Le daba igual. Poco a poco iba encontrándose cada vez mejor. Más relajado.

Miró, desde la pequeña y baja loma donde se encontraba el banco, a la calle. Le encantaba la vista desde ahí. Veía el verde intenso del césped. Se acordaba de una frase que solía repetir su abuela siempre que veía en la televisión el brillante verde de la hierba de un campo de fútbol: "Hay que ver P***ito, lo bonito que es ese verde. Qué bárbaro, qué verde más verde." Sonrió. Dio otra calada. Veía los bloques de oscuro ladrillo marrón. Los de toda la vida. Veía los pinos de tronco retorcido y agrietado inclinándose unos contra otros como acercándose para susurrarse los secretos de la pasada noche. Mientras respiraba el humo del canuto, vio por el rabillo del ojo una figura acercarse. Se sentó en el banco de al lado. Y la oyó sollozar. Giró levemente la cabeza para ver. Era una figura fina, una chica de pelo largo. Iba envuelta en una chaquetilla de chándal. Cabizbaja y encogida sobre sí misma. Los hombros, curvados en una leve chepa, se estremecían con cada sollozo. Se miraba las rodillas. Él continuó a lo suyo, disfrutando del porro. Cuando se consumió tanto que le quemaba los labios al aspirar, lo apagó, se lo metió en el bolsillo y se marchó sin mirar atrás. ¿Qué le sucedería a aquella pobre chica? No lo sabía, y tampoco lo iba a solucionar, así que dejó que ese pensamiento se evaporase como lo había hecho el porro hacía un segundo.

Al día siguiente, volvió al mismo banco. Y de nuevo escuchó a los pájaros contarse, los que se acordaban, los sueños que habían tenido durante la noche. Se lió un cigarrillo aderezado con la barrita de costo. Se lo encendió y aspiró. Suave. Qué suave entraba. Cuán diferente a esas malas caladas que le arañaban por dentro a veces y le hacían toser. Y volvió a ver, por el rabillo del ojo, a aquella desgraciada silueta sentarse en el banco de al lado entre lamentos. Se giró y la miró. Ella le miró a él en el mismo instante. Se sostuvieron un momento la mirada hasta que ella volvió a mirarse las rodillas. Él continuó mirándola. Se apiadó de ella. Cuando se hubo fumado la mitad del canuto, se levantó y se dirigió hacia la figura: "¿Fumas?". Ella miró hacia arriba con los ojos lacrimosos. Enrojecidos. Y también extrañados. "Es un porro", dijo él. Ella llevó lentamente la mano hacia la de él que sostenía el cigarrillo y lo cogió suavemente. "Gracias", dijo entrecortadamente. Sin más, él, se dio la vuelta y se marchó por el mismo camino por el que había llegado hasta allí.

Estaba nublado y hacía más fresco que los días anteriores, pero no le importaba. Se abrigó un poco más y bajó a su banco. Una vez más, llevó a cabo su ritual. Ese día los pájaros no estaban tan risueños. "No importa, no todos los días son buenos", les dijo. A la luz del atenuado sol, la calle se veía grisácea. Los bloques de ladrillo se entumecían con el frío. No importaba, le encantaba la vista. Comenzó a fumar. Una vez más, la chica se acercó al banco de al lado. Se miraron. Ella bajó la mirada a sus rodillas. No sabía qué hacer. No sabía si acercarse y ofrecerle porro o si sería mejor fumárselo e irse, como siempre, o si irse y fumar en otra parte para dejarla intimidad. Estaba sumido en esa nube vaporosa de pensamientos, cuando escuchó frente a sí: "Gracias por lo de ayer". Levantó la mirada y la tenía en frente. No se había dado cuenta de que se había movido hasta ahí. Tanto se había dejado abstraer por el momento y por ese catalizador de almas que le había aislado en el ostracismo. No pudo contestar. "¿Puedo?", dijo ella muy quedamente mientras se sentaba a su lado. Permanecieron en silencio unos momentos. Él le ofreció el canuto y fumaron ambos. Se turnaban para disfrutar de aquello que los transportaba lejos de allí. De pronto él rompió el silencio: "¿Sabes? No estoy seguro de qué es lo que te hace venir aquí cada día y llorar, bueno, realmente no tengo ni idea, pero sea lo que sea, no debes preocuparte por las cosas que no tienen remedio". Ella le miró con la misma tristeza que vestían sus ojos esos días. No dijo nada. Giró la cabeza y bajó la mirada hacia sus rodillas. Él se levantó, y mientras se marchaba le dijo: "Hasta mañana", y le envió una sonrisa.

El día siguiente fue más frío aún que el anterior. A veces caían gotas muy finas de agua, oscureciendo el suelo con su humedad. Mientras se acercaba a su banco, vio que ella ya estaba allí, ocupando el banco de él. Se abrazaba las rodillas y refugiaba ahí su llanto. Al acercarse iba pensando si sentarse en otro banco o pasar de largo. Sin embargo, algo decidió por él haciéndole sentarse a su lado antes de que fuese consciente de qué hacer. Sin más, comenzó con su ceremonia intentando no pensar en que había alguien a su lado. "¿Hoy tampoco hay mucho que contar?", dijo él al aire. Ella levantó la mirada como sorprendida y dijo muy bajito: "¿Eh?". "No, nada. Les decía a los pájaros. Que hoy no están muy parlanchines. Debe ser este tiempo, que nos vuelve nostálgicos a todos". Ella no dijo nada. Él encendió el canuto y aspiró fuerte. Reclinó un poco hacia atrás la cabeza y lo soltó despacio. Al cabo, ella dijo: "¿Hablas con los pájaros?". "A veces. Sí. Tampoco mucho. Bueno, y aunque no me contesten, sé que me escuchan. O igual no, y resulta que hablo solo". Ella le miró y dejó escapar una sonrisa suspirada. "Sí te escuchan". Ambos se sonrieron, pero no dijeron nada más. Fumaron juntos. Uno al lado del otro. No sabía si decirle algo a la chica o no romper el agradable silencio. Él se estremeció por el frío. "¿No tienes una chaqueta más gorda?", le preguntó ella. "No. Esta es la misma de siempre. Tiene tantos años que ni me acuerdo, pero me gusta. Y me gusta sentir el frío. ¿Estás mejor?". "No", dijo la joven apoyando la frente sobre sus rodillas y soltando el humo del porro por la boca. Ninguno continuó la conversación. Ella le pasó el porro. Él se lo terminó y se lo guardó en el bolsillo. "¿Por qué te lo guardas?", preguntó ella. "Por no tirarlo aquí, quiero cuidarlo. Me gustaría que todo lo que hay en este pequeño espacio siga aquí mañana para poder seguir disfrutando de ello". Con una leve sonrisa se levantó y se marchó.

Un nuevo día amaneció, que no es poco. El cielo estaba escondido tras grises nubes que silbaban sus melodías entre los edificios. Bajó. Se preguntaba si la vería esa mañana. Probablemente no, hacía mucho frío y parecía que iba a derrumbarse el cielo sobre sus cabezas. Efectivamente, cuando llegó al banco ella no estaba. "Bueno, ¿qué importa eso pájaros? Si siempre hemos sido vosotros y yo solos. No necesitamos compañía para fumarnos esto, ¿verdad?", y señaló con la vista el paquete de tabaco que sostenía frente a sí. Comenzó a manufacturar. Le costaba, pues el pulso le temblaba del frío. Además, la piedrecita de costo estaba extremadamente dura y no pudo hacer barrita, así que tuvo que ir arrancando lascas muy pequeñas. Mientras las alineaba sobre la palma de su mano para depositar encima las hebras de tabaco, en su interior se formaba la idea de que era un mentiroso. Claro que le habría gustado encontrársela allí. En el mismo lugar. Ocupando un hueco en su banco. Estaba muy concentrado en evitar que el aire se llevase el tabaco con las lascas enredadas mientras intentaba enrollar el cilindro. En ese momento escuchó una voz a su lado: "Hola". Se sorprendió mucho, incluso se estremeció por un pequeño susto que despertó su columna vertebral con un escalofrío. "Ah, hola. Pensaba que no vendrías, hace un día fatal, ¿no? Bueno, para quien no le guste este tiempo. A mí sí", y sonrió sin levantar la vista de sus manos. Ella se sentó a su lado y dijo: "No pensaba bajar. Sí que hace malo". "Me alegra que lo hayas hecho. Y que no vengas llorando". La miró fijamente. Le miró fijamente. Le sonrió: "Bueno, pero no me encuentro mejor". Él ladeó un poco la cabeza como comprendiendo. Se encendió el porro. Aspiró y reclinó un poco su cabeza hacia atrás soltando el humo muy despacio. Le pasó el cigarro. "No sé si deberías llorar o no por lo que quiera que sea que te carcome. La verdad, creo que es bueno llorar, aunque hay situaciones que no se lo merecen. Pero aunque no se lo merezcan, llorar siempre viene bien. Yo perdí esa virtud hace mucho, y lo echo de menos. En cualquier caso y sea lo que sea que tienes dentro, a veces es bueno sacarlo. Cuéntaselo a los pájaros. Yo te recomiendo que lo hagas en voz alta. Yo a veces les hablo mentalmente, pero cuando estoy realmente mal, se lo cuento en voz alta", se calló un instante y continuó: "Me da la sensación de que me entienden mejor así" y soltó una risilla suspirada. Ella terminó el porro, lo apagó y extendió la mano hacia él sujetándolo. Él, lo cogió de sus dedos, rozándolos muy levemente. El roce, aunque instantáneo, le pareció eterno. Algo se removió dentro de él. La miró. Ella le sonrió: "Me gustaría que cuides de todo esto, para que mañana puedas seguir disfrutando de ello". Él retiró la mirada y bajó la cabeza un poco dejando que su boca dibujase una sonrisa melancólica. Se marchó por donde siempre.

Hoy parecía ayer. Había amanecido exactamente igual. Gris. Bajó a su banco. Se sorprendió al no verla. "Quizá venga un poco más tarde", se dijo. "O quizá no venga". Sacó el paquete de tabaco, quedaba poco, probablemente tendría que comprar otro pasado mañana. Escuchó el canto interrumpido de los pájaros. No les dijo nada, les dejó que hablasen, hoy que parecía que estaban de mejor humor. Además, siempre era preferible escucharles a ellos que a él. Terminó de liar y miró hacia el fondo del camino por el que creía que solía venir ella, pues nunca la había visto llegar. Miró hacia el fondo del camino con la esperanza de verla caminar hacia allí, pero con la certeza de que no la iba a ver. No la vio. Se giró y comenzó a fumar con resignación. "Bueno, una vez más desaparece cualquier cosa que esté relacionada con hacerme feliz, aunque sea un poquito", dijo muy bajo, pero sabiendo que los pájaros le escucharían, pues en ese momento estaban callados. De pronto apareció. Se encontraba sentada a su lado: "Toma", y extendió una bolsa de papel cartón: "Coge. Me he retrasado porque he comprado unas castañas asadas". Él le entregó el porro y metió la mano en la bolsa: "Joe, gracias. Es lo mejor que podrías haber hecho", se calló un momento y dijo: "Aparte de venir aquí", y sonrió. Ella también sonrió. "¿Cómo están los pájaros hoy? ¿Tú crees que están de humor para escucharme?". "Siempre lo están". Ella suspiró una sonrisa. Permanecieron en silencio unos instantes y ella comenzó: "Igual os parece una tontería, pero es por un chico. Me ha puesto los cuernos con otra. Varias veces. Pero siempre me dice que ella no le importa, que me quiere a mí y que no va a volver a pasar. Pero es que vuelve a pasar, y no sé qué hacer. Yo le quiero. No quiero dejarle", mientras decía esto, tímidas lágrimas rebosaban gélidas por sus pálidas mejillas. Hubo un silencio. Sólo se escuchaba el ronroneo del viento. Ni siquiera se oía la voz de los pájaros. "No dicen nada", dijo la joven. "Creo que están intentando encontrar las palabras para poder contestarte y estar a la altura", respondió él. Por fin se escuchó un gorrión. Luego otro. Otro contestó por entre las ramas. "Bueno, dicen que no deberías darle más importancia de la que tiene", dijo él de repente: "¿Cuántos años tienes?". "Dieciséis". "Eres muy joven todavía para preocuparte por esas cosas. Es normal que estés triste. Es normal que te cueste y te plantees si lo debes dejar o no. Incluso es normal que le sigas queriendo; no sé si deberías dejarle o no, eso es cosa tuya. Yo lo dejaría. Sin mirar atrás. Puede que le quieras, pero eso no es más que el amor que le tenías y que él ha convertido en un residuo contaminado. No creo que le sigas queriendo de la misma forma, es tu cerebro quien te engaña", se calló. No sabía si la había ayudado o no. No sabía si sus palabras habían sido las acertadas o si ella estaría pensando en que no había dicho más que tonterías y había sido absurdo contarle su problema. Con estos pensamientos agobiándole en la cabeza, se levantó y se marchó.

Un nuevo otro día. Bajó y caminó hacia su banco. La calle estaba húmeda y las aceras emitían leves reflejos de la grisácea luz que se filtraba por entre las nubes. Iba pensando en lo que le dijo ayer a la chica. Se avergonzaba un poco al pensar que igual le podía haber parecido un consejo idiota y que se quería haber hecho el entendido o el profundo o algo. Llego resignándose a esa idea al banco. No estaba. Era natural. Era evidente que le había parecido un idiota. "Bueno, ¿y qué hacemos pájaros? Es que hace mucho que no hablo con gente, he perdido la práctica, no debería culparme, ¿no?". Bajó la mirada autocompadeciéndose de sí mismo y comenzó a elaborar su cigarrillo chocolateado. "Hola", escuchó justo a su lado. "Joder, eres como un fantasma. Siempre apareces sin que te note". "Lo siento", dijo ella. "No pasa nada, era broma" y le pasó el canuto para que se lo encendiera. La joven acercó la mano y le rozó los dedos. Volvió a sentir lo mismo que la otra vez. Algo se removía por dentro al contacto de ella. Le sonrió y lo encendió y comenzó a fumar. Al ratillo le dijo: "Toma", y se lo entregó a él. Él dio una calada y reclinó un poco la cabeza hacia atrás soltando muy despacio el humo. En ese momento él rompió el silencio: "Creo que hoy los pájaros quieren escuchar, porque no les he oído decir nada" y la miró con una sonrisa. "Hace mucho, yo estuve con una chica que se iba a casar. Nos enamoramos el uno del otro muchísimo. Parecía que no había nada más en el mundo, incluso su inminente boda desaparecía de nuestras cabezas. Ella me decía que sí que lo iba a dejar, que no se veía sin mí. Yo la creí. La quería creer. Y la creí, pero...", se calló. "... Pero se casó. Era lo que tenía que hacer, según todo el mundo. No podía romper una boda con tan poco tiempo. Lo lógico era renunciar a los intensísimos recién despertados sentimientos por una persona que casi acababa de conocer, que dejar a su novio de cinco años, a quien ya no quería, pero al que no podía dejar por el qué dirán, por pena y por propio autoengaño de que yo era pasajero. Al cabo del tiempo, me di cuenta que yo no fui más que una vía de escape para su hastío y desesperación, como le ocurría a Madame Bovary. Nunca me quiso. Sin embargo, yo la amé. La amé de verdad. Hoy la sigo amando, no igual, pero la sigo queriendo, y eso que esto pasó hace muchísimos años ya". Ella le miró: "¿Cuántos años tienes?". "Cuarentaymuchos", le contestó él serio. "Bueno, a donde quiero llegar es a que no debes martirizarte por nada. Acaba con aquello que te atormente lo más rápido posible y continúa con tu vida. Quédate sólo con quien te haga bien. Se supone que existe ese alguien. Yo no lo he encontrado todavía...", de pronto una tos le interrumpió. Era una tos profunda, áspera. Cuando separó la mano de su boca, una mancha de líquido rojo oscuro reposaba sobre la palma. Ella le miró con preocupación sin saber qué decir. Él vio su expresión y le dijo: "Perdona, no te preocupes, a veces me da por toser, y es muy incómodo. No estoy acostumbrado a que me pase mientras hablo con alguien que no sean los pájaros, por eso no llevo un pañuelo, a ellos les da igual donde me limpie" y sonrió mietras se pasaba la manga de la sudadera por la boca. "Pero... ¿Estás bien? No deberías fumar. Bueno, yo no me quiero meter en...", se calló. "No debería fumar, ni tampoco respirar este aire contaminado. Tú no deberías querer a ese chaval que no sabe apreciarte y no es consciente de lo que tiene a su lado" y la miró. Apagó el cigarro y se lo guardó. Y dijo mientras le sonreía: "Tranquila, no te preocupes por mí, no hay que preocuparse por las cosas que no tienen remedio", tras lo cual se levantó y se marchó.

Al día siguiente caminaba bajo un sol henchido y orgulloso hacia el banco pensando en qué hablarían hoy o si permanecerían en silencio uno al lado del otro. Llegó a su santuario y no la vio, pero no se preocupó, estaría de camino. Comenzó a preparar el porro. Esperaba que le asustase en cualquier momento con su vocecilla sonriente: "Hola". Sin embargo, acabó de liar y no aparecía. Se extrañó. "Bueno, voy a fumar despacio para que le quede algo, si no, luego me hago otro" le dijo a los pajarillos. Ellos continuaban a lo suyo bañándose en los rayos de luz. Terminó el porro. No apareció. Algo le impedía marcharse. Continuó sentado. La tos volvió a aparecer. Parecía que esos días había empeorado un poco, si es que eso podía suceder. Se lió otro cigarro ignorando el dolor de su pecho y se lo fumó para esperarla. Daba caladas despacio. Hacía tiempo, pero allí no aparecía ella. Intentó invocarla dejando de mirar hacia todos lados a ver si la veía aparecer, igual si no la buscaba aparecería repentinamente como todos los demás días. Terminó el canuto. No apareció. Se levantó y se marchó con las manos en los bolsillos. Una nube melancólica le protegía del sol que era brillante para todo el mundo menos para él.

Los días sucesivos amanecieron despertados por un intenso sol. Los pájaros cantaban allá abajo en el banco. Los árboles seguían contándose sus secretos y el césped seguía teniendo su verde incandescente. Sin embargo, ella no apareció. Ninguno de los días. No volvió. Pensaba que igual que el azar los había juntado de la forma más improbable, los había separado de forma aún más inverosímil. ¿Por qué no venía? ¿Había dicho o hecho algo mal? Repasaba todos los días las palabras de su última conversación. ¿Qué podía haberla enfadado? ¿Esto? ¿Aquello? Se le ocurrían mil motivos, a cada cual más absurdo, y se le ocurrían mil historias, a cada cual más absurda.

Un día, se encontraba como siempre en el banco. Había tomado su decisión. Sacó el paquete de tabaco. Se deleitó con su leve crugido. Hizo una barrita de costo. Sacó un papel y un filtro. Lo juntó todo y comenzó a enrollar. Se llevó la mano al bolsillo de la sudadera. Ahí no estaba el mechero. Buscó en el otro y allí sí estaba. Lo sacó y lo encendió. Aspiró fuerte, muy fuerte, el pecho le abrasó. Reclinó un poco la cabeza hacia atrás mientras soltaba todo lo despacio que le permitían sus heridos pulmones el humo. Ese día decidió confiar en el azar. Lo sentía, sentía que ese día ella iba a aparecer, así que cogió una piedra del suelo, dejó la carta a su lado y posó la piedra suavemente sobre ella. Lo sentía. El azar estaba esperando ese momento. Estaba esperando que sucediese eso para volverlos a juntar. Lo sabía con total certeza. Tosió unas cuantas veces a lo largo del cigarrillo. Cuando lo terminó, lo apagó y se lo metió en el bolsillo. Miró por última vez la carta y se levantó. Se fue de allí sin volver la vista atrás.

El día era espléndido. Hacía un brillante sol, pero no quemaba. La temperatura era perfecta. Ella salió de su casa y fue hacia el banco. Quería contarle todo lo que había pasado entre ella y el otro. Estaba contenta. Tenía ganas de volver a verle. No sabía por qué, pero había una emoción dentro de ella al pensar en que le iba a volver a ver después de hacía tanto tiempo. Le había echado muchísimo de menos, más de lo que se habría imaginado. Incluso se sorprendió de los sentimientos que la asaltaron durante aquellos días que no le había visto.
Cuando se encontraba cerca del banco no le vio. "Igual se retrasa", dijo a los pájaros mientras caminaba. Cuando ya se encontraba al lado, vio un sobre bajo una piedra. Lo miró extrañada. Se sentó a su lado. Sabía que era de él. Estaba segura. Retiró la piedra suavemente y cogió el sobre. De la carta emanaba la misma presencia que de él. Era suya. La abrió sin tener ninguna duda, un poco temblorosa. Por dentro notaba la angustia crecer mientras lo abría. Dentro estaba el papel y otra cosa. Un porro liado. Lo cogió entre sus dedos con una sonrisa nostálgica y leyó para sí misma: "Hola. Te he dejado un porro hecho para ti sola, sin que lo haya tocado yo. Temía que te diese escrúpulo si te lo pasaba de mis labios ensangrentados. Siento no estar hoy aquí, tenía ganas de verte. Imagino que habrás tenido tus motivos para no venir estos días, igual ya te habías cansado de la cháchara de un vejestorio que habla con los pájaros", se imaginó su sonrisa y sonrió ella también: "Perdona que no esté ahí contigo, pero si hubiese estado, tú no habrías venido, lo sé. Si me hubiese quedado en el banco, esperándote mientras me fumo uno, dos, tres porros, como he hecho estos días, no te habrías aparecido. Apuesto a que has sobresaltado un poco a la carta con tu aparición", suspiró una sonrisa: "Es así como el azar ha querido que nos vivamos. Nos ha juntado para separarnos, y la única forma en que íbamos a poder volver a saber el uno del otro iba a ser así, sin vernos. ¿Te acuerdas cuando te dije que yo no había encontrado todavía a ese alguien que existe y que nos hace bien? Me he dado cuenta de que te mentí. Tú. Tú eres ese alguien. Me has hecho ser capaz de recuperar las lágrimas que estaban solidificadas en mis ojos. Gracias por aparecerte en mi vida y darme este aliento y la fuerza para poder irme en paz. Fúmate ese porro a mi salud y habla a los pajarillos, seguro que están contentos de volverte a ver. Estoy sonriendo.". Una lágrima cayó sobre el papel. De pronto, como si esa lágrima hubiese abierto el camino, un manantial fluyó por sus mejillas. Pero no eran sólo lágrimas tristes. Había también lágrimas sonrientes. Se convulsionó entre el llanto desconsolado y la sonrisa de él dibujada en su imaginación.

Cuando se hubo calmado, metió la carta dentro del sobre. Miró el porro, lo sujetaba suavemente entre sus dedos. Lo guardó también. Se levantó y se marchó sin mirar atrás. Jamás se fumó el porro.