sábado, 16 de noviembre de 2019

Viva la muerte.

Estuve dos veces en un hospital viendo morir a dos personas importantes en mi vida. Mi madre fue una. La madre de mi madre fue la otra. También viví el escaparate del cadáver de mi otra abuela, pero de alguna forma no fue igual. Me dolió más ver la cara de sus hijos (mis tíos, salvo mi padre, un ente al que sólo he visto sufrir cuando su mujer dejó de respirar, aunque no la quisiese). Hay gente a la que te sientes más unido, por duro que sea. Y he vivido la muerte de la madre de una amiga cercana. Al llegar al hospital vi cómo se llevaban una camilla con una sábana cubriendo un bulto. La madre (me lo imaginé). Pasé una habitación a la derecha en la que había unas cuatro personas negociando un maquillaje y un entierro. Encontré unos pocos conocidos a los que hube de saludar. Y llegué, al fin, a mi amiga. Destrozada. Una cara de veintitantos aparentando sesenta. Hinchada, ojos enrojecidos imposibles de mirar. Cuerpo tembloroso. Y ese abrazo. Viví el abrazo de la muerte ajena desde fuera. Siempre lo he vivido desde la casilla en la que cae la muerte. Esta vez fue desde la casilla adyacente. Y no es mejor. Sus lágrimas en mi hombro fueron lava. Dejaron surcos en mi yo subyacente. En mi hombro y en mi sudadera guay (porque la vida sigue y tenemos que seguir vistiendo de forma que gustemos a los demás). La muerte es tan frívola. Si de mí dependiese, asesinaría al señor de traje domintante y a la señora de traje aconsejadora (porque van en pareja, pero cada unobarrauna desempeña su papel) que se dedican al adorno de la muerte, a base de tirarles vasos de agua en la nariz y boca, hasta que se ahogasen. Mal está trabajar para un periódico. Mal está trabajar para un banco. Fatal por trabajar para un seguro de vida. Pero y qué hacemos sino cobrar para vivir mientras trabajamos para los que nos roban la vida. La vida no vale nada, la muerte vale mucho, en cuestión de dinero. Y qué más hay que decir. Creo que nada. Quizá que cuando ves la muerte al lado una y otra vez, no te haces inmune. Es como ir en avión, cada vez que viajas te da más miedo. Y cada vez que vives una muerte te da más miedo. Yo no quiero que me maquillen. No quiero que negocien mi ataúd ni que vayan a buscar la ropa con la que vestirme. Si me sobrevivís y muero antes que vosotros y vosotras, por ende, espreo que respeten mi deseo. Quiero que me vistan con mi sudadera de Rancid. Con mis vaqueros caídos quinientos uno y mis Vans. Quiero que quien me vea, me vea como viví en vida. Y no quiero estar tras un escaparate que me robe las lágrimas de quien me llore. Quiero que esas lágrimas caigan en mi cadáver. Pero da igual lo que elijas, las funerarias y tu familia decidirá por ti. Así que quiero que me avisen cuando me vayan a sedar para poner mis dedos así ,l,,. Y cuando muera, que se queden anquilosados en la peineta para que todos los que miren el escaparae digan: "murió como lo que fue, una mierda".

viernes, 1 de noviembre de 2019

Futurible.

Hubo un tiempo en el que los niños no quisieron llorar al nacer. Pero se les obligaba.
Una época donde mirases donde mirases sólo veías foresta. Pero la sombra de la Inquisición te nublaba.
Un momento en el que encontraste tu huequito. Pero entraron antes de dejar salir.
Un segundo en el que os mirasteis. Pero fue por última vez.
No quiero conocer el futuro con el que me dibujan el presente habiendo visto lo que ha pasado.
Tan sólo quiero poder anacoretizarme de la forma más desapercibida posible. ¿Es mucho pedir?

sábado, 19 de octubre de 2019

El dolor de los árboles.

Si pudiese contar mi dolor, no dudaría en traducirlo con palabras. Mis manos, como las hojas de otoño, finas, surcadas por los caminos infinitos de esqueléticas venas y coloreadas por el cobrizo color de la sangre de los que no sufrimos como vosotros. Cobrizo como el color de la alfombra que cubre el bosque. Ese tono que ya no existe. Ese dolor que ya no duele a nadie. Les duele sin doler. Les duele de lejos. Siguen consumiendo y matando. Esos troncos con costras. Las que arrancan para grabar su amor eterno, roto al poco tiempo. ¿Para eso me magulláis y me mutiláis? Detesto ser un simple. Uno más que se cree conectado con la naturaleza. Que cree sangrar savia, cuando lo único que hace es mear en sus raíces. Las hojas se dejan vencer amarillas, cansadas de aguantar el insoportable verano de playas y chiringuitos. Me duele tanto como a ellos el no poderme vestir de cobre, marrón y amarillo. Les duele la tierra seca que se encostra y se necrosa en sus raícses. Gritan y supuran dolor por el agua que no tienen. Sedientos, aúllan silenciosos antes de que los talen por entrometerse en ese espacio etèreo que un vecino quiere suyo. Silenciosos mueren sin reprocharnos a ninguno nuestros ataques. Perdón. Perdonadme, por todos aquellos que os resqubrajan y os secan. Perdonadme por no haber sabido no nacer humano.

miércoles, 9 de octubre de 2019

La extrañeza de lo real.

A veces, suceden las cosas sin que seamos conscientes de lo que en verdad significan. Aunque pensemos que estamos comprendiendo perfectamente la situación y pensemos que es como tiene que ser y así la asumamos, y nos engañemos haciéndonos creer que estamos reaccionando de la forma  en que reaccionaríamos normalmente ante esa circunstancia de la cual no estamos pudiendo ver la trascendencia real, no es más que eso, un engaño.
Y así ocurrió cuando nos vimos por última vez, y estoy seguro de que así ocurre en tantas últimas veces. Así ocurrió cuando nos vimos por última vez, después de no habernos visto en varios meses. Cuando nos vimos voluntariamente porque así lo pretendimos, fue como si nos hubiésemos visto el ayer de ese día, como si no hubiese sucedido el tiempo ni las discusiones ni los mensajes. Todo fluyó igual de fácil que el ron por la garganta. Y cuando nos besamos y nos revolcamos. Y cuando hablamos de supuestos que ambos sabíamos que no se materializarían nunca. Y cuando nos despedimos sabiendo que era la última vez que nos íbamos a ver, sin ser conscientes de lo que eso significaba. Nos despedimos como si no fuese a ser la última, como si todo fuese a continuar igual que era antes de todo, aunque la idea de "última vez" estuviese presente, pero sin ser asimilada ni comprendida. Quizá porque así lo quería nuestro cerebro para no dañarnos. Sin embargo, cuando ya tu percepción de las cosas te deja ver cómo es en realidad lo que pasó y esa idea de "última vez", esa consciencia y ese entendimiento se posan en ti, en tu reblandecido barro emocional, como un yunque que cae desde lo alto y salpica de fango al chocar contigo las paredes ennegrecidas de tu vacío. Entonces eres consciente de lo que significaba aquel momento, aquel "adiós", aquella no vuelta atrás, aquella puerta cerrándose tras su espalda, aquella media sonrisa empañada por unas lágrimas invisibles, unas lágrimas que se derramaban por dentro sin dejarse ver ni sentir. Ahora me resulta extraño aquel momento de cotidianeidad advenediza, esta realidad de la que soy consciente. Ahora. Es extraño, cuando ya eres consciente de la trascendencia del suceso emérito, el sentir de golpe la realidad que albergaba y el sentir que ese espejismo de continuidad que camuflaba a la "última vez" no era más que eso, un espejismo. 

sábado, 7 de septiembre de 2019

The big sleep.

Últimamente no lloras por nada, sin embargo, hay muchos momentos que te escuecen los ojos. Hace que no lloras tres años. Tres años sin depresión. Ahora no lloras por nada. Sin embargo, cualquier cosa te inunda los párpados. Una escena absurda de una serie imposible de ver para ti, pero que por circunstancias la ves y tiene un momento sensible en el que un personaje incapaz se ve impotente ante cualquier cosa, y contraes los lagrimales para no soltar ese líquido que sólo quieres derramar por una cosa. Ves una escena en el metro semejante o igual a un minusválido mental muy extremo que balbucea gritando, con gorra sin hélice (pero que podría tenerla), bermudas vaqueras que se introducen por entre los glúteos, una camiseta de rayas gruesas blancas y oscuras horizontales, rollo marinero, pero sin el glamour de los marineros de Calvin Klein y con toda la ranciedad de los marineros del siglo XVI embarcados contra su voluntad. Con babas disecadas no en las comisuras de la boca, sino en todo su contorno, una raya blanquecina que podría ser la cocaína del váter de un bar antes de ser engullida por un moderno. Un padre impotente que intenta bajarlo en su parada y él se resiste por una circunstancia incomprensible para cualquier mente capaz de no mearse mientras camina. Unos párrafos de un libro que te lees en los que desarrollan una historia de amor casi irrealizable, pero que se realiza de la forma más idílica. Una escena entrañable entre tus gatos jugando o tu sobrina haciendo que tiene una tienda de helados imaginarios en un castillo del parque. Los lagrimales se contorsionan queriendo soltar todo lo que llevas queriendo no soltar durante meses. Y de repente, llegas a casa y el mero hecho de llegar, ver el mueble al final del pasillo, escuchar el eco de la nada en tus oídos, saber que no hay nadie que antes había en la habitación del fondo, ese cepillo de dientes que otrora compartiese el vaso con el tuyo y ahora está en cualquier vertedero de basura, hace que tus ojos supuren dolor, que tu pecho se contraiga y se expanda al ritmo de una respiración precipitada incontrolable.Tu cabeza se queda en blanco y ni siquiera eres capaz de dedicar ese dolor a nadie porque eres incapaz de pensar, simplemente sale aunque no quieras. Y cuando esa tortura de humedad y escozor termina, te sorbes los mocos inspirando hacia adentro y te limpias con la manga de la sudadera de Rancid dejando un estrecho camino brillante como la marca de un caracol en una hoja de mierda. Esa canción que has escuchado mil veces sin licuarla, ahora se precipita incontenible por tus mejillas. Y Toh Kay sigue sonando mientras tú sigues llorando por algo que ya no deberías.

lunes, 5 de agosto de 2019

Retinas chupi.

Mis retinas molestamente finas amenazan con dejarme ciego cualquier día. Ya no sólo veo manchitas negras alrededor de todo mi campo visual, también veo líneas muy difusas negras que las unen. A veces, incluso veo destellos. A ver, no mea burro con mis ojos, la verdad es que molan. Me gusta esa miopía de cinco y medio dioptrías pasadas que cuando no llevo lentillas ni gafas, me hacen parecer un minusválido. A veces, por lo que sea, he ido a las tantas de la madrugada o temprano al día siguiente en el metro sin lentillas, porque, por lo que sea, me las quité, y sin saber dónde coño he amanecido ni en qué parada estoy, me tengo que acercar a los carteles donde enumeran en una lista vertical todas las paradas siguientes a la actual (jodo, parezco el NODO), hasta casi tocar con la nariz el cartel. Eso no es difícil, pues gasto unos dos centímetros y medio por aproximadamente cinco centímetros de tocha. Me planteo cómo sería la vida siendo ciego después de haber vivido tres décadas y pico viendo. Probablemente no lo superaría. Creo que igual terminaría en suicidio. O no, porque al final eso es complicado y da miedito. Pero no sería feliz. O sí, porque igual dejaba de fijarme en detalles superficiales para dedicarme más al tacto o a los sonidos (consuelo de mierda). Me gustaría saber qué nuevos matices descubriría en las voces cuando ya no pudiese ver. Quizá ninguno nuevo, salvo que la voz fuese nueva. ¿Usaría bastón o perro guía? O los dos. O ninguno. Molaría ir como un viandante que ve, pero sin ver, sin que la gente supiese que eres ciego. Alguna hostia me llevaría. Lo que más me dolería, creo, es no poder seguir teniendo a mis gatos, porque aunque te den esperanzas con que los ciegos se apañan perfectamente y pueden hacer vida normal, si me quedo ciego a mis treinta y pico o más tarde, no creo que aprendiese a vivir normalmente. El cerebro se endurece, y el mío creo que lo hace a velocidades de deporte extremo. En el cerebro tengo pegatinas de Red Bull y Monster. Va a toda hostia, no de pensamiento, sino de endurecimiento, al contrario que mi pito, que con cada año que pasa se vuelve más perezoso. Joder, ¿quién inventó la vida? Se lució. Que alguien me pase con el encargado porque tengo varias quejas e incidencias en producción. Si me quedo ciego, no sé, creo que lo único bueno es que me darían la baja por discapacidad y no tendría que currar, ¿no? Además, me han dicho que no puedo cuidármelas, que no puedo hacer nada por que no pase. Simplemente rezar si soy creyente en algo o cagarme en los dioses si no. Ya me han dado láser como tres o cuatro veces en ambos ojos y es malditamente molesto. Primero te echan un colirio que escuece y luego una gota de anestésico. Después te meten una lupa en forma de cilindro no muy largo entre los párpados de forma que uno de los extremos te toca el ojo. Esperad, una pausa. Pensemos bien esto. Te toca el ojo, con su iris, su pupila y su globo ocular un puto cristal pulido. No contentos con ello, te ponen una lamparita de luz muy intensa a diez centímetros del ojo. Empiezas a ver todo en negativo. Todo negro, es todo negro mezclado con el resplandor amarillento de la lámpara, atravesado por una especie de miríada de rayos luminosos en forma de venas por toda esa negrura. Si no os lo han hecho, id un día a que os lo hagan. Después llega el láser. Un punto verde que cada vez que aparece te da un calambrazo dentro del puto ojo. Y así durante diez minutos. Diez minutos, que no son nada. Bueno, no son nada... Si te toca esperar el metro diez minutos te cagas en Barrabás. Si te sacan una muela del juicio en diez minutos, te cagas en Judas. Si tienes que estar diez minutos escuchando a un bobo hablar en una reunión de mierda, te cagas en ros. Y así sucesivamente. Si me quedo ciego, espero poder tatuarme a fuego en mi mente algunas imágenes para llevármelas conmigo a la ceguera. Y después, a la tumba. FIN.

miércoles, 31 de julio de 2019

Ramen.

Ramen. Mi gato. Ramen, mi gato, gusta de masticar carne humana. También gusta de roer huesos y tendones de un tobillo acá o un empeine acullá. Indistintamente. En otras ocasiones, busca algo con más industria, mayor consistencia, y busca en la pantorrilla o el muslo. Ramen, mi gato, te persigue y salta con cada pata apuntando a un punto cardinal, como si fuese a abrazarte, pero no, te clava los alfileres que tiene en su boquita diminuta durante centésimas de doloroso segundo cuando choca contra esa parte del cuerpo que sea y rebota como una pelota de tenis pinchada. A Ramen le gusta que nos retemos a duelo en el largo pasillo. Cada uno nos situamos en un extremo buscando cobertura en el marco de alguna puerta y nos medio asomamos, pensando cada uno que el otro no le ve; pero sí, nos vemos. Ramen, te veo aunque sólo asomes un ojillo y una oreja. Entonces, nos retamos con la mirada, a ver quién aguanta más en su escondrijo defectuoso, hasta que uno de los dos no aguanta más y sale corriendo hacia el otro. Es en ese momento y no otro en el que el duelista que aguantó más sale también corriendo hacia el otro. Y nos encontramos en el centro del pasillo. Yo con los brazos extendidos y encogido. Él corriendo de lado, con el espinazo arqueado y una pata delantera, la del lado que da hacia mí, encogida y la cola erizada, como uno de esos cepillos de cerdas en forma de cilindro que se usan para limpiar tubos. Nunca llegamos a colisionar, yo me detengo haciendo un aspaviento y él pega un brinco en vertical, y cuando aterriza sobre el suelo con las orejas aplastadas contra la cabeza y con la cola todavía erizada que parece una ardilla y no un gato, sale corriendo y se escurre entre mis piernas buscando escondite donde lo encuentre. Pero no es instantánea su salida, pues sus patitas resbalan en el suelo varias veces antes de tener agarre, como les pasaba a los Picapiedra, y poder salir de allí cuan rápido puede. Ramen, mi gatito, no bebe de sus cuencos, pero sí de mi jarra de agua. Y cuando voy al baño a lavarme los dientes o a hacer pis, él me acompaña y se mete en su cajón de arena y simula que orina mientras me mira, como esperando que le premie por lo bien que lo hace. A Ramen, mi gatito, le gusta morderme la rasta a las cuatro de la mañana o, sin ser las cuatro, a cualquier hora, pero siempre que sea unas horas más tarde después de haber logrado dormirme. Me gusta compartir las latas de atún con él. Y las lonchas de jamón cocido. Cuando me siento en el váter para votar, le gusta meterse dentro de mi pantalón o calzoncillo, si es verano y sólo llevo esta prenda, cuando están bajados. Se mete en la cavidad y se queda ahí tumbado mientras ronronea. Me gusta cómo ronronea, lo hace muy fuerte y muy ronco. Ramen, mi gato, es pequeñito todavía; pero ha vivido mucho más que muchos humanos en toda su vida. Ha pasado por una casi muerte en la calle, ha sido comido por las pulgas, ha tenido un virus en los ojos que le bajó un telón de legañas que escondían sus amarillitos írises, ha tenido una infección de orina y más bacterias en una gota de su pis que cualquier pedazo de carne de cadáver después de llevar durmiendo un mes en su ataúd. Y sin embargo, aquí está royendo mi pulgar del pie, sin levantar una sola queja. Ramen, espero poder darte la mitad del amor que me das tú. Ramencito, hoy voy a volver a dormir con la puerta de mi habitación cerrada otra vez.

domingo, 24 de febrero de 2019

Una noche más.

Me asomo a todas las ventanas de los pisos bajos, pero no alcanzo a ver. No llego a espiar sus vidas rituales.
Camino esquivando las alcantarillas. Noto como las alimañas ponzoñosas me miran con sus envenenados ojos, relamiéndose, esperando a verme caer para devorar mi carne desde sus malolientes cavernas. Desde sus negros escondites.
Evito los ojos de los demás. Sorteo los hombros de las sombras y los demonios con los que me cruzo por la acera. Al cruzar. Al entrar y al salir.
Busco en cada rincón esos pobres desechos de locura que se arrastran por entre la basura para encontrar algo que masticar con sus pútridos y amarillentos dientes, mientras se salpican la barbilla con sus viscosas babas hediondas.
Me escurro por los callejones donde trabajan las sensuales y torturadas sombras de la noche. Escucho sus hechizantes sortilegios. Casas de brujas que alimentan los apetitos insaciables de las sucias criaturas del vicio. De reojo miro esas curvas pecaminosas que susurran comentarios lascivos en las comisuras de mis ojos.
Entro en las cavernas de gente tirada en los sucios recovecos, donde estertoran su último aliento con la piel agujereada. Coqueteo con los placeres de la no realidad que se me abre al paso de la sangre contaminada.
Desde las alturas escucho el graznido de las mil muertes que esa noche encontrarán pareja.
Procuro beber todo cuanto soy capaz para perder la cordura que me estruja y sujeta la voluntad.
Mentalmente asesino a todos los seres inmundos que me rodean.
Camino arqueado.
Vuelvo a mi madriguera de oscuridad y melancolía rancia.
Bebo solo.
Fumo solo.
Vivo solo.
Me masturbo solo y busco la muerte en cada eyaculación.
Me dejo llevar por el sueño esperando que una de esas mil muertes que crascitan y cuyo eco se deja oír en mi habitación, me encuentre hoy suficientemente atractivo como para pasar la noche conmigo y sea yo su pareja para siempre.

miércoles, 30 de enero de 2019

Rutina.

Los párpados se cansan de sujetar las lágrimas y ceden. Se dejan vencer. Y la templada perla salada resbala sobre la curvatura del pómulo.
Por los orificios de la nariz se dejan ver lágrimas nasales. Lágrimas que caen precipitadamente sobre el labio.
Un abrazo inerte te oprime. Quisieras alejarte de él, pero no puedes. La otra persona cree que te ayuda.
La boca te sabe a seco. Has hecho huir a la higiene. Repites ropa. Tu pijama es la ropa de salir a la calle.
Restos de tabaco, librillos vacíos y papeles sueltos. Mecheros tirados sin ningún orden ni concierto. Pandemónium de ceniza, colillas y desperdicios.
Tus manos acarician tu cara, te frotan los ojos para intentar despejarte. Los abres y ves borroso.
La cabeza te da un vuelco y te mareas. Coges el vaso y das un trago.
El porro lleva un rato olvidado en el cenicero. Se ha apagado. Acercas la mano y lo coges. Lo enciendes y tragas el humo.
Coges el vaso y das un trago. Y una calada.
Mañana, qué harás mañana. Quizá suceda algo que haga que quieras salir a la calle y hacer la compra para tener algo que comer. Seguro que no.
Trago. Calada.
Calada. Retiras un poco el porro para poder enfocarlo bien y lo miras. Ya se ha terminado, no hay nada más que fumar ahí. Lo estrujas contra la montaña de ceniza. Trago.
El pasillo, y al fondo, la cama.
Coges el paquete de pastillas y troquelas una. La deglutes.
Te vas a dormir. Mañana, qué pasará mañana.

Sombra, luz.

Te agarras a los barrotes de tu ventana y te abrasan. Te miras las manos y ahí están, las marcas carbonizadas de la cárcel en la que estás.
Ves la felicidad fuera. El sol, las risas, los planes, los viajes, las parejas, los ocios. Los ves a todos, lo ves todo, pero no puedes tocarlo. Te pegas contra las barras de la ventana y alargas el brazo. Nada. Aire.
Un halo de luz se cuela por entre los barrotes y proyecta sobre el suelo de hormigón su intervalada sombra, solamente para hacerte ver lo cerca que estás de ello, pero lo inalcanzable que es. Sombra, luz, sombra, luz. ¿Es eso? ¿Es eso lo que tengo que aprender? ¿Lo que tengo que asumir y a lo que debo resignarme?
Uno se acostumbra a estar ahí metido. Uno se hace al frío. Al rígido suelo. Al eco de las paredes. Al ruido de fuera. A la soledad.
Cuando uno ve tantas veces sobre el hormigón el cuadro que pinta el sol a través de la ventana, sombra, luz, sombra, luz, ya no cree en nada. Ya no cree que nada vaya a ser mejor. Nada va a ser mejor de lo que se tiene, pues si ese es el reflejo de lo que hay fuera, ¿quién quiere vivir en él? Quién quiere una felicidad ensombrecida, una pareja con secretos, una compañía opaca, una posición con sufrimiento, una luz tachada por las sombras.
Entonces alguien te abre la puerta de la jaula. Le miras. Te mira. Se aparta como ofrecimiento a la libertad. Haces por levantarte. Apoyas una mano en la rodilla, y con la otra en el suelo empujas y te levantas. Das un paso trémulo y temeroso. Otro. Otro. Ya eres capaz de andar con seguridad, pero justo en el preciso instante en que vas a trasponer el umbral barroso, te detienes. Miras atrás, a tu hueco, a tu cubil, a tu vida. Quietud. Nada parece existir y nada parece moverse. Es en ese instante en el que retrocedes y te acurrucas en el mismo rincón en el que estabas hacía un momento y vuelves a mirar la estampa de la ventana.
Mientras, de fondo se escucha el eco del graznido de las bisagras y el chasquido de la puerta al cerrarse. Para siempre.

Sorbitos.

Me gusta beber el vino a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro. Llenándolo muy poco, sólo hasta antes de la mitad.
Me gusta sorber traguitos de vino mientras sostengo un porro en la mano.
Me gusta mirar por la ventana cuando el sol acuna la voz de los gorriones.
Me gusta darle sorbitos al porro mientras miro a las nubes teñidas de naranja y azul oscuro al anochecer desde mi ventana.
Me gusta mirar a la luna cuando está llena. Y me gusta cuando es delgada como una hoz y siega las nubes a su paso. Y me gusta cuando está empezando a estar gordita.
Me gusta estar delante del ordenador escribiendo con un porro en una mano y el vasito cerámico de vino al lado del cenicero de barro lleno de colillas. Ese cementerio de ideas, ceniza y sentimientos.
Si existieses, y lo que es más complicado, estuvieses a mi lado, me gustaría darte sorbitos primero para terminar bebiéndote a tragos que me rebosasen por las comisuras y el labio. Que me fluyeses por la barbilla hasta el cuello.
Me gusta hacerme un porro tranquilo, desmenuzando miguita a miguita y fumármelo entero y solo. Y si hay compañía, que no me pida una calada. Que coja la piedra y se haga uno, pero que me deje entero con él.
Me gusta el paisaje urbano. Me gustan los mendigos borrachos que gritan y profanan a la masa invisible como cualquier orate leproso de la Edad Media.
Me gustaría poder beberme la vida a sorbitos, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.
Me gustaría que estuvieses aquí conmigo, a mi lado, seas quien seas. Que me quitases esta soledad que me aplasta contra las brasas del cenicero. Que me ahoga con litros de cirrosis y me enrosca las vísceras en lo más profundo.
Me gusta beber el vino en un vasito pequeño de barro a sorbitos, mojándome los labios, como los primeros sorbos del té cuando está muy caliente.

sábado, 19 de enero de 2019

Ese templo.

Vuelve el cenicero a llenarse de ceniza oscura. Cadáveres marchitos de colillas abandonadas. Laderas de siniestra polvareda de ese gris tan negro.
Vuelve ese mausoleo solitario, abandonado con sus paredes agrietadas. Vuelve a dejarse ver y a hacer sombra sobre cada uno de los pasos dados. Ese santuario en el que cada rincón esconde un fantasma que estira sus lánguidas y vaporosas extremidades putrefactando todo lo que toca.
Ese templo donde cada gemido, cada lamento, cada sollozo y cada lágrima que golpea el suelo rompiéndose en miríadas de cristales rotos son mil veces susurrados como un suave murmullo por Eco, convirtiéndose en alaridos de terror, en estridentes chillidos de dolor, en espinosas enredaderas que reptan por las viscosas entrañas.
Vuelve esa soledad un día amada, pero ahora detestada.
Vuelve ese dolor que no quiere, pero duele. Y llora por ello, le duele hacer daño.
Es imposible escapar de esas paredes ruinosas vestidas de deprimente musgo. Es imposible escapar de ese templo de luctuoso desasosiego.
Sólo queda entrar. Sólo queda entrar y lentamente dejarse caer de rodillas en la gran cámara, allá donde no llega la luz, hasta quedar inane.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Antinaturalidad.

Atmósfera blanquinegra. La cabeza inclinada en oblicuo mirando hacia el suelo, emanando tragedia y melancolía mientras con el brazo extendido se enfoca desde arriba para plasmar en una artística foto su aflicción por ser tan guapo, por poseer tal hermosura. Una escena tan delicada como el pellejo de una lenteja en la mierda posterior, del dolor y el martirio de la belleza que le tortura. Tiene que expresar su martirio mediante un arte que esté parejo a su esculpido cuerpo, la fotografía. ¡Oh, pobre alma condenada al sufrimiento! Pobre ser sentenciado al castigo de la hermosura. Y cómo no, esa foto, lejos de ser algo personal, lejos de ser una muestra retraída de sus sentimientos, como lo son las verdaderas emociones, será expuesta en todas las plataformas posibles que permiten florecer al ego y follar. Las vísceras crujen con tal acto de antinaturalidad alevosa y premeditada, con ese gesto que pretende mostrar una sensibilidad y una imagen que están siendo pervertidas y asesinadas con medios que son precisamente contrarios a ellas. Hipócrita.

Atmósfera cosmopolita. Un lugar romántico y céntrico. Un lugar de estereotipos. Y allí, una preciosa figura en posturas tiernas, sensuales, caprichosas, espontáneas, ora manteniéndose con una pierna con la otra plegada con la rodilla apuntando al suelo, las manos perfilando el rostro y una expresión de felicidad reflexiva, ora la expresión se torna pícara y granuja, la cabeza se ladea y las manos se cierran incompletamente en suaves puños que se colocan bajo la barbilla dando incluso un toque de inocencia. Inocencia pícara. Quiere hacer creer en las imágenes a sus futuros seguidores que no sabía que alguien la apuntaba con un móvil. Esa imagen de espontaneidad rebosante que le quiere meter  a uno por el culo con un embudo y que es prostituida a cambio de unos cuantos likes, es de lo que carece precisamente todo ese circo. Hipócrita.

Pero quiénes somos nosotros para juzgarlos, en nuestra mano está no ser partícipes de tal teatro absurdo y digno de tomatazos y coles podridas. Sin embargo, como toda maldad, que si no es buscada, es ella la que le busca a uno, aunque se permanezca al margen de todo ello, todo ello se mostrará antinaturalmente ante los ojos de uno con el simple hecho natural de bajar a por el pan.

La batalla del Cielo y el Infierno.

El campo de batalla. Rocas gigantescas irregulares, retorcidas, arrugadas en profundos surcos en los que había crecido el musgo. Relámpagos alumbrando en ráfagas que hacían aparecer y desaparecer las sombras. Árboles desnudos torturados por alambres invisibles que los contorsionaban en las posturas más abyectas.
Los querubines asexuados y regordetes sobrevolaban sobre sus esponjosas y lechosas nubes dejando sus hermosos rizos de pan de oro flotar en el aire, mientras con sus pequeñas ametralladoras disparaban pepitas de sandía, negras como los ojos del Demonio, a velocidades celestiales sobre los demonios terrestres que se refugiaban donde podían. Bajo las rocas, bajo los árboles, bajo los troncos caídos. Pero daba igual, aquellos benditos proyectiles horadaban todo lo que tocaban. Se incrustaban en los descarnados músculos de los histéricos diablos que gritaban todas las blasfemias y emitían los peores juramentos que eran capaces. Desde tierra, estos seres malvados, de caras derruidas, arrugadas y grotescas cargaban sus cañones con excrementos. Las pepitas les saltaban los ojos, se alojaban bajo la piel y provocaban sangrientas llagas allí donde penetraban. A veces, rebotaban emitiendo un herético chasquido cuando golpeaban algún hueso. Los excrementos volaban esparciéndose por el aire hasta golpear a los desnudos angelitos, abrasándoles la tersa y luminosa piel allá donde les tocaba. Sin embargo, lejos de amedrentarse, aquellos seres virginales continuaban disparando, y cuando estaban a punto de morir despellejados, desollados, calcinados por las heces deyectadas por los cañones de los infames demonios, se precipitaban a enorme velocidad sobre sus condenadas víctimas, provocando explosiones de purpurina y confeti que mutilaban y destripaban sin piedad.
¡Ay! ¡Pobres demonios! ¡Qué muerte tan terrible se les ofrecía! Sin embargo, no cejaban y continuaban defendiéndose de aquella inagotable horda de furiosa celestialidad.
Al final entraron en el combate cuerpo a cuerpo. Los demonios atizaban con sus látigos abriendo caminos carmesíes de los que brotaba la pura sangre de los ángeles. Los querubines blandían sus sables y lanzaban bocados a todo aquello que se pusiese a su alcance. Sus caras, que otrora fueran el vivo retrato de la pureza, eran ahora unas máscaras de horror y rabia espumosa brotante de las fauces chirriantes.
Mientras los soldados de uno y otro bando se destrozaban en un combate encarnizado, mientras se amputaban los miembros y las extremidades, mientras se despellejaban con toda la rabia ecuménica, Dios miraba solemne al Demonio desde sus angulosos y perfectos rasgos afeminados. El Diablo sonreía sarcástico desde su rincón. Agazapado, retorcido, a veces erguido, a veces encorvado. De pronto, en un instante que un parpadeo haría desaparecer, ambos se encontraban asestándose mandobles con sendas espadas. Dios describía movimientos ágiles y elegantes con su muñeca, su melena negra, como las pepitas de sandía, flotando en ese pandemónium de ruido y destrucción. El Diablo, con movimientos menos gráciles y bellos, pero no por ello menos ágiles, se escabullía como una rata buscando los flancos abiertos de su rival. Ambos mantenían un combate igualado. Sin malabarismos en sus movimientos, solamente con sencillos arcos ascendentes, descendentes, diagonales, ofrecían una lucha de belleza y horror al más alto nivel. De pronto, ambos se separaron. Cada uno estudiaba a su contrincante con mirada fija. Ambos sabían que este era el movimiento final. Unas trompetas anunciaron tal momento. La guerra se paralizó. Querubines y demonios ensangrentados, magullados, agonizantes se detuvieron y miraron a ambos titanes. El tiempo se había detenido. El espacio dejó de expandirse o de contraerse. Y fue entonces, cuando el gran héroe y antihéroe, con un movimiento de invisible velocidad, descargaron su golpe final el uno sobre el otro. Una luz abrasadora cegó a todos los allí presentes a la misma vez que un rayo de oscuridad completamente negra apagó todas sus almas. Dios y Diablo se encontraban pegados el uno al otro. Ensartados cada uno en el mandoble de su antagonista. Ambos se sonreían. Sus bocas a la distancia de un susurro. Un hilo oscuro de denso líquido caía por la comisura de ambas bocas. Los dos cayeron de rodillas. El Diablo, sin dejar de sonreír de forma bizarra, aflojó su empuñadura y subió despacio la mano hasta la cara de Dios y acarició suave su mejilla. Sus ojos se miraban llorosos. Y entonces Dios acercó sus labios a los del Demonio en un beso de anhelante ternura. Y el Demonio, dolido por su histórica ignominia, giró en el último momento la cara.
Ambos cayeron al suelo desplomados pero abrazados. Con los ojos cerrados. Con las lágrimas todavía humedeciéndoles los pómulos. El Demonio con la expresión del amante destrozado y humillado. Dios con la expresión del amante decisor y castigador. El Demonio con la expresión de quien ha amado y sigue haciéndolo. Dios con la expresión de quien ha amado y se ha cansado de hacerlo.
Y así es como sucederá la batalla entre el Cielo y el Infierno.

lunes, 30 de julio de 2018

Aprovechando la vida.

Llegaba a casa después de haber estado desde que amanecía hasta que anochecía en la mazmorra de trabajos forzados legales donde, gracias a su buena formación como ingeniero, tenía la fortuna de poder disfrutar todos y cada uno de los días de su puta vida. Se cruzó con un perro y se miraron intensamente a los ojos. Y el perro le dijo: "Tío, aprovecha tú que puedes, que cada año de mi vida son como siete tuyos y no me va a dar tiempo a hacer todo lo que quiero". Él continuó andando extrañado. Cada año del perro eran como siete de un humano, eso era cierto según la sabiduría popular, lo cual significaba que los perros vivían unas siete veces menos tiempo. Sin embargo, pensó, él aprovechaba su vida, es más, vivía, como si siete años de su vida fuesen uno. ¿Eso significaba que al final, aunque biológicamente fuese más longevo que un perro, iba a vivir, teniendo en cuenta el aprovechamiento del tiempo, lo mismo que uno de ellos? Dio gracias por tener un trabajo y un techo, cenó un sandwich para tardar poco y se fue dormir con una sonrisa, sabiendo que mañana sería igual.

A dónde van los cadáveres de los gorriones.

Una mujer con canas aleatorias que daban un tono plateado a su rala melena negra, con una falda negra y una blusa desgastada como de gasa de un color enfermizo, golpeaba con el auricular del mismo color que su falda el teléfono de la cabina como esperando una devolución que jamás ocurriría, de un dinero que jamás estuvo ahí dentro.

Un viejo sentado de cualquier forma en el suelo, con un pellejo marcado por profundos canales roñosos, uñas negras y zapatos agujereados, se aferraba al cartón de vino mientras imprecaba en un idioma incomprensible a enemigos imaginarios.

Un ser humano de edad poco avanzada, postrado en una silla, con los labios groseramente gruesos de los que caía espeso jugo hasta la camiseta, con la cabeza inclinada en un ángulo chirriante y con un tembleque oblicuo, cuyas manos y pies abarcaban todo el espectro de puntos cardinales, sonreía de forma aberrante a los viandantes y a sus mascotas mientras alguna mano acostumbrada y resignada intentaba insertar alguna clase de snack en esa caverna bizarra ensuciando los alrededores lo menos posible.

Un anciano con la espalda completamente torcida en un arco doloroso que le dejaba la cabeza a la altura del estómago, las manos nudosas, macilentas y con las venas marcadas como gruesas tuberías de desechos industriales apoyadas sobre un bastón cuya cabeza quedaba por encima de la del propio viejo, estaba sentado en un banco al lado de la carretera. Una persona de menor edad, con sobrepeso, de otro país y sin contrato con un sueldo por debajo, incluso, de la barbilla de aquel señor, cuidaba del desgraciado anciano mirando el móvil y manteniéndolo allí bajo el sol durante todo el tiempo que requiriese el "paseo" de la tarde.

Ya casi había llegado a casa, cuando, después de aquel paisaje escalofriante que acababa de dejar atrás, vio el ennegrecidamente ensangrentado cadáver de un polluelo estampado contra el suelo y aplastado por la rueda de algún vehículo. Se detuvo un instante y lo miró. Aquella imagen disecada era una perfecta metáfora de todo lo que acababa de ver. Se encogió de hombros y siguió andando hacia casa.

Y al llegar al portal le asaltó un pensamiento: era cierto que cada vez veía menos gorriones,  estaban extinguiéndose en la ciudad según parecía, sin embargo, ¿dónde caían sus cadáveres? ¿Acaso se marchaban para morir a escondidas de miradas curiosas? Les entendía, a él tampoco le gustaría formar parte de ese macabro espectáculo urbanístico que decoraba cada parcela de acera.

miércoles, 27 de junio de 2018

Escribir sobre ti.

Llevo tiempo queriendo escribir sobre ti; pero la inspiración no viene cuando uno la busca ni la necesita ni la quiere, es caprichosa como un gato ante un cuenco de agua de ayer.
Sin embargo, ahora me ha dado un golpecito en el hombro y cuando me he girado la he podido ver desvaneciéndose por la puerta del salón, así que, rápidamente, antes de que se fuese, he dejado la cena en la cocina y me he apresurado a encender el ordenador y heme aquí, con una pantalla frente a la cara y un teclado entre las manos.
Ojalá fuese tu faz la que me mirase en lugar de esta pantalla llena de huellas. Ojalá fuesen tus...  las que estuviesen entre mis manos y no este teclado relleno de hebras de tabaco y pequeñas volutas de costo emérito, vetusto y olvidadizo.
Me gustaría poder volver a conocerte de nuevo, sabiendo que eres tú. Vivir por segunda vez ese momento en el que llegaste como un meteorito entre los conciertos. Verte otra vez embozada en tu sudadera de morada ideología. Mirarte mientras hablabas con esa especie de bakala moderno, pero sabiendo que finalmente vendrías conmigo. Y me gustaría poder desaprovechar la oportunidad de preguntarte lo que me diese la gana con la simple pregunta de "¿Te gustan los gatos?".
Ahora, por mucho que rebobine mi cabeza, solamente me quedan vaporosas sombras escurridizas que me recuerdan cuánto echo ese momento de menos. Pero no importa, porque escribir sobre ti me ha dejado recordarlo. Cada letra pulsada del teclado era como si mis dedos  acariciasen tus... contornos por primera vez y me han recordado aquel beso oportuno y reconfortante que me diste en el cuello.
Algún día podríamos conocernos de nuevo.

lunes, 2 de abril de 2018

Mar de ceniza.

Una colilla más derivaba por el mar de ceniza. A los lados veía los naufragios y los restos de las demás colillas que habían quedado encalladas en aquel mar de dunas grisáceas. Poco le quedaba para ser una de ellas. Lo sabía. No importaba, desde el momento en que había sido concebida, había sabido cuál sería su destino. Miró una vez más hacia los lados para ver los cadáveres varados. Sobre un mar de ceniza reposaba. Se dejó arrastrar hasta el fondo, y allí permaneció inmóvil, oscurecida, resignada y triste. Bajo un mar de ceniza se apagó.

viernes, 23 de marzo de 2018

Chusta esquiva.

Un cigarro sujeto por la leve presión de sus labios. Tiritaba de frío. Un aire gélido. Una brisa cruel que le repasaba los huesos. Una brisa despiadada que le acariciaba su contorno. Apoyado en la pared con una pierna doblada, la esperaba. Siempre se hacía de rogar. Y nunca llegaba cuando él quería. De pronto, allí apareció. La puerta del portal se abrió y apareció ella. Y detrás, el miserable de su novio. Maldito era. Maldito se sentía. Maldito se despreciaba. Otra vez la había esperado ver y la había visto. Tiró la colilla al suelo y la pisó. Pero falló. Parecía que hasta esa puta chusta le esquivaba. No le importó. Se separó de la pared y se encaminó a su casa dessatisfecho por haber vuelto a esperarla desde lo lejos. Por haber vuelto a verla acompañada. Por haber vuelto a ser él y no estar muerto. Al instante abrió los ojos y se encontró en su cama. Miró en derredor y sólo vio las sábanas ahuecadas. Joder, qué bien. Tan sólo había sido una pesadilla más. No lo había hecho de verdad. Joder, qué bien. Por fin ya sólo lo soñaba y no lo hacía. Por fin eso no era más que un mal recuerdo.