domingo, 26 de febrero de 2017

Una canción para un momento I. Taxidermy girl.

Esta canción ha llegado en el momento justo, en el totalmente adecuado. Taxidermy Girl de Harley Poe. Siempre llega un momento de planicie, de casi desinterés en el que llevas tanto escuchando música que ya pocas cosas te sorprenden, y efectivamente, últimamente no has descubierto nada nuevo que te motive. Sin embargo, sabes que en algún momento, cuando parece que ya no va a haber ninguna canción que te llame la atención sobremanera, que no te va a remover por dentro, vas a llegar a ella. No sabes de quién ni de qué estilo de música será, pero sabes que está a punto de llegar. Y llega. Una combinación perfecta de folk con una letra peculiar y bestia, pero elegante. Es una historia de amor muy dura, llena de sentimiento. A pesar de la crudeza de la historia, me parece un relato jodidamente desgarrador y lleno de dolor. Dolor para todos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Hacedlo por mí.

Cómo se preocupa la gente por la gente, es fascinante, maravilloso, excelso, grandioso, vomitivo y séptico.
Como aquella vez que un chaval, que era mero conocido de a saber qué y que era de esos que son perfecta carne de cañón para ejercer de relaciones públicas argentino, nos dijo a un colega y a mí con un histrionismo exagerado: "Venga, pasadlo bien, ¿eh?". Le faltó añadir: "Hacedlo por mí" mientras guiñaba un ojo y nos apuntaba con los índices de sus manos con sendos pulgares levantados, como el Cristo colega, y emitiendo un chasquido con la boca.
O esa otra en la que alguien se va de viaje y otro alguien le dice: "Oye guapa, y conduce con cuidadito, ¿eh? Que vaya todo bien", faltándole el: "Hazlo por mí". Pero es que la persona que recibe esa muestra de preocupación y cariño translúcidos y carentes de valor se la merece, porque contesta: "Sí guapa. Cuídate mucho cari", y lanza un beso vacío al aire con la mano.
Así que cada vez que alguien del curro va a giñar yo le digo: "Venga tío, giña bien y ten cuidadito ¿eh? Quédate a gusto, hazlo por mí".
O cuando se van a casa: "Venga, y no vuelvas. Hazlo por mí".
Claro, es que yo no voy a ser menos, también quiero integrarme y dar ese cariño que es gratis y, precisamente por ser gratis, es fácil darlo de forma desinteresada.

Hablando de...

Miró el calendario. Qué de números. Miró el mes. Habían pasado ya casi tres meses desde que empezase el nuevo año. Joder, el tiempo pasaba a toda polla y no esperaba por nadie. Era como los autobuses de la EMT que para cogerlos prácticamente había que tumbarse en el asfalto para cortarles el paso. Y hablando de tiempo y de pollas, se acordó de una escena que le sucedió hacía muchos años. Estaba en el baño de un bar haciendo pis junto a un conocido. Estaban hablando y le miró en medio de esa amarilla conversación. Entonces bajó los ojos de forma instintiva y le vio el cirio a su colega. Y le llamó la atención que en el glande, que por cierto era como la cabeza de una enorme hormiga roja, tenía pegada una pelusa negra, como si cogieses una pelusa de ombligo y la manipulases durante un ratillo entre el índice y el pulgar y la pegases en un azulejo. Ese momento le supuso un pequeño trauma que todavía recordaba a pesar de los años que le separaban de aquella visión. Y hablando de pelusas y pis se acordó de la que había esa mañana en su jarra de agua. Los cabrones de los gatos se acercaban a beber de su jarra que se encontraba en el suelo al lado de la cama y siempre que podían le daban unos sorbos, dejando tras de sí pelusillas y babillas. Lo que le molestaba no era el hecho de tener que beberse ese agua peluda y baboseada, era el hecho de que los malditos le dejaban mediada la jarra y luego no tenía suficiente para él, cuando ellos tenían su platito lleno. Y hablando de babas y gatos se acordó de ella y de todos los babas que la rodeaban y la habían rodeado y la rodearían sin parar. Lo babas que podían llegar a ser los tíos. Lo pesados y acosadores que podían ser. Se estremeció por un momento sintiendo una punzada de celos, aunque realmente ya no le iba ni le venía. Hacía tiempo que todo se había terminado entre ellos. Y hablando de ella y de terminar se acordó de... Nada, no dejó que ningún recuerdo le viniese a la cabeza, terminando así con la sucesión de pensamientos y poniéndose por fin a trabajar.

jueves, 16 de febrero de 2017

Tarde que pronto.

El portero del portal que pertenece al edificio en el que vivo desde hace unos doscientos años es un chaval muy majo, de unos veintiocho años, pero muy hablador y más de pueblo que los tractores. A veces me cuesta entender lo que dice. Suelta frases en las que comprime el sujeto, predicado y complementos en una única palabra. Es al castellano lo que Rage Against The Machine al inglés. Pues un día, estando yo saliendo del susodicho portal, portando en la mano un petardo de los que no explotan, me paró con un saludofrase: "¿Qué, ya te vas de juerga? A ver a qué hora llegas hoy". Le contesté, sabiendo que mentía cual rata: "Nah, hoy no me quiero liar mucho". Esa es la frase que siempre va acompañada de una postrer liada descomunal. Y comenzó a contarme su vida, por lo que me llevé el canuto a los labios y lo encendí. "Este finde me bajo pal pueblo. Tengo plan, que mi novia no se viene", soltó con una sonrisilla picaresca. "¿Has quedado con los colegas entonces?", pregunté en mi ingenuidad. "No", otra sonrisa más pícara aún. Silencio. Le miré extrañado, mi ingenuidad seguía bloqueando cualquier posibilidad que no fuese la de que había quedado con sus colegas. Entonces prosiguió: "He quedado con una del pueblo. La típica que desde el instituto la ves que tiene unas tetas (acompañó la frase con un gesto de sus manos en una posición cóncava ante su pecho)... pffff. Y que está buenísima", asentí como comprendiendo, poniéndome en su situación aunque nunca hubiese estado en ella, pues yo fui a un colegio de curas y había ocho chicas para cientoveinte chicos. Y me dijo: "Hace poco estuve apuntado a natación con ella y claro, no paraba de meterle fichas sin parar. Y tarde que pronto caen. Eso es así, contri más insistes más posibilidades tienes". "Jajajaja", me reí yo dentro ya del entendimiento, aunque no comulgaba con esa teoría de la insistencia. "Y qué, ¿has quedado con ella entonces?", le pregunté. "Sí, a ver si puedo ahí en el garaje de mi padre. Que yo soy muy discreto, a mí no me pillan en una (dijo mientras enfatizaba con una negación de cabeza poniendo morritos). Para eso siempre me meto en el garaje y listo". "Oh", dije anonadado mientras pensaba: "Pero... ¿y tu novia...?". Y me dijo como leyéndome el pensamiento: "Yo le he dicho a la parienta que si se quería venir y me ha dicho que no, así que...". "Vaya (pensé), parece que la gente aprecia poco a sus parejas. Si te vas a enrollar con otra u otras, ¿para qué tienes piba, farsante?", pero no se lo dije, soy así de cobarde. O cauto, que no me apetecía meterme en una conversación filosófico-moral en ese momento, y menos con alguien que ni me va ni me viene. En ese momento se me acababa el canuto y le dije: "Bueno tron, me piro". "Vale, ya te contaré".  Me alejé de allí pensando en que ojalá su novia le hubiese dicho que no se bajaba por el mismo motivo que él sí lo hacía, uséase, que ella hubiese quedado con otro ser baboso insistente y fuese de esas que tarde que pronto caen tras la insistencia y a ambos les creciesen los tubos a la misma velocidad.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Erosión.

Cada vez siento más lejos todo. Los momentos que uno por uno, independientemente, significaron tanto para mí, ahora no valen nada por sí solos. Cada abrazo, cada risa, cada lazo de nuestros dedos en el autobús, cada té a escondidas, cada cigarro compartido, cada beso, cada vez que hemos estado juntos sobre un colchón leyendo, cada todo, ahora no significa casi nada. Ahora sólo los veo como un único conjunto, una única cosa. No es que no hayan valido para nada y piense que ha sido tirar el tiempo, solamente tienen valor como un único suceso. Y su valor es únicamente el conocimiento que me ha dado la experiencia de hasta dónde no quiero volver a llegar jamás. Ahora sé que nunca me entregaré a nadie como lo he hecho contigo. Que nunca volveré a abrirme de esa manera para después recibir un portazo en la cara. El único problema es que en mí ya has entrado y permanecerás siempre dentro. Aunque te hayas ido. Reconoceré tu colonia siempre que la huela en cualquier extraña. Me rascaré las costras eternas que has dejado atrás. Me lameré las heridas sangrantes oscurecidas por la sombra de lo que me queda de ti. Siempre llevaré dentro tu erosión. Pero nunca más harás un nuevo cauce por el que fluyan mis lágrimas.

jueves, 9 de febrero de 2017

Lagartija.

Como un lagarto estaba al sol. Apoyado contra la pared cual lagartija que se pone morena. Su tipo escuálido y alargado dentro de su pequeña estatura ayudaban a cualquier transeúnte a tomarle por un reptil escurridizo. Dejaba que el detestable humo del cigarro sin aderezos, pues estaba en el curro y no podía aliñarlo, saliese de su boca y se retorciese tortuoso en el aire tan armoniosamente contaminado. De pronto algo turbó su paz. Escuchó los cloqueos de una gallinácea en pleno apogeo de una conversación. La miró. Era la típica mujer madura que habla como una adolescente quinceañera que lee la Super Pop y la Bravo, que pega fotos de Luke Perry en la carpeta, choni, macarra, poligonera, chabacana, pija, vanidosa y desagradable en todo su conjunto. No soportaba aquella voz ni aquel prototipo de persona producto de esa apestante sociedad atestada de indeseables. Se lamentó de no ser nada más que una miserable lagartija y no una boa constrictor para poder ahogarla entre sus anillos. Aunque bien pensado, mejor ser una lagartija escurridiza y huir de ahí para evitar esos espeluznantes sonidos vocales que tener que asesinarla mediante el contacto corporal para luego encima tener que engullirla y llevarla dentro. Así que como tal, se escurrió rápido por una cloaca y desapareció.

Moquete.

Estornudó y con la fuerza de un huracán, una flema salió despedida de dentro y se estampó contra la palma de su mano. Hacía rato que esa viscosidad se agarraba a su tráquea como una tela de araña y producía un ronroneo suave con la respiración. Pero toser no bastaba, así que el estornudo vino de lujo. Muy oportuno. Lo único malo era que estaba en el metro y no tenía con qué limpiarse. No tenía clínex ni nada parecido a un papel. Miró inquieto de reojo hacia los lados, como para ver si alguien le miraba y asociaba el fuerte estornudo y el leve sonido de "splach" que, por otra parte sólo lo podría haber escuchado un vampiro dentro del estruendo del metro, había hecho la flema al chocar con la mano con eso mismo, con el hecho de que ahora llevaba una flema incrustada en la mano. Al parecer nadie le daba importancia. Todo estaba en su cabeza, en su paranoia, los posibles espías, las posibles conversaciones y miradas veladas, los posibles dedos que le señalaban y apuntaban como "ése que se había pringado la mano", algo de lo más normal, pero que no podía dejar de perturbarle si la masa circundante pudiese llegar a saberlo. Al cabo de unos pocos segundos se tranquilizó y comenzó a maquinar la forma de quitarse eso de ahí sin que se notase. Restregar la mano por su pantalón no era una opción. Contra la chaqueta tampoco. La barra metálica del metro menos, pues era peor que las servilletas de bar que restriegan y no secan. Miró alrededor y decidió que elegiría a alguien al azar. Justo llegaba su parada. Una marabunta se iba a bajar, así que entre la confusión de los empujones y el contacto inevitable con los demás seres, aprovechó la ocasión y pasó la mano por la espalda de alguien. No sabía quién era, ni qué llevaba puesto. ¿Un traje? ¿Una chaqueta del Zara? ¿Una americana de pijo? ¿Una chupa de jeviata? Le daba igual, no quería conocer la identidad ni ningún detalle de su víctima. Y todo se resolvió de la mejor manera, nadie sabría lo que allí había sucedido, ni siquiera la persona que ahora llevase el pringue en su chepa, y además tenía la mano limpia. Qué más se podía pedir.

sábado, 4 de febrero de 2017

Me cago en el amor.

Podrían haber surgido quince coincidencias diferentes esa noche. Pero no. Surgió esa. Bajaste al baño. Te pusiste a mear en un inodoro de pared. Estabas junto a otro tío. Cada uno a lo suyo y los dos a lo mismo. Y os mirasteis ambos extrañados porque en el baño con retrete y puerta se escuchaban voces de varias personas. Lo primero era pensar que era una pareja fornicando. Pero al momento se escuchó otra voz. Otra chica. ¿Un trío? Y otra voz. Otro tío. ¿Un cuarteto? Y una nueva voz. Otra chica. ¿Una orgía? ¿Cuánta gente cabía en aquel camarote? Os volvisteis a mirar los dos flipando y compartiendo comentarios. De repente se abrió la puerta. Tres chicas salían y dentro había otro tío. Faltaba por identificar la otra voz de varón. Y asomándose medio tímido por la puerta aparece. Tonino Carotone. Envejecido. Sin las rastas. Una boina inmensa le cubría la cabeza. Pelo canosísimo. Pero el mismo bigote y los mismos dientes. Y dijiste mientras recogías tu instrumento de hacer pis: "E un mondo dificcile". Y a él se le iluminaron los ojos, y contestó: "De vita intensa". "Feliccita momenti", dijiste. Y respondió: "E futuro inccerto". Por poco no eyaculaste. Y para culminar aquel momento de éxtasis, estrenaste la cámara en modo selfie por primera vez en tu vida, e inmortalizaste ese momento. Él tenía unos dieciocho años más que en el viedo clip. Y tú los mismos más que él, otros dieciocho más, pero te sentías como cuando tenías quince años y escuchabas su canción, que además venía que ni pintada, me cago en el amor.

jueves, 2 de febrero de 2017

Confesión de un psicópata.

Esta es la confesión manuscrita que alguien transcribió y que un conocido me hizo llegar recientemente de un asesino en serie después de ser sentenciado a muerte en la horca el día 24 de septiembre de 1816 con 33 años. William Peers era su nombre. Y decía así:

No estoy en contra de lo que sus señorías han dictaminado. Sé que merezco esta suerte. No me opongo. Sé que he hecho daño a inocentes. Que he destrozado familias y que he causado daños irreparables con cada cadáver que he creado. Y no me arrepiento. ¿Lo volvería a hacer? Sí. Lo haría una y otra vez si pudiese. No me arrepiento de nada. Nunca he sido una persona que pudiese disfrutar de una vida feliz. Nunca he sido aceptado. Nunca se me ha dado una oportunidad de ser feliz, de ser querido. Desde niño, siempre me han maltratado. No mis padres, sino el mundo. Siempre me han rechazado. A cada intento que yo hacía para poder ser uno más, siempre había un empujón, una burla, una humillación. A cada lágrima que derramaba nunca había un consuelo, una caricia, una voz reconfortante. Todo lo bueno que había en mí, si es que lo hubo, se fue transformando en odio. En odio hacia todo lo que me rodeaba. Empecé destruyendo mi habitación. Las plantas que había a mi alrededor. Me infligía daño a mí mismo. Me cortaba, me golpeaba, me mutilaba. Gracias a ese entorno hostil, llegué a odiarme, a avergonzarme de mí mismo por ser como era, por llorar. Incluso llegué a pensar que me lo merecía. Yo mismo me unía por dentro a ellos, les daba la razón y les justificaba cuando me golpeaban, me escupían, me insultaban y me hacían ver que no valía para nada. Y esa sensación me acompañó desde mi niñez. Y continuó durante mi madurez. Cuando pasé a ser adulto mi situación no mejoró. Siempre encontraba el mismo rechazo. Todos mis intentos por integrarme, los cuales eran cada vez más escasos, terminaban de la misma manera, solo. Siempre la soledad. Me obligaron a convivir conmigo mismo toda mi vida. ¿Os imagináis lo que es tener que compartir cama, comida, conversación, retrete, vida, con alguien a quien detestáis? Con alguien a quien no soportáis. Alguien al que no toleráis. Al que os desagrada hasta la arcada. Alguien cuyo olor os produce náuseas. Eso es lo que se me obligó a vivir. Y eso es lo que se encargaron de recordarme cada día de mi desolada vida. Sé que las personas a las que he asesinado no fueron ni tuvieron que ver para nada con mi desgracia. No fueron ellos ni ellas los responsables. Ni sus familias tampoco. Sin embargo, lo habrían sido si hubiesen sido parte de mi entorno. Si hubiesen podido habrían hecho lo mismo que hicieron todos aquellos que tuvieron acceso a mí. ¿Por qué habría tenido que ser diferente? Incluso todos los que estáis en esta sala lo habríais hecho. Y si no os he asesinado es porque no he podido, al igual que vosotros tampoco habéis podido contribuir a mi muerte en vida, no porque no haya sido vuestra voluntad, sino porque materialmente ha sido imposible, pues no nos hemos conocido nunca antes. Si pudiese os mataría tal y como he hecho con los otros. No me produce placer matar. Pero me alivia. ¿Soy un monstruo? Estoy seguro de que a vuestros ojos lo soy. Y si hubiese tenido la oportunidad, no, si me hubieseis dado la oportunidad de ser normal, también me vería como un monstruo. Aunque puede que si me hubieseis dado la oportunidad de ser normal, no me tendría que ver como tal. Ahora vosotros decidís asesinarme por unos crímenes que he cometido sin siquiera conocerme. Sin embargo, no os ajusticiáis a vosotros mismos por haber engendrado a este monstruo que tanto os desagrada. Vosotros sois los que creáis a los de mi calaña. Vosotros sois los que nos torturáis y despreciáis durante toda la vida, moldeándonos tal y como me veis ahora, obligándonos a ser lo que somos, a desear incluso la muerte antes que la vida, para luego, no contentos con habernos condenado a vivir una desgracia continua, terminar de darnos la estocada final condenándonos a muerte, y quedando satisfechos os dais palmadas en la espalda por haber hecho justicia. Lo único bueno que habéis hecho por mí es terminar por fin con mi agonía. ¿Quién es de verdad el asesino? ¿Quién es de verdad el monstruo? ¿Quién tendría que subirse al cadalso?

Arrepentimiento.

Al igual que los Lendakaris Muertos se prometieron a sí mismos no volver a probar jamás el pastel de costo, yo me prometí hace mucho dejar de emitir prejuicios sobre las personas. Casi siempre me terminaba equivocando, lo cual desembocaba en el posterior remordimiento por haber deseado la muerte, haber odiado o haber denostado brutal y mentalmente a esa persona que ahora me caía hasta bien. Evidentemente, no conseguí dejar de emitir esos prejuicios ante el tribunal en el que yo soy el único jurado, juez, defensa, fiscal y verdugo.

Mis gatos conocen ya a demasiada gente. Yo también. Perdonadme gatos, no os volveré a presentar a nadie más, a no ser que me demuestre que es verdaderamente merecedor de conoceros. Estoy seguro de que volveré a pecar y os obligaré a conocer a más gente. Y ese día al que algún día podré llamar "mañana", me arrepentiré de haberlo hecho, como otras veces ha sucedido.

También le prometí a mi soledad no dejar entrar a nadie más nunca. Le susurré al oído palabras de eternidad, le dije que jamás la volvería a abandonar. La mentí vilmente, pero no conscientemente. Me sentí violado por mí mismo y sentí que la perdía. Esa soledad que tanto me había dado, ahora me abandonaba dejándome solo de verdad. No es que la hubiese engañado muchas veces. En verdad, solamente la engañé una vez. Pero fue suficiente, jamás pudo volver a confiar en mí. Y así me lo hizo saber. Y me dejó.

Hablé con la muerte. Mil veces la he dedicado velados mensajes en mis escritos. Mil veces la he hablado con confianza, incluso con ternura. Mil veces la he invocado y querido a mi lado y la he llamado para poder verla cara a cara. Y mil veces no he obtenido respuesta. No es que quiera morir, pero quiero poder conocerla. Quiero poder hacerme su amigo, para que cuando venga a buscarme no seamos dos desconocidos y se produzca un incómodo silencio entre ambos. Que podamos hacerlo de la forma más natural e indolora posible.

Pedir perdón es la prueba más fiable de que volverán a hacerlo y volverás a escuchar de sus labios la misma palabra. Es preferible una omisión, aunque pueda parecer dura y despreciativa, de tal petición de clemencia y que no se vuelva a repetir, que ver un arrepentimiento mil veces repetido. Cuando se da el perdón se descarga de responsabilidad y martirio de conciencia al otro, haciendo que por su condición de humano se sienta de nuevo seguro y despreocupado, lo cual es el mejor ecosistema para que vuelva a suceder.

Ella.

Una vez el becario me dijo: "Tío, cada día veo más guapa a esta chica. ¿No te pasa a ti?". Me limité a sonreír. No sólo me parecía cada vez más guapa. Cada vez, cada día que pasaba, cada hora, cada minuto que se quedaba atrás irremediablemente, esa chica me parecía más como un puto foco en mi vida, un amanecer lleno de matices y de colores desconocidos para mí. Me parecía un insulto hablar únicamente de su hermosura como su única cualidad creciente. Era la siniestra y luctuosa poesía de Baudelaire encarnada. Era la dulce y misteriosa prosa de Le Fanu. La arcana y tenebrosa originalidad de Lovecraft. La cruel y dura perfección de Heinz Ewers. La feroz e impulsiva fuerza de Soziedad Alkoholika. La gutural y profunda oscuridad de Enisum. El lúgubre y triste dolor de Chopin. Lo era todo. Lo es todo. Lo será todo. Nunca dejará de serlo dentro de mí, aunque el tiempo termine por difuminarla. Y aunque el tiempo termine por difuminarla nunca haré un trabajo de restauración que me haga recordar todo aquello.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Gangrena.

La putrefacción se aferra a mis piernas y las escala como una enredadera hecha de herrumbre, moho y de espeso caldo primitivo. Me impide avanzar cada vez más entre los montones de mierda que me rodean. De esos sacos de mierda que se retuercen en el suelo como moluscos viscosos esperando a que les metan en el apestado acuario su ración de necrosis diaria. Bocas deshumanizadas con colmillos chorreantes de la sangre que han chupado a sus congéneres emiten sonidos ominosos que amenazan a mi cordura, que está diezmada desde hace tiempo. Me golpeo contra las paredes incapaz, impotente, frustrado. Me abro heridas para que mi interior pueda escapar. Para que al menos lo que tengo dentro y todavía no ha sido contaminado pueda huir. Muerdo mi carne. Me arranco trozos y los escupo al suelo. Me apesta ver cómo esos seres se lanzan a por ellos como hienas a por las entrañas desnudas de su víctima. Añoro que alguien sea capaz de amputar la gangrena que amenaza con invadirlo todo. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

S.H.A.K.T.A.L.E.

Como dice Soziedad Alkoholika, "Siempre Hay Alguien Ke Te Amarga La Existencia". Unas veces por envidiosos. Por Envidia Kotxina te intentan tirar al suelo con una zancadilla velada, para ver si caes y te pueden ver tragar mierda. Otras por puro placer, porque se encuentran tras una posición dominante respaldada por ciertas normas jerárquicas dentro de esa sociedad, la que sea, y le han dotado del látigo que antes le mancillaba la carne a él o ella. Ya lo decía La Polla, "no somos nada" (o mi abuela: "ni sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió"). También por su indiferencia y frialdad sanguínea muchas veces son capaces de enredarte en una vorágine sentimental en la que  te hacen creer que estáis empatados, pero cuando te quieres dar cuenta te encuentras solo viendo cómo la otra persona ha dado un sprint a velocidad absurda y es completamente independiente de ti, y sólo puedes ver su espalda a millones de años luz. Como dice Kaos Etíliko, "no hay duda de que yo te amé, la pregunta es sencilla: tú a mí qué". Incluso los hay que inconscientemente te amargan simplemente con su puta condición de subnormal, ya sea por sus pintas, por su expresión corporal, por sus conversaciones de adulto, por lo que sea. Ya lo decía Eskorbuto, "cuánto plomo malgastado". Conclusión: "tú no te me acerques, voy a vomitar hasta mi mandíbula desencajar. En tu puta cara voy a vomitar".

martes, 31 de enero de 2017

Asfixia II.

Unas manos firmes apretaban su garganta fuertemente. Intentó respirar y no pudo. Tenía las paredes de la tráquea pegadas. La boca pastosa. Intentó gritar, pero tampoco pudo. El aire no podía salir ni entrar. Notaba la presión de la sangre que no podía bajar presionándole en las sienes. En las mejillas. Por dentro de los ojos. Parecía que fuesen a explotar sus lagrimales para dar salida a la ansiosa sangre. Los pulmones comenzaron a protestar dentro de su pecho. No podía enfocar la vista. La cara de su asesino era un borrón negruzco. Cada vez se extendía más la niebla que le nublaba la visión. La tensión de la muerte le provocó un parpadeo agónico, quedando sus ojos hinchados y completamente abiertos en una expresión de impotencia. Finalmente, su vida murió sin poder exhalar el aire de una última respiración.

Asfixia.

Las palas comenzaron a dejar caer la tierra sobre el ataúd. Podía escuchar el sonido hueco desde dentro. Podía sentir cómo su aliento se escapaba con cada golpe. Su respiración se agitaba agónica mientras las uñas rasgaban ansiosas la tapa. Cada descarga de tierra la sentía como si cayese directamente sobre su piel aplastándole. Todos marcharon ignorantes. Todos lloraron una muerte equivocada.

Si fueses una vampira.

Como las garras de un Gangrel has horadado profundos surcos en mi carne. Igual que un Giovanni, has hundido tus colmillos en mi garganta provocando más dolor que éxtasis mientras la sangre se derrama. Silenciosa como un Assamita me has dejado solo. Has logrado, como un Malkavian, volverme loco con tus veleidosos caprichos y sentimientos. Has destruido con la brutal potencia de un Brujah los pilares sobre los que mi alma descansaba. Y me has cubierto de sombras y oscuridad como un Lasombra. Si fueses una vampira, pertenecerías a todos los clanes.

lunes, 30 de enero de 2017

Sin remordimientos.

Las nubes encapotaban el cielo y descargaban toda su rabia con violencia sobre el gran océano. Olas monstruosas se alzaban por encima de la borda inundando la cubierta. El barco era como un nido de hormigas recién pisado. Los marineros corrían de un lado para otro acatando las órdenes y directivas del capitán, al cual parecía que le hiciese falta otra boca para poder transmitirlas todas. Su voz se perdía en el pandemónium orquestal de la siniestra sinfonía que interpretaba la tormenta. El barco pendulaba de un lado al otro como un juguete en una bañera. De pronto se escoró tanto que el capitán salió empujado hacia el borde y se precipitó. Un marinero se encontraba cerca y se apresuró en su ayuda sin saber quién era el bulto que había rebosado junto con el agua desbordante. Tendió la mano y le agarró. Tenía el estómago apoyado sobre la borda con medio cuerpo fuera sujetando como podía las manos del otro. Estaba muy resbaladizo. En ese momento se percató de que el bulto que sujetaba no era de un compañero sino el capitán. El tiempo se ralentizó. Le miró a los ojos. El capitán le devolvió una mirada suplicante. Su expresión encerraba terror. Las arrugas de su cara eran como canales desbordados de agua. Había perdido toda la fuerza con la que hacía poco gobernase el barco. Ya no transmitía ese respeto autoritario. Esa calma que se tiene cuando se sabe que se tiene el poder de someter a los demás. El marinero le miró pensativo. Una punzada de piedad y misericordia le encogió el corazón. Comenzó a tirar para arriba. Se detuvo. El tiempo se había ralentizado para él. Sin embargo, para el capitán parecía una eternidad. Quizá ese momento sólo durase unos segundos, o quizá minutos. No sabían, pero para cada uno la medida del tiempo se había distorsionado en un sentido distinto. El marinero le miró, esta vez sin piedad. Le miró indolente. Con indiferencia. Esta vez la punzada fue un sentimiento de venganza e insurrección contra esa autoridad que les había tenido subyugados todo ese tiempo. Sin mutar su expresión aflojó la presa que tenía alrededor de las manos del capitán. Éste comenzó a gritar palabras inconexas que se ahogaban en los estruendos de la tormenta. Sus manos comenzaron a resbalar y fue notando cómo se le escapaban los dedos del otro. Cayó. Tampoco se escuchó el sonido que hizo al caer en la húmeda oscuridad. Tampoco se le veía chapotear agonizante mientras el agua salada le escocía en los ojos y se colaba sin permiso por la boca llenándole los pulmones. Le entraba en las orejas y se metía hasta los tímpanos. Finalmente no quedó ningún rastro que indicase que allí el mar había devorado una vida.

domingo, 29 de enero de 2017

Oda al hachís.

Un porro se sostiene entre mis labios.
Me bebo su alma áspera que aromatiza mis pulmones.
Se mantiene sin protestar emparedada unos segundos.
Hasta que la dejo libre y se evapora en el aire retorciéndose como una serpiente de humo.
Su poderoso hechizo despierta pensamientos oníricos delante de mis ojos.
Todo mi cuerpo se sensibiliza.
Mis oídos acarician cada nota de música al pasar.
Cada nota acaricia mis tímpanos.
Hermosas criaturas se enredan entre mis axones.
Los encadenan y los estrangulan con delicadeza, provocándome un sopor que mece mi pensamiento.
Dejo que me transporte.
Que me aleje de mi ente físico.
Me lleva por el aire y noto la brisa que no me toca.
Veo los jardines a los que no llego.
Escucho los ríos que no me bañan.
Derramo las lágrimas que no he llorado.
Calada a calada nos fundimos en uno solo.
Y cuando su luz se acerca a mis labios los hace arder.
Araña mis pulmones como si se enfadase por tener que despedirnos.
Su cadáver queda enterrado bajo un suelo de gris ceniza que lo arropa en su alcanzada eternidad.
Puedo encenderme otro, pero no será el mismo.
Ningún otro porro podrá sustituir el que acaba de morir.
Y ningún otro porro será el último.

El descontento de los gatos.

Me encantaría que los gatos pudiesen chascar la lengua para demostrar su descontento. Cuando está sentado en tu sitio y le coges suavemente para depositarle con delicadeza en otro lugar. Cuando está tumbado contigo cortándote la circulación de las piernas y las mueves despacio para que no se gangrenen. Cuando te despiertas congelado, destapado y contorsionado contra la pared y le ves tumbado junto a ti con todas las mantas y ocupando estratégicamente una pequeña porción de cama que te inhabilita todo el espacio colindante, y con cuidado intentas coger un trocito de la sábana haciendo que una arruga se estire debajo de él. Cuando se tumba en un lugar en el que sabe que no puede estar y le hablas dentro del espectro de gritos y chillidos para reprenderle. Cuando le llenas el cuenco de comida con pienso y no con golosina. Cuando va al cajón a aliviarse y no se lo tienes impoluto. Cuando él no ha pedido mimos, pero se los das igualmente. Cuando pide mimos y justo en ese momento no puedes dárselos. Me encantaría escuchar cómo su peluda lengua chasca, aunque con ver la expresión de su mirada también me vale.

martes, 17 de enero de 2017

Una aparición.

Vivía en una habitación alquilada en una casa de dos plantas en la que vivían otras personas. El casero, un hombre afable y anciano, vivía en el piso bajo. Su habitación estaba apenas decorada, tenía lo justo para poder dedicarse a lo suyo, fumar, escribir, leer y tocar su violín. Ante la puerta, a diferencia de sus compañeros de casa, él jamás tuvo un felpudo que diese la bienvenida a nadie, pues nadie era bienvenido. Era una persona solitaria, bastante hermética y silenciosa. Un día, estando ocupado en sus quehaceres, con un cigarro de hachís en la mano, un bolígrafo en la otra y un papel en blanco delante sobre el cual iba a escribir otra carta más a una destinataria imaginaria, a una persona que no existía, pero que era la fuente de su inspiración, a una beldad que solamente existía en sus sueños y en sus añoranzas, en sus pensamientos y que era la dueña de su nostalgia, a la cual le había dedicado otras decenas de cartas que guardaba con los demás escritos, sintió un escalofrío que le recorrió el espinazo repentinamente. No sabía a qué se debía, pues no era estación de fría temperatura y, en cualquier caso, tenía la ventana cerrada. Sin saber por qué, pero movido por una extraña certeza se giró hacia la puerta. Estaba cerrada, tal y como había estado antes. Sin embargo, había una figura junto a ella. Una joven, vestida con una fina camiseta de tirantes y un pantalón corto. Descalza. El pelo largo y castaño claro le caía como una catarata de avellanas sobre los hombros. Los pómulos eran mullidos y ligeramente abultados, pero sin exceso. Los labios carnosos. Le sonrió. Mostró una dentadura cuyas imperfecciones le daban un toque juvenil a su expresión. Parecía tímida por cómo ladeaba la cabeza y miraba ora hacia abajo ora de refilón a través de la cortina avellanada. Radiaba un frío estremecedor. La temperatura de la habitación había descendido notablemente, sin embargo, él notaba un calor que nacía desde el interior de sus entrañas y le hormigueaba en las puntas de los dedos, en las mejillas, en las sienes, en la frente. Se miraron. Él jamás había visto a aquella persona, sin embargo, sabía que la conocía, era como si la conociese desde hacía eones, no físicamente, pero sí más allá de lo material. Le parecía... No, sabía que era la persona a la que le había estado dedicando cada una de esas cartas. Y estaba seguro porque en él se elevó una sensación onírica de aquiescencia como la que surge después de haber soñado con alguien indefinido y una vez despierto, pensar hasta dar con la persona que encaja perfectamente con dicha sensación onírica. Esa noche no se dijeron nada y ella se desvaneció tal y como había aparecido. Él apenas durmió. Su estómago vibraba y pendulaba sin saber si la volvería a ver. La volvió a ver. Todas las noches siguientes durante siete meses le estuvo visitando. Todas las noches se marchaba sin que hubiesen cruzado una palabra, sin embargo, les bastaba con mirarse, y en algunas ocasiones abrazarse. Cada abrazo era una paradoja de sensaciones. Sentía el mismo calor que frío. La misma sensación de seguridad que de vértigo. Se llenaba tanto como se vaciaba. Un día ella le dijo: "Tenemos que separarnos. He de marchar y no sé si podré volver". Él respondió: "Si has de irte vete. Pero no dejes de volver cuando sea, cuando quieras. Aunque hayan pasado mil años y no sea más que polvo, vuelve". Al día siguiente bajó a comprar un felpudo en el que había escrito "Vuelve cuando quieras", y lo plantó ante su puerta. Los días siguientes él la esperaba con la angustia de saber que no iba a aparecer. Miraba la puerta con la misma certeza con que antes miraba sabiendo que la iba a encontrar allí, pero sabiendo que no iba a estar. Y aún sabiéndolo miraba varias veces seguidas. Todo el tiempo. Los días siguientes se convirtieron en meses. Un día que bajaba a la calle se encontró con el casero que andaba barriendo el suelo. "Hola muchacho, ¿dónde vas? Te veo más triste de lo normal". Él no pudo evitarlo y confesó el motivo: "Sí. Desde hace un par de meses, una aparición que me visitaba a diario ha dejado de hacerlo". "Anda - contestó el hombre. - ¿No sería una chica joven muy hermosa de pelo castaño?" El joven asintió sorprendido y como animado de que alguien supiese de su existencia. "El otro día hablé con el portero del bloque que está unas calles más para allá y me dijo que un joven que vive en uno de los pisos lo lleva haciendo con una aparición como la que tú conoces desde hace más de cinco años. Lo comentamos porque, ¿sabes?, no todos los días se oye hablar de alguien que vive con una aparición". De pronto, todo a su alrededor se nubló, sintió que el esófago se le contraía, el estómago se cerraba y sus entrañas se estremecían. Sin decir nada subió a su habitación, cogió el felpudo, abrió la puerta y se dirigió a la ventana y, después de mojarlo con sus lágrimas, lo lanzó acompañado de todo el dolor, desengaño y amargura que en ese momento le hundía en la más profunda de las oscuridades. No volvió a ver a la aparición.