miércoles, 19 de julio de 2017

Nada más.

Te he dedicado tantas palabras.
Te he escrito en tantas palabras.
Palabras que has despreciado.
Palabras que me acusaste de escribir a todas.
Te he compuesto en tantas melodías.
Nos he descrito en tanta música.
Música que decidiste contaminar con falso gusto.
He gastado tanta inspiración en ti.
Me he desgastado tanto en dibujarte.
En escribirte con mis relatos.
En convertirte en armonías con mi guitarra.
Ya no me queda nada más que entregarte.
Y ya nada más te entrego.

Ya no lo quiero.

No quiero que pienses en mí. Ya no lo quiero.
Ni siquiera que me dediques un recuerdo, un cajón polvoriento de tu memoria.
Sé que ya no lo haces, pero es ahora cuando yo no quiero que lo hagas.
No quiero que llores ni una sola lágrima por mí. Déjalo pasar.
No te entristezcas. Y no pienses en lo bonito que fue cuando fue bonito.
Y no busques mi olor en las muchedumbres. No busques mi silueta en las figuras paseantes.
Y no quieras encontrarme al girar la esquina.
Yo ya no lo quiero.
Ya no te busco.
Mi nariz ya no se estremece cuando nota tu colonia cerca, en una desconocida. Y mi mirada no te busca.
Mis ojos ya no llueven por ti. Y mi corazón ha pulido sus callos. Mi cuerpo se ha acostumbrado a no tenerte.
Ya no te quiere.
El hueco de mis manos ya no tiene tu forma.
Mis dedos no gritan por el recuerdo de tus clavículas.
No pienses nunca más en mí. No llores una sola lágrima por mí.
No lo quiero.
Tan sólo guardo uno de tus regalos para acordarme siempre de que jamás he de olvidar que no te quiero cerca.
Cada vez que me mire con sus ojillos de plástico negro, vidriosa la mirada, me acordaré de todo tu desprecio que ya ha cicatrizado en mí.
Cuando vea en sus ojos los tuyos, me dará fuerza. Me hará recordar tu indiferencia ante mi desesperación.
Cuando vea en sus ojos la displicencia de tu gesto, me dará fuerza.
Cuando vea en sus ojos la impenetrable negrura con la que me envolviste.
Cuando vea en sus ojos la nada.
Cuando le mire a los ojos, veré los tuyos. Y cuando los vea, volveré a darme cuenta del abismo en el que me hiciste caer.
Y ya no lo quiero.
Llego más tarde que tú, lo sé. Pero he llegado.
Ya no te quiero.

domingo, 2 de julio de 2017

El lamento de la campana.

Se escuchaba el llanto de la campana allá a lo lejos, en la misma antigua torre de siempre. Se extendía haciendo vibrar la silenciosa oscuridad de la noche. Se giró y vio sobre la colina la negra silueta de la torre perfilada contra la luna. Le dedicó un último beso que lanzó al aire. No sabía si le llegaría, pero no le importaba. Se dio la vuelta y continuó su camino lejos de aquel lugar que pronto se convertiría en un pasado olvidado.

lunes, 26 de junio de 2017

Una canción para un momento II. Bad cover version.

La susurró al oído cualquier absurdez y ella tuvo que ladear la cabeza, la calidez del aliento había reptado hasta su cuello. Su nariz gélida se pegaba al cuello de él y respiraba su aroma. Respiraba la emoción que se desbordaba por cada poro de cuello. Sus piernas le apretaban con fuerza mientras él se colaba por sus rincones. Todo su cuerpo se convulsionaba en saturación de placer. Sus ojos encontraban los de él, y sonreía al verle apartar la mirada tímido. Sus piernas jugueteaban con las de él bajo la mesa frente al desconocimiento de los demás. Su vientre bailaba húmedo con el de él, deslizándose cadenciosamente. Aquel abrazo prohibido en aquel lugar que les servía de refugio momentáneo.

Salió de su embelesamiento. Giró la cabeza y vio que al otro lado del sofá no estaba él. Había otra persona. Se encontraba quien había sido su decisión hacía mucho tiempo. Volvió los ojos hacia la tele y se castigó por haberse dejado llevar otra vez por la pasión en lugar de por la imposición de la conformidad.

Ya no suena la misma melodía.

Su fina silueta desnuda brillaba blanquecinamente azulala con las caricias que hacía la luna sobre su piel. Bajo la barbilla, el violín despedía una armonía que le erizaba todas las partes de su cuerpo. La miró desde la penumbra, sin acercarse demasiado. No quería espantarla y que se volatilizase. O peor, que dejase de tocar esa melodía que le arrobaba haciéndole salivar, haciéndole sudar, haciéndole crecer, haciéndole estremecerse. Ella tocaba descuidadamente, los ojos cerrados. Cada nota le recorría los brazos desde las uñas hasta los hombros. Desde las ingles hasta el cuello. Desde los labios hasta las orejas. De pronto, como si hubiese notado la presión de la intensa mirada de él, abrió los ojos como asustada. Sobresaltada. Sin más desapareció dejando tras de sí una nube translúcida de oscuridad.

Abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras. Sólo se escuchaba  la respiración rítmica de ella a su lado. Él sacó la mano de entre las sábanas y acarició el perfil de su contorno. Sus yemas subían rozando desde el muslo, pasando por la cadera despacio y llegaban a la ondulación de sus costillas. Cada poro de piel que se encogía al tacto, emitía una dulce nota que le atravesaba, sin embargo, la melodía que le llegaba era diferente. Dejó de acariciarla. Retiró la mano entrecortadamente y se dio la vuelta. La melodía parecía distinta ahora. Ya no sonaba igual. Cerró los ojos e intentó dormir confiando en que sus sueños no volviesen a traerle recuerdos de lo que jamás volvería a ser.

martes, 13 de junio de 2017

Recogiendo la caca.

Era la estación más fría del año. El día más frío del año. Estaba en casa de su abuelo, cenando con él, con su hermana, con su sobrinilla de un año y con el perro casi extinto de su abuelo. Sucedió que el perrito, que ya estaba viejito, se había desorinado otra vez en la cocina. Así que fue a por la mugrienta fregona para recogerlo. Fue imposible contener una arcada. El agua estaba negra y hedía a fosa común de señorito andaluz. Era como si hubiesen arrojado cientos de cadáveres engominados para atrás con los caracolillos en la nuca, las banderas españolas en las muñecas, en los cinturones, en los gemelos de la camisa, en todas las partes de la camisa, y en las venas del cirio, y después hubiesen tirado una cerilla con desprecio a aquel material altamente inflamable. Total, que se puso a recoger el líquido con la fregona como pudo, intentando no vomitar, y cuando terminó le sugirió a su abuelo: "oye yayi, ¿te parece que baje al perro para que se dé una vuelta y si quiere que defeque?". Respuesta afirmativa. Así que cogió la correa. La miró con horror, los dedos se le quedaban pegados. Oscuras manchas pegajosas se extendían como la marca que dejan las olas en la arena de la playa. Sin pensárselo más, agarró al perro, le enganchó a la correa, cogió un par de bolsitas para la caca y se bajó. Mientras descendía en el ascensor, notó que su tripa protestaba. Sus intestinos eructaban. Eran regüeldos que empezaban suave e iban creciendo en intensidad vibrante y ronca hasta desvanecerse de igual manera que habían venido. Los había que tenían el mismo sonido que le pondrían a un velocirraptor cría en una película, un sonido que era como una mezcla de reptiliano y gorgoteo de loro. Una vez abajo, el frío no ayudó a calmar el malestar de sus vísceras. Las protestas se extendieron del intestino delgado hasta el grueso. El apéndice vibraba y se constreñía. De pronto miró al perrillo. Se sacó una de las bolsas de plástico del bolsillo y la miró pensativo. Y dijo en alzada voz: "Perro, igual estas bolsitas me hacían más falta a mí que a ti. Ojalá supieses recoger cacas". A lo cual el perro contestó: "hombre, dicho y hecho. Alíviate, no te cortes, que es de noche, hace frío y no hay nadie. Ahí detrás es un buen sitio", y señaló con su bigotudo hocico a un matorral. Sin pensárselo dos veces, y sin tener tiempo para hacerse preguntas sobre la situación, se bajó los pantalones mientras se acercaba al matorral. Llegó a él con el culo ya casi en pompa y en cuclillas y se puso a disparar. Tras terminar, se subió los ropajes y, el perro pasó por su lado haciéndole a un lado, y con una de sus manitas agarrando la bolsita de plástico, comenzó a recoger el pastelito. Hizo un nudo perfecto, se acercó a una papelera y lo tiró. "Tranquilo -dijo el perro con voz serena y solemne-, aquí no ha pasado nada". Con una mirada de asentimiento, el muchacho y el perro se subieron de nuevo a casa y no se volvieron a dirigir una palabra más en castellano.

martes, 23 de mayo de 2017

Recuerdos inertes.

"¡Ah! ¡Hola! ¿Eres tú? - dijo con una voz suave, como un susurro suspirado. Su propia voz le sonaba lejana y un poco temblorosa de la emoción-. Dime que eres tú, por favor. ¡Ah! Sí, tienes que serlo. Después de tanto tiempo, aún no se me olvida tu voz. Sigue siendo tan dulce como siempre. Sé que eres tú. Nadie más me llamaba así, "mi María querida". Nadie. Pero dónde estás, no te veo. ¿Te has ido? ¿Por qué te has ido? No me dejes otra vez. No te vayas. No te veo. Por favor, vuelve, dime algo, ¡no te vayas! Repítemelo. Repite mi nombre - suplicaba desesperada -. Aunque sea sólo una vez más - la voz se le quebraba -. No te vayas por favor - silencio -. ¡No me dejes! - su grito sonó desgarrador en las profundidades de la oscuridad que la aislaba y la condenaba al ostracismo de su pensamiento".

Mientras el eco de sus súplicas seguía rebotando en el interior de su cabeza, su mirada vegetal permanecía perdida en cualquier rincón de la estancia. Los ojos, inanes, estaban abiertos como los postigos de las ventanas destartaladas de una casa abandonada. Un hilillo de baba caía brillante y viscoso desde la comisura de la boca: "¡Ay qué lástima llegar a tan mayores, ¿verdad?!", dijo la obtusa enfermera de cerebro esponjoso hacia cualquiera que pudiese escuchar su hueco comentario mientras le secaba la barbilla con un papel.

Al fin se quedó sola. Sola sin la vacía compañía de aquella inútil enfermera. Sola con el mismo eco de antes, que seguía torturándola en su interior.  Sola con su imposibilidad. Una lágrima cayó desde la comisura de su ojo y manó triste por entre los cauces de su arrugada cara. Ya no había nadie para secársela. Mejor, no quería que nadie le robase la pena que a él, y sólo a él, le dedicaba en su vegetativo silencio.

domingo, 21 de mayo de 2017

Contra todo.

Una caña, un cigarro y un libro. De esa guisa se encontraba en una calle de un barrio de clase estúpida. De clase acomodadamente estúpida. Levantó los ojos del libro y en qué momento. Más le habría valido no apartar los ojos de la tinta. Ahora se maldecía. Grupos de aborrescentes, ellos como futbolistas reggaetonianos, ellas como putas reggaetonianas. Parejas de jóvenes padres con uno, dos y hasta tres hijos. Todos vestidos igual. Parejas de jóvenes sin hijos, pero no porque no quisieran, sino porque quizá todavía no se habían casado. Detestada vejez inevitable renqueando en sus bastones. Paseantes con pulseroides abanderadas de rojo y gualda, polos con aguerridos caballos, zapatos sin calcetines. Se estremeció. Miró el cigarro. El cigarro le sostuvo la mirada: "¿Qué, yo tampoco te gusto? ¿No soy de tu agrado como toda esta gente que te parece basura?". Anonadado hallóse. "Pues sí, tú tampoco me gustas, te prefiero con costo". Tras esto, el cigarrillo le escupió su humo a la cara, al ojo, donde más escuece, y saltó de su amargada mano. Con el ojo lloroso lo vio caer. "No te necesito", se engañó. Cogió el vaso de cerveza para dar un trago, y antes de que el líquido le humedeciese los labios, formó una tremenda ola de las que salen resonando desde el fondo y le salpicó la cara. "No me bebas". ¡Dios! Qué pasaba, todo el mundo estaba en su contra o qué. Miró el libro y le dijo: "¿Tú tampoco quieres que te lea?". Sin embargo, el libro se limitó a decir: "No estoy aquí para juzgar a nadie. Cualquiera puede leerme. No me importa cuán merecedores sean los ojos que me repasen y me desnuden con la mirada. Tómame y no pienses más en la putrefacción corrupta de enderredor". Y así lo hizo. No volvió a separar su vista de aquellas voluptuosas frases, aquellos sensuales párrafos, tildes, analogías, metáforas, hipérboles, alegorías y oxímorons. Y se mantuvo siempre fiel a la lectura, la única virtud que jamás le traicionaría.

jueves, 18 de mayo de 2017

Pestilencia eterna.

Pensaba, lo cual últimamente era sinónimo de llorar, si un yonki rehabilitado echaría de menos la heroína. Se encontraba fumando un cigarrillo de liar. Una nube de humo se arremolinó frente a él a la vez que se desvanecía. Se preguntaba si se podía echar de menos algo de lo que se había disfrutado con fruición hacía tiempo, pero que era dañino. Algo que conscientemente se sabía que era perjudicial y lo sería siempre. Exhaló un suspiro cargado de humo. Era como soltar vaho por la boca cuando hacía frío, pero sin hacer frío. Era como vivir encadenado, pero sin cadenas. Era como llorar con ella, pero sin estar ella. Era como respirar aire puro, pero con las flatulencias de mil tubos de escape alrededor. Dio otra calada. Mantuvo un poco el humo en sus pulmones y lo soltó lentamente. Aquel humo se le escapaba para siempre. Para no volver nunca. Y se quedó solo. Sentado en la hierba. Pensativo. Lloroso.

jueves, 11 de mayo de 2017

Ya es tarde II.

Estaba un día con un buen amigo. Uno de esos que han sido una parte muy importante de ti durante una época de tu vida y que el tiempo ha hecho que os distanciéis, pero aún así, al volveros a ver es como si no hubiesen pasado lustros. Pues estábamos tomando algo, y surgió una conversación sobre antaño, y eso me llevó a preguntarle por ella. Una persona que teníamos en común y que también fue parte de mí en otro tiempo. Una persona que fue yo, que lo fue todo y que lo siguió siendo aún en la distancia, pero que las maltrechas y desgraciadas circunstancias hicieron que nuestros caminos se escindiesen irremediablemente. Le pregunté que si sabía algo de ella. Y me dijo que sí, muy serio. Su rostro se demudó. Me miró y me dijo: "Ha muerto". En ese momento, mis entrañas emitieron un crujido al colapsarse. "Pensaba que lo sabías. Me extrañó no verte en el entierro". Yo tenía la mirada perdida en algún lugar del suelo. Le dije que no muy quedamente con la cabeza. De pronto, un calor sofocante, semejante al que me envolvía cuando la veía, me inundó. Mil pensamientos me vinieron a la cabeza. Todo aquello que había pensado en algún momento que podría hacer por recuperarla, por retomar el contacto, de pronto me asedió en estampida. Todo aquello que siempre había pensado que podría hacer ya no podía hacerlo. ¿Por qué no lo hice en su momento? ¿Por orgullo? ¿Por pereza? ¿Porque no era lo que tenía que hacer? Ahora ninguna de esas preguntas tenía sentido. Me veía ridículo y pobre. Triste y solo. Cuando la muerte llega, es cuando empiezas a pensar con claridad, cuando ves las cosas como te habría gustado verlas cuando todavía era posible llevarlas a cabo. Sin embargo, ese es uno de los muchos defectos que tiene vivir, hasta que no te enfrentas a la muerte, no ves las cosas como realmente tendrías que haberlas visto antes. Ahora me llegaban esas palabras que nos decíamos cuando todavía nos queríamos: "¿Te das cuenta de que algún día nos separaremos y tú no sabrás ni que he muerto? Me aterroriza pensarlo", decía yo. "No, eso no va a pasar", decía ella. En aquel momento no eran más que palabras, pensamientos agonizantes pero irrealizables. Eran mortecinas sombras tenues sin suficiente intensidad como para tenerlas en cuenta. Sin embargo, se habían realizado. Se habían hecho realidad. Esas sombras lo habían cubierto todo. Entonces pensé que el tiempo distancia, pero la muerte distancia mucho más. Entonces me quedé inane, con la sensación angustiosa de quien se asoma al vacío, ese vértigo de impotencia, de sentirte indefenso en la nada. Ya no podría jamás recuperarla, ni decirle cuánto la seguía amando, ni volver a discutir con ella, nada. Nada. Apuré mi vaso y, disculpándome, salí de aquel lugar y me marché.

La amada muerta.

Me encontraba dando uno de mis paseos por el cementerio. Era casi de noche y poco quedaba ya de luz. Me movía despacio, acompañado por la ligera brisa que zarandeaba con dulzura las ramas de los solemnes cipreses, por entre las tumbas. Algunas majestuosas. Algunas humildes. Aquí y acullá me detenía sin ninguna motivación concreta a leer los epitafios. Me gustaba saber desde qué edades ancestrales llevaban ahí enterrados los cadáveres. Sin embargo, rara vez encontraba una tumba cuyo contenido pudiese considerarse una antigüedad, el muerto de mayor edad que llegué a encontrar era de casi un siglo. También me gustaba calcular, con las fechas grabadas en las losas, la edad con la que habían muerto los habitantes de aquella necrópolis. Quizá se pueda considerar una afición extraña, una parafilia incluso. Sin embargo, a mí me transmitía paz. Mucha paz. No hay nada más tranquilo y exento de problemas que los muertos.

Todo a mi alrededor se encontraba en silencio. Nada se escuchaba. De pronto, me llegó un murmullo suave. Una voz sutil que era arrastrada por el viento. Miré en su dirección y vi a lo lejos un entierro. Pero era un entierro diferente. Tan sólo había congregados un sacerdote, cuya letanía era la que había captado mi atención, y tres hombres, de los cuales dos eran los enterradores. Aquello me maravilló mucho por la extrañeza de la congregación reunida en torno a la tumba y fui para allá.

Para cuando llegué, el sacerdote ya se había retirado y los enterradores estaban terminando de rellenar el hueco con sus siniestras palas, que emitían suaves carraspeos al recoger la tierra y rozar el suelo. El otro hombre permanecía allí. De pie. Absorto. Su gabardina ondeaba con las caricias del circunspecto céfiro. Miraba a la tumba sin pestañear. Con el ceño ligeramente contraído. Pensativo. Respetuosamente tosí para llamar su atención y poder departir con él. El hombre me miró asombrado, como si no se esperase encontrar a ningún vivo por aquellos lares. "Buenas noches", le saludé. El hombre hizo un gesto amable con la cabeza. "Disculpe que me presente así, pero me encontraba dando un paseo y me ha llamado la atención un sepelio tan íntimo. Conocía a la persona, supongo". "Sí", me respondió. No quise insistir más y permanecí callado a su lado con la intención de marcharme tras una respetuosa espera. De pronto, continuó: "Sí, la conocía". Su voz vibró, y sin más comenzó a explicarme.

"Era una amiga de la universidad. El amor de mi vida, pero jamás correspondido. No creo que nunca haya llegado a saber todo lo que la amaba. Es más, ha muerto sin saberlo. Era una persona compleja, peculiar, diferente. Una persona de esas cuya vida fue engendrada para sufrir. Su madre murió siendo ella aún joven. Fue ahí cuando las cosas se empezaron a torcer. Los hombres pasaban por su vida dejando grandes surcos que malcicatrizaban. Yo era el cojín en el que se apoyaba para llorar, sin saber el daño que eso me hacía. Pero no me importaba, la escuchaba. La escuchaba con toda mi atención porque sabía que era lo que ella necesitaba de mí, y si eso era en lo único que podía complacerla, me bastaba. Me entregaba a mi tarea con mayor ímpetu del que me haya entregado nunca a nada. Más tarde encontró un hombre que resultó ser uno de esos maltratadores. En ese momento también recurrió a mí. Fue por aquel entonces cuando comenzó a beber. Después de ese hombre vino otro, con más llantos de por medio. Con más lágrimas borrachas sobre mi hombro. Su familia y amigos la habían dado de lado por su problema incorregible con el alcohol. Sólo yo permanecía. Sólo a mí podía recurrir. Y lo hacía solamente en estos momentos trágicos, pero tampoco me importaba. Al tiempo apareció una persona en su vida que parecía iba a ser su salvador. Yo me alegré, pues me dolía en lo más profundo verla así y no poder hacer nada absolutamente. Nada más que dedicarle palabras reconfortantes. Palabras que se hundían en vasos de ron. Que se perdían en la niebla de unas neuronas ebrias. Pues bien, con aquel hombre tuvo una hija. Pero tampoco funcionó, ya le dije que era una persona difícil. La abandonó, dejándola sola con su hija. Su problema con la bebida se acentuó y por circunstancias desafortunadas le quitaron la custodia. Para ella fue el mayor revés de su vida. Mucho mayor que los moratones que la dejaba aquel desalmado que la maltrataba. Un día, cuando contaba con tan sólo cuarenta y pocos años, me llamó llorosa. Me dijo que necesitaba verme. Yo le dije que en ese momento me encontraba fuera por trabajo. Empezó a llorar. Me dijo que tenía cáncer. Me dijo que le habían dado doce semanas de vida y que ya habían pasado once. Mi esófago se encogió. Parecía que la boca del estómago hubiese subido hasta mi garganta y los jugos estuviesen quemando mi lengua. Le dije que saldría de inmediato. Cuando llegué al hospital estaba tumbada en la cama. Completamente sedada. Macilenta. Amarilla. Demacrada. Ojerosa. Esquelética. Muerta. Nadie había en la habitación. Nadie la acompañaba. Me acerqué con las lágrimas abrasando mis párpados. Le cogí la mano y la estreché con fuerza. Se la besé con todo el furor de que fui capaz, como si al apretar mis labios contra su piel ella fuese a ser consciente de que yo estaba ahí. Le miré los labios y por un momento estuve tentado de besarlos. Pero no pude. No porque me desagradase la idea de besar a la muerte, sino por respeto. Nunca en vida quiso que la besara, y suponía que esa decisión se mantendría en la muerte. Los enfermeros me preguntaron si era yo quien se iba a hacer cargo de su entierro. Por supuesto que dije que sí. Y aquí estoy hoy. Lamentándome por no haber podido llegar antes. Por no haberla podido hacer feliz".

Con esas palabras terminó su historia. Unas lágrimas contenidas amenazaban con salir de sus ojos, así que le miré, le di un golpecito en la espalda y me marché para dejarle a solas para que llorase tanto como pudiese y quisiese a su amada muerta.

miércoles, 26 de abril de 2017

Perdóname.

Perdona por haberte dicho que me gustas cuando no es así. Por haber hablado de tus ojos cuando no sé ni de qué color son. Siento haberte mojado los labios con mi saliva cuando realmente no quería besarte. Siento haberte hecho creer algo que no era, pero es que me engañaba mi cerebro. No pensaba con claridad. Solamente has sido el objeto de satisfacción de la necesidad que en ese momento atormentaba y obsesionaba a mi cabeza. Siento haberte engañado esta noche para no volver a verte más. Perdóname allá donde estés.

martes, 11 de abril de 2017

Solo I.

Dejó la pluma y el manuscrito sobre la mesa. Nadie le echó de menos.

jueves, 6 de abril de 2017

Minusvalías y libertades.

Iba en el metro y escuchó un eructo magnífico. Era perfectamente cavernoso y vibrante. Se giró y miró hacia la fuente de tal perfección. Era un joven con minusvalía mental de mirada distraída y desconocedor de los límites que nos avergüenzan y nos impiden ser.

Estaba llegando al andén del Cercanías y ya se la escuchaba. Esa muchachilla acompañada de su crónica trisomía que estaba como cada mañana cantando con desatinada entonación y palabras formadas por la mezcla de sílabas dispersas que iba reconociendo en la música de sus cascos. Le había cogido cariño, y esperar el tren sin su ilimitada brillantez que demostraba que le era indiferente lo que pensásemos sobre su arte, no era lo mismo.

Una mente completamente despierta encerrada en un cascarón de huesos y pellejos inservibles luchaba por poder comunicarse con su tutor desde su desventajosa posición en una silla de ruedas. Miró a esa persona y sintió lástima por ella, e inmediatamente después sintió lástima por sí mismo y gran admiración por ella. Él, teniendo un cuerpo perfectamente capaz de ser autosuficiente y una mente ídem, se esforzaba por hundirse con cada piedrecita que le ponía la vida en su pedregoso camino.

Vio a un hombre deforme. De una frente prominente y perfectamente redondeada y despejada hasta bien entrado el cráneo salía una nariz completamente recta que apuntaba hacia abajo como una flecha. Los ojos hundidos en oscuras cavernas y un labio inferior que competía en prominencia con la ya mencionada frente. Grueso y salivoso. Un hombre que jamás encontraría a nadie que se enamorase de él, puesto que el amor no sólo entra por el corazón.

Sentía que no se merecía la fortuna que había tenido y que quizá, quien se la merecía realmente, eran aquellos supraseres minusválidos. Sentía que no era merecedor de la libertad de movimientos y pensamientos de las que podía gozar. La malgastaba en preocupaciones nimias. En trivialidades propias de un creyente en Geová. Sentía que aquella gente limitada eran los que verdaderamente eran libres.

viernes, 31 de marzo de 2017

La vida sigue V.

Era invierno. Muy crudo y cruel. La nieve se acumulaba vistiendo a los desnudos y raquíticos árboles. De pronto, el gusano escuchó un ruido. Levantó la cabeza. En ese momento ocupaba su tiempo devorando los malolientes restos que habían dejado los lobos y los cuervos de un cadáver putrefacto. Miró en derredor. Vio que el ruido lo había hecho un escuálido y tembloroso lobo que había venido a buscar la poca carroña que quedase por comer y que habían dejado sus hermanos. Le miró con cierta tristeza, ése no vería el próximo invierno. Se alegró de ser un ser tan inferior que no sentía ni frío ni calor y que lo que eran desechos y migajas para unos, para él era un auténtico festín. Sin más, bajó la cabeza y continuó desmigando poco a poco los restos sépticos que se pegaban gélidos al hueso. Si total, no podía hacer nada por aquel pobre animal que pronto se convertiría en su próximo manjar. La vida seguía.

sábado, 25 de marzo de 2017

El reflejo de la muerte.

Había anochecido ya. La luz naranja de las farolas se reflejaba difusa y temblorosa en la acera humedecida por la reciente lluvia. Iba caminando por una estrecha avenida de Madrid volviendo a casa. Los coches pasaban escasos dejando escuchar el pegajoso ruido de sus neumáticos contra el mojado suelo. De repente algo capturó mi atención, que se encontraba perdida entre pensamientos errantes. Una mujer caminaba en sentido contrario a mí. Me miró a los ojos y yo le sostuve la mirada. Llevaba un pañuelo atado a la cabeza. En los límites del pañuelo se podía ver la falta de pelo que cubría. Su rostro estaba teñido por un color amarillento. Su piel se pegaba a los huesos de su calavera como un vestido mojado al cuerpo desnudo. Su mirada era profunda y transmitía un mensaje. Era consciente de que iba a morir, pero no le importaba, lo tenía asumido. Esto no duró más que unos segundos, y cuando nos habíamos dejado atrás, ninguno giramos la cabeza para continuar la muda conversación. En mi mente se materializó mi madre. Un día por la mañana me crucé con ella tal y como me acababa de cruzar con esta mujer. Mi madre iba acompañada por una amiga a su sesión de quimioterapia. Llevaba un pañuelo en la cabeza. En los límites del pañuelo se podía ver la falta de pelo que cubría. Su rostro estaba teñido por un color amarillento. Su piel se pegaba a los huesos de su calavera como un vestido mojado al cuerpo desnudo. Su mirada me sonrió. Era consciente de que iba a morir, y sí le importaba, no lo tenía asumido. Quizá la mujer con la que me crucé fuese el reflejo de mi madre que no pude ver ni aceptar en su momento, y que volvía una década después para dejarme ver que sí estaba preparada para morir.

viernes, 24 de marzo de 2017

Desagradable.

A ver, por Dios, por el aliento del Embozado, por Belenos, pues no estoy fumándome un cigarrillo en el curro y veo pasar a un ser, infraser, que llevaba la siguiente guisa: bigote arreglado a lo Dalí, peinado de futbolista samurái, esto es, coletilla ridícula en la coronilla con los lados de la cabeza semirrapados, pantalones molestamente estrechos y ligeramente cortos, dejando al descubierto los tobillos, zapatos puntiagudos de cuero y chaqueta de traje ajustada en el talle, todo muy sofisticado y se supone que elegante. Esta gente que adopta ciertas características para parecer distinto y peculiar, puesto que por sí mismos no lo son y la forma más fácil de conseguirlo es externalizándolo con poco gusto, características que sí son propias y genuinas de personalidades pasadas y presentes que son peculiares de verdad y que esa peculiaridad es inherente a su intelectualidad, merecen no existir. Así que yo juzgo y dicto sentencia: culpable de mongolismo y alteración del buen gusto, condenado a muerte por sodomización de un garañón bien dotado.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Siguiente, siguiente, siguiente.

Hace poco me estaba leyendo una trilogía de Mago la Ascensión, y me gustó tanto que lo leí muy parecido a como hago las instalaciones y desinstalaciones en Windows, "siguiente, siguiente, siguiente". Pasaba páginas sin si quiera leerme dos palabras del contenido de cada una. Un poco malo el libro. Y no pude evitar sentir que ése es el modo en el que entró mi vida desde que no te tengo. Lo único que hago es darle al botón de "siguiente" para pasar página, para pasar tiempo, para que la desinstalación termine. Pero no acaba nunca. Es siempre la misma página la que aparece cuando doy a "siguiente". La misma página la que aparece a cada paso. Tú. Tú eres cada página. Cada paso. Tan sólo va cambiando el modo en que te voy percibiendo dentro de mí. El modo en el que se van transformando las emociones y sensaciones. Vivo esperando que por fin aparezca de una maldita vez el botón "Finalizar".

Ya se ha terminado la partida.

¿Sabes esa sensación que tenías cuando estabas jugando al escondite de pequeño, pero realmente eras el único que seguía jugando porque todos ya habían terminado, y tú seguías escondido hasta que ya te parecía extraño que no oyeses nada ni te hubiesen encontrado y entonces salías y les veías en la placita a todos jugando a otra cosa? Esa sensación de soledad, de conocimiento de la realidad. Tú no eras su prioridad, mientras que ellos sí lo eran para ti. Así es como te sientes ahora cuando ves que la otra persona ya no depende en absoluto de ti. Ya es completamente ajena. Es como una extraña. Como cualquier otro u otra en la oficina. Sin embargo, para ti no es así. Cada vez que la ves se te remueve algo por dentro. Un calor sofocante te hormiguea por dentro todas las extremidades y rincones de tu cuerpo. Y ves que a ella no. Te mira con indiferencia. Hace nada erais uno, y ahora no sois nada. Sólo tú hablas con la mirada. Ya no puedes hablar con ella a viva voz. Tienes que conformarte con decirle todo con una mirada que dura un segundo. Una vez más sales de tu escondite para ver que la partida ha terminado definitivamente. Ella está con sus nuevos prójimos haciendo su vida. Así que lo mejor que puedes hacer es irte del patio y subirte a casa a leerte un cómic.

domingo, 26 de febrero de 2017

Una canción para un momento I. Taxidermy girl.

Esta canción ha llegado en el momento justo, en el totalmente adecuado. Taxidermy Girl de Harley Poe. Siempre llega un momento de planicie, de casi desinterés en el que llevas tanto escuchando música que ya pocas cosas te sorprenden, y efectivamente, últimamente no has descubierto nada nuevo que te motive. Sin embargo, sabes que en algún momento, cuando parece que ya no va a haber ninguna canción que te llame la atención sobremanera, que no te va a remover por dentro, vas a llegar a ella. No sabes de quién ni de qué estilo de música será, pero sabes que está a punto de llegar. Y llega. Una combinación perfecta de folk con una letra peculiar y bestia, pero elegante. Es una historia de amor muy dura, llena de sentimiento. A pesar de la crudeza de la historia, me parece un relato jodidamente desgarrador y lleno de dolor. Dolor para todos.