martes, 23 de agosto de 2016

Palillo plano entre los dientes.

Estaban en un bar de esos en los que abundan las embriagadas ánimas solitarias. El camarero, un señor clásico con mostacho, barriga, chaleco y un palillo plano entre los dientes del cual asomaba ligeramente el puntiagudo extremo, estaba secando lo que parecía un vaso que antaño había sido transparente. Con los brazos apoyados en la barra había un joven que había pasado de la treintena, cabizbajo. Frente a él el quinto mini de calimocho. A su lado un cura. Calvete, delgado y cara afable. Frente a él un chato de whisky solo. Bueno, con un par de hielos. Llevaban suficiente tiempo hermanándose en silencio como para poder romperlo ya, y suficiente alcohol como para hacerlo. "Dígame reverendo", dijo el muchacho. El reverendo ladeó un poco la cabeza para poder ver de reojo al interlocutor y con cierta curiosidad en el rostro. "¿Nunca ha deseado que en alguna de las bodas que ha oficiado se presentase un tercero en el ínclito momento de objetar, y que lejos de mantener la prudencia, objetase?". "Muchacho, mucho me temo que no sólo lo he deseado, sino que lo he implorado con todas mis fuerzas". El joven asintió y preguntó: "¿Y eso?". "¡Vive Dios! Pues porque veo farsa y herejía en tan sublime sacramento". "¿Y no podría ser usted ese tercero en discordia que proclamase la falsedad de ese acto?". "¡Voto al demonio que sí! Están tan corruptas esas ceremonias que he deseado, ¡oh, tantas veces he deseado!, mearme en el vino de la eucaristía para dejar la sangre de Cristo al nivel de lo que se merecen. Al nivel que dejan ellos tan sagrado sacramento". Agarró su vaso y le dio un buen sorbo. El joven le imitó. "¿Y por qué no lo ha hecho usted?". "Verás hijo, si lo he hecho o dejado de hacer no te lo puedo decir. Baste con que lo he deseado. Y ahora mismo estás siendo tú mi confesor. ¡Voto a bríos! Dime qué penitencia crees que merezco y la cumpliré hasta el día de mi muerte". Un sorbo más dejó casi vacío el vaso. El calimocho le iba a la zaga. "No creo que merezca usted pasar por ninguna penitencia, en todo caso la penitencia debería ponérsela por no haber evitado esos matrimonios". "¿Pero y qué puedo hacer yo? No soy más que el ejecutor, el verdugo, la marioneta que tiene que seguir un guión establecido sin hacer preguntas ni objeciones". En eso, el camarero, al cual no se le había escapado ninguna de las palabras de esa conversación, carraspeó y dijo: "Yo una vez fui ese tercero en discordia que objetó". Ambos bebedores le miraron maravillados, como sorprendidos de que aquel mostacho tuviese voz. "¿Y cómo fue?", preguntó curioso el muchacho. "Pues nada, me planté allí en la iglesia y dije: "¡Yo tengo algo que decir!" Pero cuando se giraron los novios, no reconocía a la novia. Me había equivocado de boda". "¿Y después qué sucedió?", preguntó el joven. "Nada, me quedé sin la mujer a la que amaba". "¡Por los pendones de Dios!" exclamó el sacerdote. "Tanta fuerza tienen esas farsas, esas representaciones culturalmente artificiales, que ni siquiera con la voluntad y el valor necesarios para luchar contra tan impía consumación se puede hacer justicia e impedir la terminación de las mismas como debieren de terminar". Los que aún tenían líquido en el vaso se lo bebieron. Y los que tenían un palillo plano en la boca le dieron la vuelta para seguir masticando. Y todo volvió, como si ninguna conversación hubiere tenido allí lugar, a su estado de silencio original.

lunes, 22 de agosto de 2016

Mercenario karma.

Vas por una calle de tu barrio de toda la vida, que te gustaba, la usabas siempre en tus paseos, y les ves. En su puto coche espléndidamente blanco. Él al volante, cómo no, macho. Ella de copiloto, cómo no, hembra. Y resulta que el bueno del karma, en lugar de hacer que te vean ellos a ti y se les revuelvan las tripas, hace que les veas tú a ellos. Por medio puto minuto. Medio minuto después y habría sido al revés. ¿Qué te he hecho karma? ¿Qué te dan ellos que no te dé yo? Dímelo y lo solucionamos en un momento. Puto karma, mercenario de mierda. Te vas con el que mejor te paga. ¿Pero qué consideras tú que es mejor paga? Lo que yo te ofrezco es lo que se supone hay que ofrecerte, karma. El bueno rollo, las buenas acciones. No sé, está claro que esta guerra entre ella, él, el karma y yo no la voy a ganar yo. Así que me retiro. Más vale una retirada a tiempo que un ojete desgarrado.

domingo, 14 de agosto de 2016

Gozo macabro.

Estaba anocheciendo. El cielo iba apagándose, dejando refulgir lamentosa a la luna, que en silencio se mantenía mecida por el lento vaivén de las oscuras nubes que la vestían con su tenebrosa mortaja. Un funeral se estaba celebrando al pie de un olmo. Un olmo triste, enclenque y siniestro. El viento acariciaba sus hojas haciéndolas susurrar una letanía que acompañaba como un coro distante la funesta escena. Un cura murmuraba unas palabras para el desconsuelo de los amigos y familiares. Las siluetas de los asistentes se dibujaban contra el cielo como sombras erguidas. Los sollozos acompañaban al ataúd en su descenso al foso. Desde donde estaba podía escucharlos. Disfrutaba con ellos. El continuo y monótono recitar del fraile le relajaba y le preparaba para poder alcanzar su máximo gozo. Escuchaba cómo despedían aquel cuerpo inerte. Respiraba cada lamento. Notaba en sus ojos cada dolorosa lágrima que se desprendía. Él también lloraba. Pero no de pena. No de pesadumbre. Era su forma de expresar su gozo. Escuchaba el crujir de la pala contra la tierra. Ese sonido le llenaba por dentro. Le alimentaba. Se relamió. No podía sonreír, era demasiado el deleite. Ése era el mejor teatro. Un teatro en un escenario real. Con unos actores que habían sido obligados a representar un fúnebre papel de forma natural. Quería aplaudirles. Quería compartir con ellos su entusiasmo y su aquiescencia con su gran trabajo. Pero no lo hizo. Saboreó la última palada. El último golpe seco de tierra. El último plañir. Permaneció allí inmóvil hasta que el último de ellos se había marchado. Se acercó hasta la nueva tumba. Su emoción le hizo caer de rodillas mientras se cubría la cara con las manos y su cuerpo se convulsionaba violentamente a merced de su llanto. Acarició la tierra con mimo. Suavemente, como quien acaricia a un amante. Se acurrucó sobre el pequeño túmulo y allí se quedó hasta que el alba le llamó de nuevo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Infeliz.

Anímate que ya sólo puede mejorar. Hay más peces en el mar. La vida es preciosa. Sonriéndole a la vida. Mis dos soles, lo mejor de mi vida. Cuántos mensajes más de esta calaña podéis inventaros. Cuánta falsa felicidad podéis intentar, infatigablemente, hacerme creer que desprendéis y vivís. Miserables. Despreciables y repugnantes cadáveres vivos. Muertos en vida. No puedes animarte cuando has tocado fondo por el hecho de que ya sólo pueda ir mejor y puedas ascender. La mierda como yo se hunde. No flota. Tiene una densidad viscosa que, una vez ha caído en el inmundo charco, le hace descender como si tuviese adheridos bloques de cemento, hasta el barro. Y ahí se queda tragando cieno, arrastrándose según las corrientes gélidas. Pero nunca puede nadar hasta la superficie de nuevo, porque el único camino por el que podría hacerlo no existe ya. Quién ha dicho que yo quiera más peces en el mar. Quiero a uno sólo. Quiero ese pez y no otro. Qué te hace pensar que la posibilidad de estar rodeado de más entes entre los que elegir pueda hacerme feliz. La vida es una puta atrocidad cometida contra aquellos que viven. Te tiende la mano tiernamente y te ofrece cuatro o cinco golosinas, para que cuando estés confiado cierre el puño contigo dentro y te asfixie. Te aplaste. Te triture y te machaque. Y convertido en polvo te suelta para que el viento embrutecido te disperse por mil lugares. Si le sonríes a la vida eres imbécil. Es como querer a quien te odia. Es como acariciar cariñosamente un cactus. Es como respirar plácidamente debajo del agua. Como besar en la boca a una cobra. Como aplastar tu sonrisa contra una plancha de metal incandescente. Pero te da igual porque eres imbécil. Tus dos soles, la cuna de tu felicidad, se convertirán en dos marionetas como tú, hechas a tu imagen y semejanza que ultrajarán y contaminarán el mundo y a cualquier ser, animado o inanimado, que se le acerque. Lo mejor de tu vida es lo que hace que la mía sea una mierda. Que no quiera vivir, porque la única manera de hacerlo es rodeado de auténtica bazofia como tú. Sois tan miserablemente putrefactos que podéis vivir sobre una montaña de cantos rodados sobre los que os autoconvencéis que podéis estabilizaros. Tenéis el corazón lleno de telarañas de no usarlo. Dejadme en paz y dejadme vivir amargamente lo que amargamente me han obligado a vivir.

jueves, 21 de julio de 2016

Todo lo que quise de ti.

Quise verte envejecer. Y quise que encajásemos nuestras arrugas. Que tus pliegues se refugiasen en los míos, y que los míos se cobijasen bajo la sombra de los tuyos. Quise que te plantasen en mi maceta para que estuvieses siempre a mi lado. Para que nuestros tallos se enredasen, y tus brotes chocasen contra mí. Que compartiésemos savia. Quise que tu silencio me envolviese. Ver tu cara recién despertada una y mil veces. Ver tus legañas. Quise poder vivir contigo y morir contigo. Quise tenerte de exposición dentro de mi cabeza para poder admirarte siempre. Quise que nos emborrachásemos y nos volviésemos locos. Quise poder decirte que sí hasta que la muerte nos separase, aunque sé que ni siquiera ella nos habría separado. Pero ahora ya no creo eso. No ha sido la muerte quien nos ha separado. Y no ha sido el daño que nos hemos hecho. Quise haber disfrutado de tus malos olores, de tus buenos humores, de tus lágrimas mojando mis mejillas, de tus manos buscando rozarme, de tus ojos sonriendo, de tus labios empapados. Pero qué más da lo que yo hubiese querido. Qué más da cómo hubiese sido. No es y punto. Nunca quise decirte adiós.

miércoles, 20 de julio de 2016

Dejadme en paz II.

Me dice el ordenador que me actualice el Windows al número diez. Que el 29 de julio vence. Pero qué coño. Quién le ha preguntado. Pues que venza. Que venza y gane. A mí qué me importa. Bien por él.
Voy a por un par de vaqueros al Corte, porque me hacen falta por nesecidad, y me explican que esos vaqueros, justo los que he elegido yo, una columna de pantalones más a la derecha o a la izquierda no, pero los míos sí, no están de rebajas. Y yo me quedo con cara de estupefaciente y le respondo que qué rebajas, que yo no venía con la idea de que me rebajasen nada. Y me miran raro y dicen "ah, vale". Pues claro que "ah, vale".
Voy a coger el metro en Plaza Castilla y veo tres desmayaos con dos pancartas a los lados preguntando que si conozco a Geová. Pero dejadme en paz, ¿no? Por qué está bien visto que los cristianos, sean de la secta que sea, o cualquier tipo de religión, te asalten y te intenten convencer de sus creencias y no está bien visto que yo les explique por qué han de coger tres cuadraditos de papel para limpiarse el culo, y además cómo optimizar su utilización al máximo, para que lo hagan como yo. Por qué. En cualquier caso, yo no les trato de convencer de eso ni de que no crean en sus cuentos de dragones, ballenas que tragan profetas ni náufragos que se llevan una pareja de cada animal vivo en la tierra a ver mundo.
Llega la subida de sueldo en el curro, la esperada carta para saber si subes y te tienes que alegrar o te quedas igual y te tienes que indignar. Todos como hienas: "mañana mañana", dicen atropelladamente y babeando. "A este le van a subir no sé cuánto". Y a mí qué cojones me importa. Bien por él. Alégrate de que le ascienden y le pierdes de vista. Y cuando les han dado la subida, hablándolo como niños que comentan las notas de un examen que les acaban de dar. Y te preguntan: "¿te la han dado ya? ¿Te la han dado ya?". "No". Y te dicen que metas presión. Y al día siguiente igual: "¿te la han dado ya? ¿Te la han dado ya?". ¡Qué no cojones, que me dejéis en paz!
Total, conclusión: que os practiquéis una combustión espontánea y me dejéis en paz, coño.

domingo, 10 de julio de 2016

Viejo.

Frente a él un cenicero lleno. La ceniza se acumula formando una sábana polvorienta. Las colillas se dejan entrever como barcos naufragados en ese mar gris. Frente a él sus memorias. Sus recuerdos. En su cara mil arrugas. Su pelo ya cano. Las manos venosas y decrépitas. Lo único que permanece inalterable, las lágrimas. Frente a él todos sus recuerdos. Frente a sus recuerdos la vida que no pudo tener. Un día más, se enciende el cigarrillo manchado con sustancia aletargadora y espera a que la muerte se decida.

jueves, 7 de julio de 2016

Una pelota negra.

Un acordeón canta melancólicamente con su vibrante voz metalizada. Un violín tararea una melodía triste con su tono agudo. El bajo pone la gravedad que ese momento solemne requiere. Y todos acompañan lánguidamente la sucesión de recuerdos. Lugares no olvidados que, otrora fuesen queridos, ahora sólo angustian y oprimen en el estómago. Portales inanes, sosos, que no eran nada, lo fueron todo. Pero el violín le recuerda que ya no. Transportes como el metro, autobús o los ascensores. Transportes que eran lugares abarrotadoramente agobiantes, dieron lugar a algunos de los mejores momentos. Y esa canción de 17 hippies, Le Waltz, le recuerda que ya no. Le recuerda aquellas palabras dolorosas, pero previsoras, que se susurraron en el primer lugar: "hay que hacer una pelota negra y guardarla en lo más profundo hasta que se consuma". Pero no quiso hacerse caso, y en lugar de guardarla cuando tenía un tamaño asequible, esperó hasta que se hizo inmensa. Y ahora no hay quien la guarde en ningún sitio. Intenta dejarla en aquellos portales, pero no puede, entorpece demasiado el paso. Intenta tirarla a la papelera, pero no cabe. Intenta fumársela, pero es demasiado. Ahora la lleva a cuestas siempre. Como un apéndice de su cuerpo. Pero no desiste, algún día encontrará un lugar donde abandonar esa pelota negra.

miércoles, 6 de julio de 2016

La última dedicatoria.

Sus ojos se desangraban. Se irritaron. Se deshidrataron. Lloraron. Le dedicó sus lágrimas. Esa era su última dedicatoria para ella. Era lo único que le quedaba por dedicarle. Habría muerto por ella y había muerto por ella. Esas lágrimas fueron la última dedicatoria que la hacía.

martes, 5 de julio de 2016

Fecha de caducidad.

Miraba el humo del porro cómo se evaporaba, cómo se deshacía en espirales y desaparecía en el aire. Y mientras lo hacía se planteaba si así eran los sentimientos de los seres humanos. Acaso éramos como un porro, que se pone incandescente, siendo capaz de radiar luz y abrasar en un momento, y al instante siguiente disolverse en una estela de humo que desaparece casi instantáneamente. ¿Acaso era así la forma de sentir? No, él no. Cuando él se encendía duraba. No se volatilizaba ni se sublimaba. Sin embargo, sabía que los sentimientos tienen fecha de caducidad. Y lo que para ella había caducado en menos de unos pocos días, para él caducaría en mucho más. Pero se consoló pensando que incluso para él, ella tenía fecha de caducidad.

martes, 28 de junio de 2016

El maestro III.

La noche se había despejado y el ambiente se había templado. Allí en el cielo negro se dispersaban pequeños puntos de luz agrupándose para formar esas formas mitológicas. El chaval se dirigió a la entrada del porche que daba al patio. En el escalón se encontraba el viejo tocando su pequeña mandolina, ténuemente alumbrado por la temblorosa luz de una antorcha. El muchacho se acercó apurado a él.
- Maestro.
La mandolina continuó desprendiendo notas lenta y cadenciosamente. El anciano no abrió los ojos ni levantó la cabeza. Sin embargo, era todo oídos.
- Maestro - dijo el chico. - Ya se ha acabado - soltó afligido y lloroso. - Ella ha decidido. Se queda con él, aun habiéndome expresado y demostrado tantas cosas que yo me creí como verdaderas. - Hizo una pequeña pausa mientras los dedos del anciano, cuyos ojos permanecían cerrados, seguían acariciando las cuerdas de la mandolina haciéndola cantar suavemente. El joven continuó: -  Me ha dicho, muy distante, que necesita tiempo para pensar, pero la vi el otro día que le daba un beso a él. Yo, que me he humillado y arrastrado tantas veces para demostrarle que la quería, que la he seguido como un perrillo faldero cuando se enfadaba, cuando se daba la vuelta y me dejaba con la palabra en la boca, cuando me echaba cosas en cara. Yo me he callado y lo he aceptado. Y ahora esto. Me deja tirado como un trapo.
El maestro dejó de tocar y se apoyó ligeramente sobre su instrumento.
- ¿Ves allí el saco de la leña? - Dijo sin señalar a ningún sitio. -Tráelo.
- Pero maestro, ese saco hay que moverlo entre dos, pesa demasiado.
El maestro permaneció callado. El muchacho no tardó en ir a por el saco. Lo cogió desconfiado y se maravilló mucho cuando lo levantó solo. Orgulloso lo acercó al maestro.
- Eres un ignorante por anticipar. Si te ha dicho que necesita tiempo, no tienes porqué no creerla. Quizás es cierto que se queda con él, y es lo más probable, pero ahora mismo no lo sabes. El saco de la leña no tenía leña sino paja. - Hizo una pausa y algún bicho, un conejo o un topillo, se movió entre los matojos arrancándoles un susurro. - Recoge la púa que se me cayó debajo del escalón.
El chico se arrodilló y pegó la cabeza al suelo para poder ver debajo del escalón, pero estaba muy oscuro y no veía, así que se arrastró un poco hasta meter ligeramente el cuerpo bajo el hueco de los escalones y no vio nada. Salió de ahí manchado de tierra y polvo.
- No está ahí maestro.
- Eres un necio por pensar que te has humillado por perseguir a lo que quieres. Sin embargo, no has dudado en arrastrarte por el suelo para buscar un objeto carente de cualquier valor para ti que ni siquiera sabías si era verdad que se había caído ahí. - Se calló un momento para dejar que sus palabras se asentasen en el inestable muchacho. - Entra en la habitación y trae el cazo de las brasas. Ya se habrá enfriado.
El chico obedeció al instante y cogió el caldero, pero lo soltó instantáneamente con un bufido cuando se le abrasaron las manos. El joven salió de nuevo un tanto enfadado y cuando iba a rechistar, el anciano comenzó a hablar interrumpiendo su mudo discurso:
- Eres un tonto por haberte dejado engañar. Te has confiado porque te lo he dicho yo y te fiabas de mí. Eres un tonto por confiar en un ser humano. Tres veces te he engañado y tres veces te has dejado engañar.
El chico no sabía qué pensar. Tenía un millón de ideas bullendo dentro de su cabeza.
- Pero maestro - logró decir al cabo - ¿qué pretendes decirme? ¿Que no me fíe de nadie? Pero de ti quiero fiarme, y de ella... - hizo una pausa dubitativa - también.
- No te he dicho que no te fíes, pero ahora sabes que si confías en alguien, estás expuesto al engaño. Y el engaño es algo que ronda la superficie de cualquier ser humano. Simplemente déjate llevar por lo que quieras hacer. Si crees que merece la pena arrastrase, arrástrate. Si crees que merece la pena correr el riesgo del engaño, córrelo. Tú decidirás cuántas veces estás dispuesto a permitirte sufrir.
El muchacho, callado y triste, se dio la vuelta y se fue caminando bajo la atenta mirada de las formas mitológicas que aquellas estrellas convertían en brillantes constelaciones.

lunes, 27 de junio de 2016

Destino.

Se acababa de fumar uno o dos de esos que te ayudan a encontrarte con tu yo desdensificado. Caminaba por el éter. Un lugar soso. No había nada. Pero no se sorprendió, siempre que había pensado en él se lo había imaginado así. Caminó por ahí hasta que se encontró con Alá. Éste se acercó para hablar con él, pero de un empujón le echó a un lado y le dedicó su dedo corazón. Continuó como si nada. Apareció Dios. ¡Coño! Que casualidad, justo quería cagar en algo. Pero no lo hizo, le miró con desprecio y pasó de él. Apareció Ganesha. Miró al amorfo elefante y le ató sus cuatro brazos con la trompa a la par que decía: "qué paz ni qué paz". Prosiguió su camino. El odio vino corriendo a abrazarle, pero según le tuvo al alcance de un brazo, le metió un puño que lo tumbó. "Déjame un poquito en paz, que estoy cansado de odiar". Llegó la ilusión con unos ojos vidriosos y enormes, mirando con anhelo. La miró con extrañeza: "¿pero yo a ti te conozco?". De pronto, el amor. El amor se acercó esplendoroso y brillante, reconfortante. Abrió los brazos y le sonrió. Él lo miró y, sin más, le escupió en la cara. Nada le dijo. Siguió sin parar. No paró. Y allí estaba. Lejos, muy lejos, la soledad. Se quedó parado mirándola. Ella le miró. Los dos se mantenían callados pero se entendieron a la perfección. Corrieron el uno hacia el otro y se abrazaron como jamás lo habían hecho con nadie más. Se abrazaron hasta que fueron uno para siempre.

domingo, 26 de junio de 2016

La compra del mes.

Iba con el carrito de la compra esquivando zombies. Muy plagado de escoria el supermercado. Él sólo quería comprar tranquilo, ¿era mucho pedir? Estaba cogiendo la caja de cereales, muy decidido, cuando escuchó a su lado una sobrecogedora conversación. El padre había ido con su pareja a comprar, mientras la ladilla que habían criado molestaba, y le dijo a ella: "Mamá, estoy donde los...". ¿Mamá? ¿Había escuchado bien? Sí, había escuchado de puta madre. Si la naturaleza hubiese sido justa, ella habría abortado y ahora no le estarían perturbando con sus apelativos de mierda. Arrancó el carrito para alejarse lo antes posible de allí. Se fue a la sección de limpiadores específicos y limpiadores generales. Otra pareja hablando de una boda. ¿Pero de verdad se habían propuesto joderle la paz, que últimamente escaseaba? A ver, so sosos, no vayáis a la puta boda esa y así no tendréis que sufrir decidiendo el color de su corbata de arreglado perdedor presuntuoso a juego con su vestido de elegante zorra sofisticada. Ni le martirizaríais con vuestras majaderías. Salió espantado de aquel pasillo. Pero la situación no mejoró. Una señora gitana de edad indeterminada (no sabía si podría conocer la edad contando las barrigas), acompañada de su hija gitana de dieciséis años y su nieto de entre cero y un años. Despliegue de ensordecedores ladridos, volúmenes más allá del desagrado, chándales que rasgan retinas. En fin, se había encontrado con todo aquello que no querría nadie encontrarse mientras hace la compra del mes. Ya bastante difícil es tener que ir a comprar como para que todos los infraseres te lo pongan más difícil. Se fue a la caja tan rápido como se lo permitía el carrito. Las ruedas vibraban. El agarrador temblaba. Las cosas se caían y se removían dentro del carro formando un revoltijo. Por fin alcanzó la caja. "Rápido cajera, cóbreme todo esto y acabe con mi agonía". Se fue de allí aterrado. Deseando que la compra del mes siguiente se prolongase hasta un par de meses siguientes.

Una sonrisa de verdad.

El esqueleto se despertó. Frotó sus cuencas vacías para desperezarse un poco. Dio un bostezo silencioso, hacía tiempo que había perdido la capacidad de emitir sonidos. Se giró y la vio. Ella seguía dormida. Se quedó mirándola un rato, absorbiendo en la oscuridad de las cuevas que había encima de sus pómulos la belleza de aquel perfecto esqueleto. Seguía siendo tan perfecto como lo era en vida cuando compartían carne. Se acercó para besarla, pero cuando estuvo a la distancia en la que antaño habría notado su aliento, se detuvo. No quería despertarla con el choque de sus dientes. Permaneció mirándola y en su cara se dibujó una sonrisa, se sentía bien porque no era aquella sonrisa estúpida y macabra que de forma natural visten los cadáveres descarnados. Era una sonrisa verdadera. Se volvió a tumbar con cierto sentimiento de melancolía, pero sabiendo que la tendría por toda la eternidad.

lunes, 13 de junio de 2016

Fiambrera.

Evocó en su cabeza todo cuanto se había esforzado por memorizar las veces que la había tenido al alcance de una respiración. Incluso evocó la primera palabra que recordaba de sus conversaciones por Whatsapp. Había habido más palabras antes, pero esa era la que él recordaba como la primera que le marcó. Recibió el mensaje de repente, estando en su casa pensando en ella como algo inalcanzable, sin esperárselo. Evocó su silueta recortada contra la penumbra de la habitación. Los gestos espontáneos de su cara. Los pellizcos con sus labios en sus mullidos pómulos. La perfección de sus curvas, ni muy cerradas ni muy abiertas. Evocó los abrazos en los que su tensión superficial se rompía uniéndolos como si fuesen un único cuerpo. La evocó tanto como pudo y  tanto tiempo como podía. Fiambrera.

jueves, 2 de junio de 2016

Pocos soles.

Mamá pato iba caminando patosamente por el enverdecido campo seguida de su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. Soles como el que alumbraba ahora aquel paraíso. Mamá pato vio un torpe, pero solemne, escarabajo peleando contra la enfurecida y alborotada hierba que le trababa en su inútil intento por avanzar un paso de seis, con su imperial armadura negra  no mate brillando contra el sol. Mamá pato se lo comió. ¡Glup! Un sonido y pa'dentro. ¡Mmmmm! Qué rico y crujientoso. Mamá pato continuó con su patosa locomoción seguida de su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. De repente, mamá pato cagó. Pero no cagó el escarabajo tal cual, puesto que si así hubiese sido, mamá pato no sería mamá pato sino un sistema lineal. Pues lo cagó armoniosamente. Y cuál fue la sorpresa del patito uno, ese encantador amarillito. Tan suculento plato no podía dejarlo pasar. La caca de mamá pato tenía forma de mariposa amplia y coloridamente alada. ¿A ver a qué sabe esto? Con esos colores no puede saber mal. Y se lo tragó. Sabía así como digerido, se veía mejor que sabía, pero aun así no estaba del todo mal y además, la presentación había sido excelente. Pues continuaron su viaje hacia el lago todos en fila. El sol bañaba a ese fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. De repente, el patito uno frunció el ceño cuando un molesto retortijón le punzó el vientre. Y pasó lo natural, que cagó. Cagó una bonita, aunque siniestra, bola de seda. Vaya, qué pinta tan esponjosa a la par que áspera. Habrá que probarlo, ¿no? Pues así lo hizo el patito dos. Ese pequeño amarillito deglutió la mierda que el anterior había tejido. Bueno, de sabor bastante regular, y no tan agradable al tacto como parecía. Había algo en patito dos que no sabía lo que era, pero que no le terminaba de convencer, sin embargo, ese bocado le había llenado el gaznate, y uno sabe que todo es más agradable cuando el gaznate está lleno. Total, que el cortejo continuó su camino en busca del refrescante lago. Ya se veía a lo lejos, no en lontananza, pero todavía quedaban unos cuantos pasos. Más de quinientos, tal vez. Patito dos, de pronto, se siente asaltado por una necesidad urgente que le estimulaba misteriosamente el ano. Aflojó esfínteres, pues una llamada así no se ha de abandonar a la ligera. De su ano cayó al suelo un gusano blanquecino y viscoso. Brillante en ciertas zonas abultadas. Patito tres lo miró y sin pensárselo dos veces se lo llevó al estómago. ¡Ñam! Y ya está. Dentro. La verdad que no tenía buena pinta para nada, pero qué más da, cumple su función y te calma las entrañas. Ya quedaban como cien pasos para el agua, y la llamada de la excremencia llamó a las puertas del orto. Patito tres, sin inmutarse, sin mirar a los lados, como si nada, soltó por el orto un trozo de algo marrón con forma de nada bueno y pestilencia a mil cuadras llenas de mierda de caballo. Patito cuatro ¿qué pensó? Oh Dios mío, no estoy seguro de que me dé tiempo a hacer la digestión antes de llegar al agua; pero qué más da, si total, cuál es la probabilidad de que me dé un corte de digestión, me quede inconsciente y me dé la vuelta quedando mi cabeza bajo el agua y mis patas sobre su superficie, nula. ¡Adentro se ha dicho! Y la indefinida y sospechosa bola de material desagradable quedó atrapada dentro del aparato digestivo de patito cuatro. Por fin llegaron al agua. Primero mamá pato y después, cumpliendo un coseno de periodo completo, cada uno de los patitos. Patas al agua y a remar. Y como si nada, mamá pato y su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles, se alejaron de la orilla como si nada hubiese sucedido. Aquella visión me recordó tanto a esos seres patológicos con los que me cruzo cada día, que no pude menos que plantar un pino allí mismo.

viernes, 27 de mayo de 2016

Desangrado.

Las lágrimas se desprenden furiosas de tus ojos abrasados por la cruel salinidad del objeto de tu tristeza. No quieres llorar, pero las lágrimas no piden permiso. No te preguntan si deseas mojar tus mejillas, dedicándoselas a ese alma que te ha agujereado todas las arterias del cuerpo. La sangre brota y te inunda por dentro, coloreando de pegajoso negro los recovecos de tu hígado, tu estómago, tu garganta. Fluye con su ennegrecida oscuridad para ahogarte. Te desangras y se te hace eterno. Querrías tener menos de ese líquido aborrecible que te ha permitido vivir hasta ese momento en que se despide de ti lentamente para torturarte y prolongar tu agonía todo cuanto sea posible. Ni siquiera eso puedes elegir. Ni siquiera puedes controlar los latidos de tu corazón para que la empujen con mayor velocidad fuera de ti. Van por libre. Él decide cuándo y por quién va a atronar con su tambor infernal a un ritmo frenético. No te pregunta. Sin embargo, cuando tú quieres que se vuelva loco y expulse tu vida de dentro de ti, lo único que consigues es que tus entrañas, aliadas con él con una felonía brutal, se contraigan y te estrangulen con sus arcadas. Las lágrimas salen incandescentes y te calcinan las mejillas sin piedad. Te siguen perforando ávidas de tu propio dolor. Te dejas hacer. No puedes hacer nada más. Nada depende de lo que tú quieras o desees. Nunca lo ha hecho. Te tumbas sobre cualquier superficie sobre la que puedas reposar y te resignas, viendo cómo te consumes, a tener que asumir tu muerte entre agonía y angustia. No puedes hacer otra cosa que dejar que te aniquilen a su antojo. Pero cuando hayas perdido cada una de las gotas de sangre podrás descansar. Consuélate con que, aunque no quede poco, esa cruel tortura alcanzará su final, igual que lo harás tú.

jueves, 26 de mayo de 2016

Mañana.

He deseado tantas veces que llegue mañana, que soy incapaz de vivir el presente. Pero no quiero vivir el presente. Esa cruel y miserable tortura. Acaba ya presente, y deja que mañana venga para poder desear que pase.

Me odio.

Me odio. Me odio a mí mismo por ser incapaz de guardarme fidelidad. Por no ser capaz de odiar tanto como para poder alejarme de todo ser humano vivo. Por no ser capaz de vivir en una absoluta soledad y engañarme olvidando que esos seres son engendros sin conciencia ni voluntad propia. Nidos de maldad. Hormigueros de malas intenciones egoístas y egotistas. Me odio por sentir lástima del débil. Por sentir amistad del allegado. Por querer a la persona amada. Por convivir con una familia. Me odio por no poder ser fiel a mí mismo. Por no poder odiar como el odio se merece. Perdóname Odio por utilizar tu nombre en vano siendo completamente indigno de ti. Jamás seré capaz de practicar tu culto y de alabarte y glorificarte como te mereces. Pues al fin y al cabo no soy más que otro humano, ávido de maldad y de traición. Te utilizo en mi propio beneficio para después darte de lado. Perdóname Odio por ser débil. Solamente son dignos de ti los fuertes. Los que de verdad se sienten solos. Estoy corrupto. Corrompido por la propia naturaleza miserable y vil del ser humano. Una naturaleza asquerosa que no permite a la carcasa de carne y hueso que la recubre ser libre. Esclavizados por sí mismos. La única penitencia que puedo hacer para ser digno de merecerme tu desprecio es odiarme a mí mismo como lo hago. Ten por seguro que ésta es mi única entrega verdadera a ti. Perdóname Odio.

Putridez.

Como una sombra errante, perdida, que camina por un angosto pasaje que le conduce a un lugar desconocido. Un camino en cuyos márgenes hay cadáveres en descomposición. Un banquete mugriento en el que los comensales gozosos se retuercen anillados deshaciendo la carne y putrefactándola bocado a bocado. Expresiones inanes de terror. De auténtico miedo. Plegarias aulladas en bramidos de dolor de los maltratados que ruegan a su Dios que los convierta en seres muertos de una vez. Una silueta que se recorta contra el horizonte de ese estrecho y macabro camino. Una silueta indolente que sigue más allá sin escuchar aquellos lamentos que rasgan. Un alma ajada, raída como una mortaja enmohecida por los siglos de olvido dentro de su ataúd. Los gusanos continúan festejando el gran festín que devoran inagotablemente. Rostros y cuerpos descarnados, miembros desollados, vertedero de seres humanos destrozados por ellos mismos. A su alrededor todos son muertos. Pero esa sombra continúa melancólica e indolente sin dudar en su paso. El camino le guía, sólo tiene que seguir hacia delante, sin mirar a los lados. Sin dejarse putrefactar por el septicismo que le rodea. Calaveras inexpresivas que antes vestían una carne y una voluntad inmundas. Convertidas en nada. Aquella sombra viajera continúa su camino sin mirar a los lados, sin dedicar ni un mínimo y pasajero pensamiento a esa muchedumbre putrefacta que la rodea. Continúa caminando. Y continuará su camino sin desviarse hasta que no pueda más y se convierta en el alimento de los gusanos.