domingo, 25 de noviembre de 2012

Un alma vendida



A la luz de la diabólica luna, la capilla proyectaba una sombra extrañamente rojiza sobre la hierba. Su pasos alargados hacían crujir la arenilla del camino que conducía serpenteante hacia la iglesia. Las hiedras y otras plantas trepadoras habían tejido para la ocasión una tétrica mortaja que vestían fúnebres las paredes de la edificación. Desde fuera se escuchaba, como un susurro, un coro entonado por unas vocecillas agudas. Unas vocecillas débiles. La visión del oscuro bosque no ayudaba a tranquilizarle. Todo parecía haber sido dispuesto de manera nada azarosa para aquel encuentro.
Alcanzó la puerta de la capilla. Sus dedos la rozaron levemente y comenzó a abrirse con un débil maullido. Entró. Los numerosos arcos de la estancia apenas si estaban iluminados por una frágil luz procedente de unas velas situadas al fondo. Caminó sobre las losas de piedra que ocultaban los restos de difuntos monjes, hacia la oscura figura que se encontraba sentada en la primera fila. A medida que se acercaba, la luz de las velas, en lugar de hacerse más intensa, se difuminaba por efecto de una inquietante niebla que surgía cálida y pegajosa, como si del aliento surgido de un suspiro del averno se tratase.
Se sentó en la segunda fila justo detrás de la demoníaca figura. Sin mediar palabra la figura se levantó y se giró para quedar cara a cara con su invitado. Lejos de poder éste adivinar sus rasgos o el color de sus ojos, el oscuro absorbía toda luz, dejando tan sólo vislumbrar su contorno. Un sombrero de copa reposaba sobre una deshilachada melena que a su vez descansaba sobre unos hombros cuyas proporcines distaban mucho de ser armónicas y pías, y se encontraban cubiertos por una capa que, por lo poco que podía adivinarse de su oscuridad, le cubría por entero el cuerpo. Levantó una mano temblorosa y señaló algo al lado del recién llegado. Éste, miró a su lado en el banco, y donde antes no hubiese sino vacío, ahora había un papel. Un amarillento, sucio y deshecho papel sobre el que se encontraba tumbada una enorme pluma negra. Ambos objetos emanaban una atmósfera turbia a su alrededor. Cuando cogió la pluma, un frío latigazo le recorrió el brazo. Firmó el papel debajo de unos sacrílegos caracteres escritos en una lengua desconocida para él y para toda la humanidad. Con el brazo adormecido por el dolor, dejó la pluma sobre el pergamino. Con un grave ademán, la figura hizo desaparecer los dos objetos. Sin más, comenzó a caminar hacia la salida por el pasillo. A medida que el eco de los pasos se hacía más lejano, el firmante comenzó a notar todas y cada una de las falanges de sus dedos. Fue consciente de todos los músculos de sus manos y podía controlar con absoluta precisión la totalidad de sus articulaciones. El calor inundó su pecho y su cabeza. Sonrío eufórico. De pronto, un destello fugaz surgió del altar. Frenético se acercó a él. Un violín se encontraba impaciente sobre la pulida superficie. Todo su cuerpo temblaba. Lo cogió. Se estremeció. Lo abrazó entre su barbilla y el hombro. Comenzó a tocar. Un trance se apoderó de él. Consciente de cada uno de los movimientos de sus dedos, de cada nota, de cada posición en las cuerdas, la secuencia musical se dibujaba en sus dedos antes, siquiera, que en su pensamiento.
La melodía se extendía pulcra, pero impía, más allá de la capilla. Su orgullo la acompañaba hacia la fría lejanía, sabedor de que su triunfo era inminente.

lunes, 1 de octubre de 2012

Últimamente II

Ilusionarte con algo sólo te da la posibilidad de estrellarte. Eso es lo que pensó mientras se encendía el cigarro de liar de camino al bar. Joder, cómo era posible que la ilusión hacia alguien no le pudiese durar más de una semana. Y no ya por su carácter emocionalmente irregular, sino porque la otra persona lo decidiese así. Cómo alguien se podía entregar de esa manera y hablar tanto sobre sentimientos compartidos y en la misma dirección hacía un día, y al día siguiente romper con todo y mandarlo a la mierda. No tenía sentido. ¿Es que no era verdad todo lo que le había dicho? Se sentía como el tonto del pueblo cuando se da cuenta de que la gente no se ríe con él sino de él. Qué iluso, cómo podía haber pensado que algo iba a ir bien. En cualquier caso reaprendió una lección que ya debería saberse al dedillo, no dejaría nunca más que la emoción hacia nadie creciese, no iba a volver a regar sus sentimientos con la ilusión fingida de nadie. Últimamente, incluso cuando parecía que empezaba a abrirse un camino pequeño para la luz, de pronto se taponaba y se volvía todo más oscuro si cabe. ¿Existiría alguna manera de salir de esa oscuridad? Lo iba a seguir intentando, pero cada vez lo veía más negro.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Últimamente.

Querer a alguien sólo te da la oportunidad de perder a un ser querido. Eso es lo que pensó mientras terminaba su cigarro de liar sentado sobre un poyete. Últimamente ser normal era jodidamente raro. Ya todo había perdido su esencia y su originalidad. Nada permanecía incorrupto. La gente lo había contaminado todo. Hasta una miserable camiseta que antaño resultaría exclusiva y excluyente, ahora era inclusiva e incluso incluyente. Ser rarito, friki y demás temáticas sociales que eran rechazadas e incluso penalizadas con castigo físico en un pasado no muy lejano, eran ahora abrazadas por el modernismo contemporáneo, ese gran enemigo de la independencia personal y de la inteligencia al uso. Siendo normal cómo iba a encontrar a alguien a quien querer y que le quisiese. Retomó su primer pensamiento. Se dio cuenta de que era lo único que podía concluir si no quería tomar uno de los caminos oscuros que se ofertan en la vida, y que se acaban convirtiendo en un atajo hacia la salida.
Asqueado se levantó y echó a andar por la avenida dándose cuenta de que últimamente sólo le daba vueltas a la misma idea que ya olía a rancio hasta para él.

Resucitándola

Se separó de ella y se tumbó boca arriba. Dejó que su mirada se perdiese por los dibujos de las sombras que la luna proyectaba sobre el techo. Dejó que se perdiese su mirada como perdida lo estuvo la de ella hacía un instante. El calor no les vestía igual que antes. Ni siquiera la cama sonaba como antes. Su cuello no sabía a ella. Ni el olor era el mismo al terminar. Se levantó y la volvió a tapar entera con la sábana. Como cada noche salió de la habitación, y mientras cerraba la puerta esperaba que el día siguiente despertase su corazón y comenzase a latir de nuevo.

sábado, 28 de julio de 2012

El último también cuenta

Seguro que tú recuerdas el primer beso.
Yo recuerdo el último.
Quién nos/me iba a decir que iba a ser el último.
Y total, ¿para qué?
Tendría que haber hecho un nudo con nuestras lenguas para que no te fueras.
Ahora mi boca está seca.
Mi saliva no es completa sin la tuya.
Desde entonces, el cauce de mis venas no conduce sino aire.
Mis arterias han dejado de ser rojas y se han marchitado.
Azules como venas, permanecen inútiles dentro de la carcasa seca que soy.
Para qué las quiero si mi músculo central ya no bombea.
Para qué quiero mis manos si no te puedo tocar.
Para qué quiero los brazos si ya no te abrazan.
Y para qué quiero lengua si no puede encontrar refugio en tu boca.
Ahora el remordimiento me come.
Desaproveché la última oportunidad que me diste.
La última. La recuerdo.
La última también valía.

viernes, 20 de julio de 2012

Perdido

La tierra mojada crujía bajo sus pies. Mientras, caminaba entre las lápidas del viejo cementerio en su vuelta a casa después de haber ido a visitar la que le correspondía a su ex-amante. La aguda canción de los grillos acompañaba al caminante en su triste y mortecino recorrido.
De pronto reparó. Un pájaro como nunca hubiese visto otro. Una lechuza, apoyada, vigilante, relucía el claro azul, degradado a blanco en algunas partes, de la luna. Cuando sus miradas se encontraron ella ululó. Y él se paró en seco. Aturdido. Embelesado. Sonámbulo, emprendió la marcha tras la lechuza que comenzó a avanzar en vuelos cortos. Laberínticamente le conducía por los caminos reblandecidos. La perdió de vista. Se quedó quieto, esperando que apareciese por detrás de alguna lápida. Nada. Repentinamente, una frágil brisa susurró su nombre con una voz hechizante. Dio media vuelta y vio a una joven, vestida en puro blanco. Su pelo vestía en tonos azulados. Comenzó a seguirla al igual que hiciere con la lechuza.
Ella le dirigió por el mar de losas ancladas al suelo. Alcanzó una cripta y entró por la puerta entornada. Él se detuvo un instante. Retomó la fascinada persecución. También entró por la puerta y descendió la serie de interminables escalones de piedra cubiertos por una suave y fina capa de musgo. Tras él, la puerta se cerró. Para siempre. Jamás se volvió a tener noticias del joven.

Hay un hueco

Te abrazo y sólo cojo aire.
Cojo aire y huele a vacío.
Vacío mi cabeza pero ahí sigues.
Ahí sigues sin estar.
Sin estar sereno te escribo.
Te escribo pero no sirve para nada.
Para nada pienses que voy detrás de ti.
Detrás de ti voy a estar toda mi vida.
Voy a estar toda mi vida sin encontrarte
en ninguna otra.
En ninguna otra vida voy a evitar volver
a vivirte.
Vivir te hace pensar en lo que no quieres.
¿Lo que no quieres es volver?
Es volver a quererme.

Hay un vacío en todo esto.
Todo esto está vacío.
Hay un hueco en todo esto.
Y todo esto está hueco.

?Cómo te sientes ¿ II

Ceniza que el porro echa fuera.
Guitarra desafinada.
Bolsa de té usada.
Cerdo en su San Martín.
Cero a la derecha en la parte decimal.
Lengua muerta.
Palabra en desuso.
Derecho humano.
Chusta que no se quiere.
Regular o como poco mal.

viernes, 22 de junio de 2012

Otra vez.

Una vez más te escribo sin que me leas.
Te recuerdo cada puto segundo y veo tu cara en cada
puta persona que me cruzo. ¡Dios! No puede ser que
todo el mundo tenga algo tuyo, algo que me evoque tu cara,
tu cuello, tus hombros, tus lunares, tu... culito.
Si pudiese elegir elegiría no pensar en ti, pero parece ser
que nuestro cristiano Dios nos hizo la parte consciente para que
pudiésemos disfrutar la impotencia de no poder controlar al otro
90 por ciento de nosotros.
Si pudiese elegir elegiría repetir hasta que me entierren
los nueve meses que duramos. Y repetiría las mil veces que después
nos hemos visto. Olvidaría lo mal que te lo hice pasar, y olvidaría
lo mal que me lo haces pasar.
Se comenta que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
Eso es falso por dos motivos: uno, he visto a mis gatos
seguir el movimiento de una lucecita sabiéndola inalcanzable mil veces, y dos, yo he pensado
por enésima (y no segunda) vez que esta conversación sería diferente. Pero no. Ha sido exactamente
igual que todas.
Déjame ir, me dices, déjame olvidarte te digo.
Molarían más las dos sentencias con un gran no delante. Pero el único no que tengo es el del final de todas las conversaciones.
Elegiría volverte a conocer y elegiría no vivir mi vida sin ti.
Ojalá volvamos a cruzarnos algún día.

sábado, 2 de junio de 2012

¿Una torrija?

Mientras el camarero limpiaba el fondo de un vaso con su viejo trapo, veía cómo aquel duque, o marqués o conde o cualesquiera que fuesen los títulos de ese remilgado borracho, caía entonando un golpe sordo.
Sin inmutarse, el camarero extrajo su conclusión axiomática: una torrija siempre hacía el mismo ruido al caer al suelo, fuese de la clase que fuese.

Recordando hitos


Hoy se ha cumplido el mayor hito en la historia de mi corta memoria.
Digno de recordar.

¿O fue ayer...?

viernes, 1 de junio de 2012

No te quejes


Imagino que es mucho pedir que te subas en el mismo vagón que yo.
De hecho, seguro que es hasta una osadía punible por las leyes del
Dios Azar que consiga asiento enfrente de ti.
Ni qué decir tiene que la probabilidad de que me mires tú a mí y
no yo a ti tiende a cero.
Por no mencionar el hecho de que incluso me sonrieses.
Es más, de que me sonrieses y que mi inoportuna e incondicional timidez no me pintase de rojo.
Y ya puestos a pedir, aún a riesgo de encontrar el límite a la paciencia
del de arriba, ¿sería imposible que te bajases en la misma parada que yo?
Pues sí, he encontrado el límite y me he bajado solamente acompañado por los cientos de habitantes temporales del feo vagón menos tú.
Era mucho pedir.

miércoles, 25 de abril de 2012

Como los elefantes.


Caladita al... y sorbito de té.
Sorbito al... y de fondo Dark Lunacy.
Por la ventana el paseo que lleva al Puente de Vallecas.
Momento de duración insuficiente.
Ojalá cuando me retire en el final vuelva a este momento.
Como los elefantes.

martes, 24 de abril de 2012

El primer plato de los no muertos.


Enfundado en su túnica negra, raída y hedionda ocultaba su esquelético cuerpo.
Con los brazos en alto entonaba un murmullo oscuro que brotaba de su boca como un vapor negruzco. Se encontraba en medio de un vasto cementerio, rodeado de mohosas losas de piedra castigadas durante siglos y no tan siglos por la caprichosa lluvia y el zalamero viento.
A medida que el vapor susurrante se extendía por los dominios de la muerte, la tierra se removía. Manos descarnadas y caras indecentes resquebrajaban el barro.
Cuerpos obscenos y putrefactos iban surgiendo perezosos desde las entrañas del suelo.
Ahora el murmullo del concentrado mago se ocultaba detrás de los quejidos de los recién renacidos cadáveres.
Asco, miedo, pavor, histeria resucitaban junto con los muertos vivientes que hasta hacía unos instantes habían sido muertos murientes.
El mago se giró sonriente sin dejar de mascullar ancestrales y negras palabras, extendiendo el humo de su boca por toda la superficie hasta ese momento inerte.
Ya notaba las sensaciones putrefactas e impías de sus pequeños recién resucitados.
Se llenaba de gozo imgainando, saboreando los rostros temerosos de los infelices campesinos, nobles, clérigos e inquisidores.
De pronto, una mano aferró su hombro y lo sacó de su ensimismamiento. Lo giró. Uno de los maltratados rostros se encaró a él seguido de multitud de sus sacrílegos hermanos.
El primer mordisco arrancó un trozo de túnica. El segundo se hundió en la carne.
El tercero, el cuarto, el quinto... Se sucedían hambrientos y sin descanso.
El codicioso mago jamás se habría imaginado que serviría como primer plato de sus profanos hijos.
El hambre demoníaca se había desatado. Los cuervos, las chotacabras y las demás aves de malvivir emprendieron su vuelo sabedoras de que un gran festín se avecinaba.

jueves, 12 de abril de 2012

Invencible

Luchas, peleas, te revuelves. No te das por vencido pero dentro de ti sabes que vas a perder. Aun así insistes en que desaparezca de tu vida pero es que no tiene claro si lo que quiere es irse o llegar más dentro de ti. Vuelves a sacar el pañuelo y sueltas fuerte todo el aire estancado en tu fosa nasal pero el resultado es el mismo, esa pseudo-especie de verde plastilina ha llegado a ti para quedarse.


<= Con hilo musical

miércoles, 4 de abril de 2012

La llamada.

Se secó otra vez las lágrimas en la almohada.
No había dejado de llorar desde que lo dejaron.
Su llanto ahuyentó a las aves diurnas y atrajo a los cuervos.
Sus lamentos le separaron de sus amistades; pero atrajeron a unas nuevas.
Las ánimas se presentaron translúcidas y susurraron en su oído.
Por la ventana entraban retorciéndose blancas en torno a él.
La luna hacía brillar los contorsionados vórtices en que se retorcían.
Suave, le llamaban. Finas voces coreaban su nombre en susurros.
Apretó de nuevo la cara contra la almohada y cerró sus oídos a la llamada de aquellas insistentes esencias místicas.
Apartó sus sentidos del constante murmullo que le impelía a hacerlo.
Pero el rumor de las presencias se filtraba inevitable hasta su voluntad.
Una gélida mano le tomó por la barbilla y giró su cara.
El rostro de una hermosa joven vestida en raído blanco le sonreía.
Le apartó el negro cabello y le tomó de las manos. Tiró suavemente hasta que quedaron de pie, frente a frente. Siguió tirando. Le atrajo hacia sí.
Sin dejar de sonreír le soltó las manos.
Entonces fue cuando su ensimismamiento se desvaneció repentinamente y se vio cayendo. El aire frío le arrancaba furioso las lágrimas de la cara y agitaba su pelo.
Súbitamente la caída paró en seco. Desde el suelo vio al ánima descender
desde su ventana y notó cómo su cuerpo se separaba rápidamente de la consciencia.
Cuando el espectro se halló junto a él en el suelo, notó que el frío le atenazaba los miembros.
La chica, sonriendo, le acarició la mejilla apartándole la lágrima roja que se había desprendido de su ojo. Inmediatamente la gota de sangre se transformó en una rosa roja.
Sin más, le apoyó la cabeza contra el pecho y comenzó a escuchar hasta que su corazón se detuvo.
Satisfecha se fue flotando tal y como había llegado, dejando sobre el cuerpo inerte y vacío la muerta flor.
Los periódicos concluirían sus tendencias suicidas y le sentenciarían a una locura eterna.

sábado, 24 de marzo de 2012

Una noche de novela

Era la típica noche. Parecía sacada de una novela;
pero jamás la habían descrito.
La luz plateada alumbraba el empedrado;
pero no había luna.
La visión se tornaba translúcida;
pero no había niebla.
El suelo estaba húmedo;
pero no había llovido.
Hacía frío;
pero su aliento no formaba nube.
Y, efectivamente, notó que alguien le seguía.
Lo lógico era pensar que se daría la vuelta
y no habría nadie;
pero cuando se la dio... no había nadie.
Suspiró aliviado.
¡Por fin! Esto era lo único que tenía sentido
en todo lo que envolvía aquella noche;
pero cuando volvió a girarse una repentina mano
le apartó la cara y unos colmillos se refugiaron
en su cuello.
Tendría que haber hecho caso de las advertencias
veladas que la noche le había dado.
Estaba tan claro...

sábado, 11 de febrero de 2012

El piano, la joven y la oscuridad.

Ella no era como las demás vidas que se había bebido. Su pelo era capaz de iluminarle con la intensidad del sol pero sin dañarle. Su cuello alargado desembocaba en unos hombros perfectamente delineados por una finísima capa, casi transparente, de piel. El rostro, de trazos marcados y rectilíneos, vestía un pálido que hacía brillar los finos labios en intenso rojo.
Cada noche, desde hacía ciento, la admiraba desde el balcón a través del gran ventanal. Las cortinas de cuidada bordadura, pendían suaves como un velo que cubre el rostro de la novia en el altar.

Sus finísimos dedos se deslizaban delicados por las teclas del piano, mientras el décimo vals de Chopin atravesaba la estancia hasta el balcón y llenaba sus sentidos. Degustaba cada nota como si estuviese bebiendo de su cuello.

Ella sabía de su existencia desde la primera noche que él, en silencio, la observaba. Jamás le había visto, ni siquiera cuando desviaba sus ojos del piano hacia el ventanal. Pero él la acariciaba sin tocarla. Notaba sus manos deslizándose frías y suaves desde su mejilla hacia el mentón. Descendiendo por su cuello y alcanzando la comprometida bajada hacia su pecho pero sin llegar nunca a él. Así era cada noche mientras el piano despedía sus sombrías melodías iluminadas por una débil y enfermiza luz que se desprendía de las velas que un anciano candelabro abrazaba sobre el instrumento.

Aquella noche fue diferente. La gran ventana estaba ligeramente abierta. Una fina ranura separaba ambas puertas dejando pasar el aire que suavemente mecía las blancas telas con ondulante movimiento. Así es como esa noche la joven de dulce virtud se entregaba al amor invisible y peligroso.

Aquella noche volvió a notar sus frías manos acariciándola. Aquella noche, ante el piano, dejó de tocar y llevó despacio su mano hacia el hombro. Allí notó la mano de él. Dura. Fría. Suave. Cerró lentamente los dedos en torno a ella e inclinó la cabeza dejando su reluciente cuello a merced.

Los labios de él aceptaron el voluntario ofrecimiento. Mientras, el ulular de las lechuzas le dedicaba una marcha siniestra y triste al amor.