jueves, 29 de diciembre de 2016

Un año.

Cada día que pasaba se estaba cumpliendo el aniversario de diversos sucesos que habían acontecido con ella hacía justo un año. Cada día se acordaba de algo que había sucedido hacía un año. Cada día se acordaba de ella hacía un año. Y cada día que pasaba se daba más cuenta de que estaba un año más lejos de todo aquello.

Inocentada.

Se giró. Cogió su cara con ambas manos. Abrazando su mandíbula. Los pulgares acariciaban su mentón. Entonces, acercó su boca a la de ella. Ambas bocas se juntaron en una. Las dos lenguas se recorrían húmedas, lentas, saboreándose. Su aliento olía bien. Su boca sabía bien. Ella era bien. En ese momento sintió que quería eso para siempre. Que no había habido ninguna otra boca que le hubiese hecho sentir aquello. Y de repente escuchó un eco en su cabeza. Unas carcajadas. En ese momento no les dio importancia. Un año después de aquello se dio cuenta de que aquellas risas eran Dios que le estaba gastando una inocentada.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Me he imaginado.

Mi vecina tiene un reloj de esos que marcan las horas y los cuartos con un sonido de gong. Cada cuarto de hora lo marca con una melodía que se completa al vencer la hora, y cuando esto sucede, da tantas campanadas como horas se hayan cumplido. Yo lo oigo desde mi cama todas las noches. Antes me parecía romántico, incluso acogedor. Ahora me hastía. Me molesta que me recuerde cada cuarto de hora que estoy en la cama despierto que me queda un cuarto de hora menos de sueño. Me he imaginado no pocas veces en el salón de su casa volcándolo contra el suelo y haciéndolo reventar esparciendo sus entresijos por los rincones, como si fuese un mueble lleno de dedales de porcelana recuerdo de Toledo, o vasijitas de barro recuerdo de Segovia.

Tuve un jefe que padecía de imposibilidad mental preocupante. De esos que cuando hablas con ellos de algo que no sea de trabajo te das cuenta de que es tonto en el sentido literal de la palabra. Que no da de sí, que no puede seguir un hilo argumental inteligente. Sus padres debieron donarle a la ciencia para sus experimentos mucho tiempo atrás, pero al parecer no lo hicieron. Me he imaginado no pocas veces asesinándole de múltiples y macabras maneras. Estrangulándole. Atravesándole con una espada salida de la nada. Golpeándole con un bate hasta hacerle inteligente. Apretando el nudo de su corbata hasta que se pusiese azul.

He sujetado la puerta y cedido el paso a infraseres que no han hecho siquiera un mínimo gesto de agradecimiento con la cabeza. Como si yo fuese el botones o una estatua o el calzador que sujeta la puerta para que no la cierre el viento. Incluso he cedido el paso a grupos enteros de personas que salían juntos, y ninguno de ellos ha dado muestras de agradecimiento. Como el ñu que en una estampida empuja a sus compañeros para pasar primero. Me he imaginado no pocas veces soltando la puerta y llamando a la o las personas en cuestión y escupiéndoles en el traje o la cara y dándome media vuelta sin consecuencia alguna.

Mis zapatillas nuevas siguen nuevas en la caja después de un mes por no tener que encordarlas. Por pereza. Por horror ante ese molesto trabajo de tener que ir agujerito por agujerito entrecruzando cada extremo del cordón. Me he imaginado no pocas veces yendo a la fábrica en Taiwan y preguntando por el encargado para que hiciese el trabajo por mí, que nada le costaba. Me he imaginado teniendo poderes como Merlín en la película de Disney y animando los cordones, dándoles vida, para que se colocasen solos mientras los gorriones y las pelusas del suelo hacen los coros de mi melodía.

He cumplido un año más. He llegado a esa edad en la que ya se ve la muerte aproximándose desde lejos. Ya se ha dejado entrever como los rayos de sol que van coloreando el cielo al amanecer, o como la costa que va apareciendo en el horizonte y se puede ver con un catalejo. Me he imaginado no pocas veces siendo un prodigio de la evolución y de la naturaleza, un caso inexplicable susceptible de estudio por los servicios de inteligencia de los gobiernos por ser inmortal y no envejecer nunca.

Para qué está la imaginación sino para darnos una felicidad inmaterial, intangible e irreal.

martes, 20 de diciembre de 2016

La chaqueta.


I. Un atropello.

Era de noche. La luna estaba cubierta por unas tenues nubes ligeras que le daban a su luz un toque melancólico. Se encontraba frente a su escritorio a la luz de una titilante llama que coronaba tímida la cumbre de una vela a medio gastar. La cera caía lánguida y densa acumulándose espesa en el platillo. Estaba escribiendo un nuevo relato, pero no le salía nada que le gustase. No se encontraba. Agarró la hoja y la estrujó iracundo entre sus manos haciendo una bola. La arrojó contra la pared y cayó junto al resto de infructuosos intentos arrugados en el suelo. Si no le salía algo decente para el final de la semana no cobraría, una vez más. Desesperado por su situación y la falta de inspiración se levantó violentamente haciendo que la vieja butaca de madera cayese al suelo provocando un ruido sordo en la pequeña habitación que le servía de casa, y salió de allí para dar una vuelta y despejarse. Con la rabia no se había dado cuenta de coger la chaqueta, y sus raídas ropas no eran suficientes para abrigarle del frío que le golpeaba como cientos de cuchillas. Se maldijo, pero no subió. Quizá ese frío le despejase lo suficiente y aquel viento arrastrase fuera de él todo lo que le impedía componer sus obras. Se puso en camino abrazándose a sí mismo para protegerse un poco. Se dejó llevar por las oscuras y húmedas calles sin prestar atención de por dónde iba. Alcanzó la gran avenida, esa por la cual paseaban los aristócratas, donde se encontraban las mejores tiendas de arte y joyería. Para ser la hora que era, la gran calle estaba bastante poblada de transeúntes. Le miraban mal, sus ojos altivos proyectaban desprecio como indignados por el hecho de que un mendigo como él estuviese ensuciando sus aceras con sus zapatos. Él notaba ese desprecio que se le clavaba en lo más profundo produciéndole mayor dolor que la gélida espada del viento que le cortaba la piel. Si consiguiese escribir algo digno podría hacerse famoso y acceder a aquel círculo de gente selecta y excelsa. Pero pensar en ello era una tontería, jamás sucedería. Las parejas, los solitarios paseantes y los grupos de amigos que pasaban por su lado o se apartaban para no rozarle o le hacían apartarse con la promesa muda de un fuerte y merecido empujón con el hombro cuando se cruzasen. Atorado y contrito como iba cruzó la calle sin mirar y un carruaje tirado por un caballo que pasaba justamente por ahí le golpeó haciéndole caer con fuerza al suelo. El impacto fue terrible. En ese momento comenzó a escuchar los improperios que salían de la boca del cochero. Dos cabezas se asomaron por la ventanilla para mirar qué había sucedido. Aquellas dos cabezas pertenecían a un joven caballero perfectamente estructurado y a una beldad como jamás hubiesen conocido sus ojos. Quedó estupefacto, aturdido por un momento, más por la celestial visión que por el golpe. Por un momento se olvidó del frío y del dolor. Al fin se hizo consciente de su situación y comenzó a oír los denuestos que le dedicaba el cochero para que se apartase. Se hizo a un lado arrastrándose, más por verla mejor que por quitarse de en medio. El coche se puso de nuevo en marcha y cuando pasó por su lado pudo escuchar que el joven decía: "Oh, no te preocupes querida, es tan sólo un pobre indigente que ha debido cruzar sin mirar. Pero tranquila, esta gente está fortalecida por sus duras condiciones de vida, nada envidiables, por otro lado, y estará acostumbrado al dolor. ¡Pobre, qué Dios le ayude!". Un rayo de furia cruzó la mente del pobre escritor que pensó: "Sí, que me ayude Dios, porque tú estoy seguro de que no lo harás". Se encontraba tirado en el suelo con un fuerte dolor en el cuerpo, pero sobre todo en el alma por pertenecer a una clase social que jamás le daría la oportunidad de mantener siquiera un saludo con aquella mágica visión.

II. La chaqueta.

Se levantó como pudo, dolorido como estaba. Echó a andar y salió de la gran avenida. Iba refunfuñando y pronunciando juramentos hacia sí mismo, lamentándose de su penosa situación y autocompadeciéndose. Una oscura criatura lo había observado todo sentada tranquilamente desde las sombras del tejado de una casita baja. Sonreía divertida ante la escena que acababa de presenciar. El muchacho siguió andando, cuando de repente reparó en un bulto que había sobre un banco.  Se acercó. Era una chaqueta. En un principio pensó que se podía tratar de un harapo arrojado por un mendigo al que ya no le sirviese, sin embargo, a medida que se acercaba se sentía más atraído y embelesado por ella. Era una chaqueta de buena hechura. Diría que incluso emitía un cierto brillo inquietante. La cogió para verla bien. Al instante, el contacto con ella le hizo sentir bien, le hizo sentir seguridad y atrevimiento. Se la puso. Le quedaba perfecta, era de su exacta medida. Estaba hecha de una tela suave de un color azul vivo, pero oscuro. De pronto le asaltó un pensamiento: ¿y si era la chaqueta de algún aristócrata al que hubiesen robado y le veían con ella? Sin embargo, al instante desechó ese pensamiento, no por el miedo, sino porque algo le impedía desprenderse de ella, y además hacía demasiado frío como para quitársela. Se apresuró a volver al agujero que le servía de casa. En su camino de vuelta se topó con varios transeúntes que le miraban como maravillados y le cedían el paso llamándole "señor". Él sí que se maravilló y extrañó mucho todas y cada una de las veces que ocurrió aquello. Al llegar a la casa donde tenía su habitación alquilada, se detuvo en el espejo de cuerpo entero que había en el recibidor. El reflejo le devolvía una imagen casi irreconocible. Su pelo, aunque revuelto, ahora le hacía parecer atractivo y perfectamente peinado. Su camisa y pantalón raídos, seguían estando igual de estropeados, sin embargo, en el reflejo se veían como si fuesen prendas recién compradas. Se miró ilusionado, frenético, estaba en éxtasis de felicidad. No podía ser verdad. Le dio la espalda al espejo y se miró para poder ver cómo quedaba la parte de atrás. Perfecto. Parecía un auténtico aristócrata. La chaqueta le daba un aire de distinción y sofisticación a todo él, incluso a su expresión. Subió a toda prisa a su habitación. Abrió la puerta con pulso tembloroso debido a los nervios que en ese momento le invadían. Se quitó la chaqueta con cierta reticencia, le costaba desprenderse de ella. Incluso tuvo que hacer varios intentos antes de ser capaz de quitársela para ponerla estirada en la cama y poderla observar con calma. Desde algún lugar en la calle, una maléfica risa perteneciente a una oscura figura que se iba refugiando en las sombras mientras se alejaba de la casa, hacía vibrar el gélido aire.

III. La invitación.

Lo siguiente que hizo después de permanecer unos minutos mirando fijamente y con admiración la extraña chaqueta refulgente fue buscar en todos los bolsillos por si hubiere algo. Cuando metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta notó que había un sobre. Lo sacó. Iba lacrado con un símbolo que no conocía, pero tenía sus iniciales y por detrás llevaba su nombre completo. Lo abrió y sacó su contenido. Era una invitación a una fiesta de la alta sociedad en el palacio del barón de M... que se llevaría acabo el día siguiente, y él se encontraba invitado. La celebración consistía en un cocktail por la tarde y un baile posterior por la noche. Se encontraba aturdido. Cómo podía estar pasando aquello. Tenía que ser un sueño. Desde luego que normal no era. No sabía qué hacer. Cogió la chaqueta y la colocó pulcramente sobre el respaldo de la silla. A continuación se dejó caer en el catre y quedó desplomado sobre él. Habían sido muchas emociones en muy poco tiempo. Llegó el medio día y se desperezó como aturdido. De repente le llegaron de golpe todos los recuerdos del día anterior. ¿Había sido todo verdad o había sido un sueño? Se tocó el costado, le dolía. Miró hacia la silla y ahí estaba la chaqueta. Miró en la mesa y vio la invitación. No podía ser, todo había sido verdad. Se sentó en la cama y metió la cabeza entre sus manos. Se mesó los cabellos sin saber qué pensar. Confuso. Si todo era cierto, cómo iba a hacer para conseguir ropa adecuada para el evento. No tenía tiempo, y aunque lo tuviese no tenía dinero. Y su armario estaba vacío, tan sólo tenía las prendas que ahora vestía. Se exasperó. Se levantó, cogió la chaqueta y la arrojó furioso contra la pared. La prenda cayó inane al suelo. Dio varias vueltas a la pequeña habitación. Pateó el cubo que le servía como papelera provocando que se vertiese su contenido por el suelo. Se volvió a sentar en la cama y adoptó la misma postura que antes. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar con el recuerdo de aquella cara en su mente. ¿Por qué? ¿Quién le estaba haciendo esto? Darle la posibilidad de ir a una fiesta que le permitiría acceder a la alta sociedad y, probablemente, a la joven del día anterior, a sabiendas de que no podía ir impedido por su imposibilidad para encontrar adecuada vestimenta. Levantó la mirada y se maravilló muy mucho. Sobre la silla se encontraba perfectamente colocada la chaqueta, como si nunca la hubiese lanzado contra el suelo. Se levantó tembloroso. Aquello era cosa de brujería. La tocó. La acarició. No sabía por qué, pero tenía necesidad de tocarla, de mirarla, de ponérsela. Y eso es lo que hizo. Se la puso. En ese preciso instante, todos sus miedos y dudas desaparecieron. Se sentía perfectamente seguro de que podría entrar en aquella fiesta y en cualquiera que organizase el mismísimo príncipe. La fiesta comenzaba en dos horas. Cogió la invitación, la metió en el sobre y éste en el bolsillo interior de la chaqueta. Esperaba que no le pusiesen pegas por llevar el sello roto. Bajó a la calle para ponerse en camino, pues tendría que encontrar un medio de transporte que le permitiese llegar a tiempo, pero antes se miró en el espejo del recibidor. Estaba perfecto. Se veía mejor que nunca. Salió contento a la calle y recibió con anhelo y gratitud el frío viento en la cara. De pronto, una voz le sacó de su embeleso. Una voz rasgada que decía: "¿El Señor P. M.?". Era un hombre enjuto y encorvado que miraba hacia el suelo mientras sostenía su sombrero entre las manos a la altura del pecho. El chico dudó, aunque habían dicho su nombre, lo único que acompañado de "señor", no se fiaba de lo que ocurría. Aún así, por un impulso salido de no sabía dónde, dijo: "Emmm... Sí, soy yo". "Suba, por favor". El hombrecillo le abría la puerta de un lujoso carruaje al cual le invitaba a entrar. Entró. El extraño cochero se subió al pescante y atizó a los caballos. El carruaje arrancó, y desde dentro le pareció escuchar el eco de una risa, como si el cochero estuviese riéndose. Pero no era una risa desconocida, era una risa familiar que le había parecido escuchar en otra ocasión.

IV. La fiesta.

Llegaron sin ningún percance a la fiesta. El cochero le abrió la puerta y le hizo una reverencia mientras bajaba. El muchacho se acercó decidido hacia el portón de entrada al palacete. A su alrededor estaban terminando de llegar los últimos carruajes. Había comenzado a atardecer y el cielo se enrojecía poco a poco. Se giró una última vez antes de llegar al portón para mirar su carruaje. Estaba allí. Y, aunque no veía la cara del hombrecillo que había hecho de cochero, sabía que vestía una siniestra sonrisa que hacía eco en su interior. Sacudió la cabeza para desechar cualquier pensamiento que no fuese el de entrar ya a la fiesta. Se acercó al portalón y allí, el encargado de nombrar a los invitados en voz alta le pidió cortésmente su invitación. Él la saco un tanto dudoso, sin embargo se mostró sorprendido cuando vio que el sello de lacre estaba en perfecto estado, se había reconstruido. El hombre del servicio lo abrió y le nombró en alta y recia voz. "Adelante señor", dijo a continuación con una reverencia. Al llegar al gran salón se maravilló muchísimo. Jamás había visto tanta opulencia hiperbólica, tanta suntuosidad en los gestos de la gente, tanta palabrería vacía y tanta risa histriónica y falsa. Sin embargo le gustaba. Al pasar entre los diferentes grupos de personas, todos le miraban asombrados. Veían a un joven bello, esbelto, perfectamente adornado por su ropa, sobretodo por aquella chaqueta de tan buen gusto. Debía de pertenecer a una gran familia, eso estaba claro. Se le acercaban hombres a hablar de esto y de lo otro. Se le acercaban mujeres maduras que buscaban una escapatoria a la desidia de sus matrimonios en un posible adulterio posterior. Se le acercaban jóvenes ansiosas por encontrar un esposo digno y a la altura de su majestuoso abolengo. Sin embargo, él sólo la buscaba a ella. La buscaba con la mirada mientras le hablaban, respondiendo a las conversaciones sin interés, sin escuchar lo que le decían. En un momento dado fue a buscar una copa de vino y allí la vio. Ella había ido a lo mismo. Y se encontraron allí. Se miraron. Ella bajó tímida la mirada y sonrió. Él la ofreció conversación. Una conversación que jamás se habría imaginado ser capaz de mantener. Una elocuencia que no conocía en sí mismo. Ella respondió a todo con simpatía y con educada y tímida receptividad. En un momento dado, el caballero que la acompañaba en el carruaje que le había atropellado el día anterior, se acercó celoso e intentó dejarle en evidencia: "¿Y de dónde habéis salido vos, buen caballero? Su cara me resulta familiar. Me recuerda a un mendigo que ayer tuvo la desgracia de tropezar con nuestro carruaje". El joven sonrió y le contestó: "Me sorprende que alguien que jamás ha hecho nada por vivir en vuestra abundancia y comodidad muestre tal desprecio hacia alguien que no tiene qué comer y que que lucha cada día por poder sobrevivir. Para mí esa gente tiene todos mis respetos". El caballero se mostró un tanto ofendido y respondió con mucha pompa: "¡Ja! Me abruma que alguien de vuestra posición muestre tanto interés y preocupación por tales personas sin recursos. Es muy loable. Sin embargo, apostaría cada botón de oro de su chaqueta a que jamás se cambiaría por uno de ellos ni le ofrecería más ayuda que la que les ofrece con su vacío discurso para intentar emocionar e impresionar a una dama". El joven le miró con recelo y sonrió con ironía: "Tenéis razón caballero. Pretendo impresionar a esta dama, no a vos. Así que si no le agrada nuestra conversación, es de buena educación y saber estar el no interrumpir con palabras torpes y a destiempo una conversación a la que no ha sido invitado". Se giró hacia ella y le ofreció el brazo: "¿Me acompañáis a dar un paseo?". Ella miró al otro joven con cierta sensación de incertidumbre, pero dijo: "Sí, salgamos a pasear por los jardines. Hace una noche preciosa aunqe fría. Lo último que me gustaría sería que dos jóvenes apuestos se peleasen por una nadería así. Vayamos". Y así lo hicieron. Ambos salieron de allí y se adentraron en la fría y preciosa noche que arropaba los jardines con su oscuro manto.

V. Al final.

Llevaban caminando por preciosos paseos bordeados de vegetación un buen rato. La luna proyectaba sus sombras como si fuesen una sola. Ambos estaban fundidos en una vorágine de sentimientos que habían surgido espontáneamente en ese momento. Iban en silencio, disfrutando del contacto de sus brazos, que estaban entrelazados en un abrazo suave. De pronto ella rompió ese silencio y dijo: "Sentémonos en aquel banco". Fueron al banco y se sentaron. Estaban uno junto al otro. Muy cerca. Ambos sentían el calor que desprendía el otro. En ese momento se miraron bajo la atenta mirada plateada de la luna. El vaho que desprendían sus labios se unió en uno solo en el frío aire. Y un instante después sus bocas se unieron en una única cavidad. Se abrazaron. Ambos se sentían llenos de vida. Él notaba cómo ella se estremecía como si estuviese refrenando unos sentimientos que no debería tener. Por un momento se olvidaron de todo, del frío, de la discusión anterior, de la oscuridad. Sólo notaban sus corazones. Sus respiraciones. Ella dijo: "Deberíamos volver, no me gustaría que nos viesen". "No te gustaría que nos viese él, ¿verdad?". Ella miró hacia abajo un tanto azorada: "Sí". "Bien, vayamos. No me gustaría causaros problemas por nada del mundo". Se levantaron y comenzaron el camino de vuelta. Ella temblaba de frío. Él la detuvo delicadamente cogiéndola del brazo. Se quitó la chaqueta y se la puso: "Tomad, cubríos con ella". Ella le sonrió y aceptó la chaqueta con un encantador gesto. De repente, cuando se la hubo echado por los hombros y volvió a mirarle se horrorizó. Vio a un desastroso individuo, con harapos en vez de ropa. Sucio, despeinado. Retrocedió unos pasos aterrorizada y ahogando un grito. Él le dijo con preocupación: "¿Qué? ¿Qué os ocurre? ¿He hecho o dicho algo que os haya molestado?". Ella no contestó. Mutó su gesto del horror a la repugnancia y de la repugnancia al desprecio, y dijo con una voz chillona: "¿Quién sois vos? ¿De dónde habéis salido? ¿Dónde está el dueño de esta chaqueta que estaba aquí hace un momento?". Y comenzó a pedir auxilio llena de miedo. Él sin entender nada se miró y se vio. Volvía a llevar las desastrosas y remendadas ropas de siempre. Se tocó el pelo y lo notó alborotado y grasiento. También se horrorizó, pero intentó calmarla. Se acercó a ella diciendo: "Soy yo, dejad que os explique". Ella se apartó y bramó: "¡No! ¡No me toques sucio mendigo! ¡Aléjate de mí! ¡Auxilio!". De pronto, escuchó cercanos los pasos de gente corriendo hacia ellos. Él la miró una última vez y se fue a toda prisa sabiendo que no volvería a verla. Corrió tanto como pudo para salir de aquella propiedad. Desde la oscuridad una figura sonreía. Había presenciado toda la escena. De principio a fin. Ahora el muchacho, pensó aquel oscuro ser, se daría cuenta de que esa aristocracia a la que tanto aspiraba y con la que soñaba no era más que un cascarón vacío. Una carcasa superficial de sentimientos tan frágiles y huecos como la riqueza, y tan duros y fríos como la pobreza. Pero al menos tendría una historia sobre la que escribir y que seguro le comprarían y le haría famoso, tal y como quería. Y se rio. Una siniestra y gutural risa brotó de su garganta. El eco de sus carcajadas alcanzó al muchacho que no cesó de correr hasta llegar agotado y sin aliento a su casa, donde se refugió y lloró. Lloró porque sabía que jamás la volvería a ver. Y con ese sentimiento de desesperanza, de desasosiego, de ansiedad, de tristeza, de melancolía comenzó a escribir sin parar. Ninguna de sus hojas sufrieron su destructiva ira como había ocurrido tantas veces con las anteriores de sus compañeras. Lloró todo su dolor en tinta y papel. La demoníaca figura le observaba desde un oscuro rincón satisfecho. Y pensó divertido que, al fin y al cabo, no era tan malo ni protervo como le pintaban las Sagradas Escrituras. Y volvió a reírse. Esta vez para sí mismo.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La vida sigue IV.

Se subió al metro en el que una vez pegasen la pegatina que regalaban en una bolsa de Jumpers. Hizo un transbordo y pasó por delante del banco de un andén donde una vez estuviesen juntos abrazados, dejando pasar los trenes. Salió del metro y bajó por el callejón en el que tantas veces se habían besado apoyados en la barandilla de la acera. Y vio el portal en el que se besaron por primera vez. Se detuvo un momento. Lo miró. Una sensación de extrañeza y nostalgia le invadió. Y pensó que ya nada podía hacer salvo continuar haciendo ese trayecto siempre hasta que nada le recordase a nada. Así que continuó su camino a casa, no podía hacer nada. La vida seguía.

Ahora.

El pedestal en el que estaba la idealizada escultura de tu cuerpo está ahora lleno de musgo. De moho. Líquenes han crecido alrededor de ti. Se está quebrando. Está agrietado.
La estatua en la que me sonreías está ahora vestida por una expresión en la que me miras con indiferencia y extrañeza.
Las fotografías tuyas que adornaban todas y cada una de las galerías de mi cabeza están ahora mojadas, empapadas en llanto. Descoloridas. Rotas. Dispersas por el suelo.
Del recuerdo de tu cuerpo en mis manos sólo queda una tristeza por saber que jamás volverán a tocarte. Y ahora te toca otro.
La alfombra que tuve extendida a tus pies está ahora deshilachada en algún rincón ignoto en mi interior. Sucia de barro. Los charcos han enturbiado su brillo.
Ahora sólo queda la nostalgia y la tristeza. El amor, la angustia y la ansiedad han desaparecido. Te has convertido en tristeza y nostalgia. Pronto no quedará más que un recuerdo borroso de aquello que pudo haber sido y no fue. Un recuerdo que siempre será triste y lleno de nostalgia.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Esperaz.

Salió un viernes más y fue a un garito mmmmuy pijo con unas personas del curro que frecuentaban esos sitios. A la sala "Diversión", así, en una traducción literal. Por lo visto hace las veces también de teatro, quién lo diría. Es como si el infierno fuese sólo infierno por las noches de fin de semana y un café lounge de modernos entre diario. O la Cañada Real fuese una biblioteca por las mañanas y un antro de perversión por las noches. Él llevaba sus pintas con el palestino, pantalón cagao y Eskorbuto en la cami, pero le dejaron pasar porque eran como ochocientas personas en el grupo y les compensaba a los de la discoteca. Pues en el garito casi le zurraron dos veces. Debía ser que esa gente que va a ese teatro antro no está acostumbrada a prendas sin cuello. Y también le llamaron anarquista, comunista, maricón, vasco (cuánto daño ha hecho "Ocho apellidos vascos"), le ofrecieron coca, pastillas y no se sabe cuántas drogas más. Esperaz. Esperaz. Pisad el freno. ¿Anarquista? ¿Comunista? ¿Vasco? Lo de maricón pase, por su fineza en los gestos. Putos prejuiciosos de mierda. Basándose en esa regla, o menstruación, él podría haber considerado a todas las pibas del garito zorras calienta pollas por ir vestidas de chabacanas con sus vestidos y bolsos de puta en Noche Vieja y tacones de tres pisos con ascensor. Y a ellos pijos fascistas de mierda, encefalogramas planos con el cerebro en la polla. Y probablemente no se equivocaría al llamárselo. Quizá ellos tampoco se equivocaban con los adjetivos y apelativos con que le habían calificado y designado.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Las tres puertas.

Había tres puertas frente a él. En cada una de ellas había un pequeño postigo para poder examinar el interior de la estancia a la que daba cierre. La primera puerta a la que se asomó era de madera firme, robusta. Con una buena cerradura. Y sobre ella había un cartel colgante en el que había escrito lo siguiente: "Amor conformista". Lo que pudo ver en su interior era una estancia sosa, pero adornada. Colores que abarcaban gamas de marrón, desde el pálido hasta el oscuro. Grises de uniforme. Paños de ganchillo sobre las mesas circulares y los respaldos de sofás clásicos. Había un crucifijo sobre la cama perfectamente hecha, así como fotos de antepasados sobre la mesilla. Y lo que era más terrorífico, varias camas pequeñas de niño, e incluso alguna cuna. Y había también una puerta que parecía que conectaba con la estancia colindante. Así que fue a asomarse a la puerta de al lado con una sensación entre el horror y el desagrado. La puerta que ahora miraba estaba enmarcada dentro de un arco dorado, resplandeciente, preciosamente tallado. Piedras preciosas estaban engastadas por todo el marco. La puerta era de una madera brillante, con tallas de cuerpos según los cánones griegos. Sobre ella había un cartel de plata con las letras grabadas con excelsa caligrafía en el que había escrito lo siguiente: "Amor interesado". Se asomó al postigo y miró dentro. Había una chimenea con un fuego encantador en ella. Cabezas de animales exóticos colgadas de la pared. Bellos cuadros que se alternaban con las anteriores. Alfombras persas, sofás de diseño, una piscina con cascada. Y todo tipo de adornos a cada cual más hermoso. Y caro. Y también tenía una puerta que supuso era la misma que había visto en la estancia anterior. Una puerta que las comunicaba. Se separó con una sensación entre el desagrado y la repugnancia. Así que fue a la tercera y última puerta. Era de chapa. Estaba oxidada. Rayada. Tenía un marco de igual aspecto desastrado y destartalado. Abrió el postigo y vio que en el otro lado de la mirilla había una pequeña reja a través de la que se mal veía dentro. No había nada en la estancia. Sólo manchas de humedad en las paredes. Musgo y pelusas en los rincones. Una cama deshecha y maltrecha. Y un pequeño escritorio con papeles sobre él. No alcanzaba a ver lo que tenían escrito, pero sí podía ver que estaban desgarrados. Otros estaban arrugados en bolas y dispersos por el suelo. Se apartó con una sensación entre la desazón y la desesperanza. Levantó la mirada para ver lo que ponía en el cartel. No había cartel. Lo único que había era unas palabras mal escritas directamente en la pared, de las cuales quedaba el rastro seco de la tinta que se había arrastrado desde las letras como un llanto mudo. Y lo que había escrito era lo siguiente: "Amor verdadero". Miró las tres puertas. Las dos primeras con asco y repelencia. La tercera con pena y resignación. Sin más, se dio la vuelta y salió por la misma puerta por la que había entrado.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

En bucle.

Se lio un cigarrillo adornado por la sustancia marrón que había comprado. Y le dio por fumar. Y al fumar le dio por pensar. Y al pensar le dio por recordar. Y al recordar le dio por sonreír. Y al sonreír le dio por reírse de sí mismo. Y al reírse de sí mismo le dio por autocompadecerse. Y al autocompadecerse le dio por darse pena. Y al darse pena le dio por darse asco. Y al darse asco le dio por llorar. Y al llorar le dio por fumar. Y al fumar le dio por pensar. Y al pensar le dio por...

martes, 13 de diciembre de 2016

Matando el amor II.

Quería llegar a un concierto con la Muerte y le dijo: "Te ofrezco mi vida a cambio de que mates a Cupido. Ese vagabundo abominable. Dios de lo ominoso. Hacedor de muerte en vida. Verdugo de enamorados.". La Muerte le respondió: "No puedo matar a un dios a cambio de algo tan simple como tu vida. Debe ser algo que desees más.". Él le contestó: "Te ofrezco la vida de ella, la persona que más he amado y amaré en mi vida, aunque no me pertenece puesto que hace tiempo me sacó de su vida.". "Entonces tampoco me sirve. Ha de ser algo tuyo, propio", contestó solemne la Muerte. Y él dijo vacilante: "Te ofrezco mi corazón. Te ofrezco todo el amor que he sentido, siento y sentiré por siempre hacia ella.". La Muerte le examinó inquisitiva desde su espesa oscuridad. Y tras un momento de reflexión dijo: "Vale. Dame tu corazón y mataré a ese nefando Cupido". Inmediatamente él se rasgó la camisa dejando expuesto su demacrado esternón para que la Muerte pudiese introducir sus garras que rasgaban la piel, quebraban el hueso, quemaban como un hierro incandescente, y que finalmente agarraron con codicia ese corazón chorreante cargado de amor y lo arrancaron, dejando ondulantes venas y arterias desgarradas por las que escapaban espesos hilos de sangre. La Muerte sopló sobre la palma de su mano extendida, y de su aliento surgió una mujer vestida completamente de negro cuyos cabellos, igualmente negros, se mecían contra el viento. Sobre ella revoloteaban hambrientos buitres y cuervos. Negros como sus ojos. Desapareció en la lejanía dejando tras de sí una neblina oscura. Cupido no volvió a disparar una flecha más. Y todo siguió igual. Todo el mundo seguía fingiendo que se amaba. Todo el mundo seguía autoconvenciéndose de que amaba. Nada cambió salvo él, que jamás volvió a ser capaz de querer de verdad. Jamás volvió a sentir esa angustia que precede al conocimiento de que se está empezando a amar. Por fin fue libre.

La vida sigue III.

Se subió al vagón del metro entre sollozos contenidos. Llorosa. Se agarró a una de las barras mientras sorbía el agüilla de la nariz. Pero cuando el dolor rebosaba tenía que utilizar las manos para enjugarlo. Llegó a su parada. Iba tan ensimismada en su tristeza que se puso frente a la puerta que daba a la vía en lugar de la que daba al andén. Y en su ensimismamiento incluso apretó el botón de apertura. Desde el rincón en el que estaba apoyado en el vagón la vio salir apresuradamente mientras el pitido de cierre de las puertas parecía reírse de ella. Desde su rincón pensó que cada uno arrastra su penosa condena de vivir. La vio marchar con cara de indiferencia. Total, ¿qué podía hacer por ella? Nada. Así que bajó la mirada de nuevo al libro y continuó su lectura. La vida seguía.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Desde mi ventana.

Hace frío y se ha levantado una niebla que parece que alguien ha hecho un submarino en la calle. En todas las calles. Desde mi ventana la veo. Densa. Espesa. Flotante. Dejando sus lágrimas en las ventanillas de los coches. En las hojas de los árboles y de las plantas. En las aceras. En las barandillas que duermen sobre las aceras. ¿Por qué hoy? ¿Por qué llora el aire hoy? ¿Quizá sabe que ayer se cumplió un año desde que empezó lo nuestro? Claro que lo sabe. Desde mi ventana puedo ver cómo llora sobre el primer portal donde juntamos nuestras lenguas por primera vez. Sobre la barandilla en la que nos apoyábamos. Sobre los durmientes coches que eran testigos de aquella tragedia. Ahora, el aire te echa de menos. La barandilla y los coches. El portal. Todos te recuerdan como yo te conocí. Sin embargo, su llanto no me deja ver bien. Veo esos recuerdos en mi cabeza tan borrosos como esos lugares a través de la niebla. Un año. Un año ya y la calle se empapa del llanto que esta vez no sale de mis ojos. Desde mi ventana me doy cuenta de que he contagiado mi dolor a mi entorno. Me fumaré otro de esos para que su niebla salga por las ventanas que llevo un año intentando cerrar y alimente en su dolor a la quejumbrosa atmósfera.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Tradiciones.

Me alegra que haya gente que todavía guarda las tradiciones tóxicas. Que van a misa los domingos. Que se santiguan justo antes de irse de putas. Que se casan porque es lo que tienen que hacer, e incluso permiten a sus familias entrometerse y decidir por ellos. Que sacian sus ansias de sadismo de forma legal yendo a ver cómo torturan a un animal hasta su muerte. Que siguen votando a sus líderes políticos que se cagan en sus cerebros. Que practiquen la ablación. Que respeten las pautas marcadas sobre qué ropa llevar y qué temas tratar en función de la edad que tengan. Menos mal que existen ellos, porque si algo tienen las tradiciones tóxicas, es que siempre va a haber alguien que las siga para hacerlas inmortales, y mientras ellos estén, no me tocará a mí tener que realizar ese trabajo tóxico.

Chaqueta con coderas.

Una chaqueta con coderas, y debajo una camisa de cuadraditos con coderas también. Eso llevan puesto para ir al curro. Hay algo que me inquieta, ¿llevarán también coderas en los calzoncillos para protegerse de los derrapes de sus tarzanitos? Imagino que si llevas rodilleras en los pantalones serás considerado un pordiosero que quiere tapar los agujeros que ellos asumirán por ciencia infusa e infundada, puedas llevar por ser un guarro que reutiliza demasiado los pantalones. Sin embargo, estoy seguro de que esos come bolsas están deseando que se pongan de moda también para poder tapar los agujeros que se les hacen de tanto bajar a comer polla de jefe. Las chaquetas con coderas siempre las he asociado a profesor de matemáticas, persona atípica y peculiar. Ahora no, ahora es símbolo de buen gusto, de decencia y de buena posición.

¿Una camisa con banderas pirata? Una camisa con dibujitos de una calavera y dos tibias ¿quién podría decir que algún día se pondrían de moda y se llegarían a ver como símbolo de elegancia? Pues ha llegado ese día. Ya puedes vestir camisas con esos motivos y que nadie te llame la atención, pero eso sí, no se te ocurra llevar una camiseta lisa negra. Nada, hay que llevar cuello, siempre y cuando lleve numeritos que simbolicen que juegas en algún equipo de polo, deporte de aristocráticos, reyes y príncipes. O con un caballo escala 1:1, o rosa fosforito, siempre y cuando lleve bordadas ciertas letritas que identifiquen cierta marca aceptada como una de las adecuadas para vestir bien.

Pantalones. Puedes llevar vaqueros siempre, claro, que te marquen polla y culo. No importa que parezcan mayas y que los lleves un palmo por encima del tobillo, pero eso sí, no se te ocurra ponerte unos vaqueros que tengan el tiro un poco caído, eso es herejía y símbolo de cerdo tirado. No es propio de alguien que va a picar piedra en una mazmorra situada en el sótano de cualquier oficina. Hay que ir bien vestido según los cánones de turno que algún subnormal de turno haya establecido para este año de turno, aunque los únicos rayos de luz que vayan a darte sean los de un fluorescente parpadeante o los de la pantalla del ordenador.

No importa que lleves pinta de mongolo votante del PePé, no importa que la camisa no te abroche porque tienes una barriga que impide que los botones cierren por debajo, no importa que podamos ver la marca de los cleenex que utilizan para marcar paquete a través de esos pantalones en los que se envasan al vacío, no importa que lleves una camisa o polo con dibujitos ridículos y nefandos si simbolizan algo relacionado con actividades de gente adinerada. Debes mantenerte dentro de ese camino marcado por unos guardarraíles que te mutilarán si pretendes salirte de ellos.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Por fin.

Llega un punto en el que abres los ojos. En el que te das cuenta de que tú también decides y tienes poder de decisión sobre todo esto. Y llegado ese momento te das cuenta de que ella ya no puede decidir por ti. Que ya no cuenta sólo lo que ella quiera. Cuenta lo que tú quieres. Y no se trata de que la hayas perdido. Se trata de que ella te ha perdido a ti.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Última visión.

Creo que pocas cosas he visto que sean tan torpes o aparatosas como un gato dando marcha atrás. Mis gatis ya están viejitos, ya no hacen piruetas cuando una goma pasa por encima. La cazan sólo si pasa cerca. El gato anterior que tuve murió sin estar yo en casa. Yo estaba en casa de mi abuela María, la persona que más he querido en mi vida. Y me llamó mi padre: "Leo ha muerto". Lloré. Mi abuela me preguntó y le dije que el gato había muerto. Y me dijo: "Hijo, ¿lloras por un gato?". Ella no era una persona insensible hacia los animales, pero no le daba esa importancia que le daba yo. Ése animal fue mi primera experiencia consciente con lo que es abrazar, espachurrar y amar. Le pedí a mi padre que no se deshiciesen de él hasta que yo volviese a casa. Cuando volví, estaba extendido sobre la mesa de la terraza cuan largo y gordo y negro y blanquito era. Fue el segundo cadáver al que besé. El primero fue mi madre. Y la sensación física fue parecida. Algo tieso, duro, sólido. Sabes que está muerto, y al tacto de los labios lo notas, no haría falta ver. Siendo ciego se nota la muerte cuando la besas. Después llegaron los otros dos, que ahora están mayores. En su momento pensé que gracias a Dios que no había visto morir a Leo. Ahora pienso que quiero ver morir a mis gatos. Quiero estar presente en el momento en que dejen de respirar, igual que en la cama del hospital con mi madre. O en mi cama con mi abuela María. Mi abuela murió mirándome. La chica que cuidaba de ella en mi casa, porque mi hermana y yo no podíamos por trabajar doce horas al día, me dijo: "¡Pablo, ven! ¡Se ha muerto!". Yo salté de la silla y fui a mi cuarto. Ella estaba en mi cama, tumbada inane. Me senté en la cabecera. Le puse el brazo bajo la nuca y la levanté para mirarla y poner mis labios en su nariz para no notar su respiración. Y en ese momento ella abrió los ojos y me miró. Muy fijamente, como pidiendo auxilio, o como despidiéndose desesperadamente de mí, como diciendo "no he podido decirte adiós en voz alta". Y yo la miré. Y me sostuvo la mirada. Y dio una fuerte respiración. Y murió. Yo no creo en misticismos, pero sí creo que ella esperó a que yo estuviese con ella para irse. Y después de vivir dos muertes ante mis ojos y en mis manos, quiero que las otras dos que están por venir también sean ante mis ojos y en mis manos. Y quiero palpar con mis labios sus cadáveres. Quiero que, antes de que desaparezcan, hayan pasado por mis labios por última vez. Quiero que me miren al morir. Y que sus ojos pidan a los míos una respuesta afirmativa. Que sepan que nada va ser igual cuando no estén y que les he amado. Ahora que tengo experiencia en ver morir y voy a saber reaccionar, quiero verles morir. Y si me toca a mí primero, quiero que mi última visión sean ellos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Por última vez.

Me gustaría saber a cuántas personas más de las que quiero y querré estaré condenado a verlas por última vez mientras siga con vida.