martes, 30 de agosto de 2016

Espero que.

Espero que cuando Satán me haga la llamada perdida para que vaya bajando, me avise con antelación.
Que antes de que Dios saque pifia en sus tiradas y termine mi partida, me consiga algunos logros.
Que cuando el médico me diga por qué me encontraba mal, esté solo.
Que cuando me toque no despertar de la siesta, haya tenido hambre ese día.
Espero que cuando se rompan las cuerdas de la guitarra me haya dado tiempo a sonar suficiente.
Que cuando llegue al malo final no me quede más que un golpe de vida.
Espero que la última calada esté lo más cerca posible del filtro.
Espero que cuando llegue al final del libro no haya epílogo.
Que cuando se me hayan acabado los calzoncillos limpios no quede detergente.
Espero que antes de que se me caiga la última hoja, me hayas estado regando.
Espero que antes de que mi pulso sea perfecto haya podido leer un último libro contigo en la cama.
Espero que antes de que la guadaña me siegue haya podido sembrar contigo.
Espero que antes de morir haya podido volver a disfrutarte.

domingo, 28 de agosto de 2016

Tatuajes.

Te preparas uno de esos aturdidores. De esos finos cilindros fumables que te ayudan. ¿A qué? No lo sabes, no puedes focalizar tus pensamientos, pero ayudan. Y te pones a pensar en lo que en ese momento es el vértice del vórtice en el que gira descontroladamente tu vida. Piensas. Te gustaba bañarte en los arroyos que fluían por el cauce de sus piernas cuando se excitaba. Tu cabeza no ha estado nunca en ningún lugar mejor que entre sus muslos. Y te empiezas a arrepentir. Ahora te arrepientes de haberte tatuado su cara, su sonrisa, sus gestos en tus retinas. De haberte tatuado sus curvas, su piel, sus huesos, sus clavículas, sus hombros, su mentón en tus manos. De haberte tatuado su cuello, su saliva, su lengua, sus pechos, su pelvis en tu lengua. Te arrepientes de habértela tatuado y haber puesto tanto empeño en ello. Ya sabías que los tatuajes no se van con facilidad. Lo único bueno que tienen, si es que eso es bueno, es que con el tiempo se difuminan perdiendo nitidez. Así que sigues fumando a la espera de que los contornos de aquellas imágenes, sabores, olores, calores y todo lo que acabe en ores se diluya suficiente para que en algún momento lejano en el tiempo en que intentes recurrir a ellos, no puedas saber ni de dónde venían ni qué eran.

Lo que nos hace humanos.

He escuchado contra mi voluntad un anuncio en el que decían que querer siempre más es lo que nos hace humanos. Y yo me pregunto cuánta gente recibirá ese mensaje y lo analizará hasta su significado último. Yo creo que lo reciben como el buenos días del portero. Una frase que no requiere de ningún procesamiento mental profundo. Todo queda en razonamientos superficiales que no llegan si quiera a ser razonamientos. Yo creo que lo que nos debería hacer ser humanos es el saber cuándo has tenido suficiente, sin que suficiente signifique demasiado. Cuándo no quieres más. Al igual que gratis no significa "coge todo lo que puedas". Está muy extendida la idea de que cualquier cosa por su condición de ser gratis la convierte en necesaria y apetecible hasta el aborrecimiento. Me perdonéis si podéis si os llamo infraseres. Desagradables. Me perdonéis si rechazo vuestra compañía, seres humanos. Pero es que me dais asco. Lo que nos hace humanos, por duro que sea, es la característica intrínseca de demostrar que podemos ser dañinos sin límite ni término. Pero sobretodo la capacidad de dar asco.

sábado, 27 de agosto de 2016

Que no quiero otra.

"Tranquilo, yo también he pasado por eso y ya llegará otra". Te lo dicen con toda su buena intención. Familiares. Amigos. Estás sufriendo una ruptura y tienes que pasar el duelo. Y les respondes mentalmente, les respondes que "lo sé, sé que puede llegar otra, pero es que no quiero otra". Lo que no entienden es que tú no tienes ningún problema con que no aparezca otra persona en tu vida. Sabes vivir solo perfectamente. Lo has hecho toda tu vida y lo puedes hacer. Lo que yo quiero es a ella y no otra cosa. Es que quiero a esa persona que me ha hecho plantearme todos y cada uno de los cimientos en los que se sostenía mi soledad. Mis convicciones. Mis no querer casarme ni hijos. Mis no querer poner lavavajillas juntos los domingos. Además, no habéis pasado por esto. Vosotros entregáis vuestro amor a quien quiera que cruce el paso de cebra mientras esperáis a que el semáforo se ponga en verde. Sólo ella ha hecho tambalear a mi sansón de los principios. Al atlas que sujetaba mi mundo. Le ha hecho cosquillas en los sobacos y él ha dejado caer todo, rompiéndose en una miríada de trozos imposibles de volver a juntar. Me siento como aquél que ha ganado un millón en los ciegos y lo pierde todo en siete meses sin quedarle nada más que la ruina. Me siento como Adán en el minuto después de que Dios le dijese que estaba despedido. Me siento como la cobra que ya no tiene una flauta con la que bailar. Como la bandera pirata sin el barco. Como las carpas del retiro sin el pan de los idiotizados seres que hacen de zombi por allí. Como John Kennedy Toole cuando no le publicaron su obra y tuvo que suicidarse. Como Mohamed cuando se equivoca y no reza mirando a la meca, y después de tres horas de oración se da cuenta de que sus plegarias no han valido para nada. Como el monstruo agonizante que crea Bart Simpson con la varita. Como Zapp Brannigan cuando le echan de la D.O.O.P. No os dais cuenta de que esto no es un capricho ni una obsesión. Es lo que me ha hecho vivir siete meses.

Qué desperdicio.

Suena el depertador. Las diez y media. Te levantas como puedes. Primero una pata, luego un brazo, después otra pata y no consigues evitar la consiguiente hostia contra el suelo. Bueno, al menos ya no estás en la cama. Te levantas del parqué y agudizas el oído. ¿Ha sonado el telefonillo? Estás esperando a los que te traen la cama nueva que te has comprado después de veinticinco años. No ha sonado. Bien. Abres la cajita de los porros y te pones manos a la obra. Y lo primero que escuchas después de levantarte es a tu hermana: "¿Ya te estás haciendo un porro?". Joder, sí, sabes que estoy mal, ahora que tengo excusa para hacerlo déjame que me refugie en las drogas sin cargo de conciencia. Ayer no me tomé el Lorazepam, y necesito algo que calme este estado no bienvenido. Y lo segundo que escuchas es a uno de tus gatos dándote los buenos días vomitando. Empieza con ese maullido tan característico que lo único que presagia es tres charcos de saliva oscura bordeando las isletas de pienso no digerido. Sin mirar te vas a por el papel de cocina. ¿Y qué haces después de mojarte los dedos con la pota? Pues mirar la foto de su perfil de Whatsapp. La has cagado. Ahí está, un selfie súper artístico en el que puedes ver todos y cada uno de sus perfectos rasgos. Todos y cada uno de los rasgos que te tuvieron enamorado durante siete meses y te mantendrán pillado otros setecientos más. Y empiezas a hilar recuerdos de ella. Justo suena el telefonillo. Son ellos, los chavales de la cama. Empiezan a montar y les das una Coca-Cola porque eres un tío enrollado. Incluso les pides disculpas por fumarte el porro delante de ellos sin preguntarles si les importa, que si les importase, a ti no te importaría y seguirías fumando, pero son normas de cortesía ineludibles. Se van tal y como han venido. Y una cama, un colchón y un somier, y dos Coca-Colas después sigues hilando. La recuerdas cuando por la mañana llega al trabajo y su adictiva silueta se recorta contra el resplandor de las pantallas de los portátiles. No hay palabras. Hilas más. La recuerdas en el momento en el que hablaste en persona con ella por última vez. Llevaba unos pantalones cortos blancos y una camiseta negra. Y te acuerdas de cómo te tuviste que agarrar a una barandilla para no lanzarte a por ella. Recuerdas sus perfectos muslos sin un hoyuelo de celulitis. Su textura tersa y morena. Y piensas en ella con él. Joder qué desperdicio. Qué desperdicio joder. Esas piernas están hechas con la moldura de mis manos. Cualquier otra palma que se pose ahí es una profanación. Se te revuelve la calada del porro. Vuelves a mirar su foto de perfil para torturarte un poco más, aún no has tenido suficiente sufrimiento. Ese dolor engancha más que el caballo. El porro se acaba. Sigues mirándote las manos vacías de sus muslos. Te lamentas. E inmediatamente después, te manufacturas otro de esos que no es más que el segundo de una serie aritmética que te liberará de esos recuerdos en los que no dejas de sentir, dolerte, y lamentarte del desperdicio de esa perfecta escultura.

jueves, 25 de agosto de 2016

Dejando pasar el metro.

Dejó pasar otro metro. Miraba a la gente cómo entraba sin dejar salir. Veía a la gente correr e intentar abrir inútilmente las recién cerradas puertas. Estaba sentado en el banco en el que había estado con ella hacía poco. Qué diferente era ahora que estaba solo. Miró hacia el final del andén por si acaso fuese a aparecer. De repente su conciencia le recriminó. Qué hacía allí cómo un pasmarote dedicándole mil pensamientos, cuando ella podía estar en ese momento con su novio haciendo vete tú a saber qué cosas. En ese momento llegó otro metro. Asintió mentalmente a su conciencia y se levantó decidido. Ese metro lo cogió. Y nunca más volvió a dejar pasar ningún metro ni a mirar ese banco.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Patito de feria.

El cielo estaba ligeramente nublado. Estaba cubierto por una fina capa de nubes que dispersaban la luz haciéndolas brillar en sus bordes. Estaba atardeciendo en el descampado de hierbajos secos y enfermizos. A lo lejos se escuchaba una melancólica melodía producida por el organillo de una feria ambulante. Iba oscureciendo y la feria se iba vaciando. Algunos niños correteaban con sus algodones dulces rosas, persiguiéndose los unos a los otros. Parejas jóvenes se cogían de la mano dejando que el decadente ambiente adornase su perfecta escena de amor. Desde donde estaba, el patito amarillo escuchaba a aquellas alegres parejas quererse mientras le disparaban para hacerle caer. Por su cuerpo se podían ver las cicatrices de los perdigonazos que le levantaban la piel dejando entrever la oxidada chapa que había bajo la pintura. Delante de él estaba ella. El pato que tenía delante. Desde el día que los encajaron en aquel chirriante raíl él se había enamorado de ella. La oscuridad iba avanzando y los puestos iban apagando sus luces y cerrando sus puertas. La melodía del organillo seguía. Cada pulsación metálica de esa siniestra armonía se le clavaba produciéndole un dolor mayor al de los perdigones que hacía un rato le habían disparado. Por mucho que le disparasen y acertasen, siempre acababa de nuevo erguido y detrás de ella. Condenado a verla por siempre, a tenerla delante y ver cómo nunca se giraría. Condenado a avanzar por ese chirriante y oxidado raíl que gemía sin cesar sin poder alcanzarla nunca. Por mucho que avanzase, ella avanzaba siempre lo mismo que él. Nunca llegaría a ella. Ella nunca se giraría. Ya no quedaba ninguna luz. Y la letanía del organillo era cada vez más lenta. Más suave. Más triste. Finalmente sonó la última nota y quedó en el aire nocturno su leve eco. En la oscuridad que le envolvía el patito dejó caer una lágrima. Una lágrima que ella jamás vería. Ella jamás sabría que cada noche, después de que muriese la funesta melodía y todo quedase a oscuras, él le dedicaría una lágrima.

martes, 23 de agosto de 2016

Palillo plano entre los dientes.

Estaban en un bar de esos en los que abundan las embriagadas ánimas solitarias. El camarero, un señor clásico con mostacho, barriga, chaleco y un palillo plano entre los dientes del cual asomaba ligeramente el puntiagudo extremo, estaba secando lo que parecía un vaso que antaño había sido transparente. Con los brazos apoyados en la barra había un joven que había pasado de la treintena, cabizbajo. Frente a él el quinto mini de calimocho. A su lado un cura. Calvete, delgado y cara afable. Frente a él un chato de whisky solo. Bueno, con un par de hielos. Llevaban suficiente tiempo hermanándose en silencio como para poder romperlo ya, y suficiente alcohol como para hacerlo. "Dígame reverendo", dijo el muchacho. El reverendo ladeó un poco la cabeza para poder ver de reojo al interlocutor y con cierta curiosidad en el rostro. "¿Nunca ha deseado que en alguna de las bodas que ha oficiado se presentase un tercero en el ínclito momento de objetar, y que lejos de mantener la prudencia, objetase?". "Muchacho, mucho me temo que no sólo lo he deseado, sino que lo he implorado con todas mis fuerzas". El joven asintió y preguntó: "¿Y eso?". "¡Vive Dios! Pues porque veo farsa y herejía en tan sublime sacramento". "¿Y no podría ser usted ese tercero en discordia que proclamase la falsedad de ese acto?". "¡Voto al demonio que sí! Están tan corruptas esas ceremonias que he deseado, ¡oh, tantas veces he deseado!, mearme en el vino de la eucaristía para dejar la sangre de Cristo al nivel de lo que se merecen. Al nivel que dejan ellos tan sagrado sacramento". Agarró su vaso y le dio un buen sorbo. El joven le imitó. "¿Y por qué no lo ha hecho usted?". "Verás hijo, si lo he hecho o dejado de hacer no te lo puedo decir. Baste con que lo he deseado. Y ahora mismo estás siendo tú mi confesor. ¡Voto a bríos! Dime qué penitencia crees que merezco y la cumpliré hasta el día de mi muerte". Un sorbo más dejó casi vacío el vaso. El calimocho le iba a la zaga. "No creo que merezca usted pasar por ninguna penitencia, en todo caso la penitencia debería ponérsela por no haber evitado esos matrimonios". "¿Pero y qué puedo hacer yo? No soy más que el ejecutor, el verdugo, la marioneta que tiene que seguir un guión establecido sin hacer preguntas ni objeciones". En eso, el camarero, al cual no se le había escapado ninguna de las palabras de esa conversación, carraspeó y dijo: "Yo una vez fui ese tercero en discordia que objetó". Ambos bebedores le miraron maravillados, como sorprendidos de que aquel mostacho tuviese voz. "¿Y cómo fue?", preguntó curioso el muchacho. "Pues nada, me planté allí en la iglesia y dije: "¡Yo tengo algo que decir!" Pero cuando se giraron los novios, no reconocía a la novia. Me había equivocado de boda". "¿Y después qué sucedió?", preguntó el joven. "Nada, me quedé sin la mujer a la que amaba". "¡Por los pendones de Dios!" exclamó el sacerdote. "Tanta fuerza tienen esas farsas, esas representaciones culturalmente artificiales, que ni siquiera con la voluntad y el valor necesarios para luchar contra tan impía consumación se puede hacer justicia e impedir la terminación de las mismas como debieren de terminar". Los que aún tenían líquido en el vaso se lo bebieron. Y los que tenían un palillo plano en la boca le dieron la vuelta para seguir masticando. Y todo volvió, como si ninguna conversación hubiere tenido allí lugar, a su estado de silencio original.

lunes, 22 de agosto de 2016

Mercenario karma.

Vas por una calle de tu barrio de toda la vida, que te gustaba, la usabas siempre en tus paseos, y les ves. En su puto coche espléndidamente blanco. Él al volante, cómo no, macho. Ella de copiloto, cómo no, hembra. Y resulta que el bueno del karma, en lugar de hacer que te vean ellos a ti y se les revuelvan las tripas, hace que les veas tú a ellos. Por medio puto minuto. Medio minuto después y habría sido al revés. ¿Qué te he hecho karma? ¿Qué te dan ellos que no te dé yo? Dímelo y lo solucionamos en un momento. Puto karma, mercenario de mierda. Te vas con el que mejor te paga. ¿Pero qué consideras tú que es mejor paga? Lo que yo te ofrezco es lo que se supone hay que ofrecerte, karma. El bueno rollo, las buenas acciones. No sé, está claro que esta guerra entre ella, él, el karma y yo no la voy a ganar yo. Así que me retiro. Más vale una retirada a tiempo que un ojete desgarrado.

domingo, 14 de agosto de 2016

Gozo macabro.

Estaba anocheciendo. El cielo iba apagándose, dejando refulgir lamentosa a la luna, que en silencio se mantenía mecida por el lento vaivén de las oscuras nubes que la vestían con su tenebrosa mortaja. Un funeral se estaba celebrando al pie de un olmo. Un olmo triste, enclenque y siniestro. El viento acariciaba sus hojas haciéndolas susurrar una letanía que acompañaba como un coro distante la funesta escena. Un cura murmuraba unas palabras para el desconsuelo de los amigos y familiares. Las siluetas de los asistentes se dibujaban contra el cielo como sombras erguidas. Los sollozos acompañaban al ataúd en su descenso al foso. Desde donde estaba podía escucharlos. Disfrutaba con ellos. El continuo y monótono recitar del fraile le relajaba y le preparaba para poder alcanzar su máximo gozo. Escuchaba cómo despedían aquel cuerpo inerte. Respiraba cada lamento. Notaba en sus ojos cada dolorosa lágrima que se desprendía. Él también lloraba. Pero no de pena. No de pesadumbre. Era su forma de expresar su gozo. Escuchaba el crujir de la pala contra la tierra. Ese sonido le llenaba por dentro. Le alimentaba. Se relamió. No podía sonreír, era demasiado el deleite. Ése era el mejor teatro. Un teatro en un escenario real. Con unos actores que habían sido obligados a representar un fúnebre papel de forma natural. Quería aplaudirles. Quería compartir con ellos su entusiasmo y su aquiescencia con su gran trabajo. Pero no lo hizo. Saboreó la última palada. El último golpe seco de tierra. El último plañir. Permaneció allí inmóvil hasta que el último de ellos se había marchado. Se acercó hasta la nueva tumba. Su emoción le hizo caer de rodillas mientras se cubría la cara con las manos y su cuerpo se convulsionaba violentamente a merced de su llanto. Acarició la tierra con mimo. Suavemente, como quien acaricia a un amante. Se acurrucó sobre el pequeño túmulo y allí se quedó hasta que el alba le llamó de nuevo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Infeliz.

Anímate que ya sólo puede mejorar. Hay más peces en el mar. La vida es preciosa. Sonriéndole a la vida. Mis dos soles, lo mejor de mi vida. Cuántos mensajes más de esta calaña podéis inventaros. Cuánta falsa felicidad podéis intentar, infatigablemente, hacerme creer que desprendéis y vivís. Miserables. Despreciables y repugnantes cadáveres vivos. Muertos en vida. No puedes animarte cuando has tocado fondo por el hecho de que ya sólo pueda ir mejor y puedas ascender. La mierda como yo se hunde. No flota. Tiene una densidad viscosa que, una vez ha caído en el inmundo charco, le hace descender como si tuviese adheridos bloques de cemento, hasta el barro. Y ahí se queda tragando cieno, arrastrándose según las corrientes gélidas. Pero nunca puede nadar hasta la superficie de nuevo, porque el único camino por el que podría hacerlo no existe ya. Quién ha dicho que yo quiera más peces en el mar. Quiero a uno sólo. Quiero ese pez y no otro. Qué te hace pensar que la posibilidad de estar rodeado de más entes entre los que elegir pueda hacerme feliz. La vida es una puta atrocidad cometida contra aquellos que viven. Te tiende la mano tiernamente y te ofrece cuatro o cinco golosinas, para que cuando estés confiado cierre el puño contigo dentro y te asfixie. Te aplaste. Te triture y te machaque. Y convertido en polvo te suelta para que el viento embrutecido te disperse por mil lugares. Si le sonríes a la vida eres imbécil. Es como querer a quien te odia. Es como acariciar cariñosamente un cactus. Es como respirar plácidamente debajo del agua. Como besar en la boca a una cobra. Como aplastar tu sonrisa contra una plancha de metal incandescente. Pero te da igual porque eres imbécil. Tus dos soles, la cuna de tu felicidad, se convertirán en dos marionetas como tú, hechas a tu imagen y semejanza que ultrajarán y contaminarán el mundo y a cualquier ser, animado o inanimado, que se le acerque. Lo mejor de tu vida es lo que hace que la mía sea una mierda. Que no quiera vivir, porque la única manera de hacerlo es rodeado de auténtica bazofia como tú. Sois tan miserablemente putrefactos que podéis vivir sobre una montaña de cantos rodados sobre los que os autoconvencéis que podéis estabilizaros. Tenéis el corazón lleno de telarañas de no usarlo. Dejadme en paz y dejadme vivir amargamente lo que amargamente me han obligado a vivir.