jueves, 29 de diciembre de 2016

Un año.

Cada día que pasaba se estaba cumpliendo el aniversario de diversos sucesos que habían acontecido con ella hacía justo un año. Cada día se acordaba de algo que había sucedido hacía un año. Cada día se acordaba de ella hacía un año. Y cada día que pasaba se daba más cuenta de que estaba un año más lejos de todo aquello.

Inocentada.

Se giró. Cogió su cara con ambas manos. Abrazando su mandíbula. Los pulgares acariciaban su mentón. Entonces, acercó su boca a la de ella. Ambas bocas se juntaron en una. Las dos lenguas se recorrían húmedas, lentas, saboreándose. Su aliento olía bien. Su boca sabía bien. Ella era bien. En ese momento sintió que quería eso para siempre. Que no había habido ninguna otra boca que le hubiese hecho sentir aquello. Y de repente escuchó un eco en su cabeza. Unas carcajadas. En ese momento no les dio importancia. Un año después de aquello se dio cuenta de que aquellas risas eran Dios que le estaba gastando una inocentada.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Me he imaginado.

Mi vecina tiene un reloj de esos que marcan las horas y los cuartos con un sonido de gong. Cada cuarto de hora lo marca con una melodía que se completa al vencer la hora, y cuando esto sucede, da tantas campanadas como horas se hayan cumplido. Yo lo oigo desde mi cama todas las noches. Antes me parecía romántico, incluso acogedor. Ahora me hastía. Me molesta que me recuerde cada cuarto de hora que estoy en la cama despierto que me queda un cuarto de hora menos de sueño. Me he imaginado no pocas veces en el salón de su casa volcándolo contra el suelo y haciéndolo reventar esparciendo sus entresijos por los rincones, como si fuese un mueble lleno de dedales de porcelana recuerdo de Toledo, o vasijitas de barro recuerdo de Segovia.

Tuve un jefe que padecía de imposibilidad mental preocupante. De esos que cuando hablas con ellos de algo que no sea de trabajo te das cuenta de que es tonto en el sentido literal de la palabra. Que no da de sí, que no puede seguir un hilo argumental inteligente. Sus padres debieron donarle a la ciencia para sus experimentos mucho tiempo atrás, pero al parecer no lo hicieron. Me he imaginado no pocas veces asesinándole de múltiples y macabras maneras. Estrangulándole. Atravesándole con una espada salida de la nada. Golpeándole con un bate hasta hacerle inteligente. Apretando el nudo de su corbata hasta que se pusiese azul.

He sujetado la puerta y cedido el paso a infraseres que no han hecho siquiera un mínimo gesto de agradecimiento con la cabeza. Como si yo fuese el botones o una estatua o el calzador que sujeta la puerta para que no la cierre el viento. Incluso he cedido el paso a grupos enteros de personas que salían juntos, y ninguno de ellos ha dado muestras de agradecimiento. Como el ñu que en una estampida empuja a sus compañeros para pasar primero. Me he imaginado no pocas veces soltando la puerta y llamando a la o las personas en cuestión y escupiéndoles en el traje o la cara y dándome media vuelta sin consecuencia alguna.

Mis zapatillas nuevas siguen nuevas en la caja después de un mes por no tener que encordarlas. Por pereza. Por horror ante ese molesto trabajo de tener que ir agujerito por agujerito entrecruzando cada extremo del cordón. Me he imaginado no pocas veces yendo a la fábrica en Taiwan y preguntando por el encargado para que hiciese el trabajo por mí, que nada le costaba. Me he imaginado teniendo poderes como Merlín en la película de Disney y animando los cordones, dándoles vida, para que se colocasen solos mientras los gorriones y las pelusas del suelo hacen los coros de mi melodía.

He cumplido un año más. He llegado a esa edad en la que ya se ve la muerte aproximándose desde lejos. Ya se ha dejado entrever como los rayos de sol que van coloreando el cielo al amanecer, o como la costa que va apareciendo en el horizonte y se puede ver con un catalejo. Me he imaginado no pocas veces siendo un prodigio de la evolución y de la naturaleza, un caso inexplicable susceptible de estudio por los servicios de inteligencia de los gobiernos por ser inmortal y no envejecer nunca.

Para qué está la imaginación sino para darnos una felicidad inmaterial, intangible e irreal.

martes, 20 de diciembre de 2016

La chaqueta.


I. Un atropello.

Era de noche. La luna estaba cubierta por unas tenues nubes ligeras que le daban a su luz un toque melancólico. Se encontraba frente a su escritorio a la luz de una titilante llama que coronaba tímida la cumbre de una vela a medio gastar. La cera caía lánguida y densa acumulándose espesa en el platillo. Estaba escribiendo un nuevo relato, pero no le salía nada que le gustase. No se encontraba. Agarró la hoja y la estrujó iracundo entre sus manos haciendo una bola. La arrojó contra la pared y cayó junto al resto de infructuosos intentos arrugados en el suelo. Si no le salía algo decente para el final de la semana no cobraría, una vez más. Desesperado por su situación y la falta de inspiración se levantó violentamente haciendo que la vieja butaca de madera cayese al suelo provocando un ruido sordo en la pequeña habitación que le servía de casa, y salió de allí para dar una vuelta y despejarse. Con la rabia no se había dado cuenta de coger la chaqueta, y sus raídas ropas no eran suficientes para abrigarle del frío que le golpeaba como cientos de cuchillas. Se maldijo, pero no subió. Quizá ese frío le despejase lo suficiente y aquel viento arrastrase fuera de él todo lo que le impedía componer sus obras. Se puso en camino abrazándose a sí mismo para protegerse un poco. Se dejó llevar por las oscuras y húmedas calles sin prestar atención de por dónde iba. Alcanzó la gran avenida, esa por la cual paseaban los aristócratas, donde se encontraban las mejores tiendas de arte y joyería. Para ser la hora que era, la gran calle estaba bastante poblada de transeúntes. Le miraban mal, sus ojos altivos proyectaban desprecio como indignados por el hecho de que un mendigo como él estuviese ensuciando sus aceras con sus zapatos. Él notaba ese desprecio que se le clavaba en lo más profundo produciéndole mayor dolor que la gélida espada del viento que le cortaba la piel. Si consiguiese escribir algo digno podría hacerse famoso y acceder a aquel círculo de gente selecta y excelsa. Pero pensar en ello era una tontería, jamás sucedería. Las parejas, los solitarios paseantes y los grupos de amigos que pasaban por su lado o se apartaban para no rozarle o le hacían apartarse con la promesa muda de un fuerte y merecido empujón con el hombro cuando se cruzasen. Atorado y contrito como iba cruzó la calle sin mirar y un carruaje tirado por un caballo que pasaba justamente por ahí le golpeó haciéndole caer con fuerza al suelo. El impacto fue terrible. En ese momento comenzó a escuchar los improperios que salían de la boca del cochero. Dos cabezas se asomaron por la ventanilla para mirar qué había sucedido. Aquellas dos cabezas pertenecían a un joven caballero perfectamente estructurado y a una beldad como jamás hubiesen conocido sus ojos. Quedó estupefacto, aturdido por un momento, más por la celestial visión que por el golpe. Por un momento se olvidó del frío y del dolor. Al fin se hizo consciente de su situación y comenzó a oír los denuestos que le dedicaba el cochero para que se apartase. Se hizo a un lado arrastrándose, más por verla mejor que por quitarse de en medio. El coche se puso de nuevo en marcha y cuando pasó por su lado pudo escuchar que el joven decía: "Oh, no te preocupes querida, es tan sólo un pobre indigente que ha debido cruzar sin mirar. Pero tranquila, esta gente está fortalecida por sus duras condiciones de vida, nada envidiables, por otro lado, y estará acostumbrado al dolor. ¡Pobre, qué Dios le ayude!". Un rayo de furia cruzó la mente del pobre escritor que pensó: "Sí, que me ayude Dios, porque tú estoy seguro de que no lo harás". Se encontraba tirado en el suelo con un fuerte dolor en el cuerpo, pero sobre todo en el alma por pertenecer a una clase social que jamás le daría la oportunidad de mantener siquiera un saludo con aquella mágica visión.

II. La chaqueta.

Se levantó como pudo, dolorido como estaba. Echó a andar y salió de la gran avenida. Iba refunfuñando y pronunciando juramentos hacia sí mismo, lamentándose de su penosa situación y autocompadeciéndose. Una oscura criatura lo había observado todo sentada tranquilamente desde las sombras del tejado de una casita baja. Sonreía divertida ante la escena que acababa de presenciar. El muchacho siguió andando, cuando de repente reparó en un bulto que había sobre un banco.  Se acercó. Era una chaqueta. En un principio pensó que se podía tratar de un harapo arrojado por un mendigo al que ya no le sirviese, sin embargo, a medida que se acercaba se sentía más atraído y embelesado por ella. Era una chaqueta de buena hechura. Diría que incluso emitía un cierto brillo inquietante. La cogió para verla bien. Al instante, el contacto con ella le hizo sentir bien, le hizo sentir seguridad y atrevimiento. Se la puso. Le quedaba perfecta, era de su exacta medida. Estaba hecha de una tela suave de un color azul vivo, pero oscuro. De pronto le asaltó un pensamiento: ¿y si era la chaqueta de algún aristócrata al que hubiesen robado y le veían con ella? Sin embargo, al instante desechó ese pensamiento, no por el miedo, sino porque algo le impedía desprenderse de ella, y además hacía demasiado frío como para quitársela. Se apresuró a volver al agujero que le servía de casa. En su camino de vuelta se topó con varios transeúntes que le miraban como maravillados y le cedían el paso llamándole "señor". Él sí que se maravilló y extrañó mucho todas y cada una de las veces que ocurrió aquello. Al llegar a la casa donde tenía su habitación alquilada, se detuvo en el espejo de cuerpo entero que había en el recibidor. El reflejo le devolvía una imagen casi irreconocible. Su pelo, aunque revuelto, ahora le hacía parecer atractivo y perfectamente peinado. Su camisa y pantalón raídos, seguían estando igual de estropeados, sin embargo, en el reflejo se veían como si fuesen prendas recién compradas. Se miró ilusionado, frenético, estaba en éxtasis de felicidad. No podía ser verdad. Le dio la espalda al espejo y se miró para poder ver cómo quedaba la parte de atrás. Perfecto. Parecía un auténtico aristócrata. La chaqueta le daba un aire de distinción y sofisticación a todo él, incluso a su expresión. Subió a toda prisa a su habitación. Abrió la puerta con pulso tembloroso debido a los nervios que en ese momento le invadían. Se quitó la chaqueta con cierta reticencia, le costaba desprenderse de ella. Incluso tuvo que hacer varios intentos antes de ser capaz de quitársela para ponerla estirada en la cama y poderla observar con calma. Desde algún lugar en la calle, una maléfica risa perteneciente a una oscura figura que se iba refugiando en las sombras mientras se alejaba de la casa, hacía vibrar el gélido aire.

III. La invitación.

Lo siguiente que hizo después de permanecer unos minutos mirando fijamente y con admiración la extraña chaqueta refulgente fue buscar en todos los bolsillos por si hubiere algo. Cuando metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta notó que había un sobre. Lo sacó. Iba lacrado con un símbolo que no conocía, pero tenía sus iniciales y por detrás llevaba su nombre completo. Lo abrió y sacó su contenido. Era una invitación a una fiesta de la alta sociedad en el palacio del barón de M... que se llevaría acabo el día siguiente, y él se encontraba invitado. La celebración consistía en un cocktail por la tarde y un baile posterior por la noche. Se encontraba aturdido. Cómo podía estar pasando aquello. Tenía que ser un sueño. Desde luego que normal no era. No sabía qué hacer. Cogió la chaqueta y la colocó pulcramente sobre el respaldo de la silla. A continuación se dejó caer en el catre y quedó desplomado sobre él. Habían sido muchas emociones en muy poco tiempo. Llegó el medio día y se desperezó como aturdido. De repente le llegaron de golpe todos los recuerdos del día anterior. ¿Había sido todo verdad o había sido un sueño? Se tocó el costado, le dolía. Miró hacia la silla y ahí estaba la chaqueta. Miró en la mesa y vio la invitación. No podía ser, todo había sido verdad. Se sentó en la cama y metió la cabeza entre sus manos. Se mesó los cabellos sin saber qué pensar. Confuso. Si todo era cierto, cómo iba a hacer para conseguir ropa adecuada para el evento. No tenía tiempo, y aunque lo tuviese no tenía dinero. Y su armario estaba vacío, tan sólo tenía las prendas que ahora vestía. Se exasperó. Se levantó, cogió la chaqueta y la arrojó furioso contra la pared. La prenda cayó inane al suelo. Dio varias vueltas a la pequeña habitación. Pateó el cubo que le servía como papelera provocando que se vertiese su contenido por el suelo. Se volvió a sentar en la cama y adoptó la misma postura que antes. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar con el recuerdo de aquella cara en su mente. ¿Por qué? ¿Quién le estaba haciendo esto? Darle la posibilidad de ir a una fiesta que le permitiría acceder a la alta sociedad y, probablemente, a la joven del día anterior, a sabiendas de que no podía ir impedido por su imposibilidad para encontrar adecuada vestimenta. Levantó la mirada y se maravilló muy mucho. Sobre la silla se encontraba perfectamente colocada la chaqueta, como si nunca la hubiese lanzado contra el suelo. Se levantó tembloroso. Aquello era cosa de brujería. La tocó. La acarició. No sabía por qué, pero tenía necesidad de tocarla, de mirarla, de ponérsela. Y eso es lo que hizo. Se la puso. En ese preciso instante, todos sus miedos y dudas desaparecieron. Se sentía perfectamente seguro de que podría entrar en aquella fiesta y en cualquiera que organizase el mismísimo príncipe. La fiesta comenzaba en dos horas. Cogió la invitación, la metió en el sobre y éste en el bolsillo interior de la chaqueta. Esperaba que no le pusiesen pegas por llevar el sello roto. Bajó a la calle para ponerse en camino, pues tendría que encontrar un medio de transporte que le permitiese llegar a tiempo, pero antes se miró en el espejo del recibidor. Estaba perfecto. Se veía mejor que nunca. Salió contento a la calle y recibió con anhelo y gratitud el frío viento en la cara. De pronto, una voz le sacó de su embeleso. Una voz rasgada que decía: "¿El Señor P. M.?". Era un hombre enjuto y encorvado que miraba hacia el suelo mientras sostenía su sombrero entre las manos a la altura del pecho. El chico dudó, aunque habían dicho su nombre, lo único que acompañado de "señor", no se fiaba de lo que ocurría. Aún así, por un impulso salido de no sabía dónde, dijo: "Emmm... Sí, soy yo". "Suba, por favor". El hombrecillo le abría la puerta de un lujoso carruaje al cual le invitaba a entrar. Entró. El extraño cochero se subió al pescante y atizó a los caballos. El carruaje arrancó, y desde dentro le pareció escuchar el eco de una risa, como si el cochero estuviese riéndose. Pero no era una risa desconocida, era una risa familiar que le había parecido escuchar en otra ocasión.

IV. La fiesta.

Llegaron sin ningún percance a la fiesta. El cochero le abrió la puerta y le hizo una reverencia mientras bajaba. El muchacho se acercó decidido hacia el portón de entrada al palacete. A su alrededor estaban terminando de llegar los últimos carruajes. Había comenzado a atardecer y el cielo se enrojecía poco a poco. Se giró una última vez antes de llegar al portón para mirar su carruaje. Estaba allí. Y, aunque no veía la cara del hombrecillo que había hecho de cochero, sabía que vestía una siniestra sonrisa que hacía eco en su interior. Sacudió la cabeza para desechar cualquier pensamiento que no fuese el de entrar ya a la fiesta. Se acercó al portalón y allí, el encargado de nombrar a los invitados en voz alta le pidió cortésmente su invitación. Él la saco un tanto dudoso, sin embargo se mostró sorprendido cuando vio que el sello de lacre estaba en perfecto estado, se había reconstruido. El hombre del servicio lo abrió y le nombró en alta y recia voz. "Adelante señor", dijo a continuación con una reverencia. Al llegar al gran salón se maravilló muchísimo. Jamás había visto tanta opulencia hiperbólica, tanta suntuosidad en los gestos de la gente, tanta palabrería vacía y tanta risa histriónica y falsa. Sin embargo le gustaba. Al pasar entre los diferentes grupos de personas, todos le miraban asombrados. Veían a un joven bello, esbelto, perfectamente adornado por su ropa, sobretodo por aquella chaqueta de tan buen gusto. Debía de pertenecer a una gran familia, eso estaba claro. Se le acercaban hombres a hablar de esto y de lo otro. Se le acercaban mujeres maduras que buscaban una escapatoria a la desidia de sus matrimonios en un posible adulterio posterior. Se le acercaban jóvenes ansiosas por encontrar un esposo digno y a la altura de su majestuoso abolengo. Sin embargo, él sólo la buscaba a ella. La buscaba con la mirada mientras le hablaban, respondiendo a las conversaciones sin interés, sin escuchar lo que le decían. En un momento dado fue a buscar una copa de vino y allí la vio. Ella había ido a lo mismo. Y se encontraron allí. Se miraron. Ella bajó tímida la mirada y sonrió. Él la ofreció conversación. Una conversación que jamás se habría imaginado ser capaz de mantener. Una elocuencia que no conocía en sí mismo. Ella respondió a todo con simpatía y con educada y tímida receptividad. En un momento dado, el caballero que la acompañaba en el carruaje que le había atropellado el día anterior, se acercó celoso e intentó dejarle en evidencia: "¿Y de dónde habéis salido vos, buen caballero? Su cara me resulta familiar. Me recuerda a un mendigo que ayer tuvo la desgracia de tropezar con nuestro carruaje". El joven sonrió y le contestó: "Me sorprende que alguien que jamás ha hecho nada por vivir en vuestra abundancia y comodidad muestre tal desprecio hacia alguien que no tiene qué comer y que que lucha cada día por poder sobrevivir. Para mí esa gente tiene todos mis respetos". El caballero se mostró un tanto ofendido y respondió con mucha pompa: "¡Ja! Me abruma que alguien de vuestra posición muestre tanto interés y preocupación por tales personas sin recursos. Es muy loable. Sin embargo, apostaría cada botón de oro de su chaqueta a que jamás se cambiaría por uno de ellos ni le ofrecería más ayuda que la que les ofrece con su vacío discurso para intentar emocionar e impresionar a una dama". El joven le miró con recelo y sonrió con ironía: "Tenéis razón caballero. Pretendo impresionar a esta dama, no a vos. Así que si no le agrada nuestra conversación, es de buena educación y saber estar el no interrumpir con palabras torpes y a destiempo una conversación a la que no ha sido invitado". Se giró hacia ella y le ofreció el brazo: "¿Me acompañáis a dar un paseo?". Ella miró al otro joven con cierta sensación de incertidumbre, pero dijo: "Sí, salgamos a pasear por los jardines. Hace una noche preciosa aunqe fría. Lo último que me gustaría sería que dos jóvenes apuestos se peleasen por una nadería así. Vayamos". Y así lo hicieron. Ambos salieron de allí y se adentraron en la fría y preciosa noche que arropaba los jardines con su oscuro manto.

V. Al final.

Llevaban caminando por preciosos paseos bordeados de vegetación un buen rato. La luna proyectaba sus sombras como si fuesen una sola. Ambos estaban fundidos en una vorágine de sentimientos que habían surgido espontáneamente en ese momento. Iban en silencio, disfrutando del contacto de sus brazos, que estaban entrelazados en un abrazo suave. De pronto ella rompió ese silencio y dijo: "Sentémonos en aquel banco". Fueron al banco y se sentaron. Estaban uno junto al otro. Muy cerca. Ambos sentían el calor que desprendía el otro. En ese momento se miraron bajo la atenta mirada plateada de la luna. El vaho que desprendían sus labios se unió en uno solo en el frío aire. Y un instante después sus bocas se unieron en una única cavidad. Se abrazaron. Ambos se sentían llenos de vida. Él notaba cómo ella se estremecía como si estuviese refrenando unos sentimientos que no debería tener. Por un momento se olvidaron de todo, del frío, de la discusión anterior, de la oscuridad. Sólo notaban sus corazones. Sus respiraciones. Ella dijo: "Deberíamos volver, no me gustaría que nos viesen". "No te gustaría que nos viese él, ¿verdad?". Ella miró hacia abajo un tanto azorada: "Sí". "Bien, vayamos. No me gustaría causaros problemas por nada del mundo". Se levantaron y comenzaron el camino de vuelta. Ella temblaba de frío. Él la detuvo delicadamente cogiéndola del brazo. Se quitó la chaqueta y se la puso: "Tomad, cubríos con ella". Ella le sonrió y aceptó la chaqueta con un encantador gesto. De repente, cuando se la hubo echado por los hombros y volvió a mirarle se horrorizó. Vio a un desastroso individuo, con harapos en vez de ropa. Sucio, despeinado. Retrocedió unos pasos aterrorizada y ahogando un grito. Él le dijo con preocupación: "¿Qué? ¿Qué os ocurre? ¿He hecho o dicho algo que os haya molestado?". Ella no contestó. Mutó su gesto del horror a la repugnancia y de la repugnancia al desprecio, y dijo con una voz chillona: "¿Quién sois vos? ¿De dónde habéis salido? ¿Dónde está el dueño de esta chaqueta que estaba aquí hace un momento?". Y comenzó a pedir auxilio llena de miedo. Él sin entender nada se miró y se vio. Volvía a llevar las desastrosas y remendadas ropas de siempre. Se tocó el pelo y lo notó alborotado y grasiento. También se horrorizó, pero intentó calmarla. Se acercó a ella diciendo: "Soy yo, dejad que os explique". Ella se apartó y bramó: "¡No! ¡No me toques sucio mendigo! ¡Aléjate de mí! ¡Auxilio!". De pronto, escuchó cercanos los pasos de gente corriendo hacia ellos. Él la miró una última vez y se fue a toda prisa sabiendo que no volvería a verla. Corrió tanto como pudo para salir de aquella propiedad. Desde la oscuridad una figura sonreía. Había presenciado toda la escena. De principio a fin. Ahora el muchacho, pensó aquel oscuro ser, se daría cuenta de que esa aristocracia a la que tanto aspiraba y con la que soñaba no era más que un cascarón vacío. Una carcasa superficial de sentimientos tan frágiles y huecos como la riqueza, y tan duros y fríos como la pobreza. Pero al menos tendría una historia sobre la que escribir y que seguro le comprarían y le haría famoso, tal y como quería. Y se rio. Una siniestra y gutural risa brotó de su garganta. El eco de sus carcajadas alcanzó al muchacho que no cesó de correr hasta llegar agotado y sin aliento a su casa, donde se refugió y lloró. Lloró porque sabía que jamás la volvería a ver. Y con ese sentimiento de desesperanza, de desasosiego, de ansiedad, de tristeza, de melancolía comenzó a escribir sin parar. Ninguna de sus hojas sufrieron su destructiva ira como había ocurrido tantas veces con las anteriores de sus compañeras. Lloró todo su dolor en tinta y papel. La demoníaca figura le observaba desde un oscuro rincón satisfecho. Y pensó divertido que, al fin y al cabo, no era tan malo ni protervo como le pintaban las Sagradas Escrituras. Y volvió a reírse. Esta vez para sí mismo.

domingo, 18 de diciembre de 2016

La vida sigue IV.

Se subió al metro en el que una vez pegasen la pegatina que regalaban en una bolsa de Jumpers. Hizo un transbordo y pasó por delante del banco de un andén donde una vez estuviesen juntos abrazados, dejando pasar los trenes. Salió del metro y bajó por el callejón en el que tantas veces se habían besado apoyados en la barandilla de la acera. Y vio el portal en el que se besaron por primera vez. Se detuvo un momento. Lo miró. Una sensación de extrañeza y nostalgia le invadió. Y pensó que ya nada podía hacer salvo continuar haciendo ese trayecto siempre hasta que nada le recordase a nada. Así que continuó su camino a casa, no podía hacer nada. La vida seguía.

Ahora.

El pedestal en el que estaba la idealizada escultura de tu cuerpo está ahora lleno de musgo. De moho. Líquenes han crecido alrededor de ti. Se está quebrando. Está agrietado.
La estatua en la que me sonreías está ahora vestida por una expresión en la que me miras con indiferencia y extrañeza.
Las fotografías tuyas que adornaban todas y cada una de las galerías de mi cabeza están ahora mojadas, empapadas en llanto. Descoloridas. Rotas. Dispersas por el suelo.
Del recuerdo de tu cuerpo en mis manos sólo queda una tristeza por saber que jamás volverán a tocarte. Y ahora te toca otro.
La alfombra que tuve extendida a tus pies está ahora deshilachada en algún rincón ignoto en mi interior. Sucia de barro. Los charcos han enturbiado su brillo.
Ahora sólo queda la nostalgia y la tristeza. El amor, la angustia y la ansiedad han desaparecido. Te has convertido en tristeza y nostalgia. Pronto no quedará más que un recuerdo borroso de aquello que pudo haber sido y no fue. Un recuerdo que siempre será triste y lleno de nostalgia.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Esperaz.

Salió un viernes más y fue a un garito mmmmuy pijo con unas personas del curro que frecuentaban esos sitios. A la sala "Diversión", así, en una traducción literal. Por lo visto hace las veces también de teatro, quién lo diría. Es como si el infierno fuese sólo infierno por las noches de fin de semana y un café lounge de modernos entre diario. O la Cañada Real fuese una biblioteca por las mañanas y un antro de perversión por las noches. Él llevaba sus pintas con el palestino, pantalón cagao y Eskorbuto en la cami, pero le dejaron pasar porque eran como ochocientas personas en el grupo y les compensaba a los de la discoteca. Pues en el garito casi le zurraron dos veces. Debía ser que esa gente que va a ese teatro antro no está acostumbrada a prendas sin cuello. Y también le llamaron anarquista, comunista, maricón, vasco (cuánto daño ha hecho "Ocho apellidos vascos"), le ofrecieron coca, pastillas y no se sabe cuántas drogas más. Esperaz. Esperaz. Pisad el freno. ¿Anarquista? ¿Comunista? ¿Vasco? Lo de maricón pase, por su fineza en los gestos. Putos prejuiciosos de mierda. Basándose en esa regla, o menstruación, él podría haber considerado a todas las pibas del garito zorras calienta pollas por ir vestidas de chabacanas con sus vestidos y bolsos de puta en Noche Vieja y tacones de tres pisos con ascensor. Y a ellos pijos fascistas de mierda, encefalogramas planos con el cerebro en la polla. Y probablemente no se equivocaría al llamárselo. Quizá ellos tampoco se equivocaban con los adjetivos y apelativos con que le habían calificado y designado.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Las tres puertas.

Había tres puertas frente a él. En cada una de ellas había un pequeño postigo para poder examinar el interior de la estancia a la que daba cierre. La primera puerta a la que se asomó era de madera firme, robusta. Con una buena cerradura. Y sobre ella había un cartel colgante en el que había escrito lo siguiente: "Amor conformista". Lo que pudo ver en su interior era una estancia sosa, pero adornada. Colores que abarcaban gamas de marrón, desde el pálido hasta el oscuro. Grises de uniforme. Paños de ganchillo sobre las mesas circulares y los respaldos de sofás clásicos. Había un crucifijo sobre la cama perfectamente hecha, así como fotos de antepasados sobre la mesilla. Y lo que era más terrorífico, varias camas pequeñas de niño, e incluso alguna cuna. Y había también una puerta que parecía que conectaba con la estancia colindante. Así que fue a asomarse a la puerta de al lado con una sensación entre el horror y el desagrado. La puerta que ahora miraba estaba enmarcada dentro de un arco dorado, resplandeciente, preciosamente tallado. Piedras preciosas estaban engastadas por todo el marco. La puerta era de una madera brillante, con tallas de cuerpos según los cánones griegos. Sobre ella había un cartel de plata con las letras grabadas con excelsa caligrafía en el que había escrito lo siguiente: "Amor interesado". Se asomó al postigo y miró dentro. Había una chimenea con un fuego encantador en ella. Cabezas de animales exóticos colgadas de la pared. Bellos cuadros que se alternaban con las anteriores. Alfombras persas, sofás de diseño, una piscina con cascada. Y todo tipo de adornos a cada cual más hermoso. Y caro. Y también tenía una puerta que supuso era la misma que había visto en la estancia anterior. Una puerta que las comunicaba. Se separó con una sensación entre el desagrado y la repugnancia. Así que fue a la tercera y última puerta. Era de chapa. Estaba oxidada. Rayada. Tenía un marco de igual aspecto desastrado y destartalado. Abrió el postigo y vio que en el otro lado de la mirilla había una pequeña reja a través de la que se mal veía dentro. No había nada en la estancia. Sólo manchas de humedad en las paredes. Musgo y pelusas en los rincones. Una cama deshecha y maltrecha. Y un pequeño escritorio con papeles sobre él. No alcanzaba a ver lo que tenían escrito, pero sí podía ver que estaban desgarrados. Otros estaban arrugados en bolas y dispersos por el suelo. Se apartó con una sensación entre la desazón y la desesperanza. Levantó la mirada para ver lo que ponía en el cartel. No había cartel. Lo único que había era unas palabras mal escritas directamente en la pared, de las cuales quedaba el rastro seco de la tinta que se había arrastrado desde las letras como un llanto mudo. Y lo que había escrito era lo siguiente: "Amor verdadero". Miró las tres puertas. Las dos primeras con asco y repelencia. La tercera con pena y resignación. Sin más, se dio la vuelta y salió por la misma puerta por la que había entrado.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

En bucle.

Se lio un cigarrillo adornado por la sustancia marrón que había comprado. Y le dio por fumar. Y al fumar le dio por pensar. Y al pensar le dio por recordar. Y al recordar le dio por sonreír. Y al sonreír le dio por reírse de sí mismo. Y al reírse de sí mismo le dio por autocompadecerse. Y al autocompadecerse le dio por darse pena. Y al darse pena le dio por darse asco. Y al darse asco le dio por llorar. Y al llorar le dio por fumar. Y al fumar le dio por pensar. Y al pensar le dio por...

martes, 13 de diciembre de 2016

Matando el amor II.

Quería llegar a un concierto con la Muerte y le dijo: "Te ofrezco mi vida a cambio de que mates a Cupido. Ese vagabundo abominable. Dios de lo ominoso. Hacedor de muerte en vida. Verdugo de enamorados.". La Muerte le respondió: "No puedo matar a un dios a cambio de algo tan simple como tu vida. Debe ser algo que desees más.". Él le contestó: "Te ofrezco la vida de ella, la persona que más he amado y amaré en mi vida, aunque no me pertenece puesto que hace tiempo me sacó de su vida.". "Entonces tampoco me sirve. Ha de ser algo tuyo, propio", contestó solemne la Muerte. Y él dijo vacilante: "Te ofrezco mi corazón. Te ofrezco todo el amor que he sentido, siento y sentiré por siempre hacia ella.". La Muerte le examinó inquisitiva desde su espesa oscuridad. Y tras un momento de reflexión dijo: "Vale. Dame tu corazón y mataré a ese nefando Cupido". Inmediatamente él se rasgó la camisa dejando expuesto su demacrado esternón para que la Muerte pudiese introducir sus garras que rasgaban la piel, quebraban el hueso, quemaban como un hierro incandescente, y que finalmente agarraron con codicia ese corazón chorreante cargado de amor y lo arrancaron, dejando ondulantes venas y arterias desgarradas por las que escapaban espesos hilos de sangre. La Muerte sopló sobre la palma de su mano extendida, y de su aliento surgió una mujer vestida completamente de negro cuyos cabellos, igualmente negros, se mecían contra el viento. Sobre ella revoloteaban hambrientos buitres y cuervos. Negros como sus ojos. Desapareció en la lejanía dejando tras de sí una neblina oscura. Cupido no volvió a disparar una flecha más. Y todo siguió igual. Todo el mundo seguía fingiendo que se amaba. Todo el mundo seguía autoconvenciéndose de que amaba. Nada cambió salvo él, que jamás volvió a ser capaz de querer de verdad. Jamás volvió a sentir esa angustia que precede al conocimiento de que se está empezando a amar. Por fin fue libre.

La vida sigue III.

Se subió al vagón del metro entre sollozos contenidos. Llorosa. Se agarró a una de las barras mientras sorbía el agüilla de la nariz. Pero cuando el dolor rebosaba tenía que utilizar las manos para enjugarlo. Llegó a su parada. Iba tan ensimismada en su tristeza que se puso frente a la puerta que daba a la vía en lugar de la que daba al andén. Y en su ensimismamiento incluso apretó el botón de apertura. Desde el rincón en el que estaba apoyado en el vagón la vio salir apresuradamente mientras el pitido de cierre de las puertas parecía reírse de ella. Desde su rincón pensó que cada uno arrastra su penosa condena de vivir. La vio marchar con cara de indiferencia. Total, ¿qué podía hacer por ella? Nada. Así que bajó la mirada de nuevo al libro y continuó su lectura. La vida seguía.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Desde mi ventana.

Hace frío y se ha levantado una niebla que parece que alguien ha hecho un submarino en la calle. En todas las calles. Desde mi ventana la veo. Densa. Espesa. Flotante. Dejando sus lágrimas en las ventanillas de los coches. En las hojas de los árboles y de las plantas. En las aceras. En las barandillas que duermen sobre las aceras. ¿Por qué hoy? ¿Por qué llora el aire hoy? ¿Quizá sabe que ayer se cumplió un año desde que empezó lo nuestro? Claro que lo sabe. Desde mi ventana puedo ver cómo llora sobre el primer portal donde juntamos nuestras lenguas por primera vez. Sobre la barandilla en la que nos apoyábamos. Sobre los durmientes coches que eran testigos de aquella tragedia. Ahora, el aire te echa de menos. La barandilla y los coches. El portal. Todos te recuerdan como yo te conocí. Sin embargo, su llanto no me deja ver bien. Veo esos recuerdos en mi cabeza tan borrosos como esos lugares a través de la niebla. Un año. Un año ya y la calle se empapa del llanto que esta vez no sale de mis ojos. Desde mi ventana me doy cuenta de que he contagiado mi dolor a mi entorno. Me fumaré otro de esos para que su niebla salga por las ventanas que llevo un año intentando cerrar y alimente en su dolor a la quejumbrosa atmósfera.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Tradiciones.

Me alegra que haya gente que todavía guarda las tradiciones tóxicas. Que van a misa los domingos. Que se santiguan justo antes de irse de putas. Que se casan porque es lo que tienen que hacer, e incluso permiten a sus familias entrometerse y decidir por ellos. Que sacian sus ansias de sadismo de forma legal yendo a ver cómo torturan a un animal hasta su muerte. Que siguen votando a sus líderes políticos que se cagan en sus cerebros. Que practiquen la ablación. Que respeten las pautas marcadas sobre qué ropa llevar y qué temas tratar en función de la edad que tengan. Menos mal que existen ellos, porque si algo tienen las tradiciones tóxicas, es que siempre va a haber alguien que las siga para hacerlas inmortales, y mientras ellos estén, no me tocará a mí tener que realizar ese trabajo tóxico.

Chaqueta con coderas.

Una chaqueta con coderas, y debajo una camisa de cuadraditos con coderas también. Eso llevan puesto para ir al curro. Hay algo que me inquieta, ¿llevarán también coderas en los calzoncillos para protegerse de los derrapes de sus tarzanitos? Imagino que si llevas rodilleras en los pantalones serás considerado un pordiosero que quiere tapar los agujeros que ellos asumirán por ciencia infusa e infundada, puedas llevar por ser un guarro que reutiliza demasiado los pantalones. Sin embargo, estoy seguro de que esos come bolsas están deseando que se pongan de moda también para poder tapar los agujeros que se les hacen de tanto bajar a comer polla de jefe. Las chaquetas con coderas siempre las he asociado a profesor de matemáticas, persona atípica y peculiar. Ahora no, ahora es símbolo de buen gusto, de decencia y de buena posición.

¿Una camisa con banderas pirata? Una camisa con dibujitos de una calavera y dos tibias ¿quién podría decir que algún día se pondrían de moda y se llegarían a ver como símbolo de elegancia? Pues ha llegado ese día. Ya puedes vestir camisas con esos motivos y que nadie te llame la atención, pero eso sí, no se te ocurra llevar una camiseta lisa negra. Nada, hay que llevar cuello, siempre y cuando lleve numeritos que simbolicen que juegas en algún equipo de polo, deporte de aristocráticos, reyes y príncipes. O con un caballo escala 1:1, o rosa fosforito, siempre y cuando lleve bordadas ciertas letritas que identifiquen cierta marca aceptada como una de las adecuadas para vestir bien.

Pantalones. Puedes llevar vaqueros siempre, claro, que te marquen polla y culo. No importa que parezcan mayas y que los lleves un palmo por encima del tobillo, pero eso sí, no se te ocurra ponerte unos vaqueros que tengan el tiro un poco caído, eso es herejía y símbolo de cerdo tirado. No es propio de alguien que va a picar piedra en una mazmorra situada en el sótano de cualquier oficina. Hay que ir bien vestido según los cánones de turno que algún subnormal de turno haya establecido para este año de turno, aunque los únicos rayos de luz que vayan a darte sean los de un fluorescente parpadeante o los de la pantalla del ordenador.

No importa que lleves pinta de mongolo votante del PePé, no importa que la camisa no te abroche porque tienes una barriga que impide que los botones cierren por debajo, no importa que podamos ver la marca de los cleenex que utilizan para marcar paquete a través de esos pantalones en los que se envasan al vacío, no importa que lleves una camisa o polo con dibujitos ridículos y nefandos si simbolizan algo relacionado con actividades de gente adinerada. Debes mantenerte dentro de ese camino marcado por unos guardarraíles que te mutilarán si pretendes salirte de ellos.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Por fin.

Llega un punto en el que abres los ojos. En el que te das cuenta de que tú también decides y tienes poder de decisión sobre todo esto. Y llegado ese momento te das cuenta de que ella ya no puede decidir por ti. Que ya no cuenta sólo lo que ella quiera. Cuenta lo que tú quieres. Y no se trata de que la hayas perdido. Se trata de que ella te ha perdido a ti.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Última visión.

Creo que pocas cosas he visto que sean tan torpes o aparatosas como un gato dando marcha atrás. Mis gatis ya están viejitos, ya no hacen piruetas cuando una goma pasa por encima. La cazan sólo si pasa cerca. El gato anterior que tuve murió sin estar yo en casa. Yo estaba en casa de mi abuela María, la persona que más he querido en mi vida. Y me llamó mi padre: "Leo ha muerto". Lloré. Mi abuela me preguntó y le dije que el gato había muerto. Y me dijo: "Hijo, ¿lloras por un gato?". Ella no era una persona insensible hacia los animales, pero no le daba esa importancia que le daba yo. Ése animal fue mi primera experiencia consciente con lo que es abrazar, espachurrar y amar. Le pedí a mi padre que no se deshiciesen de él hasta que yo volviese a casa. Cuando volví, estaba extendido sobre la mesa de la terraza cuan largo y gordo y negro y blanquito era. Fue el segundo cadáver al que besé. El primero fue mi madre. Y la sensación física fue parecida. Algo tieso, duro, sólido. Sabes que está muerto, y al tacto de los labios lo notas, no haría falta ver. Siendo ciego se nota la muerte cuando la besas. Después llegaron los otros dos, que ahora están mayores. En su momento pensé que gracias a Dios que no había visto morir a Leo. Ahora pienso que quiero ver morir a mis gatos. Quiero estar presente en el momento en que dejen de respirar, igual que en la cama del hospital con mi madre. O en mi cama con mi abuela María. Mi abuela murió mirándome. La chica que cuidaba de ella en mi casa, porque mi hermana y yo no podíamos por trabajar doce horas al día, me dijo: "¡Pablo, ven! ¡Se ha muerto!". Yo salté de la silla y fui a mi cuarto. Ella estaba en mi cama, tumbada inane. Me senté en la cabecera. Le puse el brazo bajo la nuca y la levanté para mirarla y poner mis labios en su nariz para no notar su respiración. Y en ese momento ella abrió los ojos y me miró. Muy fijamente, como pidiendo auxilio, o como despidiéndose desesperadamente de mí, como diciendo "no he podido decirte adiós en voz alta". Y yo la miré. Y me sostuvo la mirada. Y dio una fuerte respiración. Y murió. Yo no creo en misticismos, pero sí creo que ella esperó a que yo estuviese con ella para irse. Y después de vivir dos muertes ante mis ojos y en mis manos, quiero que las otras dos que están por venir también sean ante mis ojos y en mis manos. Y quiero palpar con mis labios sus cadáveres. Quiero que, antes de que desaparezcan, hayan pasado por mis labios por última vez. Quiero que me miren al morir. Y que sus ojos pidan a los míos una respuesta afirmativa. Que sepan que nada va ser igual cuando no estén y que les he amado. Ahora que tengo experiencia en ver morir y voy a saber reaccionar, quiero verles morir. Y si me toca a mí primero, quiero que mi última visión sean ellos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Por última vez.

Me gustaría saber a cuántas personas más de las que quiero y querré estaré condenado a verlas por última vez mientras siga con vida.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

A la luz de la luna.

Pasó la mano por encima del libro que llevaba varias décadas durmiendo en el mismo lugar. Sus dedos dejaron surcos temblorosos como su envejecido pulso sobre el polvo. Lo abrió y buscó una página concreta. Una página en la que ella, un día hacía varias décadas, había remarcado un fragmento que rezaba como sigue: ""Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré -afirmó Carmilla-. A no ser que me enamore de ti...". A la luz de la luna, parecía más hermosa que nunca. Tras dirigirme una tímida y extraña mirada, ocultó la cara en mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parecía a punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su delicada mejilla abrazaba la mía. Murmuró: "¡Querida! Yo vivo en ti, y tú morirás en mí. ¡Te quiero tanto!". Me separé de ella. Carmilla me miraba ahora con unos ojos de los que habían desaparecido el fuego y la vida. Y como si saliera de un sueño, añadió: "Regresemos. Volvamos a casa."". Esto era lo único que le quedaba de ella. Se sentó en su eterna silla frente al ordenador con una canción en bucle y la dosis de droga que le habían dicho era letal. Se la inyectó. A los pocos días le encontraron muerto sobre la silla, frente al ordenador, con la canción "Smile" de World's End Girlfriend de fondo y con una sonrisa amarga en la cara y una página entre las manos, arrancada de un libro, con un fragmento resaltado que rezaba como sigue: ""Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré -afirmó Carmilla-. A no ser que me enamore de ti...". A la luz de la luna...".

lunes, 28 de noviembre de 2016

El alta terrorífica.

Le iban a dar el alta en unos pocos días. Iba a volver al trabajo. Estaba acojonado. Acojonado por la posibilidad de encontrarse con ella. La única persona que había logrado llegar al núcleo, a la más profunda de las murallas concéntricas que le recubrían. La persona que más había amado, amaba y, creía, que amaría nunca. No se veía preparado para afrontar un encuentro, que lo más probable es que fuese un encuentro que daría pie a una situación antinatural, una situación en la que dos personas que se han querido como nada en el mundo, que se han entrelazado en la cama llegando a cotas de placer y niveles de abstracción por encima del común de los mortales, se ven limitados y obligados a ignorarse o como mucho decirse un "hola" de pasada. Ahora mismo cualquier opción le derrumbaría. Tanto si ella le hablase de forma normal, tanto si ella le ignorase, tanto si sólo le saludase y después le ignorase, como que ella quisiese tener una conversación sobre lo que había ocurrido. Todo le acojonaba por igual, sabía que le iba a derruir con tanta facilidad como Godzilla un rascacielos. O no, quién sabe. Lo único certero es que volvía y no quedaban más cojones que afrontarlo. Y así lo haría.

Pasando la ITV.


I.

Lleva sonando el despertador desde las ocho cero cero de la mañana. Son las once menos diez. Lleva sonando el despertador tres horas y tú dándole al snoozer sin parar de forma automática, solamente te enteras de que está sonando a la hora límite que te habías puesto mentalmente al acostarte el día anterior como tope para levantarte. Estoy convencido de que eso es una mejora evolutiva del ser humano. Bueno, te levantas, te desayunas las dos pastillitas, antidepresivo y ansiolítico, utilizando el agua de la jarra que está al lado de tu cama que solamente lleva dos días estancada ahí y tiene cuatro pelusas flotantes de pelo de gato. Más sustancia. Vas al baño y te duchas. Y cuando vas a coger el albornoz, porque eres un vanidoso y usas albornoz, no está, al parecer la asistenta lo echó a lavar y estará en las cuerdas de la terraza secándose. Sales de la ducha en un estado de hipotermia casi everéstico y te secas como puedes con la toalla de las manos. En ese momento, mientras los dientes te castañetean, te das cuenta de que no te has llevado la ropa para vestirte y vas a tener que salir en pelotas y llegar hasta tu cuarto sin que te vea la asistenta. Abres la puerta del baño y te asomas, agudizas el oído para ver si está cerca. No, no lo está. Sales corriendo con la campana penduleando y tañendo contra tus muslos. Tolón tolón. Llegas a la habitación y tienes que buscar la ropa entre el revoltijo de la silla. Pero primero tienes que mirar en el cajón de la ropa interior si te queda algún calzoncillo limpio y no tienes que repetir el de los días anteriores. Todo sale bien, tienes calzoncillos limpios, calcetines y encuentras rápido la ropa que te vas a poner. La camiseta es la del pijama, así que no había problema, estaba sobre la cama a la vista, los pantalones, los que estaban los primeros en la silla, y ya luego la sudadera, el palestino y el Carhart.

II.

Te bajas a buscar el coche, pero el portero te intercepta, muy majo, pero muy hablador. "¿Qué, vas al médico a por el alta?", pregunta un tanto intrusivo. "No, voy a buscar el coche para pasarle la ITV", respondes simpático, porque eres simpático además de vanidoso. Y lo siguiente que te dice es: "Hay un cadáver ahí tirado en la calle". Claro, te descojonas porque la frase no tiene  desperdicio y no sabes a qué viene. "No no, en serio, acaba de morir una mujer". Y sin que le preguntes te cuenta muchas cosas, te dice la edad que tenía, de quién era madre ("de la de la peluquería que está allí donde el chino que tiene unas escalerillas"), el motivo del deceso, "parada cardiorespiratoria", y por poco no te dice la ropa que llevaba puesta y la talla. Lo único que puedes responder en el sopor en el que te hacen flotar las pastillas es: "Joder, qué mal rollo". En esto que llega un vecino, uno de esos que jamás abre la boca para decir un hola ni un gracias, sin embargo parece interesado en las lucecitas de colores que hay al fondo de la calle y pregunta: "¿Qué ha pasado?". Y el portero responde: "Que se ha muerto una señora, Dios la tenga en su gloria". Tus neuronas no dan más abasto, tienes que salir de allí, bastante tienes con tener que llevar el coche a pasar la ITV. En ese momento de despiste que se ha producido por la pregunta del vecino coges y dices: "Venga, hasta luego, que me voy a lo de la ITV". "Adiós" responde el portero, que no el puto vecino que ya tendrá con el suceso dos horas de conversación con su mujer, ya tiene hecho el día.

III.

Por fin te pones en camino para encontrar el coche que está aparcado, según las indicaciones de tu hermana, en tal calle en la acera de la derecha en la puerta lateral de tal colegio. Tú vas y llegas al punto concretado. Ahí no hay coche. En ese momento tus no ganas de tener que conducir y pasar la ITV, trámite del que, por otro lado, jamás te has encargado, y tus ganas de quedarte en casa te sugieren la idea de que igual se lo ha llevado la grúa o lo han robado, por lo que como no puedes hacer nada tendrás que volverte a casa y llamar en un rato a tu padre o hermana para poder acordar un plan de actuación para el día siguiente. Sin embargo, la responsabilidad te puede, porque aparte de vanidoso y simpático eres diligente. Así que se te ocurre la buena idea de dar una vuelta al colegio por si acaso el coche no estuviese exactamente en ese punto. ¡Tate! Lo ves en la calle paralela. Te subes y pones un CD, que aunque no suele pillarlos, confías en que esta vez lo coja y suene. Tarda pero lo coge, ¡puta madre! Pones el GPS del móvil para poder llegar al taller, que eres un cepo de la orientación. El CD deja de sonar a la tercera canción. Y aunque tampoco seas un ser multitarea, te ves fuerte para, mientras conduces adormecido por las pastillas, sacar el CD, echarle vaho y limpiarlo contra la pernera del pantalón. Lo vuelves a meter, pero tampoco funciona. En ese proceso has podido atropellar a una vieja con su carrito, darle por detrás a un coche y empotrarte contra los coches aparcados a la derecha, pero no ha pasado nada de eso. Flipas, no sabes si por las pastillas o porque no ha pasado nada. Te jodes y tienes que poner la radio, ROCK FM, manda cojones que eso sea lo único escuchable, y encima, aparte de escuchar las subnormalidades del locutor que se ve que le cuesta leer el texto que le han puesto delante para dar datos inútiles sobre la mierda de música que suena, llegas a la mejor parte que tienen todas las cadenas y programas de radio, esa parte en la que participa el pueblo, la plebe. Lo llaman el trío, por lo visto eliges tres canciones y te las ponen. Lo curioso es que si hacen eso del trío no sé cuántas veces al día y todos los días con propuestas de gente diferente, cómo es posible que todos elijan siempre las mismas. Es como la Santísima Trinidad, un misterio que sólo es resoluble por un acto de fe.

IV.

Llegas al taller de la ITV, sólo te has equivocado dos veces por no hacer caso de lo que decía el GPS, no porque no quisieras hacerle caso, sino porque ibas tan anonadado con los temazos de la radio y dándole vueltas al misterio anteriormente mencionado que se te pasa. Bueno, que llegas. Aquello es una sobredosis de información, la cual la tienes que asimilar en décimas de segundo, porque hay coches detrás. A la izquierda hay una especie de parking, delante los barracones donde imaginas inspeccionan los coches, de frente a la derecha una especie de control de peaje con tres carriles, uno para "Cita previa", otro que no pone nada y el tercero para "Sin cita previa o vehículos desestimados (o algo así)". Vas pegado al volante, guiñando los ojos con el ceño fruncido para enfocar mejor de lejos, con el cuello estirado como un pájaro y acariciándote con una mano la perilla, porque no estás seguro de en qué carril debes meterte. A ver, cita previa no tienes porque no has pedido, en el que no pone nada, parece ser que no hay nada que hacer porque no hay ningún coche esperando, así que vas al tercer carril, donde había un vejete con su coche asomado a la ventanilla y sacando y metiendo papeles dentro y fuera del coche, respectivamente. Eso te da confianza. Vas y te pones detrás. Cuando termina avanzas hasta la taquilla. La ventanilla consta de un cristal negro a través del cual no puedes ver y no sabes si hay un ser humano, y como no escuchas a nadie que te diga nada buscas el típico botoncito de los peajes que da los tiques, pero no lo hay. Te extrañan dos cosas, una que no haya botón, y otra que en caso de que no haya nada de botones, con quién intercambiaba el señor de delante los papeles. De pronto una voz te da los buenos días y te quedas mirando a la ventanilla oscura. Hay una especie de criatura en esa madriguera que te ha estado observando durante medio minuto cómo te movías como un reptil disminuido psíquicamente dentro del coche y asomándote por la ventanilla buscando algo. Total, que le respondes a los buenos días con un "Hola, oye, ¿qué papeles tengo que darte?". Y te contesta: "El permiso de circulación y la ficha técnica del vehículo". Bueno, tus neuronas están en su punto de ebullición, llevan trabajando sin parar y a un ritmo frenético desde que te levantaste hace media hora. El permiso de circulación, piensas. Y sacas el carné de conducir y se lo das. La mística voz te dice: "No, eso es tu carné de conducir. Necesito el permiso del coche". "Efectivamente", respondes, "Es mi carné de conducir". Pfffff, y qué cojones es el permiso del coche y dónde está. Sacas de la guantera un librito verde, lo abres y allí ves cien millones de papeles con letras como escritas a máquina, un nuevo jodido infierno de información. Coges un librito pequeño que hay dentro y se lo das. "Esto es", te dice, puf, alivio oportunísimo, una cosa menos. Ahora toca la ficha técnica. "Perdona, qué es la ficha técnica", hay que tener en cuenta que todo esto sucede mientras tu mente está vestida como por una especie de neblina por los pastillotes y pelusas de pelo de gato que desayunaste. "Un papelito verde con sellos bla bla bla". "Emmmm, sí, mire, aquí está", y le entregas toda la carpetita verde con tooooooodos los papeles, y le dices: "Alguno de esos será, ¿no?". "Sí, éste". Hale, todo resuelto, te devuelve todo y te dice: "Por vía 2". "Venga, muy amable, gracias por nada", y te vas a la vía 2.

V.

Pasas por la vía 2 y te inspeccionan lo único que le quedaba al coche por inspeccionar y por lo que no había aprobado la vez anterior que lo llevó tu padre. Todo bien. Sueltas el aire de tus pulmones aliviado, y por el ojete también exhalas un suspiro de alivio para celebrarlo. "Adiós pringaos, hasta dentro de un año", piensas. Para salir de allí no te pones el GPS, imaginas que las indicaciones de las señales y tu memoria prodigiosa para recordar los sitios por los que pasas te servirán. Efectivamente, no te sirven, habías confiado demasiado en tus capacidades, así que te pierdes en una glorieta. Te quedas dando vueltas, una, dos, tres, cuatro y hasta cinco, hasta que eliges una salida al azar, a algún lugar llevará. Hoy es tu día de suerte, has acertado. Sales a la autovía y te vas satisfecho a casa. Al parecer, al volver, como no ibas muy seguro de por dónde ibas y conducías al límite inferior de velocidad, has irritado a unos cuantos conductores que te pasan pitando, mirándote mientras sueltan juramentos mudos y echan maldiciones. Imaginas que pensaban que al volante iba una señora de cincuenta años, pero no, eras tú, hijos de puta. Pero no les guardas rencor, de hecho, cada vez que te adelantan cabreados les saludas dedicándoles tu mejor sonrisa irritante. Esperas que hayan llegado a un estado de irritación tal que les haya petado la almorrana. Y nada, llegas a tu casa sin mayores percances. Subes. Y lo que haces es saludar a la asistenta y refugiarte en tu cuarto. Te lías un petardo de los que no explotan y te pones de fondo "My Sound" de Skarra Mucci en bucle, un rastafari que una amiga tuya ha tenido el acierto de darte a conocer, se lo agradeces muchísimo mentalmente, esperas que le lleguen las vibraciones. Esa canción y no otra, y ese porro y no otro, es lo único que necesitas en ese momento, porque si algo eres aparte de vanidoso, simpático, diligente, cepo de la orientación y señora de cincuenta años al volante, es un fumeta anacoreta misántropo que quiere que le desenchufen de Matrix de una puta vez.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Maldita miseria.

Se mesó el tupido vello púbico mientras los miraba. Con esa misma mano se mesó el tupido cabello craneal mientras los seguía mirando. Él estaba apoyado en la barra con una copa en la mano que no había mesado nada. Ellos dos no estaban hacia donde él miraba. Estaban en su imaginación. Felices. Recostada ella sobre él en el sofá. Ambos se querían mucho. Él seguía mirándoles mientras le daba sorbos a la copa que le alimentaban los lagrimales. Se imaginó con ella en el lugar del otro. Movió la cabeza dando cuenta de su estupidez. Tenía que dejar de pensar en ello. Tenía que olvidar aquello tan pronto pudiese. Se volvió a mesar el  tupido vello púbico. Y en esto se le ocurrió una idea. Nada novedosa, pero que le venía bien, o eso creía. Dejó la copa sobre la barra y disimuladamente se puso a manufacturarse un canuto. Eso, eso y no otra cosa le tenía que hacer olvidar, al menos durante aquella noche, la imagen que le torturaba. Se fue fuera del bar y se lo encendió. Se mesó el tupido cabello craneal. Los seguía viendo. Terminó el porro y seguía viéndolos, incluso fuera del garito. Maldita miseria. Cómo olvidar entonces. Qué hacer. Ante la perspectiva de no poder hacer nada para cambiarlo se mesó el tupido vello púbico y volvió dentro del bar. Y volvió a beber. Y volvió a arroparse con la misma miserable miseria de siempre.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Gris.

El color de las hojas. El suave mecer del viento frío que las acuna lentamente. El edredón mullido que arropa la luz del sol bañando las calles de luz gris. El suelo mojado oscurecido por la lluvia recién caída. Todo es más relajante. Incluso el sonido de fondo de la calle que se cuela por la ventana entreabierta, las sirenas que se escuchan a lo lejos, todo está cubierto por un manto de romanticismo, tristeza y languidez que se convierten en la mejor compañía, en la única que no incomoda. Gris, no te tornes negro. Tampoco tomes una gama colorida. Mantente, gris, conmigo, no salgas de mí.

martes, 22 de noviembre de 2016

Maldigo.

Quiero volver a dibujar tus contornos con mi lengua. A leerte las clavículas y la cara con mis dedos. Quiero poder olerte hasta que mis pituitarias se atrofien y en mi boca sólo quede hueco para tu sabor. Quiero que ocupes el resto de mi cama que no ocupan los gatos. Maldigo el día en que los dioses jugaron a entrelazar nuestros caminos y nuestros cuerpos para luego separarlos sin más. Maldigo a la vida que siempre me hace llegar tarde a todo lo que me gusta. Me maldigo por no haber sido capaz de mantenerte a mi lado. Por no haber podido hacer que nuestras salivas fuesen la misma y una sola para siempre. Maldigo el espacio que nos separa. Maldigo la distancia que no permite que respire del aire que exhalas. Maldigo mi existencia, más miserable y penosa cada unidad de tiempo que no compartimos. Y maldigo mi incapacidad para querer olvidarte.

sábado, 19 de noviembre de 2016

El amigo tonto.

Es viernes y sales a dar una vuelta con tus colegas, por qué no. Vas a Lavapiés, que si Achuri, que si Revuelta, que si Calvario que si... cualquier garito que mole de allí y todavía no haya sido conquistado por los pijos modernos decapitables, como sucedió con Tribunal y Malasaña. Resulta que acabas en Alonso Martínez. Alonso Martínez. Hacía cuánto no pisabas esas aceras. Mil años. Pero no importa, una noche es una noche. Vas a un garito al que no ibas hace millones. Casi consigues que te echen por intentar coger una parte del mobiliario del garito. Bueno, salvas la situación porque antes te hiciste medio amigo del puerta cuando fumabas. Tú sigues a tu historia, y llega una piba, a la cual tú no has hablado, es ella la que te habla. Y te empieza a dar una chapa psicológica del porqué no miras a los ojos cuando hablas, del porqué mueves tus manos de tal manera psicótica. Y piensas una cosa, y lo intentas reproducir, pero va tan pedo que no te deja, pero lo intentas: "a ver chica, no te miro a los ojos porque puede que tenga un problema, sólo miro cuando estoy acorralado y tengo que atacar, no te toco porque no quiero contacto humano, muevo las manos así porque sí, no tengo explicación". Pero ella sigue insistiendo y acercándose a tu boca, y te apartas, porque no estás en condiciones de querer nada, ni de liarte, ni de besos, ni de follar. No quieres, tienes a otra persona en mente, aunque no deberías, pero es así. Y cuanto más te retiras cortésmente, más se acerca. De hecho casi te obliga a que la invites a acompañarte a por una cerveza. Y cuando llegas a la barra, llega el colega idiota. El típico que nunca, jamás, se la va a follar, pero que si él no puede, que nadie pueda. El típico panoflas de la uni que lleva detrás de ella más de un día y patosamente lo intenta, pero es que pasa de él, pero lo sigue intentando, y pasa de él, hasta tal punto que te buscó a ti. Sin embargo, le come el tarro cuando ha llegado a la barra a pedir el tercio para los dos, para ti y para ella, para ambos. Y es en ese punto cuando de repente ella parece entrar en razón y, de repente, hace que no te conoce, hasta el punto de mirarte mal. Entonces, miras en derredor, te miras las manos, miras el tercio que no querías, al cual te iba a invitar. Miras. Y se pira. Se pira el tonto de las pelotas y la piba, tonta de las pelotas. Y te quedas con cara de "quécojoneshapasadosiyonoqueríanadaconnadienitampocountercio". Y qué haces después de haber aguantado la chapa de la piba, las miradas del tonto y el truco o trato en el que te toca pagar el tercio, pues pagas el tercio. Y al final igual ni te lo bebes. Te piras del garito con la sana intención de asesinar a gente, con las ganas de ser Anomander Rake con un porro en la mano, y en la otra Dragnipur para decapitar a infames. Sobre todo a esos subnormales que jamás follarán y que quieren que el resto no folle debido a su inutilidad para conseguir acceder a unas bragas.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Carta sin destino II.

Se encontraba sentado en un banco frente al buzón de correos amarillo. En una mano llevaba una carta para ella. En la otra portaba un porro. Le dio una calada mientras se dejaba congelar por el gélido aire que le acariciaba implacable y sin remordimientos. Exhaló el humo y lo miró. Lo vio retorcerse indefenso y a merced del ataque de la potente brisa. Sintió su sufrimiento como si fuese el suyo propio. Mientras, pensaba en qué era más complicado y doloroso, si el tener que olvidar a alguien por imposición, o el hecho de querer ser olvidado por ese alguien. Miró el sobre con la carta. Miró el buzón. Miró el porro. Le dio otra calada y saboreó el mareo. Ciertamente, no tenía ni idea de qué le costaba más, si olvidarla o que ella hubiese decidido olvidarle, pero aquello qué importaba. Así que tiró la chusta al suelo y volvió a mirar el buzón. No la metió en él. Si ella había decidido olvidar, para qué insistir en mantenerse en el recuerdo de alguien que no quiere ese recuerdo. Y como no era amigo de la insistencia cansina y contumaz, la partió en dos mitades. Y luego en otras dos. Y así hasta que ya no pudo hacer más pequeños los trozos de papel. Y lo que hizo después fue verterlos como lágrimas en la papelera que había al lado. Para qué entregarla.

lunes, 14 de noviembre de 2016

La flor.

Había un payaso con la chaqueta un poco raída y descolorida. Los calcetines desparejados en altura, uno por el tobillo y el otro por la pantorrilla. La pintura de la cara se le había corrido y mezclado. Se encontraba en un hermoso y fértil campo de flores. Las había de todos los tipos y colores. Iba encorvado, como buscando algo. Rápidamente, la noticia se había extendido por entre todos los animales de aquel vistoso campo. Un colibrí se acercó y le dijo: "¿Qué es lo que buscas payaso?". "Una flor. He perdido la que tenía en la solapa y estoy buscando una con que sustituirla", respondió el payaso en un tono plañidero. "¡Oh! No te preocupes por eso", dijo el colibrí en un tono desenfadado y alentador y prosiguió: "Aquí tienes todas las flores que quieras, seguro que encuentras una con que sustituir a la anterior. Mira, allí están las más grandes y hermosas, hazme caso, que yo desde las alturas puedo verlas todas y te aseguro que son las mejores". El payaso le dio las gracias con una reverencia sosteniendo su mustio sombrero entre las manos y a la altura del pecho y fue a ver. Las observó y examinó con paciencia, pero aquello no le satisfacía. Cogió algunas y las acarició, pero es que él no quería esas grandes flores de fuertes tallos, él quería su flor. Tal y como era, tal y como había sido. De pronto escuchó una voz que le dijo: "Payaso, sabemos lo que buscas y entendemos del tema". Una pareja de regios y maravillosos ciervos se encontraba frente a él: "Allá encontrarás las más sabrosas y revitalizantes flores que jamás hayas visto", dijo el ciervo macho a la par que hacía un ademán con la cornamenta para señalar. El payaso le dio las gracias humildemente de igual forma que al colibrí y marchó para allá. Efectivamente, se las veía flores sabrosas y jugosas. Buscó un rato, pero aquello tampoco le satisfizo. Él no quería flores sabrosas ni jugosas, él quería su flor. Tal y como era, tal y como había sido. Quedó triste, casi sin esperanza, cuando de repente escuchó un zumbido junto a su oreja que le decía: "Señor payaso, no hagas caso de ninguno de estos ignorantes, mira allí", era una abejita pequeña que señalaba con una de sus patas hacia allí. Continuó: "Allí se encuentran las flores más llamativas, de colores más vivos y con el mejor polen de toooooodo el campo". El payaso repitió una vez más su reverencia y fue hacia allá. Sí, definitivamente allí se encontraban las flores con los brillos más encantadores que arrobaban los sentidos. Unos colores como antaño hubiesen cubierto su rostro alegre. Buscó. Buscó. Cada vez más encorvado. Llegó a encorvarse tanto que acabó gateando. Ya comenzaba a anochecer cuando una silueta negra crascitó frente a él. Un enorme cuervo negro de brillos azulados le miraba entre curioso, entretenido y apenado. Le dijo: "Payaso, te llevo observando todo este tiempo. Eres un necio, si me permites el adjetivo. ¿Tanto querías a aquella flor?". El payaso le miró lloroso y asintió con el sombrero entre las manos a la altura del pecho. El cuervo dijo: "Si tanto la querías ¿crees acaso que aquí o en cualquier lugar vas a encontrar una sustituta? ¿Crees que ninguna de estas flores se puede igualar en belleza y compañía a la que antes vestías en tu solapa?". El payaso negó con la cabeza convulsionado por el llanto. "Por mí puedes quedarte aquí", continuó el cuervo: "Yo no soy ningún experto en flores pues no me alimento de ellas ni me gustan. Me alimento de carne muerta, como en la que te convertirás tú si sigues buscando a la sustituta. Puedes seguirla buscando o puedes irte y dejar de buscar. Si dejas de buscar, lo peor que te puede pasar es que nunca encuentres otra flor, y lo mejor, que aparezca sola como apareció la anterior. Si sigues buscando, tanto lo mejor como lo peor es que nos sirvas a mí y a los míos de comida. Tú decides". Y sin más el cuervo desapareció en la oscuridad. El payaso miró hacia el lugar por el que se había marchado aquel misterioso ser y se puso el sombrero. Sin decir nada, comenzó a caminar sin dejar de llorar para salir de allí mientras agradecía mentalmente y con verdadera efusividad las palabras del cuervo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones.

Primavera.
Vas por el parque que está al lado de tu casa. Vas observando lo bonito que está, los distintos verdes de la hierba y de los árboles. Las flores y sus aromas. Y hablando de aromas, en ese momento te percatas de que tienes el demonio llamando a las puertas de tu ano. Te subes rápido a casa y entras en el váter. Ya no huele a flores, pero te sientes florecer. Y así es como se giña en primavera.

Verano.
Estás en cualquier albergue o camping. Un incómodo apretón te estruja los intestinos, todos, el grueso y el delgado. Llevas comiendo demasiados días seguidos pan de molde recalentado en el maletero del coche o en la mochila o en la tienda de campaña, con salamis y chorizos avinagrados de oferta, recalentados de igual manera. Vas a los baños y recorres una a una las puertas a ver cuál es el claustrofóbico habitáculo libre que tenga menos mierda. Los hay que tienen un pastel y no precisamente de miel, como decía Mamá Ladilla. Encuentras uno que, sin ser de tu agrado, puede valer. Pones los cuatro papeles que separen tu piel del plasticucho de la taza y te alivias. Te quedas nuevo, sales como salen las zapatillas de la lavadora, como nuevo. Y así es como se giña en verano.

Otoño.
Vuelves a casa. El ambiente está fresco y húmedo. El cielo lluvioso y el suelo mojado. Te gusta. Sin embargo eso es peligroso, las hojas pegadas a la acera resbalan. Y te resbalas, y en el acto de hacer el esfuerzo para no escoñarte aprietas todos los músculos de tu cuerpo, incluido el vientre. ¡Uy! Casi te hostias y casi te giñas por partes iguales. Es necesario llegar a casa. Llegas y vas directo al váter. Ni siquiera te pones la ropa de estar a gusto en casa. Y te alivias en tonos muy a juego con la estación. Y así es como se giña en otoño.

Invierno.
Llevas giñándote todo el día en el curro, pero pasas de ir ahí porque te da asco, aparte de que la giñación es un acto que hay que hacerlo a gusto y relajado, y en el trabajo no se da ninguna de esas dos condiciones. Estás volviendo a casa y parece que se te han pasado las ganas. Pero tu cuerpo es sabio y detecta, no se sabe cómo, que estás cerca. Y cuanto más te aproximas a la puerta de tu casa, lo que antes no te incomodaba ahora empieza a empujar como la escoria del metro para entrar por las mañanas al vagón. Llegas al váter. Hace frío, y la taza está congelada. Así que lo primero que apoyas son las manos en la parte delantera para, a continuación, situar sobre ellas la parte delantera de tus muslos y minimizar daños. Pero los glúteos caen a plomo sobre la parte trasera de la porcelana. Todo se te encoge, incluso el orto. Hasta la caca, que antes se la veía tan intrépida, desrecorre el camino que había estado haciendo durante todo el día. Y cuando ya se ha quedado la taza caliente, ya la caca decide que puede salir y se lanza al agua como los niños a las piscinas, haciendo una bomba. Y así es como se giña en invierno.

Conclusión.
Como decía Eskorbuto, "y en el culo tengo una herida por donde se escapa toda mi vida".

Telefonillo cabrón.

Estás solo en casa esta semana porque tu familia se ha ido fuera. Por fin estás solo. Completamente solo. Salvo por la inapreciable compañía de tus gatos. No esperas ni siquiera al cartero comercial. Te terminas de manufacturar uno de esos que te nubla los sentidos compartiendo silla con uno de los gatos. De pronto, y sin venir a cuento, suena el telefonillo. Todos os sobresaltáis, los gatos y tú. Te encoges en la silla cual rata acorralada en un rincón del susto que te ha dado aquel estridente sonido y miras hacia la puerta de tu habitación asesinando mentalmente a quien haya tocado el botoncito del telefonillo. Los gatos, más ingeniosos, también se sobresaltan y corren a refugiarse en la oscuridad del armario. Por un momento te planteas el hacerte pasar por gato e ignorar la llamada, pero no, vas a abrir. La chica de la limpieza. ¿La chica de la limpieza? Pero para qué vienes, si estoy solo y casi no mancho y ya he fregado yo los cacharros joder. La abres con desgana y esperas a que suba. Cuando llama al timbre te vuelves a sobresaltar, no esperabas que tardase tan poco en subir. Abres, saludas, mantienes una conversación lo más cortante posible, pues tiene gran capacidad para el habla superflua e inoportuna y te vas a tu cuarto. Y lo que haces es cerrar la puerta y meterte en el armario con tus gatos hasta que el peligro haya remitido y vuelvas a estar solo.

sábado, 29 de octubre de 2016

Y sigo.

Y sigo pensándote  como si tú pensases en mí. Y sigo escribiéndote como si me fueses a leer. Y sigo llorándote como si tú me llorases. Y sigo buscándote como si tú quisieses encontrarme. Y sigo queriendo encontrarte como si tú quisieses buscarme. Y sigo necesitándote como si fueses agua. Y sigo necesitándote como si fueses ron. Y sigo necesitándote como si fueses hachís. Y sigo, sin ti, y tengo que seguir sin ti porque se me ha impuesto que así sea. Y sigo sin ser yo, y sigo sin encontrarme. Y sigo sin ti. Y sigo queriendo tener el valor de que el siguiente paso sea al abismo del andén, al borde del puente, a la sobredosis de pastillas, al cáncer de un día para otro, a la soga que me apriete el cuello, a la bala que me perfore el cerebro. Y sigo sin ti.

Gracias a la vida.

Gracias a la vida por haberme quitado tanto. Otro porro más. Hace falta otro. Gracias a la vida por haberme obligado a perder todo lo que quería en mi vida. Gracias por matar a mi madre. Gracias por matar a mi abuela. Gracias por matar lo que tenía con M. Gracias vida por prepararme y dejarme aprender a morir. Así cuando llegue el momento en el que tenga que morir, estaré acostumbrado a la muerte y no me pesará. Ojalá la vida fuese un ente físico. Le haría padecer cuanto me ha hecho sufrir. La ataría a un poste y dejaría que los cuervos se comiesen sus ojos. Le arrancasen la piel a tiras con los pellizcos de sus picos. Dejaría que las hienas le devorasen las entrañas mientras sigue viva y viendo cómo se desangra agónica. Mientras grita clemencia y pide muerte. Y le concedería esa muerte, pero después de sufrir tanto como ella me ha hecho vivir.

No la vas a volver a ver.

Es otra noche más en la que te imaginas con ella, pero es que no está, déjalo, no pienses más. No está y no va a estar. De hecho, deja de imaginar situaciones, no va a pasar en un taxi por delante de ti mientras cruzas, no va a estar en la terraza por la que pasas por delante, no va a salir esa noche de fiesta y vais a coincidir en un garito. Déjalo. Deja de pensar en absurdeces. Lo más probable es que no la vuelvas a ver, asimílalo. Olvídate de los días once de diciembre de dos mil quince, nueve y dieciséis de febrero de dos mi dieciséis, nueve de mayo, ocho de abril y ocho de julio de dos mil dieciséis, no se van a repetir jamás. Deja de buscarla en la música que escuchas en los antros de mierda. Deja de buscarla en las pibas de mierda que hay en los garitos de mierda. Deja de buscarla en cada persona que pasa mientras te fumas un porro en la puerta del bar. Deja de buscarla en cada porro que te fumas en tu habitación. No está. Y no va a estar. Os separa un anillo, ya Tolkien vaticinó el poder de los anillos. Ahora, a ti te separa de ella un anillo en el anular. Aparte que ya se habrá olvidado de ti. Deja de pensar en ella. Se apartó de ti sin querer volver a verte, y eso sigue siendo así. Así que déjalo, no te esfuerces en poder encontrarte con ella, jamás la volverás a ver.

viernes, 28 de octubre de 2016

Espejismo.

I.

Se acariciaba la barba pensativo. Irascible. Le temblaba el pulso. Un gran señor como él. Un gran señor como él no se podía permitir el lujo de ser humillado. Así que encargó al mejor y más anciano de los magos un artilugio mágico, un artefacto que le permitiese avasallar los sentimientos de su prometida. Quería confirmar definitivamente sus sospechas. Recelaba. Desde hacía tiempo él tenía la suspicacia de que ella amaba a otro. Que dedicaba su verdadera voluntad a otro. Sabía quién era. Ofreció al gran mago darle cuanto quisiera de las arcas a cambio de un artefacto que le deshiciese de su angustia y le mostrase aquello que quería conocer. El viejo mago aceptó. Y creó tal objeto mágico ruin que le había sido encargado por el ser más ruin. Porque si algo había más repulsivo que un instrumento inmundo, era aquél que lo había ordenado fabricar.

II.

La noticia de que este encargo se había realizado corrió rápido entre todas las personas de la corte. Cuando ella se enteró sintió miedo y no pudo dejar de llorar. Su prometido iba a conocer su secreto y la ahorcarían. Y peor aún, iban a ahorcarle a él. Al hombre al que quería más que a su vida. Impotente, empapó paño tras paño encerrada en su aposento.

III.

El gran señor visitaba impaciente al mago todos los días para apremiarle. El mago, imperturbable, no mudaba el rostro cuando le respondía: "Excelencia, al igual que el tiempo que lleva a un hombre cruzar una puerta no es el mismo que le lleva cruzar todo el reino, tanto así es el atravesar el alma de cualquier ser sobre la tierra. Lo que vos habéis pedido es usurpar el mayor de los secretos guardado en la mayor de las fortalezas". El gran señor, insatisfecho, abandonaba al viejo más impaciente de lo que había llegado. La obstinación y la ignorancia son la más imprudente e impertinente de las mezclas posibles de carácter.

IV.

Al fin, un día el mago visitó al señor y le mostró el artefacto mágico. Y le dijo estas palabras: "Majestad, aquí tenéis vuestro espejo. Este espejo refleja a la persona que más ama aquél que se muestre delante". Henchido y colmado, el gran señor se frotó las manos y sonrió. Se puso enfrente del espejo y se vio a sí mismo. Al instante su imagen comenzó a enturbiarse mientras se iba transformando lentamente en la forma de una esbelta figura, de melena lisa, ojos profundos y elocuentes, manos cuyos dedos eran como ramas de una enredadera, hombros perfectamente nivelados y curvatura suave, cadera fina y piernas esculpidas en mármol blanco. Boca pequeña. Pecho discreto. Ante él se encontraba ella. Efectivamente, ese objeto demoníaco cumpliría su función.

V.

Sin esperar un instante, fue en busca de ella. La agarró del brazo y la arrastró hasta el pequeño y oscuro aposento donde se encontraba el gran espejo. Tiró de ella hasta que la colocó delante del mágico artilugio. De nada la sirvió resistirse y sollozar. De nada la sirvió agitarse. Allí estaba. Frente a un espejo que la reflejaba completamente. De pronto, su figura comenzó a enturbiarse. El gran señor miraba furiosamente fijo el reflejo. Mientras el reflejo se convertía en niebla, iba apareciendo la figura de otra persona. Una gran barba oscura se comenzó a dibujar sobre la superficie. Los ojos duros e inclementes. Gran envergadura y solemne porte. Postura inmaculada y regia. Cuando el gran señor se reconoció en el reflejo que ahora mismo se encontraba ante ella, su furia fue desapareciendo. Al verse a sí mismo y no a aquel al que esperaba, se maravilló mucho. La miró incrédulo. La cogió suavemente del brazo y le dijo: "Señora, disculpad mi rudo comportamiento con vos estos últimos días". Dicho esto, se dio la vuelta y salió orgulloso de la pequeña estancia y convencido de que había sido absurdo pensar que un vulgar artesano, pudiese hacerle ninguna clase de competencia.  Cuando desapareció de la vista de ella, la muchacha se giró y miró al viejo sabio. Cayó de rodillas y llorando le besaba la mano. Exclamó: "¡Oh mi señor! ¡Me habéis salvado! ¡Cómo lo habéis hecho! Decidme qué queréis y haré lo que sea por conseguíroslo". El mago imperturbable y sin mudar la expresión de su rostro dijo: "Excelencia, no habéis de agradecérmelo. Los pobres de carácter, aquellos que albergan miedo y desconfianza en sus corazones están condenados a importunar y alterar a los corazones nobles como el vuestro. Solamente he hecho lo que juiciosamente haría cualquiera en quien no haya arraigado la ignorancia. Este espejo refleja a aquél que más odia la persona que se encuentre frente a él. Y vuestro señor, os ama tanto como os odia. Esa es la gran peculiaridad que tiene el amor. Si hubiese hecho un espejo conforme a su voluntad, no seríais vos quien habría sido condenado primero, puesto que la persona a quien más ama la gente cobarde e incapaz, es a sí mismos, por lo que él se habría visto a sí mismo y no a vos, y habría pensado que el espejo era inútil y me habría mandado ahorcar sin dudar".

VI.

El anciano marchó sin pedir la recompensa que le había prometido el gran señor y sin cobrar tampoco aquella que la joven le había ofrecido. Se marchó imperturbable y sin mudar su rostro. No se sentía orgulloso de sí mismo. Simplemente había hecho lo que tenía que hacer, porque si algo había más repulsivo que aquél que había ordenado fabricar el objeto más repugnante del mundo, era aquél que lo fabricaba.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Carta sin destino.

Escribió la ultima palabra de la carta que la había estado escribiendo. La dobló y la metió en el sobre. Le dio la vuelta y comenzó a escribir su dirección. Se detuvo. Se quedó mirando la dirección a medio escribir, pensativo. Volvió el sobre y sacó la carta. ¿Qué pretendía? Qué pretendía con aquel mensaje escrito que tantas veces antes se lo había dicho en voz alta, susurrado al oído, dibujado en la espalda, acariciado en su boca, besado en su ombligo. Qué pretendía ahora, ya era tarde. De nada había valido las otras veces, de qué iba a valer que fuese escrito en una carta. La desdobló y, sabiendo que ella jamás recibiría la carta, se la leyó en un susurro tenue y apagado sabiendo que jamás le oiría.

jueves, 20 de octubre de 2016

Puta Bida.

¿Y si no te vuelvo a ver? ¿Y si la última vez que te vi fue pasando de largo? ¿Todo esto no ha valido para nada? Todo lo que hemos vivido, ¿no ha valido para nada? Y si fuese cierto lo que pensábamos, que la vida nos ha querido juntar siempre, por qué al final nos juntó así. Por qué lo hizo para destrozarnos. Hay quien se empeña en decir que la vida es maravillosa, que es lo mejor, que es un don. Yo me empeño en oponerme a ellos. Y creo que la vida es nuestro peor enemigo. Es un ardor constante para el que no hay medicina que palíe el dolor y no sea dañina. No quiero pensar que no te voy a volver a ver. Pero tampoco quiero verte fuera de un radio que sobrepase el alcance de mi boca. Ahora mismo sólo me queda lo que mi memoria quiere dejarme ver de ti. Espero que la vida puta la próxima vez saque algo que no sea pifia en la tirada y podamos estar juntos.

viernes, 7 de octubre de 2016

Miedo.

Me aterroriza volver a verte. ¿Qué voy a sentir? ¿Me voy a volver a derrumbar? ¿Van a volver mis lagrimales a sangrar? Me aterroriza no volver a verte. Sé lo que voy a sentir. Sé que me voy a volver a derrumbar. Sé que sangraré otra vez. Como dice Phosphorescent en Song for Zula, he visto al amor desfigurarme en algo que no reconozco. No volveré a abrirme de esta manera jamás. No me reconozco, ni por fuera ni por dentro. Me he visto tocar fondo y no ser capaz de despegarme de él. Espero poder hacerlo algún día. Pero jamás me volveré a abrir así.

lunes, 3 de octubre de 2016

La sombra de un sueño.

Notó una respiración caliente y húmeda en su oreja. Escuchó un susurro muy bajo, no pudo identificar lo que le decía. Su piel respondió a la calidez de ese aliento. Esa sensación no le era extraña. Aunque ya había notado otras veces eso mismo, podía identificar perfectamente de quién era ese susurro. Quién era quien le había erizado la piel de esa manera. Sólo una persona. Abrió los ojos pero no vio a nadie a su lado. Se incorporó y vio lejos una silueta. Conocía perfectamente esa silueta. No podía distinguir ninguno de los rasgos de la cara ni del cuerpo, sólo veía la sombra negra. De pie. Observándole. Se levantó y fue hacia ella, pero cuanto más se acercaba más se alejaba aquella sombra. La llamó, pero no respondía. Corrió hacia ella, pero ella se alejaba más rápido. Corrió todo lo que pudo para alcanzarla gritando, chillando su nombre. La desesperación le consumía al ver cómo cada vez se encontraba más lejos, hasta que desapareció y sólo quedó en su cabeza el eco de sus gritos desesperados. De repente se despertó. Miró a su alrededor y no había nada ni nadie. La ventana seguía dejando filtrar la luz mortecina procedente de la calle y la puerta de la habitación estaba cerrada. Todo tal y como lo había dejado antes de irse a dormir. Una vez más su cabeza le recordaba que ella ya no estaba aunque él la siguiese buscando.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Tu noche de boda, mi muerte.

Ahora en tu cabeza no hay hueco para mí. En este momento ya está hecho, ya te has casado. Ahora mismo estarás terminando el banquete, o bailando, o en la noche de bodas. Estás acostada con él, quizá fabricando vuestro primer hijo, que nacerá en el mismo tiempo que ha durado nuestra historia. Nueve meses. Ahora en mi cabeza sólo hay hueco para ti, aunque lucha por empujarte fuera y vaciar ese hueco que ocupas. Ese hueco que es todo. Os he visto en mi cabeza. Él de chaqué, como no puede ser de otra manera, aristocracia o aires de ello. Tú de novia perfecta. Me imagino tu foto que jamás veré y que grabaría para siempre en mi cabeza si la viese. Tienes que haber estado perfecta. Y me jode. Me jode porque quiero esa perfección a mi lado. Pero sin un cura entre los dos que medie entre nuestro amor. Si te hubiese tenido que prometer amor eterno hasta que la muerte nos separase, querría que estuviésemos solos. Que nadie más fuese partícipe de ello. Que fuese sólo para nosotros dos. No llevaría traje, ni chaqué ni pingüino ni nada de esa mierda. Probablemente llevaría la ropa con la que hubiese dormido esa noche. Tú llevarías tus All Star blancas, el vaquero negro o azul oscuro, cualquiera te queda perfecto, y una camiseta. No nos harían falta trescientas personas viendo un teatro en el que nosotros fuésemos los protagonistas de esa comedia romántica. Pero ahora estás en la cama con él, celebrando tu noche de bodas. Yo celebraría cada noche, no como si fuesen noches de boda, sino como si fuesen todas y cada una de las noches que he querido vivir y querría vivir siempre. Me ahogaría entre tus muslos. Bucearía entre tus labios. Bebería tu saliva. Comería tu lengua. Comería cada parte de ese cuerpo que se adapta tan perfectamente a mi moldura y a mis huesos, a mi delgadez, a mis vísceras. Pero no. Ahora estás con él. Has pasado de ser mi vida, a ser mi muerte.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Adiós.

Al final ha llegado el día. Ese puto día que llevábamos esperando nueve meses. Ese día de incertidumbre, ansiedad y dolor para ambos. Venía como un tren de mercancías sin frenos. Lo esperaba como el preso condenado a muerte espera el sol que le sentencia. Y me he visto obligado a tener que despedirme de ti, de tus piernas, de tus bragas, de tu cara, de nuestras risas, de nuestro humo, de tu todo. Te sigo queriendo. Te sigo queriendo a mi lado. Tienes que saberlo. Y sábelo para siempre. Adiós.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Eres una joya.

Desde pequeño todo el mundo decía que eras una joya. Eras un niño de sobresalientes, sin destacar, una persona humilde que no se comparaba con nadie, diferenciándote de esos que siempre comparaban notas a ver quién era el que más sacaba. Desde pequeño, tus profesores, las madres de otros niños, todos, le decían a tu madre lo maduro, lo inteligente y lo por encima que estabas de todos. Todas las madres comparaban a sus hijos contigo, incluso las de tus amigos, y te sentías mal, porque te hacían quedar por encima de ellos en todo, hasta en cómo te cepillabas los dientes. Joder, dejadme en paz. Dejad al chico en paz. Dejadle que sea como sea, que no destaque, dejadle que aunque haga todo bien no destaque, por favor. Pero no, destacabas. Destacabas porque eras el puto niño perfecto. Sin embargo, ahora qué. Tus amigos, que sacaban suficientes e insuficientes, tienen un trabajo mejor, cobran más y tienen una persona a su lado que les hace cosquillitas en la espalda cuando se lo piden. Tú te has convertido en una mierda que bebe y que fuma porros. Menuda joya. Si aquellos profesores, aquellas madres, tuviesen que hablar o comparar ahora, qué dirían. Si te viesen como te ves tú cada fin de semana. Cada día. Qué pensarían, o qué dirían. Quizá dirían que menos mal que su hijo no ha salido así, que menos mal que suspendía y no era tan maduro. Que menos mal que se cepillaba los dientes como si las manos no fuesen las suyas sino las de otro. Y al final, ¿quién es la joya?

Un puto jueves.

Es un jueves. Un puto jueves. Y nunca has bebido un jueves. Nunca has salido de fiesta un jueves. Y hoy, jueves, no has salido de fiesta. Has quedado con un colega, y has ido a beber, a ponerte borracho. No te has llevado los porros porque no hacían falta, sólo ibas a ponerte borracho. Y lo has hecho. Sabías que al llegar a casa ibas a tener los porros que te iban a saciar todo aquello que no te hubiese saciado el alcohol. Estás ahíto. No quieres más de nada. Estás solo en el garito y no quieres más alcohol. Te ves, te miras, te apiadas de ti y te fumas un cigarro porque no tienes porros. Te lo fumas tirado en la acera, hasta tal punto que un puerta, un gorila, un simio desos que guardan las madrigueras con música te dice que te levantes y te vayas. Te vas, no replicas porque sabes que eres un tirado, un despojo. Sabes que en ese momento eres de esos de los que tu padre podría hablar despectivamente. Sabes que eres una mierda. Te has convertido en una mierda. Así que coges el primer taxi que ves, no por que sea el primero, te valdría cualquiera, pero está él y te vas a casa. Al bajar, vomitas en la acera del tirón. Te sale sólo, y luego vomitas un poco más alante. Y así sucesivamente. Piensas en ti cualquier día, cualquier mañana en la que saludas a los vecinos como si nada sucediese. Pero sí sucede, dentro sucede. Si te viesen en ese estado te negarían el saludo, algo que no te importa. Pero te importa. Te importa porque tú te lo negarías y te lo niegas. Te das asco. Has potado muchas veces, pero esta es diferente. Esta vez es por algo. Ya no sales a estar con colegas. Sales a beber. Sales a ponerte como una rata. Sales a olvidar. Pero lo peor es que no olvidas, y encima, al llegar a casa te metes tres porros. Putas drogas blandas que te engañan, te hacen pensar que vas a dejar de pensar, y no, te hacen pensar más en aquello que no quieres. Ya, para no cansar más, sólo decir que aquellos que no fumen ni beban, como dijo Baudelaire, no son de fiar.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Si leyeses esto.

Ya suena a tópico hablar de las cosas y de la gente que queda atrás. No quiero tener que recordarte en un futuro, hasta que siga vivo, y tener que pensar que eres cosa del pasado. No quiero que te conviertas en ese tópico. Se supone que no debería pensar esto, y mucho menos escribirlo, se supone que no tengo que seguir viéndote como una posibilidad. Se supone que tengo que hacer cosas para dejarte atrás, cosas que estoy haciendo y que no quiero hacer. Y se supone que lo que me va a hacer sentir bien es todo aquello que ahora mismo me destroza. Todo lo que se supone son pasos hacia adelante, los que se supone me ayudan, son los que me hunden más en el pozo. Estoy aprendiendo a hablar el idioma de los muertos en vida, ya soy casi bilingüe. Los únicos libros que leo ya son los de papel de fumar, me los termino rápido. Son interesantes, pero siempre empiezan y acaban igual.  La verdad que te hacen pensar mucho, pero son tristes. Son como una autobiografía que te recuerda que estás solo, que ya no estás tú ni estarás, que tienes que volver a sentir lo que sentías por la soledad hace unos pocos meses, aquella atracción y gusto por ella. Los vecinos me dicen que me ven más delgado, "será el negro que te hace más delgado". Será el negro que visto por dentro también y que no veis. Se ha convertido en el color en el que veo. Ni siquiera he pasado a ver como los perros, en blanco y negro. Es todo una única gama de negro mate. Por qué no se pueden detener las cuenta atrás que nos llevan a un final que no queremos. No sé si me gustaría poder parar ésta y dejarla para siempre en stand by, dejarla para siempre parada y que no llegase. Me gustaría poder rebobinarla. Y que volviese a empezar. Si leyeses esto, me gustaría que fuese cuando tú quisieses también rebobinar, parar la cuenta atrás que nos va a separar para siempre. Pero no va a pasar. Habrá que dejar que termine y comience la siguiente, como siempre. Todo consiste al final en cuentas atrás. Mi siguiente cuenta atrás es la de olvidarte. ¿Cuál será la tuya? Espero que cuando venza esta última, no me toque comenzar otra.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Sin salida.

Cuánto tiempo llevas en esa habitación de oscuridad. De aislamiento. Ni lo recuerdas. Cuánto tiempo llevas andando entre rosales de rosas negras que clavan sus púas por todo tu cuerpo impidiéndote avanzar. Haciéndote sangrar a cada paso. La sangre brota espesa y oscura. Te empapa. Hace que la ropa se pegue fría, gélida, a tu piel empalidecida. Cuánto tiempo llevas en esa espiral de autodestrucción física y mental que ya se ha convertido en lo cotidiano. No lo sabes. Sólo sabes que se ha convertido en tu rutina. Ya no te esfuerzas por intentar encontrar la llave que abra la puerta sellada de esa negra habitación. No peleas contra las espinas de esos protervos rosales que se agarran despiadadamente. Ya no intentas nadar contra corriente en ese remolino que te hunde hasta lo más profundo. Dejas de pelear contra ti mismo y contra todo lo demás. Te dejas ganar. Nunca has sido una persona que consiga grandes logros, no es momento de serlo.

El topo, la rata y el halcón.

I.
Era un día bonito. El sol brillaba allá suspendido sobre un azul intenso pero claro. Esponjosas y redondeadas nubes de perfecto blanco se daban un paseo matutino al calor de las atemperadas alturas. Un topillo salió de su madriguera. Asomó primero la cabeza y miró a uno y otro lado sin ver absolutamente nada. Pero le gustaba siempre asomarse y echar una ojeada ciega. Salió del todo y se puso a tomar el sol sobre una parcelita de hierbajos que previamente había acicalado y arreglado. En estando en esas, le pareció escuchar con su prodigioso oído una especie de llanto. Se incorporó rápidamente y miró en derredor maravillado. Identificó de dónde procedía aquel plañir tan atractivo y se acercó al trote atraído por una fuerza irresistible. Estando ya cerca dijo en alto:
- ¿Quién está ahí? ¿A quién pertenece este llanto que suena como el cantar del ruiseñor cuando dio a luz a la rosa roja?
De pronto, una voz aguda y entrecortada le contestó:
- Vete.
El topillo se giró hacia el lugar del que procedía aquella melodiosa voz.
- ¿Quién eres? - Dijo el topillo. - ¿Por qué me apremias a que me vaya cuando tan sólo acabo de llegar?
- ¡Vete! ¡Oh, vete por favor! No me ridiculices más.
- ¿Ridiculizarte? ¿Por qué?
- ¡Oh! ¿No te parece bastante con reírte de mi forma de llorar? Vete, ya tengo bastante sufrimiento y burlas encima, como para tener que aguantar la mofa de un topo.
- No me estoy mofando en absoluto. Dime qué te ocurre, por favor. Mi intención no era la de ofenderte, sino la de conocer al ser cuyo llanto me ha atraído sin poder resistirme hasta aquí. Sólo quiero saber qué te ocurre y quién eres, pero si de verdad crees que me estoy riendo de ti, dímelo y me marcharé por donde he venido.
El ser que todavía no se había identificado le miró extrañado, como desconfiando, y dijo:
- Soy una rata. La rata más fea de mi comunidad. Tan fea que me han terminado expulsando de su sociedad con sus burlas. Se ríen de mí a cada momento, de mi fealdad, de mi pelo hirsuto y descolorido. De mis ojos sin brillo y de la distancia que los separa. De... - de repente, el topillo la cortó y dijo:
- Discúlpame por interrumpirte, pero creo que ya he escuchado suficientes banalidades. ¿Acaso no puedo yo discrepar de todo aquello que me estás diciendo? No veo en ti ninguno de esos rasgos tan propensos a ser objeto de chanza.
- Qué vas a ver tú, si no eres más que un topo. Un ciego topo loco que no sabe lo que dice.
- He de reconocer que, si bien no soy el más cuerdo de aquellos que recorremos las profundidades de la tierra, y que ciertamente mis ojos no ven más allá de lo que pueda ver la piedra de un río, sin embargo, tengo otros sentidos que me permiten ver y llegar allá adonde nadie más puede. ¿O acaso me vas a decir que mi olfato me miente cuando lo que en ti huelo es un perfume de jazmín y romero?
La rata se ruborizó un poco y se encogió avergonzada:
- No, es cierto, he ido a pasear por entre los jardines de esas plantas aromáticas que mencionas.
- ¿Acaso me vas a decir que mis bigotes no captan tu convulso movimiento que hace vibrar triste y melancólico al aire? ¿Acaso me vas a negar que mis oídos no son capaces de identificar la belleza en la armoniosa melodía de tu llanto como la mejor de las arias que cualquier ave haya compuesto en este bosque?
La rata se rió un tanto tímida, una risita más para sus adentros que para su agradecido público.
- Déjame que te toque para poder comprobar por mí mismo el suave tacto de tu enmarañada melena, que sin duda me volvería ciego con sus reflejos rubios si no lo estuviese ya.
La rata se acercó para que el topillo pudiese acariciarla. Con todo el sumo cuidado de que fue capaz, el topillo deslizó sus pequeñas garras por aquella maraña enrevesada de pelo duro. Retiró la mano y guardó un momento de silencio. Al cabo dijo:
- He de reconocer que son los cabellos más hermosamente y mejor entrelazados que he palpado jamás. La dureza más sensible que he tocado nunca.
- ¡Oh! ¡No digas tonterías! Al final voy a terminar creyéndomelo - dijo la rata, cuyo comentario buscaba precisamente el efecto contrario al que pretendía dejar ver.
- Ahora he de irme - dijo el topillo -, pero si me lo permites, estaré mañana a la misma hora en el mismo lugar para poder verte, y espero que esta vez quien me deleite con su perfecta cadencia no sea tu llanto, sino tu voz que me llame, o tu risa que me guíe.
La rata le miró con cierto recelo y le contestó:
- Bueno, tú ven. Pero no te aseguro nada.
Sin decir nada más, el topillo marchó por donde había venido y se recostó en la apacible cama que antes de toda esta escena se había fabricado, con una pequeña ramita entre los dientes y la nuca apoyada sobre las entrelazadas palmas de sus manos.
II.
Los días siguientes ambos, el topillo y la rata, se seguían viendo, y seguían deleitándose mutuamente con caricias, palabras de amor y promesas de eternidad. Cada día que pasaba se encontraban más unidos. A él, todas las presuntas imperfecciones de la rata le parecían motivo de embeleso y arrobamiento. A ella, todos los presuntos cumplidos de aquel topillo le parecían las mejores poesías que jamás se hubiesen escuchado nunca en sus oídos. Llegaron a tan gran impulsiva atracción que incluso acercaron sus hocicos para acompasar el rítmico movimiento de sus bigotes. Un día, estando en esas, escucharon en lo alto un tenebroso y temible chillido.
- ¿Qué ha sido eso? - Preguntó la rata asustada.
- ¿Eso? Eso ha sido el chillido de frustración del halcón que anda tras de mí. Por simple orgullo. Lleva intentando cazarme desde hace más que recuerdo, y nunca lo ha conseguido. Está obcecado en conseguirme como su triunfal presa. Pero siempre me zafo. Nunca me encuentra. No conoce mi lugar secreto donde reposo apaciblemente a tomar el sol. - Hizo una pausa y su semblante tomó un aspecto más serio y continuó: - Guárdate mucho de él. Es un embaucador, un mentiroso. Si tiene ocasión, hará todo lo posible por ganarse tu confianza para después, en el momento en que menos lo esperes, darte muerte.
- ¡Qué terrible animal! Tranquilo puedes estar, topillo, pues jamás caeré en tan trivial trampa.
Y tras ese incidente, todo volvió a la normalidad. Y ambos continuaron viéndose, tanto en el lugar donde tuvieron su primer encuentro, como en el pequeño escondite en el que el topillo se dedicaba a descansar y meditar sobre sus asuntos.
III.
En uno de sus vuelos, el halcón había logrado, por fin, ver al topillo. Estaba junto a una rata. Extraña asociación, pensó. Pero eso le dio igual. Sonrió para sí, pues creía saber ya cómo descubrir el secreto del topillo y cómo hacerse con él. Los días siguientes sobrevoló la misma zona y como cada día, veía a la pareja de enamorados. Una rata y un topo. No dejaba de extrañarle y de desagradarle tan ominosa pareja. Un día, él, que era muy taimado y astuto, trazó su pérfido plan. En viendo que la pareja se separaba, él dio un tiempo para que el topo se alejase suficiente, y una vez considerada oportuna la distancia descendió a donde se encontraba la rata. Se posó dejándose ver a propósito y haciendo uso de sus más señoriales habilidades para hacer de su aterrizaje un espectáculo sublime y majestuoso. La rata se asustó a la par que se maravilló muy mucho de tan espléndido ave y aterrizaje. Ambos se miraron a los ojos.
- Hola rata - dijo el halcón con su voz más suave y sensual.
- Ho-hola - tartamudeó un tanto acongojada y sobrecogida la rata.
- ¿Tienes miedo? Nada has de temer de mí. Si quisiese hacerte mal ya habría podido hacerlo. Sin embargo, he dejado que me veas llegar, e incluso me he esforzado en sorprenderte, pues desde las alturas me has parecido lo único por lo que merecería la pena posar mis pies sobre el carcelario suelo, arrebatando a mis alas el don de la libertad de la que gozo en el aire.
La rata se ruborizó. Le parecía mentira que en tan poco tiempo, dos individuos diferentes supiesen apreciar la belleza que tanto se habían esforzado las demás ratas en desmerecer. El halcón continuó su solemne discurso:
- Yo te podría enseñar todo el bosque, todo el mundo, podría hacer que disfrutases de los olores más intensos y estimulantes procedentes de plantas que jamás conocerás pegada a este áspero y desabrido suelo. ¿Qué me dices? ¿Me harías el honor de subirte a mi lomo para poder disfrutar de ti y del mundo?
La rata se quedó pensativa. De pronto, todo su embeleso se cortó de golpe cuando recordó las palabras de advertencia del topillo.
- No he de fiarme de ti, pues no te conozco. Y bien es sabido que los halcones os alimentáis de animales como yo. Además, ¿cómo una rapaz como tú puede encontrar atractivo en un ser reptante como yo? Ya me han advertido sobre ti.
- ¡No puede ser! Qué ser superficial ha podido hacer tales acusaciones, quién es tan miserable de verter esos dicterios sobre alguien que no está presente. Qué ruín traidor y sin sensibilidad puede ver tales diferencias entre razas. Nadie que sepa lo que es el amor puede negar la atracción entre dos almas que se quieren, sean del tipo que sean, de la condición y clase que sean.
La rata se quedó pensativa por un momento. Cierto era aquello que el halcón decía, pero todavía recelaba un poco.
- Ven rata - y le tendió el ala -. Sube por aquí hasta mi grupa. Yo te enseñaré el mundo que te han negado para que puedas abrir tu mente y la liberes de la cárcel del prejuicio de aquel que te ha obnubilado y te ha tendido un velo sobre los ojos para que no puedas ver ni conocer más allá de lo que a él le interesa.
La rata se fijó en los preciosos destellos dorados del ala de aquel ave magna. Miró a sus ojos, llenos de ternura y brillantes como estrellas. Se detuvo en el poderoso pecho que destacaba hacia afuera marcando un temperamento y un carácter que la daban seguridad. Y sin pensar mucho más subió. La advertencia que el topillo la diese, iba quedando cada vez más atrás conforme se alejaban del suelo.
IV.
Pasaron los días y la rata seguía viéndose con ambos. El halcón y el topillo. Sin embargo, ella cada vez sentía más aversión hacia el topillo, porque no dejaba de advertirle de los chillidos cada vez más frecuentes del ave, y hacía más caso de lo que el halcón le decía sobre ese ser que se dedicaba a denostar a quien no tenía presente, mientras que él nunca hacía un mal comentario sobre el otro. Jamás tenía una mala palabra. Era todo cortesía y amor. La relación con el topillo se fue enfriando y las discusiones se hacían más frecuentes puesto que él la notaba distante unas veces, y otras la notaba completamente cercana, y eso le desconcertaba. El halcón se ganaba cada vez más la confianza de la rata, hasta que por fin un día le dijo:
- Rata, sabes que eres lo que más quiero en este mundo. Si me diesen a elegir entre la libertad que me otorgan mis alas en las alturas y tú, pediría que me las extirpasen de inmediato, a ras de pecho, sin que quedase el menor atisbo que pudiese hacerme, ni siquiera, elevar un palmo del suelo que me alejase de ti.
- Lo sé, lo sé - dijo vanidosa la rata, que por aquel entonces ya no se veía tan fea como hacía unos días.
- Entonces, sabiendo lo anterior, me permitiríais haceros una pregunta que me carcome, me atormenta y no me deja vivir. Necesito saber quién es aquel, y dónde le puedo encontrar, que malmete contra nuestro amor. Que se opone a que tú me ames y a que yo te ame. Aquel que por envidia no quiere vernos juntos sobrevolando el mundo que él no te puede enseñar. Aquel que quiere encarcelarte y aprisionarte y hacerte suya sin tener en cuenta ninguna de tus preferencias ni caprichos. Por favor, decídmelo.
La rata se quedó una vez más pensativa. El halcón tenía razón de nuevo en todo lo que decía, tenía derecho a saber quién era el que malmetía y se ensañaba con él a sus espaldas, pero no quería que nada malo le pasase al topillo. Así que le dijo:
- ¡Oh, amado mío! Te lo diré de todo corazón, pero primero has de prometerme una cosa.
- Di qué quieres que prometa y jamás haré que te arrepientas de ello. ¡Antes la muerte!
- Prométeme que no le pasará nada malo. Que no le harás nada cuando te diga dónde puedes encontrarle y quién es. ¡Júramelo!
- Te lo juro - dijo el halcón. - Jamás haré daño a mi enemigo. Tan sólo quiero hablar con él de caballero a caballero y dejarle claro cuáles son tus preferencias y tu decisión. Tan sólo quiero que tú y yo podamos vivir juntos para siempre, sin que él ni nadie ni nada se nos oponga nunca más. Y si él es un ser de honor, lo entenderá y se retirará como es debido.
Palabras que la rata creyó muy acertadas y sinceras. Así que procedió a indicarle la ubicación del topillo. Le acompañó hasta el lugar secreto en el que el topillo solía descansar.
V.
Allí estaba. Tumbado con su ramita entre los dientes, pensativo. ¿Qué le pasaba a la rata? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué había hecho mal? Desde unos arbustos, el halcón y la rata espiaban. De pronto, una grotesca y triunfal mueca se dibujó a modo de sonrisa en el pico del animal que salió como el rayo de su escondite y agarró con fuerza entre sus garras al topillo.
- ¡Jajajajaja! - se carcajeó tan alto como pudo -. ¡Por fin te tengo! Miserable animal, ¡¿pensabas que tu enano cerebro de ciego podía estar por encima del mío, que podías burlarme para siempre?! - Volvió a estallar en unas terribles carcajadas mientras comenzaba su ascenso hacia el cielo abierto. La rata espantada se llevó las manos a la boca y soltó un enorme grito de terror. ¿Cómo? ¿Cómo podía? Si la había prometido, ¡no, jurado!, que no le haría daño. Y dijo en un desgarrador grito:
- ¡Me engañaste! ¡Hipócrita! ¡Dijiste que nada malo le pasaría! ¡Que me amabas! - Esto decía la rata mientras sus ojos derramaban un diluvio de lágrimas, sin saber si era por haber traicionado al topo o por la propia traición que ella acababa de sufrir en sus carnes.
El topillo se desangraba impotente y atravesado por las afiladas garras del halcón, que se le clavaban a lo largo de su pecho. Al poco, toda la tensión que había atenazado su cuerpo se esfumó, dejando que su cabeza cayese inane hacia atrás con los ojos ciegos para siempre clavados en la rata que quedaba cada vez más atrás. Y en el bosque solamente quedó el cruel eco de las carcajadas del triunfal halcón inmiscible con el desgarrador eco de los sollozos de la desgraciada rata.