viernes, 22 de junio de 2012

Otra vez.

Una vez más te escribo sin que me leas.
Te recuerdo cada puto segundo y veo tu cara en cada
puta persona que me cruzo. ¡Dios! No puede ser que
todo el mundo tenga algo tuyo, algo que me evoque tu cara,
tu cuello, tus hombros, tus lunares, tu... culito.
Si pudiese elegir elegiría no pensar en ti, pero parece ser
que nuestro cristiano Dios nos hizo la parte consciente para que
pudiésemos disfrutar la impotencia de no poder controlar al otro
90 por ciento de nosotros.
Si pudiese elegir elegiría repetir hasta que me entierren
los nueve meses que duramos. Y repetiría las mil veces que después
nos hemos visto. Olvidaría lo mal que te lo hice pasar, y olvidaría
lo mal que me lo haces pasar.
Se comenta que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.
Eso es falso por dos motivos: uno, he visto a mis gatos
seguir el movimiento de una lucecita sabiéndola inalcanzable mil veces, y dos, yo he pensado
por enésima (y no segunda) vez que esta conversación sería diferente. Pero no. Ha sido exactamente
igual que todas.
Déjame ir, me dices, déjame olvidarte te digo.
Molarían más las dos sentencias con un gran no delante. Pero el único no que tengo es el del final de todas las conversaciones.
Elegiría volverte a conocer y elegiría no vivir mi vida sin ti.
Ojalá volvamos a cruzarnos algún día.

sábado, 2 de junio de 2012

¿Una torrija?

Mientras el camarero limpiaba el fondo de un vaso con su viejo trapo, veía cómo aquel duque, o marqués o conde o cualesquiera que fuesen los títulos de ese remilgado borracho, caía entonando un golpe sordo.
Sin inmutarse, el camarero extrajo su conclusión axiomática: una torrija siempre hacía el mismo ruido al caer al suelo, fuese de la clase que fuese.

Recordando hitos


Hoy se ha cumplido el mayor hito en la historia de mi corta memoria.
Digno de recordar.

¿O fue ayer...?

viernes, 1 de junio de 2012

No te quejes


Imagino que es mucho pedir que te subas en el mismo vagón que yo.
De hecho, seguro que es hasta una osadía punible por las leyes del
Dios Azar que consiga asiento enfrente de ti.
Ni qué decir tiene que la probabilidad de que me mires tú a mí y
no yo a ti tiende a cero.
Por no mencionar el hecho de que incluso me sonrieses.
Es más, de que me sonrieses y que mi inoportuna e incondicional timidez no me pintase de rojo.
Y ya puestos a pedir, aún a riesgo de encontrar el límite a la paciencia
del de arriba, ¿sería imposible que te bajases en la misma parada que yo?
Pues sí, he encontrado el límite y me he bajado solamente acompañado por los cientos de habitantes temporales del feo vagón menos tú.
Era mucho pedir.