jueves, 11 de mayo de 2017

Ya es tarde II.

Estaba un día con un buen amigo. Uno de esos que han sido una parte muy importante de ti durante una época de tu vida y que el tiempo ha hecho que os distanciéis, pero aún así, al volveros a ver es como si no hubiesen pasado lustros. Pues estábamos tomando algo, y surgió una conversación sobre antaño, y eso me llevó a preguntarle por ella. Una persona que teníamos en común y que también fue parte de mí en otro tiempo. Una persona que fue yo, que lo fue todo y que lo siguió siendo aún en la distancia, pero que las maltrechas y desgraciadas circunstancias hicieron que nuestros caminos se escindiesen irremediablemente. Le pregunté que si sabía algo de ella. Y me dijo que sí, muy serio. Su rostro se demudó. Me miró y me dijo: "Ha muerto". En ese momento, mis entrañas emitieron un crujido al colapsarse. "Pensaba que lo sabías. Me extrañó no verte en el entierro". Yo tenía la mirada perdida en algún lugar del suelo. Le dije que no muy quedamente con la cabeza. De pronto, un calor sofocante, semejante al que me envolvía cuando la veía, me inundó. Mil pensamientos me vinieron a la cabeza. Todo aquello que había pensado en algún momento que podría hacer por recuperarla, por retomar el contacto, de pronto me asedió en estampida. Todo aquello que siempre había pensado que podría hacer ya no podía hacerlo. ¿Por qué no lo hice en su momento? ¿Por orgullo? ¿Por pereza? ¿Porque no era lo que tenía que hacer? Ahora ninguna de esas preguntas tenía sentido. Me veía ridículo y pobre. Triste y solo. Cuando la muerte llega, es cuando empiezas a pensar con claridad, cuando ves las cosas como te habría gustado verlas cuando todavía era posible llevarlas a cabo. Sin embargo, ese es uno de los muchos defectos que tiene vivir, hasta que no te enfrentas a la muerte, no ves las cosas como realmente tendrías que haberlas visto antes. Ahora me llegaban esas palabras que nos decíamos cuando todavía nos queríamos: "¿Te das cuenta de que algún día nos separaremos y tú no sabrás ni que he muerto? Me aterroriza pensarlo", decía yo. "No, eso no va a pasar", decía ella. En aquel momento no eran más que palabras, pensamientos agonizantes pero irrealizables. Eran mortecinas sombras tenues sin suficiente intensidad como para tenerlas en cuenta. Sin embargo, se habían realizado. Se habían hecho realidad. Esas sombras lo habían cubierto todo. Entonces pensé que el tiempo distancia, pero la muerte distancia mucho más. Entonces me quedé inane, con la sensación angustiosa de quien se asoma al vacío, ese vértigo de impotencia, de sentirte indefenso en la nada. Ya no podría jamás recuperarla, ni decirle cuánto la seguía amando, ni volver a discutir con ella, nada. Nada. Apuré mi vaso y, disculpándome, salí de aquel lugar y me marché.

No hay comentarios: