domingo, 21 de mayo de 2017

Contra todo.

Una caña, un cigarro y un libro. De esa guisa se encontraba en una calle de un barrio de clase estúpida. De clase acomodadamente estúpida. Levantó los ojos del libro y en qué momento. Más le habría valido no apartar los ojos de la tinta. Ahora se maldecía. Grupos de aborrescentes, ellos como futbolistas reggaetonianos, ellas como putas reggaetonianas. Parejas de jóvenes padres con uno, dos y hasta tres hijos. Todos vestidos igual. Parejas de jóvenes sin hijos, pero no porque no quisieran, sino porque quizá todavía no se habían casado. Detestada vejez inevitable renqueando en sus bastones. Paseantes con pulseroides abanderadas de rojo y gualda, polos con aguerridos caballos, zapatos sin calcetines. Se estremeció. Miró el cigarro. El cigarro le sostuvo la mirada: "¿Qué, yo tampoco te gusto? ¿No soy de tu agrado como toda esta gente que te parece basura?". Anonadado hallóse. "Pues sí, tú tampoco me gustas, te prefiero con costo". Tras esto, el cigarrillo le escupió su humo a la cara, al ojo, donde más escuece, y saltó de su amargada mano. Con el ojo lloroso lo vio caer. "No te necesito", se engañó. Cogió el vaso de cerveza para dar un trago, y antes de que el líquido le humedeciese los labios, formó una tremenda ola de las que salen resonando desde el fondo y le salpicó la cara. "No me bebas". ¡Dios! Qué pasaba, todo el mundo estaba en su contra o qué. Miró el libro y le dijo: "¿Tú tampoco quieres que te lea?". Sin embargo, el libro se limitó a decir: "No estoy aquí para juzgar a nadie. Cualquiera puede leerme. No me importa cuán merecedores sean los ojos que me repasen y me desnuden con la mirada. Tómame y no pienses más en la putrefacción corrupta de enderredor". Y así lo hizo. No volvió a separar su vista de aquellas voluptuosas frases, aquellos sensuales párrafos, tildes, analogías, metáforas, hipérboles, alegorías y oxímorons. Y se mantuvo siempre fiel a la lectura, la única virtud que jamás le traicionaría.

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