jueves, 9 de febrero de 2017

Lagartija.

Como un lagarto estaba al sol. Apoyado contra la pared cual lagartija que se pone morena. Su tipo escuálido y alargado dentro de su pequeña estatura ayudaban a cualquier transeúnte a tomarle por un reptil escurridizo. Dejaba que el detestable humo del cigarro sin aderezos, pues estaba en el curro y no podía aliñarlo, saliese de su boca y se retorciese tortuoso en el aire tan armoniosamente contaminado. De pronto algo turbó su paz. Escuchó los cloqueos de una gallinácea en pleno apogeo de una conversación. La miró. Era la típica mujer madura que habla como una adolescente quinceañera que lee la Super Pop y la Bravo, que pega fotos de Luke Perry en la carpeta, choni, macarra, poligonera, chabacana, pija, vanidosa y desagradable en todo su conjunto. No soportaba aquella voz ni aquel prototipo de persona producto de esa apestante sociedad atestada de indeseables. Se lamentó de no ser nada más que una miserable lagartija y no una boa constrictor para poder ahogarla entre sus anillos. Aunque bien pensado, mejor ser una lagartija escurridiza y huir de ahí para evitar esos espeluznantes sonidos vocales que tener que asesinarla mediante el contacto corporal para luego encima tener que engullirla y llevarla dentro. Así que como tal, se escurrió rápido por una cloaca y desapareció.

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