miércoles, 1 de febrero de 2017

Gangrena.

La putrefacción se aferra a mis piernas y las escala como una enredadera hecha de herrumbre, moho y de espeso caldo primitivo. Me impide avanzar cada vez más entre los montones de mierda que me rodean. De esos sacos de mierda que se retuercen en el suelo como moluscos viscosos esperando a que les metan en el apestado acuario su ración de necrosis diaria. Bocas deshumanizadas con colmillos chorreantes de la sangre que han chupado a sus congéneres emiten sonidos ominosos que amenazan a mi cordura, que está diezmada desde hace tiempo. Me golpeo contra las paredes incapaz, impotente, frustrado. Me abro heridas para que mi interior pueda escapar. Para que al menos lo que tengo dentro y todavía no ha sido contaminado pueda huir. Muerdo mi carne. Me arranco trozos y los escupo al suelo. Me apesta ver cómo esos seres se lanzan a por ellos como hienas a por las entrañas desnudas de su víctima. Añoro que alguien sea capaz de amputar la gangrena que amenaza con invadirlo todo. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

No hay comentarios: