jueves, 2 de febrero de 2017

Arrepentimiento.

Al igual que los Lendakaris Muertos se prometieron a sí mismos no volver a probar jamás el pastel de costo, yo me prometí hace mucho dejar de emitir prejuicios sobre las personas. Casi siempre me terminaba equivocando, lo cual desembocaba en el posterior remordimiento por haber deseado la muerte, haber odiado o haber denostado brutal y mentalmente a esa persona que ahora me caía hasta bien. Evidentemente, no conseguí dejar de emitir esos prejuicios ante el tribunal en el que yo soy el único jurado, juez, defensa, fiscal y verdugo.

Mis gatos conocen ya a demasiada gente. Yo también. Perdonadme gatos, no os volveré a presentar a nadie más, a no ser que me demuestre que es verdaderamente merecedor de conoceros. Estoy seguro de que volveré a pecar y os obligaré a conocer a más gente. Y ese día al que algún día podré llamar "mañana", me arrepentiré de haberlo hecho, como otras veces ha sucedido.

También le prometí a mi soledad no dejar entrar a nadie más nunca. Le susurré al oído palabras de eternidad, le dije que jamás la volvería a abandonar. La mentí vilmente, pero no conscientemente. Me sentí violado por mí mismo y sentí que la perdía. Esa soledad que tanto me había dado, ahora me abandonaba dejándome solo de verdad. No es que la hubiese engañado muchas veces. En verdad, solamente la engañé una vez. Pero fue suficiente, jamás pudo volver a confiar en mí. Y así me lo hizo saber. Y me dejó.

Hablé con la muerte. Mil veces la he dedicado velados mensajes en mis escritos. Mil veces la he hablado con confianza, incluso con ternura. Mil veces la he invocado y querido a mi lado y la he llamado para poder verla cara a cara. Y mil veces no he obtenido respuesta. No es que quiera morir, pero quiero poder conocerla. Quiero poder hacerme su amigo, para que cuando venga a buscarme no seamos dos desconocidos y se produzca un incómodo silencio entre ambos. Que podamos hacerlo de la forma más natural e indolora posible.

Pedir perdón es la prueba más fiable de que volverán a hacerlo y volverás a escuchar de sus labios la misma palabra. Es preferible una omisión, aunque pueda parecer dura y despreciativa, de tal petición de clemencia y que no se vuelva a repetir, que ver un arrepentimiento mil veces repetido. Cuando se da el perdón se descarga de responsabilidad y martirio de conciencia al otro, haciendo que por su condición de humano se sienta de nuevo seguro y despreocupado, lo cual es el mejor ecosistema para que vuelva a suceder.

2 comentarios:

Ziortza Moya Milo dijo...

Tremendo relato sobre la soledad, la muerte y el perdón. A muchos nos gustaría conocer a la muerte en persona, para decirle que por lo menos cuando llegue que sea rápido, sin agonías ni enfermedades. Y es verdad, cuando alguien pide perdón muchas veces, malo..., se convertirá en una costumbre difícil de tolerar.

Vecu dijo...

Hola Ziortza. Sí, estaría guay ser amigo de la muerte. Sería el mejor contacto a la hora de ser un enchufado. Y sí, lo de pedir perdón de forma recurrente suele ser una mala costumbre, paaaaaaara mi gusto.

Abrazo fuerte.