lunes, 30 de enero de 2017

Sin remordimientos.

Las nubes encapotaban el cielo y descargaban toda su rabia con violencia sobre el gran océano. Olas monstruosas se alzaban por encima de la borda inundando la cubierta. El barco era como un nido de hormigas recién pisado. Los marineros corrían de un lado para otro acatando las órdenes y directivas del capitán, al cual parecía que le hiciese falta otra boca para poder transmitirlas todas. Su voz se perdía en el pandemónium orquestal de la siniestra sinfonía que interpretaba la tormenta. El barco pendulaba de un lado al otro como un juguete en una bañera. De pronto se escoró tanto que el capitán salió empujado hacia el borde y se precipitó. Un marinero se encontraba cerca y se apresuró en su ayuda sin saber quién era el bulto que había rebosado junto con el agua desbordante. Tendió la mano y le agarró. Tenía el estómago apoyado sobre la borda con medio cuerpo fuera sujetando como podía las manos del otro. Estaba muy resbaladizo. En ese momento se percató de que el bulto que sujetaba no era de un compañero sino el capitán. El tiempo se ralentizó. Le miró a los ojos. El capitán le devolvió una mirada suplicante. Su expresión encerraba terror. Las arrugas de su cara eran como canales desbordados de agua. Había perdido toda la fuerza con la que hacía poco gobernase el barco. Ya no transmitía ese respeto autoritario. Esa calma que se tiene cuando se sabe que se tiene el poder de someter a los demás. El marinero le miró pensativo. Una punzada de piedad y misericordia le encogió el corazón. Comenzó a tirar para arriba. Se detuvo. El tiempo se había ralentizado para él. Sin embargo, para el capitán parecía una eternidad. Quizá ese momento sólo durase unos segundos, o quizá minutos. No sabían, pero para cada uno la medida del tiempo se había distorsionado en un sentido distinto. El marinero le miró, esta vez sin piedad. Le miró indolente. Con indiferencia. Esta vez la punzada fue un sentimiento de venganza e insurrección contra esa autoridad que les había tenido subyugados todo ese tiempo. Sin mutar su expresión aflojó la presa que tenía alrededor de las manos del capitán. Éste comenzó a gritar palabras inconexas que se ahogaban en los estruendos de la tormenta. Sus manos comenzaron a resbalar y fue notando cómo se le escapaban los dedos del otro. Cayó. Tampoco se escuchó el sonido que hizo al caer en la húmeda oscuridad. Tampoco se le veía chapotear agonizante mientras el agua salada le escocía en los ojos y se colaba sin permiso por la boca llenándole los pulmones. Le entraba en las orejas y se metía hasta los tímpanos. Finalmente no quedó ningún rastro que indicase que allí el mar había devorado una vida.

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