domingo, 29 de enero de 2017

Oda al hachís.

Un porro se sostiene entre mis labios.
Me bebo su alma áspera que aromatiza mis pulmones.
Se mantiene sin protestar emparedada unos segundos.
Hasta que la dejo libre y se evapora en el aire retorciéndose como una serpiente de humo.
Su poderoso hechizo despierta pensamientos oníricos delante de mis ojos.
Todo mi cuerpo se sensibiliza.
Mis oídos acarician cada nota de música al pasar.
Cada nota acaricia mis tímpanos.
Hermosas criaturas se enredan entre mis axones.
Los encadenan y los estrangulan con delicadeza, provocándome un sopor que mece mi pensamiento.
Dejo que me transporte.
Que me aleje de mi ente físico.
Me lleva por el aire y noto la brisa que no me toca.
Veo los jardines a los que no llego.
Escucho los ríos que no me bañan.
Derramo las lágrimas que no he llorado.
Calada a calada nos fundimos en uno solo.
Y cuando su luz se acerca a mis labios los hace arder.
Araña mis pulmones como si se enfadase por tener que despedirnos.
Su cadáver queda enterrado bajo un suelo de gris ceniza que lo arropa en su alcanzada eternidad.
Puedo encenderme otro, pero no será el mismo.
Ningún otro porro podrá sustituir el que acaba de morir.
Y ningún otro porro será el último.

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