sábado, 3 de diciembre de 2016

Última visión.

Creo que pocas cosas he visto que sean tan torpes o aparatosas como un gato dando marcha atrás. Mis gatis ya están viejitos, ya no hacen piruetas cuando una goma pasa por encima. La cazan sólo si pasa cerca. El gato anterior que tuve murió sin estar yo en casa. Yo estaba en casa de mi abuela María, la persona que más he querido en mi vida. Y me llamó mi padre: "Leo ha muerto". Lloré. Mi abuela me preguntó y le dije que el gato había muerto. Y me dijo: "Hijo, ¿lloras por un gato?". Ella no era una persona insensible hacia los animales, pero no le daba esa importancia que le daba yo. Ése animal fue mi primera experiencia consciente con lo que es abrazar, espachurrar y amar. Le pedí a mi padre que no se deshiciesen de él hasta que yo volviese a casa. Cuando volví, estaba extendido sobre la mesa de la terraza cuan largo y gordo y negro y blanquito era. Fue el segundo cadáver al que besé. El primero fue mi madre. Y la sensación física fue parecida. Algo tieso, duro, sólido. Sabes que está muerto, y al tacto de los labios lo notas, no haría falta ver. Siendo ciego se nota la muerte cuando la besas. Después llegaron los otros dos, que ahora están mayores. En su momento pensé que gracias a Dios que no había visto morir a Leo. Ahora pienso que quiero ver morir a mis gatos. Quiero estar presente en el momento en que dejen de respirar, igual que en la cama del hospital con mi madre. O en mi cama con mi abuela María. Mi abuela murió mirándome. La chica que cuidaba de ella en mi casa, porque mi hermana y yo no podíamos por trabajar doce horas al día, me dijo: "¡Pablo, ven! ¡Se ha muerto!". Yo salté de la silla y fui a mi cuarto. Ella estaba en mi cama, tumbada inane. Me senté en la cabecera. Le puse el brazo bajo la nuca y la levanté para mirarla y poner mis labios en su nariz para no notar su respiración. Y en ese momento ella abrió los ojos y me miró. Muy fijamente, como pidiendo auxilio, o como despidiéndose desesperadamente de mí, como diciendo "no he podido decirte adiós en voz alta". Y yo la miré. Y me sostuvo la mirada. Y dio una fuerte respiración. Y murió. Yo no creo en misticismos, pero sí creo que ella esperó a que yo estuviese con ella para irse. Y después de vivir dos muertes ante mis ojos y en mis manos, quiero que las otras dos que están por venir también sean ante mis ojos y en mis manos. Y quiero palpar con mis labios sus cadáveres. Quiero que, antes de que desaparezcan, hayan pasado por mis labios por última vez. Quiero que me miren al morir. Y que sus ojos pidan a los míos una respuesta afirmativa. Que sepan que nada va ser igual cuando no estén y que les he amado. Ahora que tengo experiencia en ver morir y voy a saber reaccionar, quiero verles morir. Y si me toca a mí primero, quiero que mi última visión sean ellos.

2 comentarios:

Ziortza Moya Milo dijo...

Me he sentido tan identificada con este relato, que no sé ni que comentario hacer. No sé si lo que cuentas es autobiográfico, pero a mí me ha pasado con todos los animales que he tenido, sin embargo la gente a mi alrededor ha querido "protegerme". No les culpo. Hablo de animales, pero con los seres humanos me pasa lo mismo. A la gente le puede parecer tétrico, pero yo también siento igual.

Un abrazo.

P.D.: espero no parecer muy pesada.

Vecu dijo...

Qué va, ¿cómo que pesada? Recibo cada comentario tuyo con todas las ganas del mundo. Sí que es autobiográfico. Los animales dan un cariño incondicional que no se consigue en los humanoides, para mí mis mascotas son mi vida.

Muchas gracias por comentar Ziortza :)