jueves, 22 de diciembre de 2016

Me he imaginado.

Mi vecina tiene un reloj de esos que marcan las horas y los cuartos con un sonido de gong. Cada cuarto de hora lo marca con una melodía que se completa al vencer la hora, y cuando esto sucede, da tantas campanadas como horas se hayan cumplido. Yo lo oigo desde mi cama todas las noches. Antes me parecía romántico, incluso acogedor. Ahora me hastía. Me molesta que me recuerde cada cuarto de hora que estoy en la cama despierto que me queda un cuarto de hora menos de sueño. Me he imaginado no pocas veces en el salón de su casa volcándolo contra el suelo y haciéndolo reventar esparciendo sus entresijos por los rincones, como si fuese un mueble lleno de dedales de porcelana recuerdo de Toledo, o vasijitas de barro recuerdo de Segovia.

Tuve un jefe que padecía de imposibilidad mental preocupante. De esos que cuando hablas con ellos de algo que no sea de trabajo te das cuenta de que es tonto en el sentido literal de la palabra. Que no da de sí, que no puede seguir un hilo argumental inteligente. Sus padres debieron donarle a la ciencia para sus experimentos mucho tiempo atrás, pero al parecer no lo hicieron. Me he imaginado no pocas veces asesinándole de múltiples y macabras maneras. Estrangulándole. Atravesándole con una espada salida de la nada. Golpeándole con un bate hasta hacerle inteligente. Apretando el nudo de su corbata hasta que se pusiese azul.

He sujetado la puerta y cedido el paso a infraseres que no han hecho siquiera un mínimo gesto de agradecimiento con la cabeza. Como si yo fuese el botones o una estatua o el calzador que sujeta la puerta para que no la cierre el viento. Incluso he cedido el paso a grupos enteros de personas que salían juntos, y ninguno de ellos ha dado muestras de agradecimiento. Como el ñu que en una estampida empuja a sus compañeros para pasar primero. Me he imaginado no pocas veces soltando la puerta y llamando a la o las personas en cuestión y escupiéndoles en el traje o la cara y dándome media vuelta sin consecuencia alguna.

Mis zapatillas nuevas siguen nuevas en la caja después de un mes por no tener que encordarlas. Por pereza. Por horror ante ese molesto trabajo de tener que ir agujerito por agujerito entrecruzando cada extremo del cordón. Me he imaginado no pocas veces yendo a la fábrica en Taiwan y preguntando por el encargado para que hiciese el trabajo por mí, que nada le costaba. Me he imaginado teniendo poderes como Merlín en la película de Disney y animando los cordones, dándoles vida, para que se colocasen solos mientras los gorriones y las pelusas del suelo hacen los coros de mi melodía.

He cumplido un año más. He llegado a esa edad en la que ya se ve la muerte aproximándose desde lejos. Ya se ha dejado entrever como los rayos de sol que van coloreando el cielo al amanecer, o como la costa que va apareciendo en el horizonte y se puede ver con un catalejo. Me he imaginado no pocas veces siendo un prodigio de la evolución y de la naturaleza, un caso inexplicable susceptible de estudio por los servicios de inteligencia de los gobiernos por ser inmortal y no envejecer nunca.

Para qué está la imaginación sino para darnos una felicidad inmaterial, intangible e irreal.

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