martes, 13 de diciembre de 2016

Matando el amor II.

Quería llegar a un concierto con la Muerte y le dijo: "Te ofrezco mi vida a cambio de que mates a Cupido. Ese vagabundo abominable. Dios de lo ominoso. Hacedor de muerte en vida. Verdugo de enamorados.". La Muerte le respondió: "No puedo matar a un dios a cambio de algo tan simple como tu vida. Debe ser algo que desees más.". Él le contestó: "Te ofrezco la vida de ella, la persona que más he amado y amaré en mi vida, aunque no me pertenece puesto que hace tiempo me sacó de su vida.". "Entonces tampoco me sirve. Ha de ser algo tuyo, propio", contestó solemne la Muerte. Y él dijo vacilante: "Te ofrezco mi corazón. Te ofrezco todo el amor que he sentido, siento y sentiré por siempre hacia ella.". La Muerte le examinó inquisitiva desde su espesa oscuridad. Y tras un momento de reflexión dijo: "Vale. Dame tu corazón y mataré a ese nefando Cupido". Inmediatamente él se rasgó la camisa dejando expuesto su demacrado esternón para que la Muerte pudiese introducir sus garras que rasgaban la piel, quebraban el hueso, quemaban como un hierro incandescente, y que finalmente agarraron con codicia ese corazón chorreante cargado de amor y lo arrancaron, dejando ondulantes venas y arterias desgarradas por las que escapaban espesos hilos de sangre. La Muerte sopló sobre la palma de su mano extendida, y de su aliento surgió una mujer vestida completamente de negro cuyos cabellos, igualmente negros, se mecían contra el viento. Sobre ella revoloteaban hambrientos buitres y cuervos. Negros como sus ojos. Desapareció en la lejanía dejando tras de sí una neblina oscura. Cupido no volvió a disparar una flecha más. Y todo siguió igual. Todo el mundo seguía fingiendo que se amaba. Todo el mundo seguía autoconvenciéndose de que amaba. Nada cambió salvo él, que jamás volvió a ser capaz de querer de verdad. Jamás volvió a sentir esa angustia que precede al conocimiento de que se está empezando a amar. Por fin fue libre.

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