jueves, 15 de diciembre de 2016

Las tres puertas.

Había tres puertas frente a él. En cada una de ellas había un pequeño postigo para poder examinar el interior de la estancia a la que daba cierre. La primera puerta a la que se asomó era de madera firme, robusta. Con una buena cerradura. Y sobre ella había un cartel colgante en el que había escrito lo siguiente: "Amor conformista". Lo que pudo ver en su interior era una estancia sosa, pero adornada. Colores que abarcaban gamas de marrón, desde el pálido hasta el oscuro. Grises de uniforme. Paños de ganchillo sobre las mesas circulares y los respaldos de sofás clásicos. Había un crucifijo sobre la cama perfectamente hecha, así como fotos de antepasados sobre la mesilla. Y lo que era más terrorífico, varias camas pequeñas de niño, e incluso alguna cuna. Y había también una puerta que parecía que conectaba con la estancia colindante. Así que fue a asomarse a la puerta de al lado con una sensación entre el horror y el desagrado. La puerta que ahora miraba estaba enmarcada dentro de un arco dorado, resplandeciente, preciosamente tallado. Piedras preciosas estaban engastadas por todo el marco. La puerta era de una madera brillante, con tallas de cuerpos según los cánones griegos. Sobre ella había un cartel de plata con las letras grabadas con excelsa caligrafía en el que había escrito lo siguiente: "Amor interesado". Se asomó al postigo y miró dentro. Había una chimenea con un fuego encantador en ella. Cabezas de animales exóticos colgadas de la pared. Bellos cuadros que se alternaban con las anteriores. Alfombras persas, sofás de diseño, una piscina con cascada. Y todo tipo de adornos a cada cual más hermoso. Y caro. Y también tenía una puerta que supuso era la misma que había visto en la estancia anterior. Una puerta que las comunicaba. Se separó con una sensación entre el desagrado y la repugnancia. Así que fue a la tercera y última puerta. Era de chapa. Estaba oxidada. Rayada. Tenía un marco de igual aspecto desastrado y destartalado. Abrió el postigo y vio que en el otro lado de la mirilla había una pequeña reja a través de la que se mal veía dentro. No había nada en la estancia. Sólo manchas de humedad en las paredes. Musgo y pelusas en los rincones. Una cama deshecha y maltrecha. Y un pequeño escritorio con papeles sobre él. No alcanzaba a ver lo que tenían escrito, pero sí podía ver que estaban desgarrados. Otros estaban arrugados en bolas y dispersos por el suelo. Se apartó con una sensación entre la desazón y la desesperanza. Levantó la mirada para ver lo que ponía en el cartel. No había cartel. Lo único que había era unas palabras mal escritas directamente en la pared, de las cuales quedaba el rastro seco de la tinta que se había arrastrado desde las letras como un llanto mudo. Y lo que había escrito era lo siguiente: "Amor verdadero". Miró las tres puertas. Las dos primeras con asco y repelencia. La tercera con pena y resignación. Sin más, se dio la vuelta y salió por la misma puerta por la que había entrado.

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