martes, 20 de diciembre de 2016

La chaqueta.


I. Un atropello.

Era de noche. La luna estaba cubierta por unas tenues nubes ligeras que le daban a su luz un toque melancólico. Se encontraba frente a su escritorio a la luz de una titilante llama que coronaba tímida la cumbre de una vela a medio gastar. La cera caía lánguida y densa acumulándose espesa en el platillo. Estaba escribiendo un nuevo relato, pero no le salía nada que le gustase. No se encontraba. Agarró la hoja y la estrujó iracundo entre sus manos haciendo una bola. La arrojó contra la pared y cayó junto al resto de infructuosos intentos arrugados en el suelo. Si no le salía algo decente para el final de la semana no cobraría, una vez más. Desesperado por su situación y la falta de inspiración se levantó violentamente haciendo que la vieja butaca de madera cayese al suelo provocando un ruido sordo en la pequeña habitación que le servía de casa, y salió de allí para dar una vuelta y despejarse. Con la rabia no se había dado cuenta de coger la chaqueta, y sus raídas ropas no eran suficientes para abrigarle del frío que le golpeaba como cientos de cuchillas. Se maldijo, pero no subió. Quizá ese frío le despejase lo suficiente y aquel viento arrastrase fuera de él todo lo que le impedía componer sus obras. Se puso en camino abrazándose a sí mismo para protegerse un poco. Se dejó llevar por las oscuras y húmedas calles sin prestar atención de por dónde iba. Alcanzó la gran avenida, esa por la cual paseaban los aristócratas, donde se encontraban las mejores tiendas de arte y joyería. Para ser la hora que era, la gran calle estaba bastante poblada de transeúntes. Le miraban mal, sus ojos altivos proyectaban desprecio como indignados por el hecho de que un mendigo como él estuviese ensuciando sus aceras con sus zapatos. Él notaba ese desprecio que se le clavaba en lo más profundo produciéndole mayor dolor que la gélida espada del viento que le cortaba la piel. Si consiguiese escribir algo digno podría hacerse famoso y acceder a aquel círculo de gente selecta y excelsa. Pero pensar en ello era una tontería, jamás sucedería. Las parejas, los solitarios paseantes y los grupos de amigos que pasaban por su lado o se apartaban para no rozarle o le hacían apartarse con la promesa muda de un fuerte y merecido empujón con el hombro cuando se cruzasen. Atorado y contrito como iba cruzó la calle sin mirar y un carruaje tirado por un caballo que pasaba justamente por ahí le golpeó haciéndole caer con fuerza al suelo. El impacto fue terrible. En ese momento comenzó a escuchar los improperios que salían de la boca del cochero. Dos cabezas se asomaron por la ventanilla para mirar qué había sucedido. Aquellas dos cabezas pertenecían a un joven caballero perfectamente estructurado y a una beldad como jamás hubiesen conocido sus ojos. Quedó estupefacto, aturdido por un momento, más por la celestial visión que por el golpe. Por un momento se olvidó del frío y del dolor. Al fin se hizo consciente de su situación y comenzó a oír los denuestos que le dedicaba el cochero para que se apartase. Se hizo a un lado arrastrándose, más por verla mejor que por quitarse de en medio. El coche se puso de nuevo en marcha y cuando pasó por su lado pudo escuchar que el joven decía: "Oh, no te preocupes querida, es tan sólo un pobre indigente que ha debido cruzar sin mirar. Pero tranquila, esta gente está fortalecida por sus duras condiciones de vida, nada envidiables, por otro lado, y estará acostumbrado al dolor. ¡Pobre, qué Dios le ayude!". Un rayo de furia cruzó la mente del pobre escritor que pensó: "Sí, que me ayude Dios, porque tú estoy seguro de que no lo harás". Se encontraba tirado en el suelo con un fuerte dolor en el cuerpo, pero sobre todo en el alma por pertenecer a una clase social que jamás le daría la oportunidad de mantener siquiera un saludo con aquella mágica visión.

II. La chaqueta.

Se levantó como pudo, dolorido como estaba. Echó a andar y salió de la gran avenida. Iba refunfuñando y pronunciando juramentos hacia sí mismo, lamentándose de su penosa situación y autocompadeciéndose. Una oscura criatura lo había observado todo sentada tranquilamente desde las sombras del tejado de una casita baja. Sonreía divertida ante la escena que acababa de presenciar. El muchacho siguió andando, cuando de repente reparó en un bulto que había sobre un banco.  Se acercó. Era una chaqueta. En un principio pensó que se podía tratar de un harapo arrojado por un mendigo al que ya no le sirviese, sin embargo, a medida que se acercaba se sentía más atraído y embelesado por ella. Era una chaqueta de buena hechura. Diría que incluso emitía un cierto brillo inquietante. La cogió para verla bien. Al instante, el contacto con ella le hizo sentir bien, le hizo sentir seguridad y atrevimiento. Se la puso. Le quedaba perfecta, era de su exacta medida. Estaba hecha de una tela suave de un color azul vivo, pero oscuro. De pronto le asaltó un pensamiento: ¿y si era la chaqueta de algún aristócrata al que hubiesen robado y le veían con ella? Sin embargo, al instante desechó ese pensamiento, no por el miedo, sino porque algo le impedía desprenderse de ella, y además hacía demasiado frío como para quitársela. Se apresuró a volver al agujero que le servía de casa. En su camino de vuelta se topó con varios transeúntes que le miraban como maravillados y le cedían el paso llamándole "señor". Él sí que se maravilló y extrañó mucho todas y cada una de las veces que ocurrió aquello. Al llegar a la casa donde tenía su habitación alquilada, se detuvo en el espejo de cuerpo entero que había en el recibidor. El reflejo le devolvía una imagen casi irreconocible. Su pelo, aunque revuelto, ahora le hacía parecer atractivo y perfectamente peinado. Su camisa y pantalón raídos, seguían estando igual de estropeados, sin embargo, en el reflejo se veían como si fuesen prendas recién compradas. Se miró ilusionado, frenético, estaba en éxtasis de felicidad. No podía ser verdad. Le dio la espalda al espejo y se miró para poder ver cómo quedaba la parte de atrás. Perfecto. Parecía un auténtico aristócrata. La chaqueta le daba un aire de distinción y sofisticación a todo él, incluso a su expresión. Subió a toda prisa a su habitación. Abrió la puerta con pulso tembloroso debido a los nervios que en ese momento le invadían. Se quitó la chaqueta con cierta reticencia, le costaba desprenderse de ella. Incluso tuvo que hacer varios intentos antes de ser capaz de quitársela para ponerla estirada en la cama y poderla observar con calma. Desde algún lugar en la calle, una maléfica risa perteneciente a una oscura figura que se iba refugiando en las sombras mientras se alejaba de la casa, hacía vibrar el gélido aire.

III. La invitación.

Lo siguiente que hizo después de permanecer unos minutos mirando fijamente y con admiración la extraña chaqueta refulgente fue buscar en todos los bolsillos por si hubiere algo. Cuando metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta notó que había un sobre. Lo sacó. Iba lacrado con un símbolo que no conocía, pero tenía sus iniciales y por detrás llevaba su nombre completo. Lo abrió y sacó su contenido. Era una invitación a una fiesta de la alta sociedad en el palacio del barón de M... que se llevaría acabo el día siguiente, y él se encontraba invitado. La celebración consistía en un cocktail por la tarde y un baile posterior por la noche. Se encontraba aturdido. Cómo podía estar pasando aquello. Tenía que ser un sueño. Desde luego que normal no era. No sabía qué hacer. Cogió la chaqueta y la colocó pulcramente sobre el respaldo de la silla. A continuación se dejó caer en el catre y quedó desplomado sobre él. Habían sido muchas emociones en muy poco tiempo. Llegó el medio día y se desperezó como aturdido. De repente le llegaron de golpe todos los recuerdos del día anterior. ¿Había sido todo verdad o había sido un sueño? Se tocó el costado, le dolía. Miró hacia la silla y ahí estaba la chaqueta. Miró en la mesa y vio la invitación. No podía ser, todo había sido verdad. Se sentó en la cama y metió la cabeza entre sus manos. Se mesó los cabellos sin saber qué pensar. Confuso. Si todo era cierto, cómo iba a hacer para conseguir ropa adecuada para el evento. No tenía tiempo, y aunque lo tuviese no tenía dinero. Y su armario estaba vacío, tan sólo tenía las prendas que ahora vestía. Se exasperó. Se levantó, cogió la chaqueta y la arrojó furioso contra la pared. La prenda cayó inane al suelo. Dio varias vueltas a la pequeña habitación. Pateó el cubo que le servía como papelera provocando que se vertiese su contenido por el suelo. Se volvió a sentar en la cama y adoptó la misma postura que antes. Se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar con el recuerdo de aquella cara en su mente. ¿Por qué? ¿Quién le estaba haciendo esto? Darle la posibilidad de ir a una fiesta que le permitiría acceder a la alta sociedad y, probablemente, a la joven del día anterior, a sabiendas de que no podía ir impedido por su imposibilidad para encontrar adecuada vestimenta. Levantó la mirada y se maravilló muy mucho. Sobre la silla se encontraba perfectamente colocada la chaqueta, como si nunca la hubiese lanzado contra el suelo. Se levantó tembloroso. Aquello era cosa de brujería. La tocó. La acarició. No sabía por qué, pero tenía necesidad de tocarla, de mirarla, de ponérsela. Y eso es lo que hizo. Se la puso. En ese preciso instante, todos sus miedos y dudas desaparecieron. Se sentía perfectamente seguro de que podría entrar en aquella fiesta y en cualquiera que organizase el mismísimo príncipe. La fiesta comenzaba en dos horas. Cogió la invitación, la metió en el sobre y éste en el bolsillo interior de la chaqueta. Esperaba que no le pusiesen pegas por llevar el sello roto. Bajó a la calle para ponerse en camino, pues tendría que encontrar un medio de transporte que le permitiese llegar a tiempo, pero antes se miró en el espejo del recibidor. Estaba perfecto. Se veía mejor que nunca. Salió contento a la calle y recibió con anhelo y gratitud el frío viento en la cara. De pronto, una voz le sacó de su embeleso. Una voz rasgada que decía: "¿El Señor P. M.?". Era un hombre enjuto y encorvado que miraba hacia el suelo mientras sostenía su sombrero entre las manos a la altura del pecho. El chico dudó, aunque habían dicho su nombre, lo único que acompañado de "señor", no se fiaba de lo que ocurría. Aún así, por un impulso salido de no sabía dónde, dijo: "Emmm... Sí, soy yo". "Suba, por favor". El hombrecillo le abría la puerta de un lujoso carruaje al cual le invitaba a entrar. Entró. El extraño cochero se subió al pescante y atizó a los caballos. El carruaje arrancó, y desde dentro le pareció escuchar el eco de una risa, como si el cochero estuviese riéndose. Pero no era una risa desconocida, era una risa familiar que le había parecido escuchar en otra ocasión.

IV. La fiesta.

Llegaron sin ningún percance a la fiesta. El cochero le abrió la puerta y le hizo una reverencia mientras bajaba. El muchacho se acercó decidido hacia el portón de entrada al palacete. A su alrededor estaban terminando de llegar los últimos carruajes. Había comenzado a atardecer y el cielo se enrojecía poco a poco. Se giró una última vez antes de llegar al portón para mirar su carruaje. Estaba allí. Y, aunque no veía la cara del hombrecillo que había hecho de cochero, sabía que vestía una siniestra sonrisa que hacía eco en su interior. Sacudió la cabeza para desechar cualquier pensamiento que no fuese el de entrar ya a la fiesta. Se acercó al portalón y allí, el encargado de nombrar a los invitados en voz alta le pidió cortésmente su invitación. Él la saco un tanto dudoso, sin embargo se mostró sorprendido cuando vio que el sello de lacre estaba en perfecto estado, se había reconstruido. El hombre del servicio lo abrió y le nombró en alta y recia voz. "Adelante señor", dijo a continuación con una reverencia. Al llegar al gran salón se maravilló muchísimo. Jamás había visto tanta opulencia hiperbólica, tanta suntuosidad en los gestos de la gente, tanta palabrería vacía y tanta risa histriónica y falsa. Sin embargo le gustaba. Al pasar entre los diferentes grupos de personas, todos le miraban asombrados. Veían a un joven bello, esbelto, perfectamente adornado por su ropa, sobretodo por aquella chaqueta de tan buen gusto. Debía de pertenecer a una gran familia, eso estaba claro. Se le acercaban hombres a hablar de esto y de lo otro. Se le acercaban mujeres maduras que buscaban una escapatoria a la desidia de sus matrimonios en un posible adulterio posterior. Se le acercaban jóvenes ansiosas por encontrar un esposo digno y a la altura de su majestuoso abolengo. Sin embargo, él sólo la buscaba a ella. La buscaba con la mirada mientras le hablaban, respondiendo a las conversaciones sin interés, sin escuchar lo que le decían. En un momento dado fue a buscar una copa de vino y allí la vio. Ella había ido a lo mismo. Y se encontraron allí. Se miraron. Ella bajó tímida la mirada y sonrió. Él la ofreció conversación. Una conversación que jamás se habría imaginado ser capaz de mantener. Una elocuencia que no conocía en sí mismo. Ella respondió a todo con simpatía y con educada y tímida receptividad. En un momento dado, el caballero que la acompañaba en el carruaje que le había atropellado el día anterior, se acercó celoso e intentó dejarle en evidencia: "¿Y de dónde habéis salido vos, buen caballero? Su cara me resulta familiar. Me recuerda a un mendigo que ayer tuvo la desgracia de tropezar con nuestro carruaje". El joven sonrió y le contestó: "Me sorprende que alguien que jamás ha hecho nada por vivir en vuestra abundancia y comodidad muestre tal desprecio hacia alguien que no tiene qué comer y que que lucha cada día por poder sobrevivir. Para mí esa gente tiene todos mis respetos". El caballero se mostró un tanto ofendido y respondió con mucha pompa: "¡Ja! Me abruma que alguien de vuestra posición muestre tanto interés y preocupación por tales personas sin recursos. Es muy loable. Sin embargo, apostaría cada botón de oro de su chaqueta a que jamás se cambiaría por uno de ellos ni le ofrecería más ayuda que la que les ofrece con su vacío discurso para intentar emocionar e impresionar a una dama". El joven le miró con recelo y sonrió con ironía: "Tenéis razón caballero. Pretendo impresionar a esta dama, no a vos. Así que si no le agrada nuestra conversación, es de buena educación y saber estar el no interrumpir con palabras torpes y a destiempo una conversación a la que no ha sido invitado". Se giró hacia ella y le ofreció el brazo: "¿Me acompañáis a dar un paseo?". Ella miró al otro joven con cierta sensación de incertidumbre, pero dijo: "Sí, salgamos a pasear por los jardines. Hace una noche preciosa aunqe fría. Lo último que me gustaría sería que dos jóvenes apuestos se peleasen por una nadería así. Vayamos". Y así lo hicieron. Ambos salieron de allí y se adentraron en la fría y preciosa noche que arropaba los jardines con su oscuro manto.

V. Al final.

Llevaban caminando por preciosos paseos bordeados de vegetación un buen rato. La luna proyectaba sus sombras como si fuesen una sola. Ambos estaban fundidos en una vorágine de sentimientos que habían surgido espontáneamente en ese momento. Iban en silencio, disfrutando del contacto de sus brazos, que estaban entrelazados en un abrazo suave. De pronto ella rompió ese silencio y dijo: "Sentémonos en aquel banco". Fueron al banco y se sentaron. Estaban uno junto al otro. Muy cerca. Ambos sentían el calor que desprendía el otro. En ese momento se miraron bajo la atenta mirada plateada de la luna. El vaho que desprendían sus labios se unió en uno solo en el frío aire. Y un instante después sus bocas se unieron en una única cavidad. Se abrazaron. Ambos se sentían llenos de vida. Él notaba cómo ella se estremecía como si estuviese refrenando unos sentimientos que no debería tener. Por un momento se olvidaron de todo, del frío, de la discusión anterior, de la oscuridad. Sólo notaban sus corazones. Sus respiraciones. Ella dijo: "Deberíamos volver, no me gustaría que nos viesen". "No te gustaría que nos viese él, ¿verdad?". Ella miró hacia abajo un tanto azorada: "Sí". "Bien, vayamos. No me gustaría causaros problemas por nada del mundo". Se levantaron y comenzaron el camino de vuelta. Ella temblaba de frío. Él la detuvo delicadamente cogiéndola del brazo. Se quitó la chaqueta y se la puso: "Tomad, cubríos con ella". Ella le sonrió y aceptó la chaqueta con un encantador gesto. De repente, cuando se la hubo echado por los hombros y volvió a mirarle se horrorizó. Vio a un desastroso individuo, con harapos en vez de ropa. Sucio, despeinado. Retrocedió unos pasos aterrorizada y ahogando un grito. Él le dijo con preocupación: "¿Qué? ¿Qué os ocurre? ¿He hecho o dicho algo que os haya molestado?". Ella no contestó. Mutó su gesto del horror a la repugnancia y de la repugnancia al desprecio, y dijo con una voz chillona: "¿Quién sois vos? ¿De dónde habéis salido? ¿Dónde está el dueño de esta chaqueta que estaba aquí hace un momento?". Y comenzó a pedir auxilio llena de miedo. Él sin entender nada se miró y se vio. Volvía a llevar las desastrosas y remendadas ropas de siempre. Se tocó el pelo y lo notó alborotado y grasiento. También se horrorizó, pero intentó calmarla. Se acercó a ella diciendo: "Soy yo, dejad que os explique". Ella se apartó y bramó: "¡No! ¡No me toques sucio mendigo! ¡Aléjate de mí! ¡Auxilio!". De pronto, escuchó cercanos los pasos de gente corriendo hacia ellos. Él la miró una última vez y se fue a toda prisa sabiendo que no volvería a verla. Corrió tanto como pudo para salir de aquella propiedad. Desde la oscuridad una figura sonreía. Había presenciado toda la escena. De principio a fin. Ahora el muchacho, pensó aquel oscuro ser, se daría cuenta de que esa aristocracia a la que tanto aspiraba y con la que soñaba no era más que un cascarón vacío. Una carcasa superficial de sentimientos tan frágiles y huecos como la riqueza, y tan duros y fríos como la pobreza. Pero al menos tendría una historia sobre la que escribir y que seguro le comprarían y le haría famoso, tal y como quería. Y se rio. Una siniestra y gutural risa brotó de su garganta. El eco de sus carcajadas alcanzó al muchacho que no cesó de correr hasta llegar agotado y sin aliento a su casa, donde se refugió y lloró. Lloró porque sabía que jamás la volvería a ver. Y con ese sentimiento de desesperanza, de desasosiego, de ansiedad, de tristeza, de melancolía comenzó a escribir sin parar. Ninguna de sus hojas sufrieron su destructiva ira como había ocurrido tantas veces con las anteriores de sus compañeras. Lloró todo su dolor en tinta y papel. La demoníaca figura le observaba desde un oscuro rincón satisfecho. Y pensó divertido que, al fin y al cabo, no era tan malo ni protervo como le pintaban las Sagradas Escrituras. Y volvió a reírse. Esta vez para sí mismo.

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