jueves, 29 de diciembre de 2016

Inocentada.

Se giró. Cogió su cara con ambas manos. Abrazando su mandíbula. Los pulgares acariciaban su mentón. Entonces, acercó su boca a la de ella. Ambas bocas se juntaron en una. Las dos lenguas se recorrían húmedas, lentas, saboreándose. Su aliento olía bien. Su boca sabía bien. Ella era bien. En ese momento sintió que quería eso para siempre. Que no había habido ninguna otra boca que le hubiese hecho sentir aquello. Y de repente escuchó un eco en su cabeza. Unas carcajadas. En ese momento no les dio importancia. Un año después de aquello se dio cuenta de que aquellas risas eran Dios que le estaba gastando una inocentada.

No hay comentarios: