sábado, 17 de diciembre de 2016

Esperaz.

Salió un viernes más y fue a un garito mmmmuy pijo con unas personas del curro que frecuentaban esos sitios. A la sala "Diversión", así, en una traducción literal. Por lo visto hace las veces también de teatro, quién lo diría. Es como si el infierno fuese sólo infierno por las noches de fin de semana y un café lounge de modernos entre diario. O la Cañada Real fuese una biblioteca por las mañanas y un antro de perversión por las noches. Él llevaba sus pintas con el palestino, pantalón cagao y Eskorbuto en la cami, pero le dejaron pasar porque eran como ochocientas personas en el grupo y les compensaba a los de la discoteca. Pues en el garito casi le zurraron dos veces. Debía ser que esa gente que va a ese teatro antro no está acostumbrada a prendas sin cuello. Y también le llamaron anarquista, comunista, maricón, vasco (cuánto daño ha hecho "Ocho apellidos vascos"), le ofrecieron coca, pastillas y no se sabe cuántas drogas más. Esperaz. Esperaz. Pisad el freno. ¿Anarquista? ¿Comunista? ¿Vasco? Lo de maricón pase, por su fineza en los gestos. Putos prejuiciosos de mierda. Basándose en esa regla, o menstruación, él podría haber considerado a todas las pibas del garito zorras calienta pollas por ir vestidas de chabacanas con sus vestidos y bolsos de puta en Noche Vieja y tacones de tres pisos con ascensor. Y a ellos pijos fascistas de mierda, encefalogramas planos con el cerebro en la polla. Y probablemente no se equivocaría al llamárselo. Quizá ellos tampoco se equivocaban con los adjetivos y apelativos con que le habían calificado y designado.

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