martes, 8 de noviembre de 2016

Telefonillo cabrón.

Estás solo en casa esta semana porque tu familia se ha ido fuera. Por fin estás solo. Completamente solo. Salvo por la inapreciable compañía de tus gatos. No esperas ni siquiera al cartero comercial. Te terminas de manufacturar uno de esos que te nubla los sentidos compartiendo silla con uno de los gatos. De pronto, y sin venir a cuento, suena el telefonillo. Todos os sobresaltáis, los gatos y tú. Te encoges en la silla cual rata acorralada en un rincón del susto que te ha dado aquel estridente sonido y miras hacia la puerta de tu habitación asesinando mentalmente a quien haya tocado el botoncito del telefonillo. Los gatos, más ingeniosos, también se sobresaltan y corren a refugiarse en la oscuridad del armario. Por un momento te planteas el hacerte pasar por gato e ignorar la llamada, pero no, vas a abrir. La chica de la limpieza. ¿La chica de la limpieza? Pero para qué vienes, si estoy solo y casi no mancho y ya he fregado yo los cacharros joder. La abres con desgana y esperas a que suba. Cuando llama al timbre te vuelves a sobresaltar, no esperabas que tardase tan poco en subir. Abres, saludas, mantienes una conversación lo más cortante posible, pues tiene gran capacidad para el habla superflua e inoportuna y te vas a tu cuarto. Y lo que haces es cerrar la puerta y meterte en el armario con tus gatos hasta que el peligro haya remitido y vuelvas a estar solo.

2 comentarios:

Fernando dijo...

Cometiste un error al abrir, Vecu. El piso hubiera aguantado otra semana sin limpieza.

Vecu dijo...

Pfff, y que lo digas. Pero he actuado sin pensar, lo siento, no volverá a suceder.