martes, 8 de noviembre de 2016

Las cuatro estaciones.

Primavera.
Vas por el parque que está al lado de tu casa. Vas observando lo bonito que está, los distintos verdes de la hierba y de los árboles. Las flores y sus aromas. Y hablando de aromas, en ese momento te percatas de que tienes el demonio llamando a las puertas de tu ano. Te subes rápido a casa y entras en el váter. Ya no huele a flores, pero te sientes florecer. Y así es como se giña en primavera.

Verano.
Estás en cualquier albergue o camping. Un incómodo apretón te estruja los intestinos, todos, el grueso y el delgado. Llevas comiendo demasiados días seguidos pan de molde recalentado en el maletero del coche o en la mochila o en la tienda de campaña, con salamis y chorizos avinagrados de oferta, recalentados de igual manera. Vas a los baños y recorres una a una las puertas a ver cuál es el claustrofóbico habitáculo libre que tenga menos mierda. Los hay que tienen un pastel y no precisamente de miel, como decía Mamá Ladilla. Encuentras uno que, sin ser de tu agrado, puede valer. Pones los cuatro papeles que separen tu piel del plasticucho de la taza y te alivias. Te quedas nuevo, sales como salen las zapatillas de la lavadora, como nuevo. Y así es como se giña en verano.

Otoño.
Vuelves a casa. El ambiente está fresco y húmedo. El cielo lluvioso y el suelo mojado. Te gusta. Sin embargo eso es peligroso, las hojas pegadas a la acera resbalan. Y te resbalas, y en el acto de hacer el esfuerzo para no escoñarte aprietas todos los músculos de tu cuerpo, incluido el vientre. ¡Uy! Casi te hostias y casi te giñas por partes iguales. Es necesario llegar a casa. Llegas y vas directo al váter. Ni siquiera te pones la ropa de estar a gusto en casa. Y te alivias en tonos muy a juego con la estación. Y así es como se giña en otoño.

Invierno.
Llevas giñándote todo el día en el curro, pero pasas de ir ahí porque te da asco, aparte de que la giñación es un acto que hay que hacerlo a gusto y relajado, y en el trabajo no se da ninguna de esas dos condiciones. Estás volviendo a casa y parece que se te han pasado las ganas. Pero tu cuerpo es sabio y detecta, no se sabe cómo, que estás cerca. Y cuanto más te aproximas a la puerta de tu casa, lo que antes no te incomodaba ahora empieza a empujar como la escoria del metro para entrar por las mañanas al vagón. Llegas al váter. Hace frío, y la taza está congelada. Así que lo primero que apoyas son las manos en la parte delantera para, a continuación, situar sobre ellas la parte delantera de tus muslos y minimizar daños. Pero los glúteos caen a plomo sobre la parte trasera de la porcelana. Todo se te encoge, incluso el orto. Hasta la caca, que antes se la veía tan intrépida, desrecorre el camino que había estado haciendo durante todo el día. Y cuando ya se ha quedado la taza caliente, ya la caca decide que puede salir y se lanza al agua como los niños a las piscinas, haciendo una bomba. Y así es como se giña en invierno.

Conclusión.
Como decía Eskorbuto, "y en el culo tengo una herida por donde se escapa toda mi vida".

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