lunes, 14 de noviembre de 2016

La flor.

Había un payaso con la chaqueta un poco raída y descolorida. Los calcetines desparejados en altura, uno por el tobillo y el otro por la pantorrilla. La pintura de la cara se le había corrido y mezclado. Se encontraba en un hermoso y fértil campo de flores. Las había de todos los tipos y colores. Iba encorvado, como buscando algo. Rápidamente, la noticia se había extendido por entre todos los animales de aquel vistoso campo. Un colibrí se acercó y le dijo: "¿Qué es lo que buscas payaso?". "Una flor. He perdido la que tenía en la solapa y estoy buscando una con que sustituirla", respondió el payaso en un tono plañidero. "¡Oh! No te preocupes por eso", dijo el colibrí en un tono desenfadado y alentador y prosiguió: "Aquí tienes todas las flores que quieras, seguro que encuentras una con que sustituir a la anterior. Mira, allí están las más grandes y hermosas, hazme caso, que yo desde las alturas puedo verlas todas y te aseguro que son las mejores". El payaso le dio las gracias con una reverencia sosteniendo su mustio sombrero entre las manos y a la altura del pecho y fue a ver. Las observó y examinó con paciencia, pero aquello no le satisfacía. Cogió algunas y las acarició, pero es que él no quería esas grandes flores de fuertes tallos, él quería su flor. Tal y como era, tal y como había sido. De pronto escuchó una voz que le dijo: "Payaso, sabemos lo que buscas y entendemos del tema". Una pareja de regios y maravillosos ciervos se encontraba frente a él: "Allá encontrarás las más sabrosas y revitalizantes flores que jamás hayas visto", dijo el ciervo macho a la par que hacía un ademán con la cornamenta para señalar. El payaso le dio las gracias humildemente de igual forma que al colibrí y marchó para allá. Efectivamente, se las veía flores sabrosas y jugosas. Buscó un rato, pero aquello tampoco le satisfizo. Él no quería flores sabrosas ni jugosas, él quería su flor. Tal y como era, tal y como había sido. Quedó triste, casi sin esperanza, cuando de repente escuchó un zumbido junto a su oreja que le decía: "Señor payaso, no hagas caso de ninguno de estos ignorantes, mira allí", era una abejita pequeña que señalaba con una de sus patas hacia allí. Continuó: "Allí se encuentran las flores más llamativas, de colores más vivos y con el mejor polen de toooooodo el campo". El payaso repitió una vez más su reverencia y fue hacia allá. Sí, definitivamente allí se encontraban las flores con los brillos más encantadores que arrobaban los sentidos. Unos colores como antaño hubiesen cubierto su rostro alegre. Buscó. Buscó. Cada vez más encorvado. Llegó a encorvarse tanto que acabó gateando. Ya comenzaba a anochecer cuando una silueta negra crascitó frente a él. Un enorme cuervo negro de brillos azulados le miraba entre curioso, entretenido y apenado. Le dijo: "Payaso, te llevo observando todo este tiempo. Eres un necio, si me permites el adjetivo. ¿Tanto querías a aquella flor?". El payaso le miró lloroso y asintió con el sombrero entre las manos a la altura del pecho. El cuervo dijo: "Si tanto la querías ¿crees acaso que aquí o en cualquier lugar vas a encontrar una sustituta? ¿Crees que ninguna de estas flores se puede igualar en belleza y compañía a la que antes vestías en tu solapa?". El payaso negó con la cabeza convulsionado por el llanto. "Por mí puedes quedarte aquí", continuó el cuervo: "Yo no soy ningún experto en flores pues no me alimento de ellas ni me gustan. Me alimento de carne muerta, como en la que te convertirás tú si sigues buscando a la sustituta. Puedes seguirla buscando o puedes irte y dejar de buscar. Si dejas de buscar, lo peor que te puede pasar es que nunca encuentres otra flor, y lo mejor, que aparezca sola como apareció la anterior. Si sigues buscando, tanto lo mejor como lo peor es que nos sirvas a mí y a los míos de comida. Tú decides". Y sin más el cuervo desapareció en la oscuridad. El payaso miró hacia el lugar por el que se había marchado aquel misterioso ser y se puso el sombrero. Sin decir nada, comenzó a caminar sin dejar de llorar para salir de allí mientras agradecía mentalmente y con verdadera efusividad las palabras del cuervo.

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