domingo, 25 de septiembre de 2016

Tu noche de boda, mi muerte.

Ahora en tu cabeza no hay hueco para mí. En este momento ya está hecho, ya te has casado. Ahora mismo estarás terminando el banquete, o bailando, o en la noche de bodas. Estás acostada con él, quizá fabricando vuestro primer hijo, que nacerá en el mismo tiempo que ha durado nuestra historia. Nueve meses. Ahora en mi cabeza sólo hay hueco para ti, aunque lucha por empujarte fuera y vaciar ese hueco que ocupas. Ese hueco que es todo. Os he visto en mi cabeza. Él de chaqué, como no puede ser de otra manera, aristocracia o aires de ello. Tú de novia perfecta. Me imagino tu foto que jamás veré y que grabaría para siempre en mi cabeza si la viese. Tienes que haber estado perfecta. Y me jode. Me jode porque quiero esa perfección a mi lado. Pero sin un cura entre los dos que medie entre nuestro amor. Si te hubiese tenido que prometer amor eterno hasta que la muerte nos separase, querría que estuviésemos solos. Que nadie más fuese partícipe de ello. Que fuese sólo para nosotros dos. No llevaría traje, ni chaqué ni pingüino ni nada de esa mierda. Probablemente llevaría la ropa con la que hubiese dormido esa noche. Tú llevarías tus All Star blancas, el vaquero negro o azul oscuro, cualquiera te queda perfecto, y una camiseta. No nos harían falta trescientas personas viendo un teatro en el que nosotros fuésemos los protagonistas de esa comedia romántica. Pero ahora estás en la cama con él, celebrando tu noche de bodas. Yo celebraría cada noche, no como si fuesen noches de boda, sino como si fuesen todas y cada una de las noches que he querido vivir y querría vivir siempre. Me ahogaría entre tus muslos. Bucearía entre tus labios. Bebería tu saliva. Comería tu lengua. Comería cada parte de ese cuerpo que se adapta tan perfectamente a mi moldura y a mis huesos, a mi delgadez, a mis vísceras. Pero no. Ahora estás con él. Has pasado de ser mi vida, a ser mi muerte.

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