viernes, 2 de septiembre de 2016

Taquillera incómoda.

Vas al ambulatorio. Necesitas que tu médico de cabecera te vea de urgencia, porque llevas como tres horas llorando a intervalos no consecutivos, te tiembla el pulso, te sientes como si el octavo pasajero se encontrase jugando a usar sus uñas dentro de tus entrañas. Que bueno, eso de urgencia suena a exageración, si pudiese diría que voy a que me vea ya, que lo necesito, pero el término para que te entiendan es "de urgencia". Y te esperas una cola de decenas de personas. Avanzan a un ritmo demasiado lento para tu gusto. No sabes si es que cada uno de ellos le están leyendo a la taquillera que si el estado del arte del estudio sobre la materia oscura del universo, si le están explicando el libro de Malaz: Los Jardines de la Luna o si están leyéndole el libro de mil sesenta y nueve recetas de Karlos Arguiñano del Diez Minutos. No sabes, pero tardan la vida. Ya estás en la línea esa que reza: "Espere aquí a ser atendido". Y esperas a ser atendido. La taquillera no tiene a nadie dándole la barrila ya, pero parece que no asoma la vista por encima de la pantalla y no te ve. Sigues haciendo caso a la imperativa orden de esa imponente banda pegada al suelo: "Espere aquí a ser atendido". Sí, joder, eso hago, pero es que esa señora no sé si me ha visto, o no, o si está esperando a que yo tome la iniciativa. Claro, nunca sabes cómo acertar, si te acercas y ella no te había llamado te va a decir algo como: "¿No ha leído usté la banda? Hay que esperar", con una voz más allá del desagrado, cosa que no sale innato, eso son años de curro. Y si no vas, pero ella daba por hecho que tomarías la iniciativa te dirá algo como esto: "¿Bueno pasas o no?". Joder, cómo atinar. Yo, en serio, me siento superado por aquello, me empieza a sudar la frente y a temblar las canillas. ¿Qué hago? ¿Qué hago? Así, mirando nervioso hacia los lados, como si el aire te fuese a dar una respuesta, y con los brazos encogidos contra el pecho y los dedos de las manos entrelazándose rápidamente unos con otros. Bueno, todo se resuelve normal, te llama. Te acercas acongojado. Te mira: "¿Sí?". Joder, ¿le habla usted con esa voz a su nieta barra hija barra sobrina (nunca se puede identificar bien la edad de esas señoras taquilleras de los ambulatorios)? No me extraña que huyan de usted. Total, que le cuentas tu problema: "Necesito ver a la doctora de urgencia". Y te dice, al loro, te dice: "¿Es urgente?". Hombre señora, en la propia frase anterior que enuncié se encontraba la palabra urgencia, y no había un "no" delante. Y le respondes: "Sí, es urgente". Te dan paso. Llegas a la sala de espera frente a la puerta de tu médico. Ni un alma. No hay ni Dios. ¿Y para eso me pregunta la señora taquillera que si era urgente? Joder, si hubiese habido una puta estampida de jubilados esperando allí, todavía, pero es que no había ni Dios. Pues nada, taquillera: que le jodan, que ya he pasado. Y haces un corte de manga con la lengua fuera.

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