domingo, 4 de septiembre de 2016

Man of the hour.

Te pones a propósito una canción que está relacionada con ella. Quieres saber qué te evoca. Qué va a despertar. Cómo te va a sentar. Notas una especie de hormigueo dentro. Algo está rascando el fondo, como un vampiro que se va despertando de su letargo y extiende el brazo para abrir el ataúd. Notas muy levemente, muy lejos, esa sensación que tenías cuando la ibas a ver al día siguiente tal y como ella era. Notas muy en lontananza una emoción que te resulta familiar, la misma que tuviste cuando resultó que a ambos os gustaba esa canción. Cuando ambos mirabais en sentidos opuestos para poder veros. Pero se queda allí. En el horizonte. No puede atravesar la densa niebla que oscurece todo el camino hasta aquí. Notas cómo va desapareciendo lánguidamente. Y en su lugar queda un témpano. Quedan carámbanos goteantes. Vaho. Y no puedes escuchar más. Dejas que termine la canción para no volverla a poner. Notas cómo esa emoción vuelve a cerrar el ataúd y cierra los ojos con la esperanza de que no vuelvas a molestarla para nada.

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