viernes, 23 de septiembre de 2016

Eres una joya.

Desde pequeño todo el mundo decía que eras una joya. Eras un niño de sobresalientes, sin destacar, una persona humilde que no se comparaba con nadie, diferenciándote de esos que siempre comparaban notas a ver quién era el que más sacaba. Desde pequeño, tus profesores, las madres de otros niños, todos, le decían a tu madre lo maduro, lo inteligente y lo por encima que estabas de todos. Todas las madres comparaban a sus hijos contigo, incluso las de tus amigos, y te sentías mal, porque te hacían quedar por encima de ellos en todo, hasta en cómo te cepillabas los dientes. Joder, dejadme en paz. Dejad al chico en paz. Dejadle que sea como sea, que no destaque, dejadle que aunque haga todo bien no destaque, por favor. Pero no, destacabas. Destacabas porque eras el puto niño perfecto. Sin embargo, ahora qué. Tus amigos, que sacaban suficientes e insuficientes, tienen un trabajo mejor, cobran más y tienen una persona a su lado que les hace cosquillitas en la espalda cuando se lo piden. Tú te has convertido en una mierda que bebe y que fuma porros. Menuda joya. Si aquellos profesores, aquellas madres, tuviesen que hablar o comparar ahora, qué dirían. Si te viesen como te ves tú cada fin de semana. Cada día. Qué pensarían, o qué dirían. Quizá dirían que menos mal que su hijo no ha salido así, que menos mal que suspendía y no era tan maduro. Que menos mal que se cepillaba los dientes como si las manos no fuesen las suyas sino las de otro. Y al final, ¿quién es la joya?

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