jueves, 15 de septiembre de 2016

El topo, la rata y el halcón.

I.
Era un día bonito. El sol brillaba allá suspendido sobre un azul intenso pero claro. Esponjosas y redondeadas nubes de perfecto blanco se daban un paseo matutino al calor de las atemperadas alturas. Un topillo salió de su madriguera. Asomó primero la cabeza y miró a uno y otro lado sin ver absolutamente nada. Pero le gustaba siempre asomarse y echar una ojeada ciega. Salió del todo y se puso a tomar el sol sobre una parcelita de hierbajos que previamente había acicalado y arreglado. En estando en esas, le pareció escuchar con su prodigioso oído una especie de llanto. Se incorporó rápidamente y miró en derredor maravillado. Identificó de dónde procedía aquel plañir tan atractivo y se acercó al trote atraído por una fuerza irresistible. Estando ya cerca dijo en alto:
- ¿Quién está ahí? ¿A quién pertenece este llanto que suena como el cantar del ruiseñor cuando dio a luz a la rosa roja?
De pronto, una voz aguda y entrecortada le contestó:
- Vete.
El topillo se giró hacia el lugar del que procedía aquella melodiosa voz.
- ¿Quién eres? - Dijo el topillo. - ¿Por qué me apremias a que me vaya cuando tan sólo acabo de llegar?
- ¡Vete! ¡Oh, vete por favor! No me ridiculices más.
- ¿Ridiculizarte? ¿Por qué?
- ¡Oh! ¿No te parece bastante con reírte de mi forma de llorar? Vete, ya tengo bastante sufrimiento y burlas encima, como para tener que aguantar la mofa de un topo.
- No me estoy mofando en absoluto. Dime qué te ocurre, por favor. Mi intención no era la de ofenderte, sino la de conocer al ser cuyo llanto me ha atraído sin poder resistirme hasta aquí. Sólo quiero saber qué te ocurre y quién eres, pero si de verdad crees que me estoy riendo de ti, dímelo y me marcharé por donde he venido.
El ser que todavía no se había identificado le miró extrañado, como desconfiando, y dijo:
- Soy una rata. La rata más fea de mi comunidad. Tan fea que me han terminado expulsando de su sociedad con sus burlas. Se ríen de mí a cada momento, de mi fealdad, de mi pelo hirsuto y descolorido. De mis ojos sin brillo y de la distancia que los separa. De... - de repente, el topillo la cortó y dijo:
- Discúlpame por interrumpirte, pero creo que ya he escuchado suficientes banalidades. ¿Acaso no puedo yo discrepar de todo aquello que me estás diciendo? No veo en ti ninguno de esos rasgos tan propensos a ser objeto de chanza.
- Qué vas a ver tú, si no eres más que un topo. Un ciego topo loco que no sabe lo que dice.
- He de reconocer que, si bien no soy el más cuerdo de aquellos que recorremos las profundidades de la tierra, y que ciertamente mis ojos no ven más allá de lo que pueda ver la piedra de un río, sin embargo, tengo otros sentidos que me permiten ver y llegar allá adonde nadie más puede. ¿O acaso me vas a decir que mi olfato me miente cuando lo que en ti huelo es un perfume de jazmín y romero?
La rata se ruborizó un poco y se encogió avergonzada:
- No, es cierto, he ido a pasear por entre los jardines de esas plantas aromáticas que mencionas.
- ¿Acaso me vas a decir que mis bigotes no captan tu convulso movimiento que hace vibrar triste y melancólico al aire? ¿Acaso me vas a negar que mis oídos no son capaces de identificar la belleza en la armoniosa melodía de tu llanto como la mejor de las arias que cualquier ave haya compuesto en este bosque?
La rata se rió un tanto tímida, una risita más para sus adentros que para su agradecido público.
- Déjame que te toque para poder comprobar por mí mismo el suave tacto de tu enmarañada melena, que sin duda me volvería ciego con sus reflejos rubios si no lo estuviese ya.
La rata se acercó para que el topillo pudiese acariciarla. Con todo el sumo cuidado de que fue capaz, el topillo deslizó sus pequeñas garras por aquella maraña enrevesada de pelo duro. Retiró la mano y guardó un momento de silencio. Al cabo dijo:
- He de reconocer que son los cabellos más hermosamente y mejor entrelazados que he palpado jamás. La dureza más sensible que he tocado nunca.
- ¡Oh! ¡No digas tonterías! Al final voy a terminar creyéndomelo - dijo la rata, cuyo comentario buscaba precisamente el efecto contrario al que pretendía dejar ver.
- Ahora he de irme - dijo el topillo -, pero si me lo permites, estaré mañana a la misma hora en el mismo lugar para poder verte, y espero que esta vez quien me deleite con su perfecta cadencia no sea tu llanto, sino tu voz que me llame, o tu risa que me guíe.
La rata le miró con cierto recelo y le contestó:
- Bueno, tú ven. Pero no te aseguro nada.
Sin decir nada más, el topillo marchó por donde había venido y se recostó en la apacible cama que antes de toda esta escena se había fabricado, con una pequeña ramita entre los dientes y la nuca apoyada sobre las entrelazadas palmas de sus manos.
II.
Los días siguientes ambos, el topillo y la rata, se seguían viendo, y seguían deleitándose mutuamente con caricias, palabras de amor y promesas de eternidad. Cada día que pasaba se encontraban más unidos. A él, todas las presuntas imperfecciones de la rata le parecían motivo de embeleso y arrobamiento. A ella, todos los presuntos cumplidos de aquel topillo le parecían las mejores poesías que jamás se hubiesen escuchado nunca en sus oídos. Llegaron a tan gran impulsiva atracción que incluso acercaron sus hocicos para acompasar el rítmico movimiento de sus bigotes. Un día, estando en esas, escucharon en lo alto un tenebroso y temible chillido.
- ¿Qué ha sido eso? - Preguntó la rata asustada.
- ¿Eso? Eso ha sido el chillido de frustración del halcón que anda tras de mí. Por simple orgullo. Lleva intentando cazarme desde hace más que recuerdo, y nunca lo ha conseguido. Está obcecado en conseguirme como su triunfal presa. Pero siempre me zafo. Nunca me encuentra. No conoce mi lugar secreto donde reposo apaciblemente a tomar el sol. - Hizo una pausa y su semblante tomó un aspecto más serio y continuó: - Guárdate mucho de él. Es un embaucador, un mentiroso. Si tiene ocasión, hará todo lo posible por ganarse tu confianza para después, en el momento en que menos lo esperes, darte muerte.
- ¡Qué terrible animal! Tranquilo puedes estar, topillo, pues jamás caeré en tan trivial trampa.
Y tras ese incidente, todo volvió a la normalidad. Y ambos continuaron viéndose, tanto en el lugar donde tuvieron su primer encuentro, como en el pequeño escondite en el que el topillo se dedicaba a descansar y meditar sobre sus asuntos.
III.
En uno de sus vuelos, el halcón había logrado, por fin, ver al topillo. Estaba junto a una rata. Extraña asociación, pensó. Pero eso le dio igual. Sonrió para sí, pues creía saber ya cómo descubrir el secreto del topillo y cómo hacerse con él. Los días siguientes sobrevoló la misma zona y como cada día, veía a la pareja de enamorados. Una rata y un topo. No dejaba de extrañarle y de desagradarle tan ominosa pareja. Un día, él, que era muy taimado y astuto, trazó su pérfido plan. En viendo que la pareja se separaba, él dio un tiempo para que el topo se alejase suficiente, y una vez considerada oportuna la distancia descendió a donde se encontraba la rata. Se posó dejándose ver a propósito y haciendo uso de sus más señoriales habilidades para hacer de su aterrizaje un espectáculo sublime y majestuoso. La rata se asustó a la par que se maravilló muy mucho de tan espléndido ave y aterrizaje. Ambos se miraron a los ojos.
- Hola rata - dijo el halcón con su voz más suave y sensual.
- Ho-hola - tartamudeó un tanto acongojada y sobrecogida la rata.
- ¿Tienes miedo? Nada has de temer de mí. Si quisiese hacerte mal ya habría podido hacerlo. Sin embargo, he dejado que me veas llegar, e incluso me he esforzado en sorprenderte, pues desde las alturas me has parecido lo único por lo que merecería la pena posar mis pies sobre el carcelario suelo, arrebatando a mis alas el don de la libertad de la que gozo en el aire.
La rata se ruborizó. Le parecía mentira que en tan poco tiempo, dos individuos diferentes supiesen apreciar la belleza que tanto se habían esforzado las demás ratas en desmerecer. El halcón continuó su solemne discurso:
- Yo te podría enseñar todo el bosque, todo el mundo, podría hacer que disfrutases de los olores más intensos y estimulantes procedentes de plantas que jamás conocerás pegada a este áspero y desabrido suelo. ¿Qué me dices? ¿Me harías el honor de subirte a mi lomo para poder disfrutar de ti y del mundo?
La rata se quedó pensativa. De pronto, todo su embeleso se cortó de golpe cuando recordó las palabras de advertencia del topillo.
- No he de fiarme de ti, pues no te conozco. Y bien es sabido que los halcones os alimentáis de animales como yo. Además, ¿cómo una rapaz como tú puede encontrar atractivo en un ser reptante como yo? Ya me han advertido sobre ti.
- ¡No puede ser! Qué ser superficial ha podido hacer tales acusaciones, quién es tan miserable de verter esos dicterios sobre alguien que no está presente. Qué ruín traidor y sin sensibilidad puede ver tales diferencias entre razas. Nadie que sepa lo que es el amor puede negar la atracción entre dos almas que se quieren, sean del tipo que sean, de la condición y clase que sean.
La rata se quedó pensativa por un momento. Cierto era aquello que el halcón decía, pero todavía recelaba un poco.
- Ven rata - y le tendió el ala -. Sube por aquí hasta mi grupa. Yo te enseñaré el mundo que te han negado para que puedas abrir tu mente y la liberes de la cárcel del prejuicio de aquel que te ha obnubilado y te ha tendido un velo sobre los ojos para que no puedas ver ni conocer más allá de lo que a él le interesa.
La rata se fijó en los preciosos destellos dorados del ala de aquel ave magna. Miró a sus ojos, llenos de ternura y brillantes como estrellas. Se detuvo en el poderoso pecho que destacaba hacia afuera marcando un temperamento y un carácter que la daban seguridad. Y sin pensar mucho más subió. La advertencia que el topillo la diese, iba quedando cada vez más atrás conforme se alejaban del suelo.
IV.
Pasaron los días y la rata seguía viéndose con ambos. El halcón y el topillo. Sin embargo, ella cada vez sentía más aversión hacia el topillo, porque no dejaba de advertirle de los chillidos cada vez más frecuentes del ave, y hacía más caso de lo que el halcón le decía sobre ese ser que se dedicaba a denostar a quien no tenía presente, mientras que él nunca hacía un mal comentario sobre el otro. Jamás tenía una mala palabra. Era todo cortesía y amor. La relación con el topillo se fue enfriando y las discusiones se hacían más frecuentes puesto que él la notaba distante unas veces, y otras la notaba completamente cercana, y eso le desconcertaba. El halcón se ganaba cada vez más la confianza de la rata, hasta que por fin un día le dijo:
- Rata, sabes que eres lo que más quiero en este mundo. Si me diesen a elegir entre la libertad que me otorgan mis alas en las alturas y tú, pediría que me las extirpasen de inmediato, a ras de pecho, sin que quedase el menor atisbo que pudiese hacerme, ni siquiera, elevar un palmo del suelo que me alejase de ti.
- Lo sé, lo sé - dijo vanidosa la rata, que por aquel entonces ya no se veía tan fea como hacía unos días.
- Entonces, sabiendo lo anterior, me permitiríais haceros una pregunta que me carcome, me atormenta y no me deja vivir. Necesito saber quién es aquel, y dónde le puedo encontrar, que malmete contra nuestro amor. Que se opone a que tú me ames y a que yo te ame. Aquel que por envidia no quiere vernos juntos sobrevolando el mundo que él no te puede enseñar. Aquel que quiere encarcelarte y aprisionarte y hacerte suya sin tener en cuenta ninguna de tus preferencias ni caprichos. Por favor, decídmelo.
La rata se quedó una vez más pensativa. El halcón tenía razón de nuevo en todo lo que decía, tenía derecho a saber quién era el que malmetía y se ensañaba con él a sus espaldas, pero no quería que nada malo le pasase al topillo. Así que le dijo:
- ¡Oh, amado mío! Te lo diré de todo corazón, pero primero has de prometerme una cosa.
- Di qué quieres que prometa y jamás haré que te arrepientas de ello. ¡Antes la muerte!
- Prométeme que no le pasará nada malo. Que no le harás nada cuando te diga dónde puedes encontrarle y quién es. ¡Júramelo!
- Te lo juro - dijo el halcón. - Jamás haré daño a mi enemigo. Tan sólo quiero hablar con él de caballero a caballero y dejarle claro cuáles son tus preferencias y tu decisión. Tan sólo quiero que tú y yo podamos vivir juntos para siempre, sin que él ni nadie ni nada se nos oponga nunca más. Y si él es un ser de honor, lo entenderá y se retirará como es debido.
Palabras que la rata creyó muy acertadas y sinceras. Así que procedió a indicarle la ubicación del topillo. Le acompañó hasta el lugar secreto en el que el topillo solía descansar.
V.
Allí estaba. Tumbado con su ramita entre los dientes, pensativo. ¿Qué le pasaba a la rata? ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué había hecho mal? Desde unos arbustos, el halcón y la rata espiaban. De pronto, una grotesca y triunfal mueca se dibujó a modo de sonrisa en el pico del animal que salió como el rayo de su escondite y agarró con fuerza entre sus garras al topillo.
- ¡Jajajajaja! - se carcajeó tan alto como pudo -. ¡Por fin te tengo! Miserable animal, ¡¿pensabas que tu enano cerebro de ciego podía estar por encima del mío, que podías burlarme para siempre?! - Volvió a estallar en unas terribles carcajadas mientras comenzaba su ascenso hacia el cielo abierto. La rata espantada se llevó las manos a la boca y soltó un enorme grito de terror. ¿Cómo? ¿Cómo podía? Si la había prometido, ¡no, jurado!, que no le haría daño. Y dijo en un desgarrador grito:
- ¡Me engañaste! ¡Hipócrita! ¡Dijiste que nada malo le pasaría! ¡Que me amabas! - Esto decía la rata mientras sus ojos derramaban un diluvio de lágrimas, sin saber si era por haber traicionado al topo o por la propia traición que ella acababa de sufrir en sus carnes.
El topillo se desangraba impotente y atravesado por las afiladas garras del halcón, que se le clavaban a lo largo de su pecho. Al poco, toda la tensión que había atenazado su cuerpo se esfumó, dejando que su cabeza cayese inane hacia atrás con los ojos ciegos para siempre clavados en la rata que quedaba cada vez más atrás. Y en el bosque solamente quedó el cruel eco de las carcajadas del triunfal halcón inmiscible con el desgarrador eco de los sollozos de la desgraciada rata.

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