viernes, 9 de septiembre de 2016

El camión de la basura V.

Escuchó abajo, en la calle, al camión de la basura, estaba haciendo su ronda nocturna. Pero esta vez no lo escuchó desde delante del portal de ella. Estaba en su casa. La ventana abierta. La habitación a oscuras. Una barrita de incienso encendida en el incensario. Y delante de él el ordenador con la misma música melancólica de siempre y un cenicero lleno de cadáveres de porros cubiertos por su cenicienta mortaja. Miraba por la ventana al edificio de enfrente. Algún vecino quedaba despierto, pero pocos. Casi todos se habían ido a dormir. Le dio una calada al porro. Pensaba que si tirasen tres o cuatro edificios podría ver su casa desde donde estaba. Desde su ventana. Maldita fuese, ni siquiera en su cubil podía evitar que ella entrase en él. Le dio un par de caladas al porro que tenía entre los dedos. Al menos hoy no había ido hasta allí. Parecía que las pastillas ansiolíticas, que palían los efectos del amor no correspondido, y los porros estaban haciendo su efecto. Poco a poco. Muy poco a poco. Pero lo iban haciendo. Sin embargo, no pudieron evitar que pensase si ese camión de la basura que acababa de terminar con el callejón trasero de su casa sería el mismo que el que fuese a recoger los desechos de ella, y cómo no, de su acompañante.

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