lunes, 5 de septiembre de 2016

El camión de la basura III.

Estaba sentado en un banco delante de su portal. Miró hacia arriba y vio las ventanas con las persianas echadas. Se preguntaba si la ventana de al lado que estaba abierta sería también de su casa. La miraba esperando verla pasar, aunque fuese sólo verla de refilón. Estaba hecho una puta ruina. Se sentía como un contenedor mugriento y lleno de mierda. Pensaba. Pensaba en que ojalá hubiese sido todo de otra forma. Pensaba en por qué dos personas que se aman, pero que se aman de verdad, no pueden estar juntas. Pensaba en si ella podría ver las cosas diferentes con el tiempo. Bajó la mirada y la posó sobre el canuto. ¿Qué más daba? Si fuese así nunca se lo diría. Nunca le decía nada a no ser que él le preguntase, y él no la iba a preguntar. Ya no. Unos días atrás seguro que lo habría hecho y habría hecho lo posible por arreglarlo y que ella no le viese de aquella manera. Pero ya no tenía fuerzas. Se había consumido por completo. Ahora el amor que había sentido por ella era como un perro famélico. Esquelético. Que se arrastra asustadizo por entre las bolsas de basura a ver si puede encontrar algo que le de un poco de vida. Ya no la iba a preguntar. No tenía fuerzas. Miró al fondo de la calle a ver si llegaba el camión de la basura. En su estado le podrían confundir con cualquier desecho y llevárselo. Ésa era la única esperanza que ahora mismo quedaba dentro de él. Hacía unos días habría tenido la esperanza de que todavía podía funcionar. Ahora no. Ya no. Ya sólo quedaba agotamiento. Al ver que el camión no llegaba, se levantó y se marchó. Esta vez no iba a mirar para atrás como había hecho todas las demás veces. Esta vez no. Ya no.

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