domingo, 11 de septiembre de 2016

Desayuno, comida, merienda, cena.

Tu desayuno consiste en una pastilla de ansiolítico y media de antidepresivo. Tenías pensado, mientras estabas en la cama dando los últimos coletazos del sueño de la noche ya terminada, que te ibas a meter un paquete de galletas entero con el Nesquik, pero al incorporarte y quedarte sentado restregándote la cara y los ojos con las manos, te das cuenta de que ya no tienes hambre. Hay algo dentro de ti que también se acaba de despertar. Había permanecido dormido contigo acompañándote en los sueños, pero ahora se ha despertado y te acompaña en los pensamientos conscientes. Ella se materializa en tu cabeza. Y una fecha, dentro de dos sábados, también. Esa maldita, puta, indeseada, indeseable, innecesaria, inoperante, idiota fecha. Esa maldita, puta, indeseada, indeseable, innecesaria, inoperante, idiota boda. Ya no tienes hambre. Aturdido por las pastillas te haces un porro. Va a ser tu almuerzo mientras te vas a pasear por el Retiro, a ver si así te despejas un poco. O si te da un chungo eterno y ya no tienes por qué tener la necesidad de despejarte de nada. Llega la hora de la comida. La cabeza no te ha dejado que te despejases como te habría gustado, pero aun así, de camino a casa piensas en que te vas a pedir una pizza, hace mucho que no te comes una. Llegas a casa y te tomas la pasti de ansiolítico. Coges el teléfono para llamar a la tienda de pizzas, pero esa puta fecha vuelve a tu cabeza. Cuelgas el teléfono y te vas a tu rincón. Enciendes el ordenador, pones las canciones deprimentes que has compuesto los días anteriores para poder deprimirte más y te haces un porro. Menuda comida que te vas a dar muchacho, nada que envidiar a la pizza que ya no has pedido. Después de cuarenta minutos de depresión ininterrumpida, te vas a echar la siesta, parece que el ansiolítico ha hecho efecto y has dejado de notar tu estómago, que no había parado de llamar tu atención con molestas arcadas y contriciones que lo constreñían. Puedes dormir en paz menos de una hora. Sin embargo, te despiertas tan aturdido como si te acabases de despertar de una de esas siestas de cuatro horas. Que no sabes ni dónde estás, ni cuáles eran los puntos cardinales. Te levantas y repites ritual. Ahora no te corresponde pastilla, pero te hace falta, esa maldita, puta, indeseada, indeseable, innecesaria, inoperante, idiota fecha te clava sus patas de araña gigante y se agarra a tu cerebro bombardeándote con sus imágenes, con sus sensaciones, con su injusticia. Te coges la guitarra y antes de ponerte a tocar, te haces un porro. Has hecho mal, tenías que haberte hecho primero el porro y luego coger la guitarra, porque es más cómodo, ahora tienes que andar sujetando la guitarra de mala manera mientras con las manos manufacturas. Bueno, ya está. Fumas y tocas. Por un momento piensas en merendar lo que ibas a haber desayunado y al final no lo hiciste. Pero rápidamente esa araña te recuerda que no tienes hambre. Así que meriendas ansiedad, melancolía, abatimiento y desánimo. Llega la noche. ¿Cena? Que le jodan, ya ni si quiera te molestas en pensar una posible cena que pudieses hacerte, para qué, la araña sigue ahí. En todo caso, piensas en cenarte un bote de Baygon a ver si esa puta araña quiere morirse de una vez. Evidentemente no lo haces, en su lugar te tomas el Baygon que mata insectos dentro de ti y que no es tóxico para los humanos, la última pastilla de ansiolítico del día.

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