martes, 13 de septiembre de 2016

Como buzones.

Se encontraba descansando sobre una de las sillas de una de las mesas de una terracilla de una de las laberínticas calles que hay por detrás de la estación de Atocha. Vendría a ser mediodía, se había pedido un Cola-Cao y se estaba manufacturando disimuladamente un canuto para fumárselo ahí relajadamente mientras veía a los transeúntes. Acababa de terminar unos trámites que tenía que hacer, y tenía que descansar las patas y las neuronas, lo primero  porque había ido andando desde su casa, y lo segundo porque por naturaleza no había sido diseñado para soportar mayor trámite que el de pedirle al pollero media docena de huevos. No quiso coger el autobús porque por las mañanas esos vehículos se convierten en instrumentos de mutilación y muerte. Las señoras de ciento ochenta kilos se mueven como monigotes con el violento vaivén del autobús, y hay que esquivarlas si se puede. Es como si se llenase una habitación de bolas de cañón por el suelo, en estanterías a diferentes alturas, en cualquier rincón, sin asegurar, te pusiesen a ti en medio y se colocase dicha habitación directamente sobre la falla de San Francisco o cualquiera de las fallas activas de Japón. Así que había ido andando hasta allí. Desde su asiento, daba caladas aleatorias mientras se fijaba en la gente que pasaba. El día anterior había estado en el portal de casa de un amigo, y mientras esperaba al ascensor se había fijado en cada uno de los buzones. No era un edificio grande y pudo recorrer todas las puertecitas metálicas sin problemas. Todas y cada una de ellas tenían en la plaquita de los propietarios al menos dos nombres. Uno de hombre y otro de mujer. Todos emparejados. Todos viviendo en esa asociación de pareja. Todos con la persona que se supone querían. Y comenzó a imaginarse que las personas que por allí pasaban eran buzones. Comenzó a imaginarse que si todos fuésemos buzones, tendríamos una plaquita de plástico incrustada en la espalda a la altura del hombro, derecho o izquierdo, eso no importaba. Y todos tendríamos inscrito nuestro nombre y el de la persona que ocupase el habitáculo de nuestra cabeza, aquella persona que fuese nuestro acompañante en vida. Se preguntaba en cuántos de ellos coincidiría el nombre de la persona que se encontraba en su cabeza con el de la persona que ocupase el interior del órgano que hay en medio de nuestro tórax. En cuántos de ellos realmente coincidiría ese nombre. Desde su asiento sólo veía pasar buzones compartidos. Y pensaba que su plaquita estaba vacía. Hacía muy poco había tenido un nombre adicional al suyo, y ese nombre sí había coincidido con la persona que había ocupado sus pensamientos y se había encargado de abrir y cerrar sus aurículas y ventrículos. Pero ahora su plaquita estaba vacía, no había ningún otro nombre. Terminó el Cola-Cao, pagó y se marchó. Se fue pensando que había estado a punto de ser un buzón compartido por ambos. Sin embargo ahora su placa volvía a tener únicamente su nombre, con la única diferencia de que, ahora, debajo de él quedarían para siempre los restos del otro nombre que se había grabado a fuego y había tenido que borrarlo a fuego.

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