martes, 13 de septiembre de 2016

Carta.

Te escribo esta carta sin saber si es el momento adecuado. Pero es que cuándo lo es, o cuándo lo será o cuándo lo fue. Quizá debería haber fumado más, o incluso haber bebido. Es ahí, cuando estoy completamente embriagado y el alcohol se apodera de mis pensamientos, de mis sinapsis, de mis actos y de mis movimientos, cuando más preparado estoy para desengrilletar los sentimientos que reprimo siempre. Quizá sea un insulto el querer escribirte ahora, que ni siento ni padezco, que no he alcanzado ese clímax depresivo en el que eres capaz de expresarlo todo sin ninguna clase de filtro. Aún ahora, en este mismo instante, sigo intentando alcanzar ese estado mientras fumo cigarros con algo. Sé que no querrías que fumase esa mierda y que no querrías que te escribiese esto en ese estado; pero es la única forma de que pueda hacerlo. Ahora ya da igual. Estás muerta. Ya nada puedes decirme. Nada puedo decirte. Y seguro, seguro, que no es el momento adecuado para escribirte estas líneas porque ya estás muerta. Ya de nada valen. ¿Qué esperabas de mí mientras sufrías tu consumición? ¿Qué sentías mientras esperabas sentada en una butaca tu muerte? Lo siento. Fuese lo que fuese lo que querías de mí, no te lo di. Sé que no te lo di. Me veías seguir con mi vida como si nada pasase. Sin embargo, pasaba. Tú te extinguías viendo cómo tu hijo no te dedicaba el tiempo que a él le sobraba y que a ti se te escapaba de los ojos en forma de lágrimas. No te dedicaba el tiempo que tú querías. Y nunca me lo reprochaste. Nunca me lo dijiste. Pero sé que lo necesitabas. Necesitabas ese tiempo que yo no te daba. Lo sé porque he pensado en mí estando en tu lugar. Encorvado. Amarillento. Tembloroso. Sin fuerza. Apagándome. Y viendo cómo lo que más quiero se va sin dedicarme más que un beso en la mejilla y un "luego vengo". Recuerdo cuando, estando tú en la cama, recostada con los mil cojines que te poníamos en la espalda, mi hermana te leía Harry Potter. Yo me sentaba a tu lado y me dabas la mano. Y sin decirle que dejase de leer, me mirabas y me decías: "Me voy a morir". Ahí tampoco sabía entregarte lo que buscabas. Sólo era capaz de decirte que no dijeses eso porque no iba a pasar. Y no aguantaba mucho más y me iba de la habitación dejándoos con la lectura. ¿Qué clase de ser pensarías que era? ¿De qué inframundo podía haber salido algo como yo? Lo peor es que no creo que pensases eso. Aunque habrías estado en tu total derecho de hacerlo. De verme como la criatura más descarnada, insensible, indolente, indiferente, inconmovible del mundo. Recuerdo cuando, estando tú en la cama, recostada con los mil cojines que te poníamos en la espalda, iba yo a sentarme a tu lado. A veces te conseguía hacer reír bromeando. Y me llegaste a decir que era el único que te hacía reír. Injusto. Injusto que tú me dieses a mí tal consideración, tal honor, cuando era la persona más desprendida y ajena a los sentimientos. Es extraño, no consigo recordarte fuera de ese estado macilento, lánguido, enfermizo, frágil. Sólo me vienen recuerdos de ti muriendo. De ti intentando superarte, intentando no depender de nadie. Qué horrible tener seis meses para ver cómo te consumes. Cómo te conviertes en un esqueleto quebradizo dependiente, que no puede hacer nada por sí mismo. Ni siquiera poder ir al váter sin la ayuda de medicamentos. Ver cómo te tienen que cambiar el pañal. ¿Y todo para qué? Pensarías. Si me voy a morir. Qué impotencia ver que no puedes moverte como lo hacías hace un mes. Qué injusto ver que la vida sigue para todos los demás menos para ti. ¿Por qué tú, verdad? Yo tampoco lo sé. Pero es injusto. Es injusto que se te permita ver cómo los demás continúan con la vida que a ti se te niega. Maldita agonía. Maldita agonía. Ya no puedo pedirte perdón más que de forma simbólica. Deberías saber, aunque eso ya te dé igual, que tu funeral y tu entierro fueron multitudinarios. Mucha gente comentó que nunca habían visto una habitación mortuoria de un tanatorio tan plagada de gente. El instante en el que moriste, en el que avisé a papá y él se acercó a tu nariz para confirmar que no respirabas, fue uno de los más tristes de mi vida. Y lo siento, pero no sé si fue por el hecho de que habías muerto o por ver la cara que puso papá de auténtica tristeza, dolor, derrumbamiento. Lo siento de verdad, ojalá pudiese saber por qué fue uno de los momentos más tristes de mi vida. Tú tumbada, inerte y amarillenta. Él inclinado sobre ti apretando todos los músculos de la cara en una expresión de suplicio y aflicción  conteniendo las lágrimas que empujaban con su ariete infernal sus lagrimales. ¿Y qué, verdad? Qué pretendo diciéndote esto. ¿Animarte? No es el momento. Perdóname por ser tan torpe. No espero que me estés viendo desde ningún sitio. No me gustaría que nadie me dijese que estuviese tranquilo porque seguro que tú ya lo sabías y que me estarías viendo ahora. Sé que Dios no existe y que después de muerto no queda nada. Sé que no me estás viendo y que esta carta nunca te va a llegar. No hay sellos en el estanco que puedan hacerte llegar esto. Ahora que tus huesos se han marchitado, que sólo queda polvo en tu ataúd, ahora que los insectos se han alimentado de tu carne muerta, ahora que el musgo habrá ensuciado tu mortaja, ahora te digo todo esto. Y aún así, no he sido capaz todavía de decirte lo que siento. No he sido capaz de expresar qué siento. No lo sé. Lo único que puedo dedicarte son las lágrimas con las que lo he escrito. Espero que con eso valga.

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