domingo, 28 de agosto de 2016

Tatuajes.

Te preparas uno de esos aturdidores. De esos finos cilindros fumables que te ayudan. ¿A qué? No lo sabes, no puedes focalizar tus pensamientos, pero ayudan. Y te pones a pensar en lo que en ese momento es el vértice del vórtice en el que gira descontroladamente tu vida. Piensas. Te gustaba bañarte en los arroyos que fluían por el cauce de sus piernas cuando se excitaba. Tu cabeza no ha estado nunca en ningún lugar mejor que entre sus muslos. Y te empiezas a arrepentir. Ahora te arrepientes de haberte tatuado su cara, su sonrisa, sus gestos en tus retinas. De haberte tatuado sus curvas, su piel, sus huesos, sus clavículas, sus hombros, su mentón en tus manos. De haberte tatuado su cuello, su saliva, su lengua, sus pechos, su pelvis en tu lengua. Te arrepientes de habértela tatuado y haber puesto tanto empeño en ello. Ya sabías que los tatuajes no se van con facilidad. Lo único bueno que tienen, si es que eso es bueno, es que con el tiempo se difuminan perdiendo nitidez. Así que sigues fumando a la espera de que los contornos de aquellas imágenes, sabores, olores, calores y todo lo que acabe en ores se diluya suficiente para que en algún momento lejano en el tiempo en que intentes recurrir a ellos, no puedas saber ni de dónde venían ni qué eran.

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