sábado, 27 de agosto de 2016

Qué desperdicio.

Suena el depertador. Las diez y media. Te levantas como puedes. Primero una pata, luego un brazo, después otra pata y no consigues evitar la consiguiente hostia contra el suelo. Bueno, al menos ya no estás en la cama. Te levantas del parqué y agudizas el oído. ¿Ha sonado el telefonillo? Estás esperando a los que te traen la cama nueva que te has comprado después de veinticinco años. No ha sonado. Bien. Abres la cajita de los porros y te pones manos a la obra. Y lo primero que escuchas después de levantarte es a tu hermana: "¿Ya te estás haciendo un porro?". Joder, sí, sabes que estoy mal, ahora que tengo excusa para hacerlo déjame que me refugie en las drogas sin cargo de conciencia. Ayer no me tomé el Lorazepam, y necesito algo que calme este estado no bienvenido. Y lo segundo que escuchas es a uno de tus gatos dándote los buenos días vomitando. Empieza con ese maullido tan característico que lo único que presagia es tres charcos de saliva oscura bordeando las isletas de pienso no digerido. Sin mirar te vas a por el papel de cocina. ¿Y qué haces después de mojarte los dedos con la pota? Pues mirar la foto de su perfil de Whatsapp. La has cagado. Ahí está, un selfie súper artístico en el que puedes ver todos y cada uno de sus perfectos rasgos. Todos y cada uno de los rasgos que te tuvieron enamorado durante siete meses y te mantendrán pillado otros setecientos más. Y empiezas a hilar recuerdos de ella. Justo suena el telefonillo. Son ellos, los chavales de la cama. Empiezan a montar y les das una Coca-Cola porque eres un tío enrollado. Incluso les pides disculpas por fumarte el porro delante de ellos sin preguntarles si les importa, que si les importase, a ti no te importaría y seguirías fumando, pero son normas de cortesía ineludibles. Se van tal y como han venido. Y una cama, un colchón y un somier, y dos Coca-Colas después sigues hilando. La recuerdas cuando por la mañana llega al trabajo y su adictiva silueta se recorta contra el resplandor de las pantallas de los portátiles. No hay palabras. Hilas más. La recuerdas en el momento en el que hablaste en persona con ella por última vez. Llevaba unos pantalones cortos blancos y una camiseta negra. Y te acuerdas de cómo te tuviste que agarrar a una barandilla para no lanzarte a por ella. Recuerdas sus perfectos muslos sin un hoyuelo de celulitis. Su textura tersa y morena. Y piensas en ella con él. Joder qué desperdicio. Qué desperdicio joder. Esas piernas están hechas con la moldura de mis manos. Cualquier otra palma que se pose ahí es una profanación. Se te revuelve la calada del porro. Vuelves a mirar su foto de perfil para torturarte un poco más, aún no has tenido suficiente sufrimiento. Ese dolor engancha más que el caballo. El porro se acaba. Sigues mirándote las manos vacías de sus muslos. Te lamentas. E inmediatamente después, te manufacturas otro de esos que no es más que el segundo de una serie aritmética que te liberará de esos recuerdos en los que no dejas de sentir, dolerte, y lamentarte del desperdicio de esa perfecta escultura.

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