miércoles, 24 de agosto de 2016

Patito de feria.

El cielo estaba ligeramente nublado. Estaba cubierto por una fina capa de nubes que dispersaban la luz haciéndolas brillar en sus bordes. Estaba atardeciendo en el descampado de hierbajos secos y enfermizos. A lo lejos se escuchaba una melancólica melodía producida por el organillo de una feria ambulante. Iba oscureciendo y la feria se iba vaciando. Algunos niños correteaban con sus algodones dulces rosas, persiguiéndose los unos a los otros. Parejas jóvenes se cogían de la mano dejando que el decadente ambiente adornase su perfecta escena de amor. Desde donde estaba, el patito amarillo escuchaba a aquellas alegres parejas quererse mientras le disparaban para hacerle caer. Por su cuerpo se podían ver las cicatrices de los perdigonazos que le levantaban la piel dejando entrever la oxidada chapa que había bajo la pintura. Delante de él estaba ella. El pato que tenía delante. Desde el día que los encajaron en aquel chirriante raíl él se había enamorado de ella. La oscuridad iba avanzando y los puestos iban apagando sus luces y cerrando sus puertas. La melodía del organillo seguía. Cada pulsación metálica de esa siniestra armonía se le clavaba produciéndole un dolor mayor al de los perdigones que hacía un rato le habían disparado. Por mucho que le disparasen y acertasen, siempre acababa de nuevo erguido y detrás de ella. Condenado a verla por siempre, a tenerla delante y ver cómo nunca se giraría. Condenado a avanzar por ese chirriante y oxidado raíl que gemía sin cesar sin poder alcanzarla nunca. Por mucho que avanzase, ella avanzaba siempre lo mismo que él. Nunca llegaría a ella. Ella nunca se giraría. Ya no quedaba ninguna luz. Y la letanía del organillo era cada vez más lenta. Más suave. Más triste. Finalmente sonó la última nota y quedó en el aire nocturno su leve eco. En la oscuridad que le envolvía el patito dejó caer una lágrima. Una lágrima que ella jamás vería. Ella jamás sabría que cada noche, después de que muriese la funesta melodía y todo quedase a oscuras, él le dedicaría una lágrima.

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