martes, 23 de agosto de 2016

Palillo plano entre los dientes.

Estaban en un bar de esos en los que abundan las embriagadas ánimas solitarias. El camarero, un señor clásico con mostacho, barriga, chaleco y un palillo plano entre los dientes del cual asomaba ligeramente el puntiagudo extremo, estaba secando lo que parecía un vaso que antaño había sido transparente. Con los brazos apoyados en la barra había un joven que había pasado de la treintena, cabizbajo. Frente a él el quinto mini de calimocho. A su lado un cura. Calvete, delgado y cara afable. Frente a él un chato de whisky solo. Bueno, con un par de hielos. Llevaban suficiente tiempo hermanándose en silencio como para poder romperlo ya, y suficiente alcohol como para hacerlo. "Dígame reverendo", dijo el muchacho. El reverendo ladeó un poco la cabeza para poder ver de reojo al interlocutor y con cierta curiosidad en el rostro. "¿Nunca ha deseado que en alguna de las bodas que ha oficiado se presentase un tercero en el ínclito momento de objetar, y que lejos de mantener la prudencia, objetase?". "Muchacho, mucho me temo que no sólo lo he deseado, sino que lo he implorado con todas mis fuerzas". El joven asintió y preguntó: "¿Y eso?". "¡Vive Dios! Pues porque veo farsa y herejía en tan sublime sacramento". "¿Y no podría ser usted ese tercero en discordia que proclamase la falsedad de ese acto?". "¡Voto al demonio que sí! Están tan corruptas esas ceremonias que he deseado, ¡oh, tantas veces he deseado!, mearme en el vino de la eucaristía para dejar la sangre de Cristo al nivel de lo que se merecen. Al nivel que dejan ellos tan sagrado sacramento". Agarró su vaso y le dio un buen sorbo. El joven le imitó. "¿Y por qué no lo ha hecho usted?". "Verás hijo, si lo he hecho o dejado de hacer no te lo puedo decir. Baste con que lo he deseado. Y ahora mismo estás siendo tú mi confesor. ¡Voto a bríos! Dime qué penitencia crees que merezco y la cumpliré hasta el día de mi muerte". Un sorbo más dejó casi vacío el vaso. El calimocho le iba a la zaga. "No creo que merezca usted pasar por ninguna penitencia, en todo caso la penitencia debería ponérsela por no haber evitado esos matrimonios". "¿Pero y qué puedo hacer yo? No soy más que el ejecutor, el verdugo, la marioneta que tiene que seguir un guión establecido sin hacer preguntas ni objeciones". En eso, el camarero, al cual no se le había escapado ninguna de las palabras de esa conversación, carraspeó y dijo: "Yo una vez fui ese tercero en discordia que objetó". Ambos bebedores le miraron maravillados, como sorprendidos de que aquel mostacho tuviese voz. "¿Y cómo fue?", preguntó curioso el muchacho. "Pues nada, me planté allí en la iglesia y dije: "¡Yo tengo algo que decir!" Pero cuando se giraron los novios, no reconocía a la novia. Me había equivocado de boda". "¿Y después qué sucedió?", preguntó el joven. "Nada, me quedé sin la mujer a la que amaba". "¡Por los pendones de Dios!" exclamó el sacerdote. "Tanta fuerza tienen esas farsas, esas representaciones culturalmente artificiales, que ni siquiera con la voluntad y el valor necesarios para luchar contra tan impía consumación se puede hacer justicia e impedir la terminación de las mismas como debieren de terminar". Los que aún tenían líquido en el vaso se lo bebieron. Y los que tenían un palillo plano en la boca le dieron la vuelta para seguir masticando. Y todo volvió, como si ninguna conversación hubiere tenido allí lugar, a su estado de silencio original.

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