domingo, 14 de agosto de 2016

Gozo macabro.

Estaba anocheciendo. El cielo iba apagándose, dejando refulgir lamentosa a la luna, que en silencio se mantenía mecida por el lento vaivén de las oscuras nubes que la vestían con su tenebrosa mortaja. Un funeral se estaba celebrando al pie de un olmo. Un olmo triste, enclenque y siniestro. El viento acariciaba sus hojas haciéndolas susurrar una letanía que acompañaba como un coro distante la funesta escena. Un cura murmuraba unas palabras para el desconsuelo de los amigos y familiares. Las siluetas de los asistentes se dibujaban contra el cielo como sombras erguidas. Los sollozos acompañaban al ataúd en su descenso al foso. Desde donde estaba podía escucharlos. Disfrutaba con ellos. El continuo y monótono recitar del fraile le relajaba y le preparaba para poder alcanzar su máximo gozo. Escuchaba cómo despedían aquel cuerpo inerte. Respiraba cada lamento. Notaba en sus ojos cada dolorosa lágrima que se desprendía. Él también lloraba. Pero no de pena. No de pesadumbre. Era su forma de expresar su gozo. Escuchaba el crujir de la pala contra la tierra. Ese sonido le llenaba por dentro. Le alimentaba. Se relamió. No podía sonreír, era demasiado el deleite. Ése era el mejor teatro. Un teatro en un escenario real. Con unos actores que habían sido obligados a representar un fúnebre papel de forma natural. Quería aplaudirles. Quería compartir con ellos su entusiasmo y su aquiescencia con su gran trabajo. Pero no lo hizo. Saboreó la última palada. El último golpe seco de tierra. El último plañir. Permaneció allí inmóvil hasta que el último de ellos se había marchado. Se acercó hasta la nueva tumba. Su emoción le hizo caer de rodillas mientras se cubría la cara con las manos y su cuerpo se convulsionaba violentamente a merced de su llanto. Acarició la tierra con mimo. Suavemente, como quien acaricia a un amante. Se acurrucó sobre el pequeño túmulo y allí se quedó hasta que el alba le llamó de nuevo.

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