jueves, 7 de julio de 2016

Una pelota negra.

Un acordeón canta melancólicamente con su vibrante voz metalizada. Un violín tararea una melodía triste con su tono agudo. El bajo pone la gravedad que ese momento solemne requiere. Y todos acompañan lánguidamente la sucesión de recuerdos. Lugares no olvidados que, otrora fuesen queridos, ahora sólo angustian y oprimen en el estómago. Portales inanes, sosos, que no eran nada, lo fueron todo. Pero el violín le recuerda que ya no. Transportes como el metro, autobús o los ascensores. Transportes que eran lugares abarrotadoramente agobiantes, dieron lugar a algunos de los mejores momentos. Y esa canción de 17 hippies, Le Waltz, le recuerda que ya no. Le recuerda aquellas palabras dolorosas, pero previsoras, que se susurraron en el primer lugar: "hay que hacer una pelota negra y guardarla en lo más profundo hasta que se consuma". Pero no quiso hacerse caso, y en lugar de guardarla cuando tenía un tamaño asequible, esperó hasta que se hizo inmensa. Y ahora no hay quien la guarde en ningún sitio. Intenta dejarla en aquellos portales, pero no puede, entorpece demasiado el paso. Intenta tirarla a la papelera, pero no cabe. Intenta fumársela, pero es demasiado. Ahora la lleva a cuestas siempre. Como un apéndice de su cuerpo. Pero no desiste, algún día encontrará un lugar donde abandonar esa pelota negra.

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