martes, 5 de julio de 2016

Fecha de caducidad.

Miraba el humo del porro cómo se evaporaba, cómo se deshacía en espirales y desaparecía en el aire. Y mientras lo hacía se planteaba si así eran los sentimientos de los seres humanos. Acaso éramos como un porro, que se pone incandescente, siendo capaz de radiar luz y abrasar en un momento, y al instante siguiente disolverse en una estela de humo que desaparece casi instantáneamente. ¿Acaso era así la forma de sentir? No, él no. Cuando él se encendía duraba. No se volatilizaba ni se sublimaba. Sin embargo, sabía que los sentimientos tienen fecha de caducidad. Y lo que para ella había caducado en menos de unos pocos días, para él caducaría en mucho más. Pero se consoló pensando que incluso para él, ella tenía fecha de caducidad.

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