jueves, 2 de junio de 2016

Pocos soles.

Mamá pato iba caminando patosamente por el enverdecido campo seguida de su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. Soles como el que alumbraba ahora aquel paraíso. Mamá pato vio un torpe, pero solemne, escarabajo peleando contra la enfurecida y alborotada hierba que le trababa en su inútil intento por avanzar un paso de seis, con su imperial armadura negra  no mate brillando contra el sol. Mamá pato se lo comió. ¡Glup! Un sonido y pa'dentro. ¡Mmmmm! Qué rico y crujientoso. Mamá pato continuó con su patosa locomoción seguida de su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. De repente, mamá pato cagó. Pero no cagó el escarabajo tal cual, puesto que si así hubiese sido, mamá pato no sería mamá pato sino un sistema lineal. Pues lo cagó armoniosamente. Y cuál fue la sorpresa del patito uno, ese encantador amarillito. Tan suculento plato no podía dejarlo pasar. La caca de mamá pato tenía forma de mariposa amplia y coloridamente alada. ¿A ver a qué sabe esto? Con esos colores no puede saber mal. Y se lo tragó. Sabía así como digerido, se veía mejor que sabía, pero aun así no estaba del todo mal y además, la presentación había sido excelente. Pues continuaron su viaje hacia el lago todos en fila. El sol bañaba a ese fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles. De repente, el patito uno frunció el ceño cuando un molesto retortijón le punzó el vientre. Y pasó lo natural, que cagó. Cagó una bonita, aunque siniestra, bola de seda. Vaya, qué pinta tan esponjosa a la par que áspera. Habrá que probarlo, ¿no? Pues así lo hizo el patito dos. Ese pequeño amarillito deglutió la mierda que el anterior había tejido. Bueno, de sabor bastante regular, y no tan agradable al tacto como parecía. Había algo en patito dos que no sabía lo que era, pero que no le terminaba de convencer, sin embargo, ese bocado le había llenado el gaznate, y uno sabe que todo es más agradable cuando el gaznate está lleno. Total, que el cortejo continuó su camino en busca del refrescante lago. Ya se veía a lo lejos, no en lontananza, pero todavía quedaban unos cuantos pasos. Más de quinientos, tal vez. Patito dos, de pronto, se siente asaltado por una necesidad urgente que le estimulaba misteriosamente el ano. Aflojó esfínteres, pues una llamada así no se ha de abandonar a la ligera. De su ano cayó al suelo un gusano blanquecino y viscoso. Brillante en ciertas zonas abultadas. Patito tres lo miró y sin pensárselo dos veces se lo llevó al estómago. ¡Ñam! Y ya está. Dentro. La verdad que no tenía buena pinta para nada, pero qué más da, cumple su función y te calma las entrañas. Ya quedaban como cien pasos para el agua, y la llamada de la excremencia llamó a las puertas del orto. Patito tres, sin inmutarse, sin mirar a los lados, como si nada, soltó por el orto un trozo de algo marrón con forma de nada bueno y pestilencia a mil cuadras llenas de mierda de caballo. Patito cuatro ¿qué pensó? Oh Dios mío, no estoy seguro de que me dé tiempo a hacer la digestión antes de llegar al agua; pero qué más da, si total, cuál es la probabilidad de que me dé un corte de digestión, me quede inconsciente y me dé la vuelta quedando mi cabeza bajo el agua y mis patas sobre su superficie, nula. ¡Adentro se ha dicho! Y la indefinida y sospechosa bola de material desagradable quedó atrapada dentro del aparato digestivo de patito cuatro. Por fin llegaron al agua. Primero mamá pato y después, cumpliendo un coseno de periodo completo, cada uno de los patitos. Patas al agua y a remar. Y como si nada, mamá pato y su fiel cortejo de patitos, nacidos hacía pocos soles, se alejaron de la orilla como si nada hubiese sucedido. Aquella visión me recordó tanto a esos seres patológicos con los que me cruzo cada día, que no pude menos que plantar un pino allí mismo.

No hay comentarios: