lunes, 27 de junio de 2016

Destino.

Se acababa de fumar uno o dos de esos que te ayudan a encontrarte con tu yo desdensificado. Caminaba por el éter. Un lugar soso. No había nada. Pero no se sorprendió, siempre que había pensado en él se lo había imaginado así. Caminó por ahí hasta que se encontró con Alá. Éste se acercó para hablar con él, pero de un empujón le echó a un lado y le dedicó su dedo corazón. Continuó como si nada. Apareció Dios. ¡Coño! Que casualidad, justo quería cagar en algo. Pero no lo hizo, le miró con desprecio y pasó de él. Apareció Ganesha. Miró al amorfo elefante y le ató sus cuatro brazos con la trompa a la par que decía: "qué paz ni qué paz". Prosiguió su camino. El odio vino corriendo a abrazarle, pero según le tuvo al alcance de un brazo, le metió un puño que lo tumbó. "Déjame un poquito en paz, que estoy cansado de odiar". Llegó la ilusión con unos ojos vidriosos y enormes, mirando con anhelo. La miró con extrañeza: "¿pero yo a ti te conozco?". De pronto, el amor. El amor se acercó esplendoroso y brillante, reconfortante. Abrió los brazos y le sonrió. Él lo miró y, sin más, le escupió en la cara. Nada le dijo. Siguió sin parar. No paró. Y allí estaba. Lejos, muy lejos, la soledad. Se quedó parado mirándola. Ella le miró. Los dos se mantenían callados pero se entendieron a la perfección. Corrieron el uno hacia el otro y se abrazaron como jamás lo habían hecho con nadie más. Se abrazaron hasta que fueron uno para siempre.

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