domingo, 22 de mayo de 2016

Una pena.

A su alrededor no veía más que gente que alimentaba su desagrado. Su desprecio y su desazón. Un grupito de niñatas estúpidas con voces repelentes que vestían vaqueros a los que les faltaba todo el vaquero excepto veinte centímetros que malamente cubrían las partes propias del pudor. Un grupito de niñatos con pantalones tan prietos que les juntaba los huevos con la campanilla. Unos tupés amorfamente largos y unos gestos de rapero rapeando. Un grupito de divinas que parecía que venían de la Quinta Avenida a joder. A atormentar con sus ropajes, que bien podían vestir en cualquier tipo de celebración solemne, la córneas de la gente normal. Unos barbazas con camisas de cuadros que desprendían su putrefacto style rociando de peste todo su alrededor. Y eso se repetía más aquí y acullá. Cerca y lejos. Copaban todo el espectro de categorías de medición de distancia y orientación espacial explicadas en Barrio Sésamo. Gracias a Dios que había sido previsor y llevaba consigo su mandoble. Lo sacó de la funda y comenzó a blandirlo. Lanzaba tajos sin parar. La sangre le empapaba las manos y la empuñadura, que quedaba pegajosa. Salaba su saliva y cubría su cara. Rostros de terror corrían despavoridos. Gritos agónicos de los mutilados vibraban como una melodiosa serenata. Su frenético éxtasis le producía una demente satisfacción. De pronto despertó de su ensimismada ensoñación. Estaba apoyado contra una pared de esa céntrica calle. Vio a su alrededor que todos esos seres despreciables seguían vivos y disfrutando del mismo aire que él. Suspiró un lamento de decepción y echó a andar. Sólo quería salir de allí cuanto antes para alejarse de esa pútrida masificación.

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