jueves, 26 de mayo de 2016

Putridez.

Como una sombra errante, perdida, que camina por un angosto pasaje que le conduce a un lugar desconocido. Un camino en cuyos márgenes hay cadáveres en descomposición. Un banquete mugriento en el que los comensales gozosos se retuercen anillados deshaciendo la carne y putrefactándola bocado a bocado. Expresiones inanes de terror. De auténtico miedo. Plegarias aulladas en bramidos de dolor de los maltratados que ruegan a su Dios que los convierta en seres muertos de una vez. Una silueta que se recorta contra el horizonte de ese estrecho y macabro camino. Una silueta indolente que sigue más allá sin escuchar aquellos lamentos que rasgan. Un alma ajada, raída como una mortaja enmohecida por los siglos de olvido dentro de su ataúd. Los gusanos continúan festejando el gran festín que devoran inagotablemente. Rostros y cuerpos descarnados, miembros desollados, vertedero de seres humanos destrozados por ellos mismos. A su alrededor todos son muertos. Pero esa sombra continúa melancólica e indolente sin dudar en su paso. El camino le guía, sólo tiene que seguir hacia delante, sin mirar a los lados. Sin dejarse putrefactar por el septicismo que le rodea. Calaveras inexpresivas que antes vestían una carne y una voluntad inmundas. Convertidas en nada. Aquella sombra viajera continúa su camino sin mirar a los lados, sin dedicar ni un mínimo y pasajero pensamiento a esa muchedumbre putrefacta que la rodea. Continúa caminando. Y continuará su camino sin desviarse hasta que no pueda más y se convierta en el alimento de los gusanos.

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