sábado, 7 de mayo de 2016

Pechuga de pollo.

Igual que la pechuga de pollo que sacas a descongelar y no te la comes ese día. Esperas al día siguiente. Llegas a casa a las tantas después de haber estado currando todo el puto día. Abres la nevera y la ves ahí. Está muerta, pero notas cómo te pide, cómo quiere que la consumas. Pero no lo haces, porque estás reventado y no puedes hacer el esfuerzo de sacar la sartén, el aceite y la sal. Llega el día siguiente y se repite. Abres la nevera. Ahí está. La sacas para hacerla, pero al levantar el plato que la cubría, un olor a putrefacto te abarca. No tiene color de necrosis, pero huele como si lo estuviese. La tiras a la basura. Así sientes que van a ser tus relaciones de ahora en adelante. Así que te cierras y decides que no vas a descongelar ninguna pechuga de pollo más.

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