jueves, 26 de mayo de 2016

Me odio.

Me odio. Me odio a mí mismo por ser incapaz de guardarme fidelidad. Por no ser capaz de odiar tanto como para poder alejarme de todo ser humano vivo. Por no ser capaz de vivir en una absoluta soledad y engañarme olvidando que esos seres son engendros sin conciencia ni voluntad propia. Nidos de maldad. Hormigueros de malas intenciones egoístas y egotistas. Me odio por sentir lástima del débil. Por sentir amistad del allegado. Por querer a la persona amada. Por convivir con una familia. Me odio por no poder ser fiel a mí mismo. Por no poder odiar como el odio se merece. Perdóname Odio por utilizar tu nombre en vano siendo completamente indigno de ti. Jamás seré capaz de practicar tu culto y de alabarte y glorificarte como te mereces. Pues al fin y al cabo no soy más que otro humano, ávido de maldad y de traición. Te utilizo en mi propio beneficio para después darte de lado. Perdóname Odio por ser débil. Solamente son dignos de ti los fuertes. Los que de verdad se sienten solos. Estoy corrupto. Corrompido por la propia naturaleza miserable y vil del ser humano. Una naturaleza asquerosa que no permite a la carcasa de carne y hueso que la recubre ser libre. Esclavizados por sí mismos. La única penitencia que puedo hacer para ser digno de merecerme tu desprecio es odiarme a mí mismo como lo hago. Ten por seguro que ésta es mi única entrega verdadera a ti. Perdóname Odio.

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