miércoles, 4 de mayo de 2016

La colina.

La luna escribía tétricas sombras sobre la lúgubre superficie de la colina. Un árbol esquelético estiraba sus enclenques ramas en cualquier dirección. Una silueta se dibujaba negra contra la calavera blanquecina de la luna. El sonido vibrante de una lejana campana envolvía luctuoso el movimiento rítmico de aquella silueta. Más cercano, la pala emitía un sonido sordo cada vez que mordía la tierra. Una fosa cada vez más profunda iba engullendo al que la cavaba. Terminó de cavar. Salió del agujero y agarró de los tobillos al cadáver que le había hecho compañía durante aquellos oscuros minutos. La campana se quejó una vez más con su lánguido tañido marcando el tiempo que se acababa de extinguir. Lo arrastró hasta la fosa y lo arrojó dentro. Sin ningún sentimiento más allá de la indolencia comenzó a cubrirlo con la misma tierra que había extirpado hacía unos momentos. Cuando no quedó más que un pequeño montículo como recuerdo de aquel cadáver, echó a andar. Un último tañido acompañó el espeso paso de la silueta que poco a poco iba desapareciendo más allá de la funesta colina.

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