domingo, 8 de mayo de 2016

El maestro I.

Hacía un día espléndido. Unas pocas nubes esponjosas y blanditas adornaban en blanco contraste un cielo azul mate. El joven se dirigió al huerto y allí vio al anciano. Se acercó caminando a él.
- Maestro.
El anciano se encontraba removiendo la tierra con la azada. No levantó los ojos de su tarea ni se giró hacia el muchacho. Sin embargo, era todo oídos.
- Maestro - dijo el chico. - Necesito tu consejo. Estoy enamorado. He conocido una chica que me encanta. Y yo a ella. Nos queremos más allá de lo que nadie se haya querido jamás. - Una suave y templada brisa les acarició relajadamente. El anciano seguía sin interrumpir su tarea. El muchacho continuó: - Pero no podemos estar juntos. Ella está comprometida y no se atreve a abandonar su camino y empezar uno conmigo. ¿Qué hago? Estoy tratando por todos los medios de desenamorarme. Quiero dejar de amarla. ¿Cómo puedo hacerlo?
El maestro se detuvo. Apoyó las dos manos sobre el extremo de la herramienta y levantó la mirada hacia una tomatera.
- ¿Ves aquel tomate de allí? - Dijo sin señalar. - Cógelo.
El muchacho obedeció y fue a por él. Lo arrancó y se lo entregó en la mano al maestro. Éste lo aceptó con una silenciosa cortesía, le dio un respetuoso mordisco y dijo:
- Bien, ahora escucha. En primer lugar, eres osado e injusto al pensar que el camino que ahora recorre es igual al que empezaría contigo. El camino en el que ella se encuentra está cuidado, alisado y libre de obstáculos incómodos. El que se abre ante vosotros dos, por el contrario, está virgen, lleno de piedras que tendréis que apartar, tendréis que construirlo de cero. Ella se encuentra sobre un suelo firme que contigo todavía no tiene. - Hizo un pequeño silencio, el cual lo aprovechó una lejana ave para expresar su descontento desde las alturas. Continuó: -  Hace mucho, en una pequeña villa alejada de todo, un aldeano joven como tú se acercó a la montaña más alta que rodeaba aquel valle cargado con un pico y una pala. Quería horadarla para hacerla caer y permitirle ver qué había más allá. Comenzó su trabajo. No se detuvo nunca. Las estaciones se sucedían y le maltrataban, el cruel clima le destruía y saboteaba el trabajo que tanto esfuerzo le costaba. La gente del pueblo le tomó por loco. Al cabo de los años murió sin haber conseguido apenas excavar un pequeño túnel. Su cadáver fue abandonado bajo aquella montaña para contento de los gusanos. La montaña le había engullido. Desde entonces, un fuerte viento corría siempre furioso por entre el valle, arrastrando consigo  la triunfal y pérfida risa de aquella montaña que había demostrado su magnificencia y superioridad ante aquellas insignificantes vidas.
El chico le miró confuso.
- Maestro, ¿qué quieres decir con esto?
El venerable agarró la azada con fuerza y reanudó su trabajo. Sin levantar la mirada de su tarea dijo:
- Lo que tú pretendes hacer luchando contra tus sentimientos es lo mismo que pretendió hacer aquel infeliz al horadar la montaña. No puedes luchar contra ti mismo. No puedes vencer a esa parte de ti que no controlas. Déjalo estar. Solamente el tiempo será quien pueda resolverlo y te convertirá en un cadáver inane o en la criatura más feliz sobre la tierra. Déjalo estar y espera sin importarte si esas emociones te consumen. No puedes hacer nada por cambiarlo.
El anciano se calló y siguió a lo suyo. El chico se alejó sin romper el silencio pensando en cómo iba a ser capaz de alcanzar la resignación e indolencia ante aquella sensación de agotadora desesperación.

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