martes, 12 de abril de 2016

Me alejas.

Desgana. El corazón late por inercia, por despecho, por no saber qué otra cosa hacer. Cuando hace tan sólo muy poco, latía por la fuerza fuerte que une a dos personas tal y como hace con los núcleos atómicos. Todavía quedan latidos que te pertenecen. Todavía se resiste a abandonar lo que le ha hecho querer empujar la sangre hacia todas y cada una de las extremidades del cuerpo. Se resiste a abandonar esa sensación que después de tantísimo tiempo le ha devuelto a la vida y que jamás había experimentado, pero que ahora le está devolviendo con mayor fuerza a la apatía fangosa en la que estaba hundido. Cuanto más te acercas a mí y yo a ti más me alejas. Más te esfuerzas por empujarme fuera de ti. Me quieres fuera de tu vida. Cuando somos una misma cosa y nos entrelazamos como la enredadera se aferra al tronco o el musgo a la roca, alcanzando todos los niveles de placer que existen, me empujas fuera. Cuando discutimos haciéndonos el mayor daño que podemos, me empujas fuera. La avenida refulgente y lustrosa por la que hemos caminado juntos, es ahora un callejón iluminado apenas por una farola parpadeante en la que difícilmente cabe uno. Un callejón en el que yo sólo veo tu espalda alejarse. A veces te giras para mirar lo que tanto anhelas, pero que tanto reprimes y te convences de que no quieres. Y te vuelves a girar dando pasos hacia el extremo de la callejuela en el que no estoy yo. Pero yo no me muevo. Y noto cómo mi corazón se apaga. Deja de dedicarte los latidos que sólo te pertenecían a ti y a ninguna otra persona. Y dejo que las lágrimas se sequen, dejando surcos imborrables, quemaduras eternas que te pertenecen a ti y a ninguna otra persona. Te veo alejarte con paso tembloroso pero inflexible. Me alejas de ti. Te alejas de mí.

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