miércoles, 2 de marzo de 2016

Una rata.

Le temblaba el pulso. El canuto vibraba en su mano. Pero no tiritaba de frío, aunque en ese momento se sentía congelado. Tan congelado que ardía. Le dio una, dos, tres caladas. Exhaló el humo y le dio otras tres caladas temblorosas. Se llevó las manos al pelo y se lo frotó. Alzó la mirada y vio que delante de él había una rata. Una rata erguida, peluda, castaño oscuro. Movía los bigotes tan rápido como se movía el porro entre sus dedos. De pronto le dijo: "enhorabuena, lo has conseguido. Te has pillado otra vez para nada. Y mira que hace poco te pasó lo mismo. Muy bien, sigue así". Y desapareció. Le dio otras tantas caladas seguidas a lo único que en ese momento le podía tranquilizar. Se quedó pensativo. Esa rata le había hecho reflexionar. Le gustaba estar solo. La soledad nunca le fallaba, siempre estaba ahí para él. Cada minuto de su existencia era para él. Nunca se enfadaba ni le hacía creer que le entendía y luego se daba la vuelta dejándole con la palabra en la boca. Nunca sentía que sus sentimientos hacia ella ni los de ella hacia él estaban en desequilibrio. Querían lo mismo en el mismo momento. Sin embargo, él había dado de lado a esa leal sensación por culpa de otra. Para nada. Por qué las personas se empeñaban en hacerle creer una cosa cuando las tenía delante, y se lo decían de tal manera que se lo creía; pero después, cuando no estaban presentes, cuando sus ojos no podían verle, no respaldaban aquello que tan efusivamente le habían dicho y que le habían hecho creer. Preferiría que todos fuesen mudos, y que en lugar de envolver la mierda con palabras, se viesen obligados a apartarla con sus manos. Entonces, y sólo entonces, igual no conseguirían engañarle.

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